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La Morada del Unicornio

Brújula

Al atardecer, la pesada y molesta amargura arremetió contra mí, de nuevo. Vagaba despacio y cansado psíquica y físicamente por las céntricas calles de la ciudad. Mi dejado y sucio aspecto paseaba en busca de un amanecer reflexivo; estaba agotado como para andar vomitando buenas ideas, o como para hallar la solución a la tempestad que me visitaba tan a menudo, últimamente.

Cansado de tocar las mismas canciones que emanábamos mi guitarra y yo, de oír las idénticas voces y de pensar sobre los vanos consejos de mis allegados,... me senté en un mugriento mármol, un escalón con un gran portón.

Allí, con la mirada perdida en oscuras meditaciones, a la vez que las intentaba difuminar con la conocida técnica de poner la mente en blanco, pasé un buen rato.

De pronto, se abrió la puerta de un garito cercano a mi puesto. Surgió en el negro silencio que me envolvía la peculiar voz de Ismael Serrano, más triste, eso sí. Me levanté y me dirigí a aquel bar, y en su interior me senté junto a un grupo de jóvenes que lo miraban con gesto impasible. Cantaba al amor perdido, qué original, pensé irónicamente.

Sus dedos finos y arrugados, por el demoledor tránsito del tiempo, navegaban por todo el mástil, emitiendo una melodía fantástica. En cambio, su voz estaba rota y perdida, pero su corazón llegaba donde no lo hacía su ronca garganta.

Del silencio que brotó entre una canción consumada y la que comenzaría, reconocí en el tumulto a una vieja amiga. Nos miramos, pero pareció no reconocerme... o por lo menos me supo evitar. No me resigné a intentar saludarla, pero cuando quise llamar su atención, surgieron rompiendo el silencio creado, por la pausa, los acordes de "últimamente".

La gente se identificaba con esta canción, biográfica de este cantautor madrileño. Hasta él parecía emocionarse con su letra, con la verdad que derramaban sus labios...

... y el concierto concluyó, entre canción y canción; la gente se levantaba de sus asientos con la sonrisa en sus rostros, cansados y legañosos, con sus charlas y despedidas.

La noche es hermosa, estaba meditando sobre esto cuando percibí que sólo en el local, quedábamos Ismael, el propietario y un presente.

Ismael se incorporaba guardando en una funda de madera su instrumento. La leal y fiel compañera, justo en el momento que me acerqué. Sin dirigir palabra alguna, él me saludó:

 

-¿Qué tal compañero?

- Bien, -le contesté. Era la primera palabra que intercalaba con Ismael, y a la vez se convertía en la primera mentira que le pronunciaba.

- No creo que te vayan bien las cosas, amigo, no has separado tu copa de Whisky de tu boca, desde el momento en que te vi llegar.

Me dejó mudo, decía la verdad, pero lo que más me sorprendió fue que me había estado observando.

- Además, tus ojos están tristes y tu voz suena penosa. - añadió.

Ismael me había descubierto, desnudado con su mirada curiosa y profunda.

- ¿Puedes tocarme una canción? - pregunté al tiempo.

- ¿Tú cantarías? - me interrogó sonriendo.

- No, ... yo no, me refería si podrías tocar y cantar tú.

Me miró extrañado, quizás por mi descaro o la soberbia de mis palabras.

- No, no creo que sea el momento, pero te invito a "carretear". - Me propuso.

- De acuerdo. - Acepté gustosamente.

 

     La noche era fría y húmeda, el invierno estaba muy cercano ya. Pero la cálida presencia del cantautor, convertía el frío en calor, con sus palabras llenas de certeros raciocinios. Conversaba sobre Silvio Rodríguez, incluso recitaba fragmentos cortos de sus temas. Explicaba el significado y el por qué le agradaban, como si él mismo las hubiese parido.

Luego, me habló de mujeres, de la sociedad y sus negros vicios... yo escuchaba con detenimiento, y a la vez aprendía de sus sabias y nocturnas posturas ante la vida, cual tal aventajado alumno.

Hablando con Ismael Serrano rejuvenecía. A pesar, de que a ratos, mi optimismo se tornase en un gris pensamiento lleno de decepción y rabia...

Miraba con aires de exacto calculador, de preciso meditador, su visión era maestra, enseñaba y hacía pensar con su silencio, con su sensillez. Sin llegar a ser divino, como creía todo este tiempo que lo escuchaba en casa, que lo idolatraba hasta el punto de divinizarlo... convertía en sortilegios verbales todo lo que decía. Hasta el más necio aprendía algo, y este podía ser mi caso.

La luz del día comenzaba a imponerse sobre el oscuro de la noche, y su tranquilidad. El ruido de coches, trabajadores y demás gentes de la sociedad, comenzaría a multiplicarse en breve.

Qué poco me gustaba el día, prefería la noche, como tampoco deseaba abandonar aquel grato trato con Ismael, que en aquel preciso instante comenzaba a despedirse...

Volvía solitario y cabizbajo a casa. Pero con la fe de vivir otra noche como la que terminaba. Ahora tenía sueño, ganas de despertar de este sueño; quizás soñaba esta vez de verdad.

Y así, soñando o andando, fui llegando. Al entrar en el barrio, a lo lejos distinguí la silueta de Lucía, la chica del garito. La había olvidado, y ahora aparecía. Me miró sonriendo, yo mantuve el ademán serio y quedé inmóvil, apreciando su nerviosismo.

Ignorándola, y sin reciprocar su saludo, subí los escalones del portal. Llegué a casa sabiendo que me arrepentiría, pero ella también me ignoró horas antes en el bar, cuando yo me alegraba de verla, ... y ella no.

Dormí con el recuerdo imborrable de Lucía y, con la esperanza de volver a ver a Ismael. Y por qué no, a la chica que dejé llorando en mi portal. Y es que no sé, " pero últimamente ando un poco perdido"...

 

 

Impotencia

¡OH cielos, qué habrá escondido detrás de esa enorme cortina, … mis ojos ansiosos por hallar una resolución a todas las cosas, las cuales me veo sin argumento, te miran anhelantes por encontrar una verdad a todas ellas!.

Tan sólo, soy un ser que tratando de mejorar día a día, me veo postergado a ser todo lo contrario de lo que mi corazón me anhela. No sé, quizá sea mi propio destino el que me aleja cada vez más de mis propósitos, no sé muy bien a qué atenerme todo es alejamiento.

Cuando mis esperanzas estaban depositadas al otro lado del Mar Mediterráneo, sufría en el tedio oscuro del deseo ilusorio. El pensar que un día, por fin pudiera pisar tierras de la deseada Iberia, (el pasaporte, al menos pensaba yo, al fin de todas mis calamidades tanto económicas, como también a mi propia realización como persona).

Cuando por fin llegó la oportunidad de zarpar aquella inhóspita embarcación, significaba para mí, la propia salvación: ¡OH Dios, cuan equivocado estaba!. La Madre Naturaleza nos hizo una recepción bastante agradable, nos recibió del otro lado con un día tan hermoso como la propia vida. Pero…

… Ya pisaba suelo ibérico y yo sin estar muy seguro de cómo, pero estaba dispuesto a seguir los pasos de mis ancestrales: ¡Quería luchar, quería conquistar, quería conseguir e incluso estaba dispuesto a sacrificarme a mí mismo en nombre del éxito!. Pero pronto, aprendería que los sueños son como un extraño dios que tratan de mantener viva las esperanzas, mientras otro mucho más maligno trata de amargarnos los dulces sueños, (esta es la diosa realidad)…

“Y fuiste un difícil comienzo, además de la realidad que desconozco. Y quien viene de otro sueño feliz de ciudad, aprende deprisa a llamarlo realidad, porque es el reverso del revés. Del pueblo oprimido en las villas, o en las colas de las chabolas.

De la fuerza del dinero que hace y destruye cosas bellas”.

                            Caetano Veloso, (fragmento extraído de Sampa).

Creí que los ojos de ese lado no eran tan devoradores, al mismo tiempo tan acusadores, (te juzgan de tal o cual manera, según lo que aparentes), todos te miran, todos te culpan por algo. Y yo que sólo busco un trozo de algo donde agarrarme como si fuera mi último aliento, mi último recurso para poner fin a mi propia miseria.

No sabía contestar a ciencia cierta si estaba siendo rechazado o solamente se trataba de la propia crueldad de la vida, donde todos luchan contra todos por realizarse como ser. Pero efectivamente, era consciente de que mi condición como persona se veía desvalorada. Pues a partir del momento que pisé tierra española nadie me nombró por mi verdadero nombre, más bien me decían: moro, muerto de hambre, negro, … incluso con desprecio me exclamaban: ¡Vuelve a tu país!. Y yo me preguntaba: ¿De qué podemos presumir nosotros los humanos?,… ¿Es verdadero el supuesto hermanamiento de los pueblos?,…

… ¿Acaso es mentira que un hombre o un determinado grupo de hombres, rechaza a otros por no tener o por no reunir las condiciones que ellos imponen como necesarias para pertenecer o frecuentar su entorno? … Ser blanco o negro, cristiano, budista o musulmán, ser guapo, ser hombre o ser mujer. Son condiciones que determinan o limitan a los seres, no vale con reunir los requisitos de persona. ¡No, amigo mío, ser persona es lo de menos, hay que ser algo más que esto, en una sociedad clasicista!.

Nuestra sociedad ha evolucionado, pero cada cual de acuerdo a sus conveniencias.

Yo cuando crucé el estrecho anhelaba el oro y el moro, (como dicen los españoles), pero ahora sólo deseo una mirada amiga, unas pequeñas palabras amistosas que pudieran devolverme mi optimismo y mis ganas de vivir. Mi necesidad ya no es material, se ha truncado a una exigencia psíquica, en la que espero día a día el apoyo y calor de alguien que me sepa escuchar.

Era bastante curioso, en mi país “las veía negras”, pero era sufridor con esperanza. Hoy después de tanto desear estar aquí, y finalmente estoy, la realidad me ha hecho pesimista, y poco a poco el cielo se vuelve gris y sombrío a mí alrededor, y se van consumiendo mis esperanzas como la llama de una vela.

Mi única vida, pienso, malgastada en el anhelo incoherente de escapar de una realidad que no elegí, maquinando mi futuro ando todo el día… y ya lo dijo aquel buen poeta, Calderón de la Barca: “La vida es sueño”. No nos conformamos con lo poco o mucho que tenemos, es cierto, como tampoco valoramos lo que poseemos, pues yo escapé de aquella miseria, pero aún siendo miseria y sabiendo que hay más grandes en la humanidad, ansiaba el triunfo.

Los valores se han perdido, los juicios vuelan de boca en boca, con horribles palabras, graves prejuicios que acaban con la débil moral de un extranjero como es mí caso.

¡OH, Dios!, … Que miedo me produce nombrar extranjero, pánico me da… ¿Es acaso el mundo, o este pedazo de tierra, tuyo o mío? … ¿Es verdad Dios, que tú hiciste el mundo para beneficios de unos y desgracias de otros? … ¡Dime que no es verdad!. Dime que no es cierto, y es tan sólo una pesadilla, hazme ver que esto es un mal sueño, una madrugada en vela, dentro de esta bella creación. No concibo tu castigo, tu divino castigo, y de dudar de todo, dudo hasta de tu Todapoderosa persona…Pues oigo, cada vez más fuerte, como mis hermanos te desacreditan, te niegan e incluso te rechazan. Pero la fe, la que mueve montañas, me envuelve aún, (no sé por cuánto tiempo más), de tu velo. El misticismo de mi sangre se lo dono a diario al misionero, él sí te necesita Señor, él sí es un Dios, y no el que permanece en el cobijo del santo templo sagrado, inculcando una doctrina carente de fundamento y justicia. En definitiva, teórica pero poco práctica, que es al fin y al cabo lo que necesitamos, porque Padre: “Las palabras se las lleva el viento”.

Lo he perdido todo, sólo me queda mi errante cuerpo, y mi existir absurdo. No creo en la bondad de tus palabras, como creía cuando era educado bajo la atenta mirada de mis tutores. ¡Qué necio, fui, y que bobo sigo siendo! … No darme cuenta antes de que todo este teatro sin sentido, toda esta trágica comedia que vulgarmente llamamos vida, sea una ficción montada a tu manera.

Eres la “anestesia de la humanidad”, el “hipnotizador” más perfecto, … todos mis rezos cesaban mi dolor, pero su raíz renacía y el tallo de rebeldía brotaba más poderoso e incrédulo. “La medicina es escasa, cuando la enfermedad es mortal”, pienso a diario. Y tú no eres sincero conmigo, no me arropas en este mi divagar. Me muestro escéptico, pero no reniego de mi última esperanza en ti…

¡Muéstrame el camino, la vía de la felicidad! … Enséñame un pedazo de tu cielo, de ese del que hablan todos tus corderos y ninguno vio. Y yo seguiré tu sendero, promulgando la fe que se me ofrece.

Si no es así, te pediré que me despiertes de esta falacia, y que me abras la puerta de la muerte, no quiero padecer más, sólo quiero ser feliz, …

Pues bien, dime qué debo hacer… No pido dinero, tan sólo ser dichoso por un momento. Creerme centro de tu creación por un instante, muy breve, eso sí, pues no sea que despierte peor, (“a veces, el remedio es peor que la enfermedad)…

Me da la impresión de que mis palabras son vanas, sordas para tus oídos. Pero, ¿a quién voy a hablarle, sino es a ti? … La sociedad vive deprisa, el trabajo consume la energía de todos, solamente los que nos vemos fuera de tal labor, los que incordiamos con nuestra presencia al ciudadano y afeamos con nuestra delgada y mugrienta silueta la ciudad, somos conscientes del disparate en el que se sumerge el mundo. ¡Ay, amigo filósofo, cuánta razón tienes en lo que dices!, ¡Cuánta admiración padezco por ti, que has sabido mirar con ojos analistas y lentes de aumento a tan asquerosa humanidad!.

Yo quizás, no hubiese tenido tanta osadía, en hacer crítica, y seguramente viviría sin mirar atrás, derrochando todo sin escrúpulos…  Pero no es el caso, y en parte me alegro, porque de este modo, saboreo el fango con la débil esperanza de que algún remoto día, pueda degustar las mieles de eso que comúnmente llamamos triunfo…

El mismo individuo, que trajo moscas rondando alrededor de su cuerpo, el ser que soñaba en la pesadilla de su país, navegando por el espejismo creado en su fértil y creciente imaginación… este ser que vive muerto, y muere sin saber qué es la vida… ese soy yo.

¿ Tendrá razón el ateo, cuando afirma que todo se volverá de color cuando caiga el cristianismo? … No sé, y por ignorar, no sé si la posición social nos viene dada de antemano, en un injusto, (como todo en esta vida), sorteo. De ser así, que mal jugué mis cartas, que desdichado fui en el azar de la tómbola vital. Pero como rebelde que soy, desafío a diario a mi destino, no sin sospechar que esta rebeldía ya fue acordada un día en dicho juego.

¡Qué falsa, que desesperación! … Me ahogo en mi pésimo meditar, me asfixio en el aire de mis pulmones, y aún soy capaz de dedicar una dulce sonrisa a un niño, o a una adolescente que cautive mi corazón. Pero rápidamente noto, como no coexiste esa reciprocidad que pido a voces internas. Percibo como la más severa ignorancia me acecha y consume cuando me dan la espalda, o cuando me sonríen con esa superioridad que detesto, fumigando mi autoestima, o lo que queda de ella, con esa fingida prepotencia social. ¡Esto es tolerancia, educación! …

… Después de analizar lo escrito, no salgo de mi asombro, y llego a la conclusión de que me equivoqué. Debí quedarme en casa, allí no era rechazado, éramos casi todos pobres y humildes; pero aquí, en la Europa desarrollada, soy un punto negro.

¡Un puto cáncer, a extinguir! …

 

(JJCastillo y Claudio Henrique Cardoso)

 

Alicia

 

            Eran las diez de la noche cuando caí en la cuenta de que todo un día había transcurrido. Estaba rendido, y lo único que me apetecía en ese momento, era dormir. Notaba cansado todo mi ser, pero fue mayúsculo este cansancio cuando me hube recostado sobre mi gélido saco de dormir. El saco había caído en el suelo, invitándome a introducirme en él, como por arte de magia…

            Una oscura y fría noche estaban dándose paso, pero esto a mí, no me quitaba el sueño, nunca mejor dicho. Me notaba húmedo, a consecuencia de haber estado caminando a un ritmo frenético durante las tres últimas horas. Pero no me agradaba la idea de salir de mi cobertizo para cambiarme de ropa.

            Inmerso en mis sueños, no aprecié la belleza del firmamento. Seguramente el negro techo terrestre estuvo lleno de brillantes estrellas que observaron el descansar de un extranjero. Y aunque entendía que en el mundo no había foráneos, también comprendía que aquella noche era una persona que tomó prestada una porción de tierra para recuperar las energías perdidas en el viaje.

            Por la mañana, una vez renovado, me dediqué a ordenar mi equipaje y, a planificar el día. No sin antes desayunar. El sol aún no se alzaba sobre el horizonte, pero ya se hacían notar sus radiantes rayos. Me alegraba el hecho de despertarme sintiendo el canto melódico de traviesos pájaros, que revoloteaban por las copas de los pinos circundantes. También logré oír y ver el curso de un riachuelo que la noche anterior no pude percibir. Allí se refrescaban el pico los pequeños tenores de este precioso lugar. Respiraba aire fresco y limpio, no memorizaba con atino cuánto tiempo hacía que no sentía la pureza de la madre naturaleza. Pero cierto es, que aquello me emocionó durante minutos, quedando hipnotizado por el aroma natural que recibían mis sentidos, transformándolos en profundos recuerdos nostálgicos.

            Una vez desperté de aquél placentero estado de éxtasis, me acomodé la mochila a la espalda, y dije adiós a aquella tierra donde había pasado la noche.

            Ya en camino, me topé con un joven que iba al cuidado de un rebaño de ovejas. No más de quince años, gesto risueño, orejas de soplillo y mejillas rojizas. Aspecto pueblerino, sin cortarse al mirar opinó en voz alta… No sabía si parar o continuar, y fue el muchacho el que me hizo detener, ofreciéndome agua y alimento. Le di un sincero agradecimiento, después de tomar un trago de agua fresca. Pensé en dos cosas: que era buena gente, o que en mi rostro cansado, se leía mi sed…

·        ¿Dónde vas? … (Se interesó el curioso pastor).

·        Quiero conocer mundo, ir lejos, donde las piernas y el corazón me lleven.

Quedó un tanto desconcertado con mi respuesta, pero al rato formuló otra:

·        ¿Y eso, dónde está? …

No sabía en ese momento qué contestarle, no quería herirle, haciéndole ver su propia ignorancia. Pero me veía de otro modo obligado a contestarle y decirle mi más íntima verdad: Viajaba a un lugar que no tiene nombre, hacia la nada, y a la vez hacia el todo. Pero lo expresé de otro modo:

·        No está en ningún sitio, … quiero andar por el mundo, y conocer a otras personas,  otras culturas, …

No pude olvidarle durante un tiempo. Y continuaba pensando en él cuando ya hacía rato que me había despedido. Retomando la marcha, noté que mi cuerpo necesitaba más descanso, se mostraba más exigente. Y al cabo de cinco o diez minutos volví a parar. Esta vez saqué una manta de mi mochila, y la extendí sobre la verde hierba de aquél páramo de vivo color. No tenía nada que ver este lugar con el lugar donde pasé la nocturnidad, este sitio era claro, abierto, y se podía divisar extensas llanuras desde mi posición. Mientras que el bosque donde dormí, no permitía ver más allá de la poblada arboleda de pinos.

            Logré descansar por tiempo no superior a dos horas, pero creí que era suficiente para continuar el camino. No había hecho nada más que comenzar mi aventura, quería conocer lo no conocido, de lo que habla todo el mundo pero nadie sabe nada. Romper con la regularidad, me parecía la solución a mi crisis personal, pero me daba cuenta por cada paso que daba que mi vida ya estaba escrita, y mi destino marcado. Y por fuerza u obligación, debía limitarme a ser uno más, siendo irremediable, el que a cada instante se me viniese a la cabeza el murmullo urbano, las bocinas de los automóviles, los niños jugando en los parques, …quería dejar esto atrás, forjar otro camino vital, pero no podía abandonar aquella vida, estaba enraizado en un vivir monótono que yo no había elegido. ¿Quién eligió por mí? … Me gustaría saberlo.

            Era un intruso en aquél lugar, nada me pertenecía, todo era de todos y a la vez de nadie.

            Recordé el motivo de mi partida, y me hizo entristecer aún más. No había digerido todo el mal trago de mi soledad. La vida era injusta conmigo, y no creía que debiese recibir tan duro golpe. Era algo inviable, inevitable, el no acordarse de ella. Tanto tiempo dándole mi amor para verla agonizar en la fría sala de aquél aciago hospital. Por un instante me emocioné, y me fue imposible reprimir las lágrimas. Podía notar a mi corazón pidiendo una explicación a este Dios misterioso, a este ser en el que creemos los más infelices de los seres, en este Señor que vive sin dar muestras de vida, … Sentía la más fuerte impotencia. Mi vida había acabado, no tenía sentido sin ella, todo era irreal y ficticio sin la persona que más he querido, que más quiero, y que no podía tener junto a mí. La vida me la había robado.

Sabía lo que era el amor desde hacía mucho tiempo, quizás desde que la conocí. Pero la vida, la misma que me dio felicidad junto a ella, y hoy me entrega la más amarga soledad, me ha enseñado a diario que el amor es mayor cuanto más lejos está la persona amada…

El profundo silbido de un tren que se precipitaba por una de las amplias llanuras que me rodeaban, me despertó de mi letargo. Al cabo de un rato, observé que las tierras in abruptas donde conocí al muchacho habían desaparecido por completo de mi vista.

            Después de pasarme todo el día caminando, sin destacar nada nuevo, me percaté de que la noche estaba cada vez más cerca, y tuve que comenzar a acampar en el primer refugio que localicé. Sin darme cuenta, había estado más de ocho horas andando. Pero fue un caminar extraño, pues apenas me daba cuenta de cuándo paraba o de cuándo renacía la marcha, no me reparó importancia esto.

            El cielo iba tornándose de un tono rojizo, que amenazaba con lluvia, pero esto no me preocupaba tanto como el no poder ver a Isabel. Jamás volveré a tocar sus suaves cabellos, pensé. Ni tampoco poder oler su perfume francés que me embriagaba con la añadida mezcla de su esencia. Nunca más soñaremos visitar Venecia, en los paseos que hacíamos en los tristes atardeceres por los jardines y parques de nuestra ciudad. Todo quedó en palabras, en olvido. No sabía de la felicidad, pero la sentí a su lado, como algo pasado y caduco en mi biografía. Todas las pasiones e ilusiones comunes, fueron derramadas en lágrimas por mí, aquella fatídica madrugada… Y aunque tenía esperanzas por recuperar su vida, sabía que no sería en todo caso lo mismo. No me hubiese perdonado jamás el que condujera ebrio…

            Miré hacia el estrellado cielo, cuando volví en mí, cuando la noche ya se había echado por completo. Las nubes se habían disipado. La oscuridad era atractiva, y manteniendo silencio, podía oír a los habitantes nocturnos de aquel paraje. Pero mis sentidos pusieron toda su atención en las luminosas estrellas que poblaban el manto negro del firmamento. En una de ellas, en la que más me pareció que brillase, veía la fina y delicada cara de Isabel. No la podía olvidar, era parte de mí. Notaba como mi más dulce sueño, se había convertido en mi más amarga pesadilla. Pensé que un Dios justiciero torturaba mi mente, trayéndome a cada segundo, el recuerdo nítido del amor perdido, … acercándome la memoria del accidente, en una imagen irreal pero perceptible y emotiva. Nada había que no me hiciera recordar un gesto suyo, una palabra suya, un suspiro suyo. El aire fresco que sopló aquella noche, me trajo el aroma de su piel. Dormí panza arriba, mirando las estrellas, pensando en mi estrella, en mi lucero…

            A la mañana siguiente me despertó la claridad que el Sol había erguido sobre aquél lugar. Conseguí estar durante unos minutos pensando en lo que me depararía el día, dentro del saco de dormir, hasta que me fue imposible mantenerme en su interior, a consecuencia del asfixiante calor que producían aquellos primerizos rayos solares.

            Pude observar algo que no había visto en la noche. Se trataba de una pequeña aldea, que calculé estaría a una media hora de camino, a un ritmo vivo. Era un pequeño y blanco manto de casas, perfectamente ordenado en hileras, con una gran precisión. Me pareció imposible no haberla visto antes, y vi oportuno el desayunar allí.

Pronto capté, con la mochila ya a cuestas y una vez hube comenzado a andar, que no era difícil contar el número de casas que reunía el poblado en cuestión…

No debía de ser muy tarde cuando entré en la aldea, pues no había un alma en la calle. Rápidamente encontré un bar, que era lo que iba buscando. Dentro de éste, se encontraba el camarero que despachaba un café bien cargado de coñac,  a uno de los cuatros clientes que se encontraban allí. Tomé un descafeinado, con bastante azúcar, como solía hacerlo, y con decisión salí de aquel local en busca de una tienda donde comprar alimento…

… Pero me percaté pronto, de que todo negocio a excepción de aquel bar, estaba cerrado. Desconocía la hora que era, y calculé que quizás era muy temprano. Descolgué la mochila de los hombros, y la abrí para buscar el reloj. Pero de repente ante mí, a unos diez metros, vi acercarse a una muchacha con un cántaro apoyado con gracia en un costal. Mi corazón y todo mi cuerpo comenzaron a agitarse en un baile de sentimientos que no tenía nada de agradable, me sentía confundido y perplejo por la belleza y simpleza que desprendía la chica…

Sin darme cuenta, como si de un ángel se tratase, se deslizó por mi presencia dándome la espalda una vez me hubo saludado:

·        ¡Buenos días, caballero! … (Me dijo con voz dulce y alegre, al pasar por mi lado).

·        ¡Muy buenas! … ¿Me podría dec…decir la hora?. (Pronuncié mis palabras como un niño, balbuceando. Todo era confusión en mí.)

·        ¿Cómo ha dicho, Señor?.

·        Que si, … ¿Me puede decir la hora?. (Esta vez si pronuncié bien la pregunta, el “baile interior” ya había cesado. Y de nuevo me encontraba con relativa tranquilidad. También noté en mi acento un aire de superioridad, un tono que buscaba agradar a mi oyente. Pero, ¿Por qué busco simpatía con esta joven? … Me pregunté para mi interior, en el momento que me dijo que eran las diez de la mañana.)

·        ¿Buscas algo? … (Añadió).

·        Sí, andaba buscando una tienda donde poder comprar. (Al responder esto, y al descubrir sus inmensas pupilas negras, no pude reprimir que mi cuerpo se agitara de nuevo. Es preciosa. Pensaba mientras ella me ponía al corriente de que era Domingo y, no iba a encontrar nada abierto.)

·        ¡Muchas gracias! … (Dije sin apenas mirarla a los ojos, para no delatar mis sentimientos.

Una vez se perdió de mi vista y alcancé de nuevo mi razón, noté que no pintaba nada en mitad de la calle. Intenté recuperar el sentido de vida que me había llevado hasta allá, y me sentí aún peor que antes.

Poco a poco, comenzó a salir gente de sus casas. Un hombre mayor abandonaba una blanca casa con la fachada toda llena de macetas, en su mayoría geranios y jazmines. Tras una de los tiestos de cerámica, leí un cartel que colgaba  de la pared. ¡Estupendo!. (Exclamé, una posada, así esperaré hasta mañana para comprar lo que necesito, pues no sabía cuando volvería a encontrarme con el próximo pueblo, poblado o ciudad…

Las nueve de la noche, eran, cuando me despertó la posadera. Traía un caldo caliente, y un segundo plato con filete y patatas.

-     ¡Tome, que no ha probado bocado en todo el día!.

·        Gracias. (Agradecido a la posadera, comí en la habitación).

Mientras cenaba, descubrí un jazmín que asomaba por la única ventana de aquél habitáculo. Su aroma había penetrado en aquellas cuatro paredes; el olor a humedad insoportable de la sobremesa, había desaparecido.

Tras cenar, decidí ir a dar una vuelta. A eso de las diez de la noche me encontré las aceras de la aldea de nuevo vacías, como cuando llegué. Necesitaba estirar las piernas que habían estado todo el día descansando.

… De pronto dudé, de si lo que se acercaba por la calle, era o no un sueño. Me sentía mal, no había logrado quitarme a esta chica de la cabeza el tiempo que había estado despierto y durmiendo. Pero más fue mi sorpresa y nerviosismo al acercárseme y preguntarme:

·        ¡Hola, de nuevo! … ¿Has encontrado alguna tienda abierta? …

·        ¡Buenas noches!, … No, no he buscado. Te he hecho caso, y, y,  nada… (Me encontraba fuera de mis casillas, era todo nerviosismo, exaltación).

·        ¿Qué le ha traído por aquí?, … ¡Ah, y perdone por si soy muy curiosa!. (Ella también se sonrojaba ahora. Su voz era delicada y tierna, como la reconocí en la mañana. Y su serena calma me hacía sentir a mí menos seguro.)

·        Viajo desde hace unos días, sólo pasaba por aquí de casualidad. (Le respondí).

Comenzamos a andar al mismo tiempo que hablábamos. Me sentía un poco más tranquilo, pro me era imposible controlarme del todo, calmarme. Nos empezamos a alejar de la aldea, por un sendero que nos llevó hasta un castillo en ruinas, entre preguntas y respuestas. Allí veíamos todas las luces del poblado. Era una visión muy bella, todo aquel juego de luces y colores armonizaban por completo. De repente, nuestra conversación cesó, nos miramos a los ojos. Fue la primera vez desde que la conocí que le sostenía la vista. El reflejo de la luna, y de las luces de la aldea, enmarcaba aquella escena que brotaba de una leve amistad. Sus ojos clavados en los míos, invitaron a nuestros cuerpos a unirse más y, … mi boca se entrelazó a la suya. Sin conocer su nombre, ni ella el mío. Deseé besarla desde el primer momento en que la vi. Tan hermosa y sencilla, me había hecho sentir mal durante todo el día. Todo ese cosquilleo interior se había marchado.

Su suave cabello moreno, acariciaba mientras la besaba y abrazaba.

·        Me llamo Alicia.

·        Yo Juan.

Echamos a reír, sin poderlo evitar, sintiéndome el ser más feliz, en ese momento. Hasta esa mañana no había conseguido separarme del recuerdo de Isabel. Pero cuando volví a abrazar, besar y acariciar a una mujer, no me acordé de Isabel…

 

            … Esa noche mi mente estuvo sumergida en el cuerpo de Alicia. Llevamos dos años viviendo juntos. Por mi parte, estoy muy feliz, pero a veces pienso qué hubiese sido de mí, sino la hubiese conocido…

Andando por los campos y tierras desconocidos hubiese llegado muy lejos, aprendido muchas cosas, pero, … nadie me asegura haber conseguido la felicidad que gozo ahora…

Recuerdo cuando maldecía todo lo que se cruzaba por mi vida, fueron momentos difíciles. Pero Alicia me ha enseñado a mantener la tranquilidad en todo segundo, aunque lo que más me ha ayudado a comenzar esta nueva vida ha sido el olvido de Isabel. Aún la recuerdo, no cabe duda, pero ya no siento aquello que me hacía ahogarme en un pozo de lágrimas; aquel sentimiento que me producía malestar y fatiga hacia la vida. Alicia ha encajado en mi existir, y ahora sé valorar lo que tengo; ya sé lo que es perder un tesoro, era un crío, a pesar de contar con la veintena de años… y no estoy dispuesto a dejar escapar lo que el azar o lo que llaman destino me ha extendido. Ahora amo la vida, amo a Alicia, amo a todo el mundo que me encuentro en esta ya mi aldea…

Mi vida ha dado un giro completo. El blanco, la claridad, los colores, … han entrado en mi mente, destruyendo los tonos negros, grises, opacos, … que me turbaron durante tiempo. Siempre tuve fe en sentirme como ahora me siento, pero debo ser prudente. Porque igual que nacemos, morimos… Igual que soy ahora dichoso, puedo ser infeliz en un abrir y cerrar de ojos.

… No sé cuánto tiempo podré mantener esta alegría, no sé cuánto tiempo nos amaremos Alicia y yo, no sé cuánto tiempo, en definitiva, sabré vivir…

Metafísica de mujer

 

Tu imagen traviesa, divertida

brota sobre la atmósfera,

cargada de humo, repleta de vida.

Bailarina revolotea,

danzando cual mariposa juguetona

entre la mínima luz

que emana una vela.

Se esfuma tu sonrisa

cuando el último destello de humo pierdo...

Parpadeando la habitación, inquieta

al son de la débil llama.

Apareces, desapareces

para al tiempo, volver a aparecer.

Invitado a este ridículo juego

participo por voluntad ajena.

     Se extingue la claridad

     que amenazaba con dejarnos a oscuras.

     Cuando me proponía abrazar tu cuerpo,

     o al esbozo que mi mente

     proyectó al espacio.

     Cuando suponía que besar tus labios,

     siempre magia,

     se truncaba realidad...

Y el hechizo voló lejos

tan distante, disfrazado de soledad...

Como el deseo que me envuelve esta noche,

hecho sufrimiento, de no tenerte acá.

 

   A MaRiNa.

Cinco sentidos

Tu recuerdo en mi cama,

mi tacto sin poder atraparte

en el espacio - tiempo que dejas...

 

Alzándote sobre mi vista,

resbalando de mis manos tu cuerpo,

bañado en sudores.

 

Imagen que me estrecha el pecho

amplificado por el olor, que traje en mi ropa,

robado inconscientemente en la caricia.

 

Y tu boca sigue siendo anhelo

para mi gusto, que no sacia su sed,

cuando sellamos húmedamente los labios.

 

Tu recuerdo en mi cama

tu susurro perforando mi oído,

con la taquicardia intermitente

que surge cuando nuestros cuerpos

se unen, se hacen uno.

 

 

 

 

 

 

 A MaRiNa

 

 

 

 

El hombre de los dados

Luke Rhinehart tiró los dados. Aguantó la respiración...

se jugaba algo más que la dignidad: destrozar su yo.

Borrón y cuenta nueva. No ser alguien.

Anticipar la muerte, fusionándola con la vida, o la existencia azarosa.

Adiós al aburrimiento. No habrá un hábito previsible, pensó.

La subjetividad construye barreras, levanta prejuicios, acoge a la hipocresía.

El azar se deja llevar, se deja llevar…

No desearás, no habrá sufrimiento posible, porque no es posible elegir.

El pensamiento queda huérfano, amputada la tarea que lo activa.

Fulminar el sujeto, (humano, demasiado humano)

 

El hombre de los dados: Luke Rhinehart, Editorial Destino, 1971


 

Travesía

 

 

            Jamás admitiría que la travesía comenzó sobre aguas calmas, o que cálidas brisas los acompañaban. Ignoraban el rumbo que con el paso de los días, amontonados en inagotables madrugadas, tomarían sus vidas. Pero el timón de la embarcación se fue gustando, arrojándose de cabeza, con ciertas dudas emocionales, miedos que terminaban esfumándose en la caricia...

El tacto suave, generoso del mar, les mostraba el Norte, ante el desinterés mutuo. Y convertían esta sutil sincronización en un dulce baile de salón.

Partieron sin brújula ni víveres, únicamente se dejaron guiar por el impulso ciego de sus corazones. Aquella madrugada ella le cogió la mano, acelerándole las palpitaciones, introduciéndole en un abismo incierto, conducidos por sus voluntades en silencio, hacia el anhelo del mismo propósito. Le guió entre el tumulto, para luego hundir al varón en la angustia carnal del deseo. La atracción era tan evidente como el nerviosismo patente de ambos.

Y fue entre la gente, con la calidez y seguridad que le transmitía su suave tacto, donde ella le enseñó el camino al puerto. Allí les esperaba encallado el barquito, elemento clave de esta travesía.

Pero la noche se extinguió, y continuaban en tierra firme. Por poco tiempo, porque días después, otra noche prohibida para él , terminó por despojarse de sus cadenas. Ella le arrancó las ligaduras con una única palabra, una sugerencia bañada de descaro, un ultimátum que huyó aquella madrugada del frío miedo, para unirse al más sincero sentimiento de sinceridad. A él le invadió la duda con su pavor y moral. Mas anduvo por sobre el bien y el mal, arrojando de este modo irracional, su conciencia al futuro.

Decidía vivir el presente... y sus cadenas cayeron al instante. Juzgando el momento, lo presente, como válido. Sintió horas más tarde, cómo se le escapaba inevitablemente su pasado. Miró al frente, para no padecer ningún síntoma de pánico, y entre dedo y dedo, entrelazados, brotaban unos apéndices que quiso fundir con los suyos.

Se besaron, siempre fieles al presente. Y sin ser conscientes fueron dejando atrás la orilla. Había quedado en otro plano, la veían perderse sin ningún matiz de tristeza, y comenzaron a despedirse del curso cíclico y lineal que había constituido los últimos años de sus vidas.

Luego llegaría el abrazo con su sensibilidad, impulsando él inagotables suspiros que le acercarían a la alta mar de su Isla. Al desarraigo definitivo de la costa, quedando más lejano el firme piso que los vestía de ataduras. Imaginaban en silencio cuantas veces habían sido carne del continente que iban extinguiendo con su invariable ir. Pero sus ojos fueron perdiendo esta perspectiva; fijando la visión que el horizonte les abría, en sensaciones teñidas de esperanza. La libertad era compatible con la unión que iban sellando. Tatuada en las almas de nuestros protagonistas.

Rápidamente pasaron de náufragos a noveles marineros, con el descaro con el cual premia la traviesa noche. Y la cotidianidad se enfundó cristalinas aguas, estancas pero limpias que les permitían observarse a diario. Frías, que fueron truncándose en más humanas. Más cálidas según pasaban los días. La estrella Polar tomó forma en las pupilas de los dos amantes, distinguiéndose magníficamente en el brillo de sus sonrisas. Y con ella, aprendieron nuevamente a caminar de la mano.

El aprendizaje fue lento, pero consiguieron dirigir con sentido su barquito. Tan débil en ocasiones, como infranqueable en otras. Siempre a salvo de corrientes, ajeno al turbio oleaje que les sacudió al inicio de dicha travesía.

Pasaron los primeros meses como pasan los días, inundados por las sonrisas recíprocas, arrastrados dulcemente por el vaivén acompasado de la complicidad y el cariño naciente. Las tormentas se perdieron con aquel otro mundo que dejaron tras sus pasos. No había cabida en el nuevo mundo para ella. Flotaban, no sería la única vez, sobre el tiempo y el espacio.

Para ganar hay que arriesgar, él nunca se creyó un valiente, pero la historia comenzaba a escribirse con grabados mayúsculos. Únicamente persistía tímidamente el amago de anclar sus existencias a la monotonía que dejaban tras ellos. Por ese motivo rehuían de los lazos del viejo mundo, apostando al riesgo todas sus fortunas, sabedores que en el intento moran el éxito y el fracaso.

Él no había nacido para ser un marinero de agua dulce, pendiente desde el acantilado a idealizar sobre otra vida. Hay que llevar a cabo los sueños, pensaba. Ella era más emprendedora, más nítida de ideas. Y sin quererlo, se convertía en el trampolín que le faltaba para cumplir sus metas.

El precipicio se hizo un leve escalón, un mero obstáculo que ni siquiera percibió. Su única ambición había sido crear una fingida realidad, sobre la que construyó una alta como débil catedral de ilusiones. Cayó por su propio peso cuando se cruzaron sus vidas.

Aquella madrugada empezaron a salir los primeros rayos de sol. Se hacía de día, y ella no soportaría mucho tiempo más sus miedos. Él tampoco podía disimular lo que sentía. Así empezó esta peculiar aventura. Ella ayudándole a subir a bordo, y él sin oponer resistencia. Desnudo como una cometa que se deja llevar por el viento. Elevaron el ancla, y un gusanillo se introdujo en sus estómagos. La fuerza de Eolo sobre las velas movió el pequeño barco. Suave, como apunté anteriormente, pero constante, cogiendo viveza, seguro con la inercia que iba tomando. La Isla de Eros se convirtió en la primera parada,... no hizo falta un libro de rutas o radar. La travesía era guiada por el instinto que les marcaban sus corazones.

 

                                                                                                A MaRiNa.

 

La vida

Hace unos días, descubrí qué es la vida. Sí, parece tonto, dicho así, pero si nos preguntamos qué es la vida, y respondemos con el sentido común, igual les pasa lo que a mí, que a primera vista se nos presenta algo así como una línea espacio - temporal, con un principio (nacimiento biológico, o si queremos, estado de conciencia), y un final, (muerte o extinción).

En cambio, la biología nos habla de vida en el sentido de milagro. Millones de causalidades, trucos, azares, o como queramos llamarlo, se han de entrecruzar, para que estemos aquí. Eso sería la vida, incluyendo a los seres vivos, inclusive a los microscópicos, o los que escapan aún a las avanzadas lentes de aumento.

Pues bien, esta vida es la que ya incluye, no sólo al animal - humano (homo sapiens), sino que también a los animales - no humanos, resto de seres vivos, y cómo no, al resto de células, bacterias, etc. que andan a sus anchas por nuestro organismo u otros ajenos. Esta vida es de los seres que metabolizan, (comen y desechan), se reproducen, (o auto - reproducen), son termodinámicos, (esto es, luchan internamente por alcanzar un equilibrio que les favorezca la relación con el medio externo), son complejos, (aunque curiosamente, el ARN de una cebolla sea más complejo que el nuestro), y por último, lo vivo sería aquello que evoluciona por la conocida teoría darwinista de la Selección Natural.

Sí, sé que le estás dando vueltas a la cebolla, pues será mejor que no te diga el ARN del tulipán, demasiado crudas estas informaciones, para el desmedido narcisismo humano.

El homo sapiens, como animal inteligente, crea el concepto vida partiendo de un ideal lingüístico. La palabra. El lenguaje, como esencia de lo humano. Y debido a la necesidad de construirse, usa el medio (ambiente) para sus fines. Normalmente, cubriendo más de lo que su vida biológica le exige. Para esto, también hemos alzado una noción, con la que poder justificar nuestra desorientación existencial, el bienestar. Eufemismo que viene a apoyar la consagrada idea de felicidad.

Dejando atrás etiquetas y artimañas de nuestro querido lenguaje, ni tampoco queriendo hacer una tesis paternalista, ni albergar un falso ecologismo. Esto último tan de moda, que hasta afamados norteamericanos, con una dudosa buena voluntad, vienen a prevenirnos del fin de los días. Yo simplemente quería enunciar qué es la vida. La grandeza de ésta, que nos hace frágiles sólo que de pensarlo.

Ya el racionalismo, apoyándose en la duda de todo, percibió erróneamente que no se podía dudar de que se estuviera dudando. Y, por tanto, si uno piensa, (el sujeto, aquí empezará a coger volumen el ego humano), es porque existe. Descartes, únicamente abrió la caja de los truenos. Kant, con su yo transcendental, y posteriormente Hegel, impregnaría de idealismo absoluto la filosofía, con la famosa analogía pensar = ser.

Se equivocaba el padre del racionalismo, al reconocer como sujeto pensante a la res cogitans. Olvidando que para dudar, era menester haber nacido. Por lo que toda la teoría cartesiana del cogito ergo sum, no tendría vigencia, únicamente en la fórmula: existo, luego pienso.

Pero mi humilde propósito no era echar por tierra el racionalismo moderno, o los idealismos alemanes posteriores. Esa ya fue labor de otros. He retrocedido voluntariamente hasta el siglo XVII, para que podamos discernir, eso es, ver con mayor claridad y profundidad, cómo el concepto vida se ha ido desapegando de la naturaleza, para convertirse en mera idea cultural. Cómo hemos, inconscientemente, creado unos valores, prejuicios, modelos… alrededor de tal vocablo. Cuando la vida, tan primaria y poderosa, no puede explicarse de otro modo, que no sea biológico. Hasta tal punto de egolatría hemos llegado, que no nos conformamos exclusivamente con hospedar seres inertes en eso que llamamos comúnmente vida. Si no que nos creemos con la omnipotencia de diseñar, modificar y crear vida, desde unos supuestos tecnológicos, claramente cegados por el especismo.

Así, que no me queda más remedio que cargar, una vez aprehendida esta nueva visión, con nuevos campos de conocimiento. Continuar pensando que no es más feliz el que más tiene, sino el que menos necesita. Aunque la dicotomía: naturaleza versus cultura, haya dejado de ser un escollo para mí. No os invito a que regresemos a las cavernas. Nuestro destino es aún más crudo. La vida biológica, y la ideal cuentan con un nexo de unión, la muerte. Como apunté al principio, despertamos con la conciencia, en términos representativos. Y dormimos el sueño eterno, adornado por la trasmigración del alma, resurrección, o lo que el sujeto de pensamientos quiera volitar. También nacemos biológicamente, antes que mental o conscientemente, como no he parado de reseñar. Y por esos trucos, azares, causalidades, contingencias, estamos vivos, como podríamos no estarlo.