Blogia
La Morada del Unicornio

Alicia

 

            Eran las diez de la noche cuando caí en la cuenta de que todo un día había transcurrido. Estaba rendido, y lo único que me apetecía en ese momento, era dormir. Notaba cansado todo mi ser, pero fue mayúsculo este cansancio cuando me hube recostado sobre mi gélido saco de dormir. El saco había caído en el suelo, invitándome a introducirme en él, como por arte de magia…

            Una oscura y fría noche estaban dándose paso, pero esto a mí, no me quitaba el sueño, nunca mejor dicho. Me notaba húmedo, a consecuencia de haber estado caminando a un ritmo frenético durante las tres últimas horas. Pero no me agradaba la idea de salir de mi cobertizo para cambiarme de ropa.

            Inmerso en mis sueños, no aprecié la belleza del firmamento. Seguramente el negro techo terrestre estuvo lleno de brillantes estrellas que observaron el descansar de un extranjero. Y aunque entendía que en el mundo no había foráneos, también comprendía que aquella noche era una persona que tomó prestada una porción de tierra para recuperar las energías perdidas en el viaje.

            Por la mañana, una vez renovado, me dediqué a ordenar mi equipaje y, a planificar el día. No sin antes desayunar. El sol aún no se alzaba sobre el horizonte, pero ya se hacían notar sus radiantes rayos. Me alegraba el hecho de despertarme sintiendo el canto melódico de traviesos pájaros, que revoloteaban por las copas de los pinos circundantes. También logré oír y ver el curso de un riachuelo que la noche anterior no pude percibir. Allí se refrescaban el pico los pequeños tenores de este precioso lugar. Respiraba aire fresco y limpio, no memorizaba con atino cuánto tiempo hacía que no sentía la pureza de la madre naturaleza. Pero cierto es, que aquello me emocionó durante minutos, quedando hipnotizado por el aroma natural que recibían mis sentidos, transformándolos en profundos recuerdos nostálgicos.

            Una vez desperté de aquél placentero estado de éxtasis, me acomodé la mochila a la espalda, y dije adiós a aquella tierra donde había pasado la noche.

            Ya en camino, me topé con un joven que iba al cuidado de un rebaño de ovejas. No más de quince años, gesto risueño, orejas de soplillo y mejillas rojizas. Aspecto pueblerino, sin cortarse al mirar opinó en voz alta… No sabía si parar o continuar, y fue el muchacho el que me hizo detener, ofreciéndome agua y alimento. Le di un sincero agradecimiento, después de tomar un trago de agua fresca. Pensé en dos cosas: que era buena gente, o que en mi rostro cansado, se leía mi sed…

·        ¿Dónde vas? … (Se interesó el curioso pastor).

·        Quiero conocer mundo, ir lejos, donde las piernas y el corazón me lleven.

Quedó un tanto desconcertado con mi respuesta, pero al rato formuló otra:

·        ¿Y eso, dónde está? …

No sabía en ese momento qué contestarle, no quería herirle, haciéndole ver su propia ignorancia. Pero me veía de otro modo obligado a contestarle y decirle mi más íntima verdad: Viajaba a un lugar que no tiene nombre, hacia la nada, y a la vez hacia el todo. Pero lo expresé de otro modo:

·        No está en ningún sitio, … quiero andar por el mundo, y conocer a otras personas,  otras culturas, …

No pude olvidarle durante un tiempo. Y continuaba pensando en él cuando ya hacía rato que me había despedido. Retomando la marcha, noté que mi cuerpo necesitaba más descanso, se mostraba más exigente. Y al cabo de cinco o diez minutos volví a parar. Esta vez saqué una manta de mi mochila, y la extendí sobre la verde hierba de aquél páramo de vivo color. No tenía nada que ver este lugar con el lugar donde pasé la nocturnidad, este sitio era claro, abierto, y se podía divisar extensas llanuras desde mi posición. Mientras que el bosque donde dormí, no permitía ver más allá de la poblada arboleda de pinos.

            Logré descansar por tiempo no superior a dos horas, pero creí que era suficiente para continuar el camino. No había hecho nada más que comenzar mi aventura, quería conocer lo no conocido, de lo que habla todo el mundo pero nadie sabe nada. Romper con la regularidad, me parecía la solución a mi crisis personal, pero me daba cuenta por cada paso que daba que mi vida ya estaba escrita, y mi destino marcado. Y por fuerza u obligación, debía limitarme a ser uno más, siendo irremediable, el que a cada instante se me viniese a la cabeza el murmullo urbano, las bocinas de los automóviles, los niños jugando en los parques, …quería dejar esto atrás, forjar otro camino vital, pero no podía abandonar aquella vida, estaba enraizado en un vivir monótono que yo no había elegido. ¿Quién eligió por mí? … Me gustaría saberlo.

            Era un intruso en aquél lugar, nada me pertenecía, todo era de todos y a la vez de nadie.

            Recordé el motivo de mi partida, y me hizo entristecer aún más. No había digerido todo el mal trago de mi soledad. La vida era injusta conmigo, y no creía que debiese recibir tan duro golpe. Era algo inviable, inevitable, el no acordarse de ella. Tanto tiempo dándole mi amor para verla agonizar en la fría sala de aquél aciago hospital. Por un instante me emocioné, y me fue imposible reprimir las lágrimas. Podía notar a mi corazón pidiendo una explicación a este Dios misterioso, a este ser en el que creemos los más infelices de los seres, en este Señor que vive sin dar muestras de vida, … Sentía la más fuerte impotencia. Mi vida había acabado, no tenía sentido sin ella, todo era irreal y ficticio sin la persona que más he querido, que más quiero, y que no podía tener junto a mí. La vida me la había robado.

Sabía lo que era el amor desde hacía mucho tiempo, quizás desde que la conocí. Pero la vida, la misma que me dio felicidad junto a ella, y hoy me entrega la más amarga soledad, me ha enseñado a diario que el amor es mayor cuanto más lejos está la persona amada…

El profundo silbido de un tren que se precipitaba por una de las amplias llanuras que me rodeaban, me despertó de mi letargo. Al cabo de un rato, observé que las tierras in abruptas donde conocí al muchacho habían desaparecido por completo de mi vista.

            Después de pasarme todo el día caminando, sin destacar nada nuevo, me percaté de que la noche estaba cada vez más cerca, y tuve que comenzar a acampar en el primer refugio que localicé. Sin darme cuenta, había estado más de ocho horas andando. Pero fue un caminar extraño, pues apenas me daba cuenta de cuándo paraba o de cuándo renacía la marcha, no me reparó importancia esto.

            El cielo iba tornándose de un tono rojizo, que amenazaba con lluvia, pero esto no me preocupaba tanto como el no poder ver a Isabel. Jamás volveré a tocar sus suaves cabellos, pensé. Ni tampoco poder oler su perfume francés que me embriagaba con la añadida mezcla de su esencia. Nunca más soñaremos visitar Venecia, en los paseos que hacíamos en los tristes atardeceres por los jardines y parques de nuestra ciudad. Todo quedó en palabras, en olvido. No sabía de la felicidad, pero la sentí a su lado, como algo pasado y caduco en mi biografía. Todas las pasiones e ilusiones comunes, fueron derramadas en lágrimas por mí, aquella fatídica madrugada… Y aunque tenía esperanzas por recuperar su vida, sabía que no sería en todo caso lo mismo. No me hubiese perdonado jamás el que condujera ebrio…

            Miré hacia el estrellado cielo, cuando volví en mí, cuando la noche ya se había echado por completo. Las nubes se habían disipado. La oscuridad era atractiva, y manteniendo silencio, podía oír a los habitantes nocturnos de aquel paraje. Pero mis sentidos pusieron toda su atención en las luminosas estrellas que poblaban el manto negro del firmamento. En una de ellas, en la que más me pareció que brillase, veía la fina y delicada cara de Isabel. No la podía olvidar, era parte de mí. Notaba como mi más dulce sueño, se había convertido en mi más amarga pesadilla. Pensé que un Dios justiciero torturaba mi mente, trayéndome a cada segundo, el recuerdo nítido del amor perdido, … acercándome la memoria del accidente, en una imagen irreal pero perceptible y emotiva. Nada había que no me hiciera recordar un gesto suyo, una palabra suya, un suspiro suyo. El aire fresco que sopló aquella noche, me trajo el aroma de su piel. Dormí panza arriba, mirando las estrellas, pensando en mi estrella, en mi lucero…

            A la mañana siguiente me despertó la claridad que el Sol había erguido sobre aquél lugar. Conseguí estar durante unos minutos pensando en lo que me depararía el día, dentro del saco de dormir, hasta que me fue imposible mantenerme en su interior, a consecuencia del asfixiante calor que producían aquellos primerizos rayos solares.

            Pude observar algo que no había visto en la noche. Se trataba de una pequeña aldea, que calculé estaría a una media hora de camino, a un ritmo vivo. Era un pequeño y blanco manto de casas, perfectamente ordenado en hileras, con una gran precisión. Me pareció imposible no haberla visto antes, y vi oportuno el desayunar allí.

Pronto capté, con la mochila ya a cuestas y una vez hube comenzado a andar, que no era difícil contar el número de casas que reunía el poblado en cuestión…

No debía de ser muy tarde cuando entré en la aldea, pues no había un alma en la calle. Rápidamente encontré un bar, que era lo que iba buscando. Dentro de éste, se encontraba el camarero que despachaba un café bien cargado de coñac,  a uno de los cuatros clientes que se encontraban allí. Tomé un descafeinado, con bastante azúcar, como solía hacerlo, y con decisión salí de aquel local en busca de una tienda donde comprar alimento…

… Pero me percaté pronto, de que todo negocio a excepción de aquel bar, estaba cerrado. Desconocía la hora que era, y calculé que quizás era muy temprano. Descolgué la mochila de los hombros, y la abrí para buscar el reloj. Pero de repente ante mí, a unos diez metros, vi acercarse a una muchacha con un cántaro apoyado con gracia en un costal. Mi corazón y todo mi cuerpo comenzaron a agitarse en un baile de sentimientos que no tenía nada de agradable, me sentía confundido y perplejo por la belleza y simpleza que desprendía la chica…

Sin darme cuenta, como si de un ángel se tratase, se deslizó por mi presencia dándome la espalda una vez me hubo saludado:

·        ¡Buenos días, caballero! … (Me dijo con voz dulce y alegre, al pasar por mi lado).

·        ¡Muy buenas! … ¿Me podría dec…decir la hora?. (Pronuncié mis palabras como un niño, balbuceando. Todo era confusión en mí.)

·        ¿Cómo ha dicho, Señor?.

·        Que si, … ¿Me puede decir la hora?. (Esta vez si pronuncié bien la pregunta, el “baile interior” ya había cesado. Y de nuevo me encontraba con relativa tranquilidad. También noté en mi acento un aire de superioridad, un tono que buscaba agradar a mi oyente. Pero, ¿Por qué busco simpatía con esta joven? … Me pregunté para mi interior, en el momento que me dijo que eran las diez de la mañana.)

·        ¿Buscas algo? … (Añadió).

·        Sí, andaba buscando una tienda donde poder comprar. (Al responder esto, y al descubrir sus inmensas pupilas negras, no pude reprimir que mi cuerpo se agitara de nuevo. Es preciosa. Pensaba mientras ella me ponía al corriente de que era Domingo y, no iba a encontrar nada abierto.)

·        ¡Muchas gracias! … (Dije sin apenas mirarla a los ojos, para no delatar mis sentimientos.

Una vez se perdió de mi vista y alcancé de nuevo mi razón, noté que no pintaba nada en mitad de la calle. Intenté recuperar el sentido de vida que me había llevado hasta allá, y me sentí aún peor que antes.

Poco a poco, comenzó a salir gente de sus casas. Un hombre mayor abandonaba una blanca casa con la fachada toda llena de macetas, en su mayoría geranios y jazmines. Tras una de los tiestos de cerámica, leí un cartel que colgaba  de la pared. ¡Estupendo!. (Exclamé, una posada, así esperaré hasta mañana para comprar lo que necesito, pues no sabía cuando volvería a encontrarme con el próximo pueblo, poblado o ciudad…

Las nueve de la noche, eran, cuando me despertó la posadera. Traía un caldo caliente, y un segundo plato con filete y patatas.

-     ¡Tome, que no ha probado bocado en todo el día!.

·        Gracias. (Agradecido a la posadera, comí en la habitación).

Mientras cenaba, descubrí un jazmín que asomaba por la única ventana de aquél habitáculo. Su aroma había penetrado en aquellas cuatro paredes; el olor a humedad insoportable de la sobremesa, había desaparecido.

Tras cenar, decidí ir a dar una vuelta. A eso de las diez de la noche me encontré las aceras de la aldea de nuevo vacías, como cuando llegué. Necesitaba estirar las piernas que habían estado todo el día descansando.

… De pronto dudé, de si lo que se acercaba por la calle, era o no un sueño. Me sentía mal, no había logrado quitarme a esta chica de la cabeza el tiempo que había estado despierto y durmiendo. Pero más fue mi sorpresa y nerviosismo al acercárseme y preguntarme:

·        ¡Hola, de nuevo! … ¿Has encontrado alguna tienda abierta? …

·        ¡Buenas noches!, … No, no he buscado. Te he hecho caso, y, y,  nada… (Me encontraba fuera de mis casillas, era todo nerviosismo, exaltación).

·        ¿Qué le ha traído por aquí?, … ¡Ah, y perdone por si soy muy curiosa!. (Ella también se sonrojaba ahora. Su voz era delicada y tierna, como la reconocí en la mañana. Y su serena calma me hacía sentir a mí menos seguro.)

·        Viajo desde hace unos días, sólo pasaba por aquí de casualidad. (Le respondí).

Comenzamos a andar al mismo tiempo que hablábamos. Me sentía un poco más tranquilo, pro me era imposible controlarme del todo, calmarme. Nos empezamos a alejar de la aldea, por un sendero que nos llevó hasta un castillo en ruinas, entre preguntas y respuestas. Allí veíamos todas las luces del poblado. Era una visión muy bella, todo aquel juego de luces y colores armonizaban por completo. De repente, nuestra conversación cesó, nos miramos a los ojos. Fue la primera vez desde que la conocí que le sostenía la vista. El reflejo de la luna, y de las luces de la aldea, enmarcaba aquella escena que brotaba de una leve amistad. Sus ojos clavados en los míos, invitaron a nuestros cuerpos a unirse más y, … mi boca se entrelazó a la suya. Sin conocer su nombre, ni ella el mío. Deseé besarla desde el primer momento en que la vi. Tan hermosa y sencilla, me había hecho sentir mal durante todo el día. Todo ese cosquilleo interior se había marchado.

Su suave cabello moreno, acariciaba mientras la besaba y abrazaba.

·        Me llamo Alicia.

·        Yo Juan.

Echamos a reír, sin poderlo evitar, sintiéndome el ser más feliz, en ese momento. Hasta esa mañana no había conseguido separarme del recuerdo de Isabel. Pero cuando volví a abrazar, besar y acariciar a una mujer, no me acordé de Isabel…

 

            … Esa noche mi mente estuvo sumergida en el cuerpo de Alicia. Llevamos dos años viviendo juntos. Por mi parte, estoy muy feliz, pero a veces pienso qué hubiese sido de mí, sino la hubiese conocido…

Andando por los campos y tierras desconocidos hubiese llegado muy lejos, aprendido muchas cosas, pero, … nadie me asegura haber conseguido la felicidad que gozo ahora…

Recuerdo cuando maldecía todo lo que se cruzaba por mi vida, fueron momentos difíciles. Pero Alicia me ha enseñado a mantener la tranquilidad en todo segundo, aunque lo que más me ha ayudado a comenzar esta nueva vida ha sido el olvido de Isabel. Aún la recuerdo, no cabe duda, pero ya no siento aquello que me hacía ahogarme en un pozo de lágrimas; aquel sentimiento que me producía malestar y fatiga hacia la vida. Alicia ha encajado en mi existir, y ahora sé valorar lo que tengo; ya sé lo que es perder un tesoro, era un crío, a pesar de contar con la veintena de años… y no estoy dispuesto a dejar escapar lo que el azar o lo que llaman destino me ha extendido. Ahora amo la vida, amo a Alicia, amo a todo el mundo que me encuentro en esta ya mi aldea…

Mi vida ha dado un giro completo. El blanco, la claridad, los colores, … han entrado en mi mente, destruyendo los tonos negros, grises, opacos, … que me turbaron durante tiempo. Siempre tuve fe en sentirme como ahora me siento, pero debo ser prudente. Porque igual que nacemos, morimos… Igual que soy ahora dichoso, puedo ser infeliz en un abrir y cerrar de ojos.

… No sé cuánto tiempo podré mantener esta alegría, no sé cuánto tiempo nos amaremos Alicia y yo, no sé cuánto tiempo, en definitiva, sabré vivir…

0 comentarios