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La Morada del Unicornio

Chispazos

CHISPAZOS

 

 

Cuando el 14 de Noviembre de 1.996 cogía el tren destino a Bobadilla, no pensaba ni por asomo, lo lentos que podían  consumirse nueve meses.

Los más largos de mi vida.

Partía con la convicción de que algo cambiaría a la vuelta. Escapando de los tópicos de realizarme como hombre, o aprender oficios nuevos. A cambio, me llevé un buen ramillete de amigos, que el tiempo ha convertido en conocidos, y las eras venideras truncarán en polvo.

Me traje también los buenos recuerdos, pero muy a mi pesar, quedará como la etapa más gris y triste de mi existencia. Nueve meses como nueve años.

 

(…)

 

 

La primavera despuntaba sus caprichosas armas de complicidad. Requería ser vivida siempre a dúo, y ella marchaba.

Recordaba aún como entró en mi vida, con la velocidad ingenua con la que de chiquillos lo vivimos todo. Razonando precipitadamente nuestras acciones, que desembocaban irremediablemente siempre, en el desenfreno pasional.

Corría por entonces el mes de Octubre, y nadie me avisó que nos separaríamos, cuando de sus labios ya mordía el veneno.

 

(…)

 

 

Le arropé el cuerpo desnudo con mucho mimo, con tanta delicadeza como sigilo. Podría ser la última vez que cubriese con sábanas aquella figura morena, que continuaba empapada en sudor.

Ella apenas se inquietó al percibir el detalle. Permaneció inmóvil, con los ojos cerrados, únicamente se perfiló un ligero esbozo de sonrisa en su fina tez. Luego rompió a llorar. Madrid nacía en nuestras vidas como una piedra en el camino. Un obstáculo que crecía gigante desde mi perspectiva de soldado herido.

Mientras tanto, seguía empapándole su cuerpo. Ahora lo hacía con mis lágrimas, que caían en torrente sobre lo que le quedaba de espalda desnuda.

 

 

(…)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La miró a los ojos, se coló por ellos, y vio en el interior de su alma el pájaro enjaulado que había en ella. Comprendió la tristeza que brillaba desde hacía semanas en su cara. Luego, apartó la mirada súbitamente, cual cazador arrepentido de su oficio. Y quiso dejar escapar aquella criatura de las rejas que la cercaban, pero no tuvo fuerzas para decírselo.

Tampoco para explicarle que sus amigos seguían jugando, y que él ya era viejo para alma tan joven.

Afuera, los demás seres revoloteaban libres, tan libres que no eran ni siquiera conscientes de su libertad.

 

(…)

 

Cuando el 21 de Octubre de 2.005, curiosamente desde un lugar llamado Andén, pero sin tren, cogía el mío. Nadie me explicó lo rápido que pueden llegar a pasar nueve meses.

Los más cortos de mi vida.

Ya se habían encargado de avisarme de niño, repetidamente, de la  existencia de un tranvía que debía coger. No había percibido señal alguna, todos estos años atrás, y empezaba a creer que cabía la posibilidad de que el convoy  hubiese pasado ya. De que me hubiese apeado una vez iniciado el trayecto correcto. O que esa locomotora negra, toda ella de hierro, movida por una máquina de vapor, como la imaginaba, aún no se había detenido en mi andén.

Aquel frío Otoño, cálido para mi corazón, aguardaba inconscientemente el paso del tren. Y pasó como pasan las cosas que llegan y se van tal como vienen. Con la velocidad con que un colibrí mueve sus alas.

Subí al vagón, y aún permanezco en ese instante que el poeta quiso detener, por considerarlo mágico. Pero la felicidad no se detiene, se dilata velozmente por la línea del tiempo.

Ya han pasado nueve meses, como nueve días. Gracias vida.

 

(…)

 

 

 

 

 

 

 

                                                                                                                                                                                                                 

Mi particular domingo

Mi particular Domingo había empezado muy temprano. Apenas tres horas pude dormir, la boda se alargó más de lo esperado. Y como era habitual, el despertador sonaba puntual, marché al trabajo. 

Cuando luego desperté por la tarde-noche, tuve la ingrata sensación de haber desperdiciado una tarde de Domingo. Olía a tertulias de fútbol, programación televisiva aburrida, terrazas de café y té. Aunque mi única preocupación era tomar la decisión de merendar o cenar.

 

 

     Eran las 06:25, camino al trabajo, cuando apareció el deporte de moda, la Fórmula Uno. Yo simplemente, buscaba noticias como todas las mañanas, pero la audiencia manda.

Mañana lluviosa en el Circuito de Fuji, correspondiente al Gran Premio de Japón. No habría salida desde la parrilla, y el safeti car ya había aparecido. Todo iba tomando un tono gris, en concordancia con la climatología nipona.

En el trabajo, todos pendientes del televisor, no era el NODO, se trataba de la Alonsomanía. Unos pronosticando el desenlace de la carrera, otros preguntando irónicamente cuánto faltaba para las 15:00 horas, cuando aún no eran ni las 07:00 horas.

Ya había fichado y recogido todo el material necesario para desempeñar mi labor. También pasaban varios minutos de la hora de comienzo, pero allí estábamos todos, viendo cómo el coche de seguridad encabezaba la carrera. A la vez, presenciábamos cómo disminuían el número de vueltas, y los presagios no podían ser halagüeños.

 

     Me enteré sobre las 08:30 horas creo recordar. Mi disposición a oír la emisora esta mañana se potenciaba esperando noticias desde Japón. No había suficiente trabajo aún para entorpecer el tráfico de mensajes cortos. Por eso, eran continuos los apuntes sobre el desarrollo de la carrera. Y tras un desordenado número de intervenciones, supimos que Alonso se había salido de pista, y abandonaba. No volvió a comentarse nada más de Formula Uno.

Como dice la canción, y nos dieron las diez, las once, las doce y las una... hasta que poco a poco dieron las 15:00 horas. Y si no llega a ser por la voz apática de un comunicador radiofónico, éste ingrato Domingo no hubiese pensado más en Fórmula Uno. Pero hablaba de complots y artes sucias en torno a la figura del piloto asturiano. También del creciente favoritismo sobre Hamilton. Un debate que se ha dilatado toda la temporada, y hoy lo iniciaba el anónimo periodista con un tono cansino, plomizo, que invitaba a la realización futura de una ardua investigación. Yo, en cambio, únicamente buscaba una comida rápida y, una siesta merecida.

     Por eso, cuando desperté supe que la siesta no había sido tal. Había conseguido enlazar más horas de sueño que en la madrugada. Volví a recordar a Alonso. Y sentí que me había salido de pista a mi modo. Toda una tarde durmiendo, haciendo mías las bíblicas palabras:

«El Séptimo día Dios tuvo terminado su trabajo, y descansó en ese día de todo lo que había hecho. Bendijo Dios el Séptimo día y lo hizo santo, porque ese día descansó de sus trabajos después de toda esta creación que había hecho» (Gn 2 2-3).

A decir verdad, no había realizado ninguna creación. Pero de una cosa estaba seguro, se trataba del séptimo día, y había finalizado mi trabajo, también. Así que copié el mensaje divino, dejándome caer sobre mi catre, como un santo. Bendita tarde de Domingo.

Yo, apátrida

Corría el verano de 2.006, ardía Galicia. Cuando en un televisor aparecía el líder de la oposición, manguera en mano, apagando un fuego que ya se habían encargado otros de extinguir. Conocía la afición del Sr. Rajoy al ciclismo, pero no supe hasta hace unas semanas de su gusto por el cuerpo de Bomberos. El hecho es que la foto salió publicada en casi todos los periódicos de este país, tan sensacionalistas como intelectuales periodísticamente hablando. Incluso se atrevió a decir algunas palabras, que fueron difundidas por la caja tonta. En su línea, arremetiendo contra el actual gobierno, contra los sociatas, alegando que gran culpa de que ardiera Galicia se debía a la dejadez del partido que dirige  J.L. Rodríguez Zapatero.

No creo que entrase en los objetivos del partido socialista quemar la Comunidad gallega. Como tampoco culparía de mala fe al Partido Popular en el caso Prestige. Aunque más de un popular siga regando su cerebro con chapapote.

 

     Es cierto que la España invertebrada de Unamuno dista mucho de la España de ZP. Empezando por el fervor político que se vivía antaño, o el ideal de Cultura latente de primeros de siglo pasado. Pero también hay cosas que continúan pareciéndonos perennes, que quisiéramos jubilar, y continúan vivas. Me refiero a la pasión desmedida de los ideales. Porque aunque todos tomemos partido en un bando o en otro, sin creer que esa posición nos librará de nuestros miedos, o que ese conjunto de señores y señoras que elegimos democráticamente en las urnas, puedan solventar nuestros problemas, no existe hoy en día lo que se conoce como fe política. La izquierda y la derecha, o viceversa, sin ser lo mismo proliferan de igual modo.

A todos nos han dicho alguna vez en la vida que los excesos no son buenos, y basta con probarlos, para darse cuenta. Sólo el hombre es el animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Y tres, cuatro, … y toda una vida. El error no duerme, siempre está al acecho de la acción venidera. Atento, despierto, vigía de nuestros movimientos. Pero al igual que la poesía, el mundo se interpreta de muchas formas. Y darnos cuenta de la equivocación, no asegura el éxito futuro.

Tan recientes los capítulos de racismo y xenofobia que asolaron el Viejo Continente, aún vemos jóvenes con esvásticas y símbolos teñidos de sangre intrínseca, que alimentan su mente hueca con ideales nacidos en el odio y la soledad humana.

Hace tiempo perdí la ilusión por situarme en un ala o en otra, generacionalmente influido por mis coetáneos, desilusionados por los acontecimientos que van regando mi vida. Y por eso hoy preferimos manifestarnos en botellón, traer el cine a casa gracias a Internet o habitar en casa de nuestros padres, porque dicho sea de paso, es donde mejor se sigue viviendo. Y no quiere decir que hayamos perdido la ilusión por crear una familia, o que elegimos la opción más cómoda, que ya lo pudiera ser. Me refiero a la imposibilidad material de emanciparse por cuenta propia.

Me da pena, miedo de encender el televisor y llenar la conciencia de catástrofes y miserias. O salir a la calle, sin viajar tan lejos, y percibir que donde vivo, paseo, respiro; brotan elementos como para rellenar varios noticiarios.

No es otro mundo el que vemos en la pantalla, el que a diario nos muestra la situación mundial, es nuestro mundo, aunque cada vez nos afecte menos. Por eso mismo, que el Sr. Rajoy y sus discípulos aventajados copen las cadenas televisivas atacando el modelo político socialista, no me preocupa. Me afecta que arda Galicia, que miles de personas mueran en el deseo de pisar Europa, en busca de una dignidad que jamás conocerán, o que el trabajo sea más precario. Eso sí me duele. Como el hecho de que la política juegue al frontón, unos golpeando pelotas que son repelidas por los otros. Da igual el bando, lo que importa es la inexistente y urgente necesidad de dar soluciones.

Que no tengamos valores, ni fuerzas para unirnos y exigir el cumplimiento de las promesas electorales es signo de impotencia. Que el paro suba, que no me sobrecoja ya la muerte de una mujer a manos de su marido resulta triste, porque la repetición es hábito, y el hábito no convive con la sorpresa.

Aletargados vivimos, dejando pasar las horas y los días, pasan los años, y la vida, buscando razones en este mundo de sin-razón. En el que todavía morimos unos pocos con la idea de que otro mundo mejor, es posible. Aunque quien lo defienda a voz viva lo tachen de loco, o perro verde. Ese vagamundo que aún tiene su espacio en las antenas, allá en su colina. Divina locura, por otra parte.

En otro tiempo me enseñaron los presocráticos a buscarle principio a todas las cosas. Lo llamaron arjé. Y como el final de nuestra historia ya  lo sabemos, quise ver que el mundo no era tan caos como lo pintan, ni tan egoísta el yo con el que se nos llena la boca poniendo fronteras, no sólo en los territorios, también en las pequeñas cosas. Pero pienso en el Amor  como principio de todas las cosas, para que me siga haciendo creer en el ser humano. Aunque su antónimo esté empeñado en sembrar todos los rincones del planeta. Y supongo que será porque el amor no se puede representar sin odio, ni al revés.

Con esta sabia conclusión, entendí que el mundo debía ser puesto al mandato de una nación potente, un líder carismático, y un pueblo sublevado, omiso al poder que se le otorga. Una deidad que nos proteja de los terroristas y sus amenazas, que tenga el respaldo unánime de toda la comunidad mundial. Entiéndase de los que buscan la paz, la libertad, y todos esos conceptos metafísicos que llevan acuñada la palabra guerra en sus entrañas. Porque siempre existirá otro bando que bañe las tierras con odio y terror. Siempre habrá quien pensará que lo suyo es lo mejor, y esto no es lo peor. La incredulidad comienza con la donación gratuita de tan desmesurada generosidad. Y acaba con la imposición de mi idea sobre la tuya, pisoteando culturas. Con la metralla como lengua universal. Pero a día de hoy, sigo sin hablar el dialecto ofensivo del que me habla el ahora inquilino de la Casa Blanca.

Prefiero hacer el amor a la guerra, morir de pie, a arrodillarme ante tus proyectos invasores, y darle gracias a La Tierra por no haber suplantado pozos petrolíferos sobre la vieja Hispania. Así sé de buena fe, que tus visitas irán guiadas a degustar la rica gastronomía de estos territorios que luchan por independencias, estatutos y no sé qué autonomías.

 

Hace unos días desconecté del mundo, no por gusto, o sí, porque las vacaciones se eligen, no se imponen. Y en la tranquilidad y pensamiento que dan las horas muertas, no dejé de pensar en todas estas cosas y en más, que se pasearon por la retina fugazmente, para luego abandonarme. Pensamientos que nacen con la pulcritud y el deseo  puro que proporcionan las soluciones. Y sin tenerlas, las anhelo. Porque el amor no moverá montañas, ni alimentará el capitalismo latente. Tampoco pondrá remedio a mis preocupaciones, ni me asegura que me reserve un futuro mejor. Pero el amor al poder mueve a señores sobre la faz de la tierra. Mientras otros se desviven por el amor e ilusión de llegar a ser profesionales del arte o los deportes. Yo sólo he pedido por unas horas olvidar el teléfono móvil, la televisión. Mirarme al espejo y verme reflejado en lo que me he convertido.  Porque mi amor no exige cotas tan elevadas, metas que ya no podré alcanzar. Mi amor vive en el deseo de sentir mi pequeño mundo unido e identificado al otro gran mundo. Al que me acerca la televisión o la radio. No despegarme de el, aunque me produzca insensibilidad con los años. Y borrar las fronteras que los ojos ególatras de humano dibujaron sobre mapas. Sin duda, otro mundo mejor, es posible.

Cumpleaños

Me hallaba una noche navegando en alta mar, por el frío manto de palabras que pueden fluir de las incoherentes conversaciones de un chat. Intentando pescar algún minúsculo síntoma de Amor, por el gélido mar de posibilidades de la red. Mi barca andaba errante, con fuerte oleaje, guiada por los remos que únicamente encontraban la tempestad de las almas humanas. Retazos de personas, que una vez lo fueron, o quieren serlo. Dibujando con letras la esperanza de encontrarme con mi media naranja. O simplemente alguien que me diese cabida en su corazón, en su mundo. Pero en esta vida las cosas suceden por algo, y quiso la casualidad (sin disfraz), que nuestros caminos se cruzasen. Y fue así, por Internet, como te conocí. Por un chat, estabas en casa de un amigo, o algo así creo recordar... y nos agregamos al messenger, y allí empezaron las largas charlas. Lentamente empezaste a conocer mis aficiones, y yo las tuyas. Supe de tí despacio, con la paciencia escogida para hacer de nuestro encuentro una amistad que crece con el tiempo, y con las adversidades de la rutina. Se debilita, hiere, revive y encallece. Pero que continúa a día de hoy. Quizás no sea el lugar más idóneo para conocer a una persona, pero puede ser el lugar más fácil para hacer conocidos. Un espacio, este de Internet, donde poder confesarte sin pudores. Obviando todo el romanticismo que pueda aportar una cafetería, la picaresca de una biblioteca, la sorpresa de la playa o el cine, o el espectáculo de una huída de sol en un paseo marítimo. Te conocí en una habitación interna, alimentada con poca luz solar. Y allí, huyendo a todo artificio de lo natural, nos fuimos desnudando las personalidades, no importaba la ubicación de nuestros cuerpos, mas lo importante resultaba el hecho de abrirse a quien lo escucha, y sabe oírte. Es más, si algo tienen las salas de chats son personas con la estima minimizada.  Y quién sabe hoy, posiblemente me hallaba en ese caso. La compañía no es sinónimo de soledad, pero hay veces en las que a pesar de estar con gente, te sientes muy solo, o por lo menos incomprendido. Así me debí sentir aquella noche...

     El tiempo me ha enseñado muchas cosas, la principal es que no hay vuelta, retroceso. El tiempo es una línea, en la que vamos salvando obstáculos, encontrando alegrías, en un presente continuo que se aleja de lo vivido, y va haciendo humo la nostalgia, el recuerdo. El tiempo lo destruye todo, y con él nos vamos destruyendo nosotros. No hay lugar para el reposo, a pesar de haber innumerables sillas en el camino de la vida... sentarse es dejar de hacer cosas. El tiempo no esperará por ti.

Y en este caminar vamos alternando situaciones, y en estas experiencias acumuladas pasan gente por nuestras vidas, se acercan a nuestros mundos, saludan, y se van yendo, por nuestra voluntad o la ajena. La amistad se labra, requiere de un cuidado y atención que yo a veces no sé dar, por falta de tacto o indiferencia. Pero tú decidiste quedarte, de aquella callada manera, optaste por abrir mi círculo de amistades.

 

Me sorprendió que quisieras venir a Puerto Marina...

Y fue esa respuesta a la ligera que me distes lo que me hizo desconfiar al principio de tí. Tomando las precauciones oportunas de llevar a mi lado un coche que hiciese las veces de guía y de guardaespaldas. Allí llegaste tú, abriste con cuidado la puerta, saludando, y preguntando si era o no de fiar... El tiempo te lo diría, yo te tranquilicé diciendo que sí, y mi aspecto no tuvo que ser muy desagradable, porque embarcaste y nos fuimos al puerto. Todo el camino a Benalmádena pensé lo valiente que eras, al introducirte en un coche de un "desconocido", al cual sólo habías "conocido" por Internet. Y no fue la mejor noche, sin duda. Recuerdo que te querías ir a casa, y yo también, pero no hablamos casi nada, y por no querer aguar la fiesta el uno al otro, pasamos más de una hora aburridos en Maná.

No todo fueron nervios y poca comunicación en nuestra primera cita, bueno, he de decir que tú hablaste por los codos, cosa natural, por otra parte. Porque además de unos cuantos amigos míos, iban otros cuantos golfos más, amigos de Leo. Y tú allí rodeada de tanto hombre, me sorprendió que no te vinieras abajo, y le echaras cara a todos. Y llegó lo que recordamos con más cariño de nuestra primera cita, el ponerte yo los zapatos, con demasiada torpeza, pero lo que contaba era la intención. Y te bauticé, desde aquel día serías mi CENI.

Luego llegó mi bautismo, yo sería tu KILLO, en honor al instinto chusmón, (en el buen sentido de la palabra), que corre a veces por tu sangre. Y el que yo tantas veces te recriminé, y tantas veces nos hizo discutir. Para luego, hacer las paces...

El círculo se abrió, y aparecieron Toni (Peter Pan), Mario (el primo), Francis (el ole), Jesús (el Shorbi), David (el cari), y el resto de amigos que fuiste conociendo. También aparecieron tus amigas, y míranos ahora, si parece que mereció la pena y todo. Si al final le tendremos que dar las gracias a Internet de haber creado un grupo de amigos tan majo. Aunque la nostalgia me puede en este momento, y recuerdo a personas que decidieron abandonar este barco, a las cuales les tengo mucha estima. Pero así es la mar, caprichosa, y no todo el mundo se deja llevar por el mismo viento, ni a todos les parece buena la dirección que tomamos. La Tierra es redonda, y nuestras vidas cíclicas, en algún puerto coincidiremos con aquellos marineros que emprendieron su viaje, en algún puerto.

 

 

 

 

 

Nunca jamás

Una vez conocí a alguien díscolo, una de esas mentes que no piensan más de una vez, o no quieren cavilar las cosas más de lo debido. Un ser cariñoso, libre, que derrama sinceridad y desparpajo.

Me he preguntado muchas veces qué habrá ahí dentro, donde empieza la conciencia, y acaba la reflexión... en el cajón cuya estancia no se detienen los sentimientos, ...no somos tan serios ni tan disparatados, pero me llamó la atención tu modo de enfocar los problemas, tus salidas divertidas, huérfanas de pensamiento.

Quizás sea ese grado de locura, lo que más me llamó la atención de ti, quizás sea eso lo que muchos de nosotros no sabemos dirigir.

Hubo un  tiempo en el que Ismael Serrano me cantó al oído una canción, hablaba sobre Peter Pan, sobre Wendy, en definitiva sobre la niñez, y cómo va desapareciendo sin darnos cuenta. Me confesó que la infancia es un tesoro que la madurez nos arrebata, me lo cantó con su susurro desgarrador, quebrando el llanto en mi corazón su letra aguda.

Si Peter Pan viniera a buscarme una noche azul, que me sorprenda  a oscuras. Por favor, que no le de a la luz, no vaya a descubrir que suelo mentir, cuando juro ser aún ese niño...

Aún te sigo viendo a oscuras, sigues siendo para mí, para nosotros tus amigos, el alma de la Wendy que Peter Pan conoció. Con tus polvos mágicos de Campanilla, hipnotizas las madrugadas. Aunque a veces quieras parecer la Wendy que Peter Pan descubrió al final del cuento:

 ’Vengo a por ti’. Ella le dice: ’¡No enciendas la luz!’ Porque encender la luz significa enfrentarse a la jodida certeza de que hemos envejecido. Alguien entró de pronto en la habitación y encendió la luz. Y nos dimos cuenta de que casi  no quedan niños. (...)

 

Espero que nunca enciendas la luz en mis ojos, y tu brillo ciegue cualquier intento de verte huir de Nunca jamás, donde me topé contigo, donde intento volver algún día...y de donde la vida, últimamente intenta expulsarte.

Intenta que esta mala racha que pasa por tu existencia, con  la inestabilidad emocional que nos produce, no afecte a tu forma de ser, y sigas brindándonos tu sonrisa...

 Un fuerte abrazo, tu amigo Juanjo.

365 días

 

Podría empezar resumiendo estos primeros doce meses de modo descriptivo, exaltando aquellos momentos buenos que hemos compartido. Obviando las riñas, malentendidos y cabezonerías mutuas. También podría interpretar estos trescientos sesenta y cinco días como un paso hacia delante en mi vida. Un empujón firme, no sin titubeos que di tras salir de un  escabroso círculo que me tenía atrapado. Incluso me atrevería a definir que el transcurso de este año me ha enseñado nuevas sensaciones, nuevos gustos y sabores que tiene el Amor, que dormían en mi interior. Todo esto estaría bien, pero es tan complejo hablar de uno mismo, … imagínate hablar de dos.

 

Siempre he defendido a capa y espada que dos son uno, en el sentido metafísico dual de la unión de dos almas. Y este sentir que ha causado cosas tan simples como una mirada, el besar, un abrazo o el diálogo, me han hecho abrirme. Ofrecerte como soy, quebrar mi caparazón para que tu ser entrase, siendo mi invitado más deseado. Sin duda ha sido, se ha convertido, este anhelo de compartir mi yo con el tuyo, la elección más valiosa en este período breve de tiempo. Mas esta puerta abierta se hermetiza cuando mi apego a ti se hace más fuerte. Y esto es fruto del día a día. De la constancia de vernos, no como obligación impuesta. Sino del interés mutuo naciente y progresivo que hemos ido produciendo. Mal iría la cosa, o mal irá, si la relación se convierte en una rutina de cumplir, un compromiso pactado de fichar presencia a diario.

Por suerte es todo lo contrario, no se agotan mis ganas de saborear los minutos a tu lado, aunque a veces la apatía y cansancio nos venza. Pero bueno, hoy nuestras vidas no se ciñen a una relación adolescente, tenemos compromisos y metas que nos hemos marcado. Más la fortuna de tenerte a mi lado se enriquece en el esfuerzo que supone, por ejemplo, retomar la carrera, tan tardíamente, pero con la ilusión de demostrarme que aún no es tarde.

Estas tareas no me borran el apetito que rebrota de ti, las ganas de verte, tocarte, … al contrario, lo refuerzan. El estar ocupado me hace valorar aún más si cabe lo importante que eres para mí, y lo que he aprendido contigo en estos meses.

Reconozco que a menudo me ocurre que cuando regreso en coche a casa, tras dejarte ya me lamento por no haberte mimado más, y valoro el tiempo como debe de ser.

Pues ¿no valoramos las cosas cuando no se tienen?… ¿no caemos en la cuenta de que la no presencia duele, hiere en el recuerdo penetrante? … ¿por qué no aprovechamos más el instante?…

La realidad supera, desborda magnamente al pensamiento. La sensibilidad carece de la fuerza que la caracteriza, cuando se convierte en un vano idealizar.

Te comenté una vez la teoría del amor que expone Ortega y Gasset en su libro, “Estudios sobre el amor”, que me gustaría que un día leyeses. La teoría es la visión de Sthendal, (autor romántico), en manos de Ortega. A breves rasgos manifiesta un fenómeno que etiqueta de “cristalización”. Así me he visto, me veo y espero seguir padeciendo por muchos años más. Realizando un sobresalto de las virtudes de la persona amada, una multiplicación potencial que únicamente percibe las cosas buenas. Desdeña las características negativas, simplemente porque para la perspectiva del que ama, no existen. Existen indudablemente, pero no para la ciega mirada del enamorado. Lo dicho, este estado de enfermiza idolatría de tu persona me abre el apetito de conocerte. Me empuja al abismo de lograr saber tu esencia, tan rica para mi juicio. A sabiendas de que siempre me enseñarás algo nuevo, siempre aprenderé contigo, y ¿no es eso maravilloso?…

Como diría mi profesor de metafísica, la realidad nos desborda, pero es tarea del filósofo estudiarla, aunque no llegue a ser nunca entendida. Tú eres mi ente preferido, la cosa que desborda mis sentidos, el noúmeno que atraviesa mi piel y se cuela hasta mis entrañas. Si me permites estas abstractas afirmaciones.

Déjame que te conozca y siga sintiéndote, te has convertido en mi filosofar, y te aseguro que no es ninguna droga mala. Es una forma de vida, y tú ya formas la mía.

Te quiero.

 

Granada 2004

 

Granada, a 11 de Mayo de 2.004

 

 

Grandes tardes taurinas, de vino y tapas, se habrán vivido junto a donde yo me encuentro en estos momentos. Festejos de sangre y albero, sobre un escenario que en su fachada externa muestra las características moriscas de donde es parte su estructura. Monumento castizo bañado de la arquitectura árabe, sin duda, me hallo en Granada. Desconozco la fecha del alzamiento del coso taurino, su historia, y hasta su presente. Sé, únicamente, que se ha habilitado la zona inferior, externa al ruedo, para recintos de ocio. Desde un restaurante hasta una discoteca.El contraste es llamativo, resaltando lo antes expuesto de enclave histórico, cultural, a lo ahora expresado, lugar de recreo.

No imagino la Alhambra convertida en lugar de ocio. Se trataría de un atentado a la historia de nuestra rica cultura. Más dejaría de sorprenderme, de sumo grado, si ello aconteciese algún día...

Muchas ciudades de nuestra geografía han padecido la invasión de una juventud alocada sobre sus cascos históricos.No me tengo que ir muy lejos para mostrar un ejemplo. Soy malagueño, y he sido víctima de la nueva "cultura del botellón". Cientos de noches he pisado las aceras más emblemáticas y añejas de mi Málaga natal. Y créanme, no es lo mismo sentarse a tomar una cerveza con el fondo de la vista perdido en la Alcazaba, que tomarla en un barrio residencial. Recuerdo aún, volviendo a la ciudad desde donde ahora escribo estas líneas, una cálida tarde de un verano pasado, tomando café en el granaíno paseo de los tristes. Un marco incomparable. Al pie de la Alhambra, a breves minutos andando de los barrios del Sacromonte y el Albayzin, acompañada la estampa de una ligera brisa y el sonido vivo de los turistas, mapas en mano. Ignorante de la historia, me encontraba allí, como hoy me sitúo al paso de la gente, junto a la plaza de toros. ¿Qué sería Granada sin el trajín de estudiantes que pueblan sus calles?... ¿Qué sería sin el curioso viajero que encuentra en el Mirador de San Nicolás, el ya nombrado Paseo de los tristes, la calle de las teterías (C/Caldedería Nueva), en la Alhambra, las adoquinadas vías del centro, y otras tantas cosas que me olvido, la paz interior, la felicidad de hallar lo bello, en la contemplación desinteresada?...

No tiene precio, tanta efímera felicidad. Allí me encontré una vez, tomando café, con los cinco sentidos alerta, con la resuelta tranquilidad que el momento me inspiró.

 

De pequeño fueron las visitas a la tumba de Fray Leopoldo de Alpandeire, "Siervo de Dios". Un mártir de la religión cristiana, convertido en puro objeto comercial. Está claro que todo lo que toca La Iglesia... Me crié en la equívoca idea de una Granada gris, fría, triste; apagada por el intenso tráfico y la idea paralela de sus gentes rancias y secas. Me he criado, hecho o realizado con tantas erróneas tesis, que a día de hoy, pienso de modo totalmente opuesto a algunas forjadas leyes que teoricé en mi niñez y adolescencia.

Ya no veo a Granada ciudad con el prisma opaco, torpe y nublado con el que crecí. La identifico con el bar obrero, con más luz y alegría, robadas de mi conciencia antaño. Me extraño en una ciudad joven y divertida, reina de la tapa. Con su influencia morisca, enriquecedora. Sus variados tés, originales teterías, que bañan y convierten a esta urbe más plural culturalmente hablando. El jaleo de unos timbales, los acordes de una guitarra, el aroma a hachis, a jazmín, a libertad de alma... como ven, mi Idea cambió.

 

Sobre la ciudad se teje, como fondo inigualable, Sierra Nevada. Es por eso que no echamos de menos el mar, los viajeros que acá venimos. Mi gran amigo Norberto, canario de nacimiento y estancia, una vez me dijo aquí en Granada: "Juanjo, echo en falta el mar". Nos encontrábamos en el Mirador de San Nicolás, y yo le afirmé su tesis, mientras ojeaba el horizonte montañoso y la Vega, que circundan la capital. Pero querido amigo, yo también echo en falta la nieve en Málaga, cuando me alzo en visita al Castillo de Gibralfaro. Al igual que tú puedes añorar la lluvia, el frío, y la velada de guitarra, ron y chimenea que pasamos las navidades que nos conocimos.

Cada ciudad tiene su encanto, sus momentos, su día y su noche, su sol o su lluvia, su mar, su montaña, y el calor gradual de sus gentes, con su acento y sus rarezas.

 

 

 

 

Granada a 12 de Mayo de 2.004

 

Recién salido del santuario de Fray Leopoldo, para que nos vamos a engañar, dentro de mí estaba el deseo de volver a visitar tan "santo" lugar. De nuevo, comprobar la miseria del capitalismo, sobre las masas más débiles de la sociedad. Únicamente dos jóvenes me crucé por el camino que lleva hacia la tumba, dejando atrás el mercadillo de libros, cd´s, casettes, crucifijos, estampas... que conmemoran la vida de un siervo de Dios.

No sé si llamarle mártir, débil, cobarde, santo... y tampoco sé si estaría orgulloso de ver el negocio que tras su huella, su paso entre los mortales, dejó. Curiosamente, un hombre humilde, beatificado, coronado a calidad de santo hermano, no debiese engrandecerse al ver toda la parafernalia que se montó tras él.

Lo que más me llamó la atención no fue reunirme con dos personas jóvenes más, en un lugar que por costumbre solemos ausentar las nuevas generaciones. Tampoco ver como el rastrillo de recuerdos, y la sala donde se exponen para su venta, creció. Lo que más llamó mi atención fue la reconstrucción de su celda. Formada por una minúscula cama, con un viejo almohadón, y unas sucias y haraposas mantas. Sobre la cabecera un crucifijo. Una pequeña ventana daba luz al cobertizo, mas de noche se valía de una bombilla eléctrica que colgaba del techo. Cuando lo propio, opinión personal, hubiese sido recibir la luz proveniente de unas velas de cera, sin duda le hubiese dado un matiz más llano y cercano al sendero promulgado por Dios. Pero los avances científicos también estuvieron presentes en la vida del siervo de Dios. Un escritorio de madera, y sobre la silla colgaba lo que me pareció era una túnica monacal. La solería color arcilla, dándole un aspecto rústico a la pequeña celda, donde presumiblemente, en algo similar o parecido, no más de seís metros cuadrados, el santo malagueño pasó sus horas meditando y escribiendo, como muestra un lápiz y unos folios sobre el simple escritorio.

 

Ahora me encuentro en Los jardines del Triunfo. Tras de mí algunos turistas, otros tantos nativos, se agolpan alrededor de una magestuosa fuente. Frente a mí las vallas de una obra, remodelando los jardines. A mi derecha, veo el lugar sagrado de donde vengo, más unos edificios de alto precio. A mi izquierda, unas crecidas y centenarias, me atrevo a decir, coníferas que se alzan sobre los cuidados jardines. Se echa en falta los típicos bancos que pueblan los parques, y entre ellos el remolino de jubilados. Más abajo adivino el comienzo de la Gran Vía de Colón, y percibo a pesar del sonido del agua que serena mis oídos, el tráfico denso de una ciudad en hora punta.

Sentado sobre una fría pieza de mármol, espero a Susana. He aquí la causa de mi viaje. Llegué el Lunes 10, sobre las 19:30 horas. Ella había estado arreglando unos papeles, en el curso de la mañana, yo estuve trabajando, y de mutuo acuerdo convenimos en venirnos juntos a Granada. Ocho años lleva estudiando en esta bella ciudad, Arquitectura, una carrera comprometida, con vocación...

Natural de Málaga, morena, salada, unos ojos que deslumbran, y una sonrisa que mezcla la picardía y la inocencia. Allá, hace no sé cuántos años ya, la encontré. Y hoy el tiempo, el destino, el azar, o cualquier estratagema de mi existencia, me la devuelve. No quiero alargarme más en el tema, pues no quiero hacer ejercico mental del pasado, simplemente, quiero vivir el ahora, que es lo único que realmente vivimos, el PRESENTE.

Granada también ha sido testigo del encuentro con mi primo Pablo. No diré que es mi primo preferido, pero sí oso a decir que con él es con el que más me río. A sus diecinueve años, todo un hombrecito, un trovador de ciudades, un torpe de la noche, si me permite el término Ismael Serrano. No me atrevo a calificarlo de vividor, pero lo encasillo en la parcela del joven despreocupado, no holgazán, que teje su vida con la filosofía del "carpe diem".

 

 

 

 

Málaga a 17 de Mayo de 2.004

 

Otra vez camino a Granada. Esta ocasión con más compañía: Raquel de Madrid, mi buen amigo Francisco, y allí en Granada nos espera Susana.

Salimos a las 16:00 horas, aproximadamente. Tarde, si nuestra intención era pasar la tarde-noche. Pero al poco de llegar, decidimos hacer noche en casa de Susana. La pobre, tenía que presentar un trabajo que le estaba robando las horas de sueño, los últimos días. Y más que ayudarle, nuestra presencia le suponía un revés a la hora de avanzar con la entrega. Pero aún así, ella se ofreció a acompañarnos, para alegría mía, no voy a ocultarlo. Primero estuvimos en la Tetería Pervane, lo que empieza a ser ya algo clásico. Después ascendimos al Mirador de San Nicolás, precioso lugar, al cual merece la pena subir, a pesar de lo empinado de sus calles. Allí se sigue respirando libertad, aunque pasen los años. Un individuo foráneo arpegiando una guitarra, pariendo un sonido flamenco, una melodía con raices andaluzas. Una sinfonía totalmente introducida en el contexto de los que allí nos reuníamos. Mientras acariciaba las cuerdas de su guitarra, los espectadores veíamos cómo la noche se nos echaba encima. El cielo perdía su luz, y al mismo tiempo, de un modo perfectamente sincronizado, Granada iba ganando luz. En especial la Alhambra, donde nuestros ojos se posaban, como principal punto de referencia. Qué bello los destellos de luz sobre los muros de la fortaleza. Sobre la Torre de la Vela. Un contraste precioso, ver el esplendor de la claridad sobre un material color arcilla, y entre tanto, el silencio de los espectadores, con la mirada perdida en el fondo de sus conciencias. 

Allí estaba hace dos días mi conciencia, conciencia de algo, siempre. Es ahora cuando veo mi ser allí sentado, junto a otro ser, abrazados, siendo uno. Mezclándonos con el paisaje, con la melodía de los incansables acordes, con el silencio de los espectadores...

Fue en el camino de vuelta, donde hallé otro hecho destacado. Para mí con mucha fuerza emocional, para Susana, Francis y Raquel supongo que no tanta. En el interior de un túnel, un joven guitarrista, otro, tocaba unos sencillos y sutiles acordes, arpegiándolos con una ligereza y dulzura que entraban en el corazón, aunque no lo tengas abierto al mundo y sus fenómenos. En principio, se oía una guitarra, una guitarra misteriosa; y fui yo quien los dirigió al encuentro de su artista. Al origen de donde surgía tan llamativa melodía. Pasamos junto al joven trovador, descendiendo hasta el Paseo de los Tristes... Y luego fuimos llegando a la Gran Vía de Colón, donde cogimos un autobús hasta La Caleta.

 

(continúa)

 

 

Málaga a 26 de Mayo de 2.004

 

Hasta ese momento todo estaba en orden, dos parejas paseando y descubriendo la grandeza de Granada.Pero apareció el factor tapas,junto al vino y su alegría intrínseca. En La Cabaña, un bar de tapas muy cercano a la plaza de toros, donde quedé con el granuja de mi primo Pablo. Pero antes, camino del lugar acordado para nuestra cita, recogimos a Elena, una buena amiga de Susana. Ya éramos seís, pero al poco de acoplarnos a tapear, Susana y Elena nos dejaron. Ésta última estaba cansada, y había estado en el Gym, y Susana retomaba su trabajo, el que tenía que entregar al día siguiente.

Al buen rato salimos de La Cabaña... Francisco, Raquel, mi primo Pablo y yo. Camino a casa de Susana, y con la estimada ayuda del vino tinto, parecionos ver una paloma sobre una verja, enganchada sobre la malla metálica. Pero fue un error visual, nos traicionó los sentidos, y la paloma resultó ser un trozo de madera. Ilusiones ópticas...

Un poco antes de que los sentidos nos fallaran, hasta a Raquel que no cató el vino le traicionó, nos cruzamos con una cabina de teléfono, de las antiguas, cerradas, en las que Superman daba el cambio de look, de persona a superhéroe... y como anteriormente habíamos bromeado con mal gusto sobre su persona, (un chiste negro, macabro)... pues solté un comentario: "Mirad, la cabina de Superman"... a lo que Francis repuso, tras examinarla brevemente: "compañero, esta no es, no tiene rampa para minusválidos". Entre anécdota y anécdota, llegamos a casa de Susana. Allí estaba la aplicada muchachita, aspirante a Arquitecta... y continuamos la fiesta: Dos botellas de Pilicrim, un litro de cerveza, y dos chupitos de whisky para Francis y Pabluchi.

Al final de la noche, Francis y yo nos caíamos de sueño, y mi primo aún guardaba fuerzas para maquillar a Susana... la juventud, divino tesoro.

Por la mañana, a las 12 horas salimos dirección Málaga. Raquel tenía que salir hacia Madrid a las 15:30. Y por suerte, todo salió bien, como esperábamos. Dejé a mi primo sobando en el sofá-cama, y me enteré a la tarde, cuando llamé a Susana, que no había ido a trabajar, y que se fue de su casa casi a la hora del café.

 

...A continuación cuento lo acontecido la noche-madrugada del Viernes 21 de Mayo de 2.004...

 

 

Salí de trabajar el Viernes a las 20:00 horas, y a las 21:00 horas ya me encontraba camino de Granada. Para Susana sería una sorpresa el encontrarme allí, para mi primo fue otra cita, en el mismo lugar de tapas, La Cabaña.

Allí quedé a las 22:30, y llegó a las 22:45, impacientándome... Le conté mi plan, muy sencillo, y con muchas espectativas de salir bien. Tapeamos charlando de mi relación con Susana, del último encuentro, antes narrado, y de lo que se me pasaba por la cabeza aquella noche, tan tensa y emocionante para mí.

Salimos del bar, llamé a mi princesita, y le comuniqué que me iba a dormir, deseándole que lo pasara bien... pues no he dicho aún, que esa noche Elena celebraba su cumpleaños.

Antes de llamarla le había pedido por mensaje al móvil que no me molestara, que había llegado muy cansado de trabajar, y me apetecía dormir, puesto que trabajaba a las 11:00 horas del Sábado. Pero no contestó a mi mensaje de texto, y fue al llamarla cuando me informó que la había pillado maquillándose, y que me hubiese contestado más tarde, pero claro, yo no estaba para esperar, mi plan pedía paso, y todo se convertía en impaciencia. Pude sacarle el lugar del cumpleaños, si no recuerdo mal, un bareto llamado El flautista, en la céntrica zona de bares de Calle Elvira. Mi primo conocía el plan, que le conté un rato antes, y por suerte, también conocía el bar donde celebraban el cumpleaños. Casi me pilla, al oir el ruido de las personas y coches que circulaban por La Caleta, y posteriormente por El Triunfo. Fue aquí donde me despedí, excusándome que tal ruido provenía de mi barrio, y que había bajado a comprar un helado, antes de acostarme. Fue muy fácil engañarla. Pero empezaron los verdaderos nervios, el cosquilleo en el estómago... cuando entramos en el bar, y rápidamente mis ojos fueron a clavarse en su grupo de amigas. ¡Vaya dos colgados!, pensé, estamos hechos mi primo y yo. Allí esperábamos con un cubata y un cigarro en las manos. Cuando entró un individuo vendiendo rosas. Fue perfecto, el detalle que me faltaba, ... y me dejé convencer por Pabluchi, y allá estaba yo, consumiendo el cubata, con cortos y continuados sorbos, y fumando un cigarro tras cigarro... y desde aquel momento, con una rosa en la mano. Esperando se hizo larga la espera. Calculo que más de veinte minutos y menos de media hora. Aunque por fin, Pablo me hizo la señal, y allí la ví entrar, y tras ella a su amiga y compañera de piso, Rosana.

Nos besamos, cuando su aturdida mente me hizo el visto bueno, y me ubicó de modo irreal en Granada. A Rosana le costó un poco más, pero también logró hacerme la cara al bar, salvando la distancia entre Málaga y Granada.

Dejé de darle la espalda al grupo de amigas: Elena, Silvia, Belén, Raquel, Choni... y poco a poco, con la ayuda del vino y los cubatas, mi primo y yo nos fuimos sintiéndonos como componentes del grupo. Yo siempre, debido a mi timidez, salvando las distancias.

Susana estaba alegre, sabe que estoy loco, pero esa locura de irme a trabajar casi sin dormir, la fortalecía, y la alegraba. Mi madre no compartía tal entusiasmo, pero es comprensible, y a la vez es difícil contentar a dos personas al mismo tiempo.

A las 5:00 horas abandoné con 10 euros a su suerte, al bueno de mi primo. Lo despedimos en la discoteca Granada 10, y nos fuimos al piso. El despertador sonó, puntual a su hora, a las 8:35, y me vine con más pena que gloria a trabajar, pues un duro y largo día me esperaba. Aunque no me arrepiento, es más lo volvería a hacer,... quién sabe si no lo volveré a hacer...

 

 

 

Clase de guitarra

Hoy tocaba clase de guitarra, y como casi siempre, Juan asistía con la inquietud de errar en el momento de pisar las cuerdas, perder el compás, u olvidarse de las partituras. Nunca estaba totalmente seguro de que saliese bien, siempre le albergaba la molesta duda de no desplegar la práctica como quisiera. Con los dedos enrojecidos, la guitarra a la espalda, y con el paso tranquilo, iba con buena hora, encendió un cigarrillo. Siempre llevaba acabo el ritual, uno antes de la clase, y otro nada más salir.

Esa misma mañana su madre le había comentado que había oído en la radio sobre la buena costumbre de tocar un instrumento de música. Él llevaba ya más de diez años, interrumpidos por la rutina de no hallar nuevas formas que le hicieran continuar sin pausa su aprendizaje autodidacta. Al parecer, la música era saludable para el cuerpo, y alargaba la esperanza de vida. Y cómo no, recordó a Compay Segundo, que por poco si llega a los cien.

Desplegó torpemente la partitura semanal, ante la atenta mirada del tutor. Luego le corrigió, seguía sin darle fuerza a la mano derecha, perdía el compás a menudo, pero por lo demás continuaba avanzando semanalmente, machacando a diario sus dedos. Atento lo oyó, y luego fijó sus cinco sentidos en la nueva clase, intentando seguir los ágiles dedos de Jacobo, tarea harta complicada.

Su afición al flamenco se remonta a la niñez de Juan, aborrecido en los viajes al pueblo, acumulaba las letras de los más clásicos cantaores del cante jondo. Pero esta tirria que crecía con los años fue adquiriendo un sentido de admiración. Antes vio como una guitarra cogía polvo, convirtiéndose en un objeto inmobiliario más de la casa de su infancia. Hasta que una tarde de cumpleaños, la guitarra no soportó más la indiferencia de los inquilinos, y dejó de tocar para siempre. El análisis clínico que dejó fue mortal, un par de cuerdas sobrevivieron al destierro al que se vio abocada, más una fractura letal en la unión del mástil con la caja. Demasiada tortura en vida, para seguir soportando por más tiempo el desarraigo donado. 

La ausencia es deseo, y curiosamente no habían echado en falta la guitarra hasta el día que se ausentó.

Juan le pidió una guitarra a su padre, pero éste se negó tajantemente, creyendo que se trataba de otro capricho más. Aunque el tiempo demostró que el capricho se truncó en devoción. Y fue con su primer sueldo militar, con el que se agenció su primera guitarra española. Para empezar había tomado otra prestada, de una buena amiga, pero le incomodaba el hecho de pensar que podría dañarla, por eso se apresuró a gastar su primera paga en una inversión que aún mantiene viva. Luego llegó una acústica con su amplificador, pero no le llenaba tanto como la primera.

Más de diez años de auto – aprendizaje, torpe, lento, pero fiel a la esperanza de cultivarse como músico. Hasta que una tarde, vio el enésimo papel ofreciendo dar clases de guitarra, clases de flamenco en concreto. Juan sabía que por cuenta propia había aprendido lo suficiente para iniciar el viaje folclórico a sus raíces. Llamó curioso al teléfono de contacto, y pronto empezó las lecciones. Para alegría de su padre, que por fin cosechó un deseo que quiso inculcarle de joven...