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La Morada del Unicornio

Melancolía

 

 

 

 

 

 

 

 

“La ausencia, el vacío, la soledad,

el aislamiento, la lejanía y el recuerdo…

A veces, estamos más acompañados de lo que nos imaginamos.

Quizás la vida, esta rueda cíclica que fluye en silencio,

trae el recambio preciso a nuestras existencias, pues,

el hueco que deja una persona en el corazón ajeno

puede cubrirse con la presencia del ser venidero, o en su defecto,

con la reminiscencia nítida del elegido, del que nos dejó, …

El devenir, el sino, o el destino, …

¡Cuán felices nos hacen cuando acontece lo apetecido!…

¡Cuán desdichados nos sentimos cuando nos da la espalda! …

Siendo éste, el mayor número de los casos”.

                               Mi historia cuenta el sueño de cualquier adolescente sumido en el sin – sabor de la adolescencia, … sumergido en el amor deseado, pendiente a esa persona que llegamos a idolatrar, incluso a divinizar, y que ha de ser a fin de cuentas nuestro bastón, nuestro guía vital, …

                               Mi intento, logrado o no, es el hacer pensar al lector sobre aquellas cosas minúsculas que observamos a diario, aquellos detalles que en la mayor parte  de los casos sellamos de insignificantes, tachándolos de superstición o falacia. No quiero entrar en lo divino, ni en lo mágico, tampoco en lo astrológico, … mi afán es el mostrar a la conciencia, (sin dar respuestas por supuesto), sobre la vivencia de una fuerza invisible que nos hace escoger entre uno u otro sendero, entre uno u otro camino… La misma que nos aleja para siempre de seres amados, y nos acerca nuevas esperanzas.

Es cierto, que la vida la construye cada cual a su modo, pero lanzo una pregunta al aire: ¿Hasta qué punto, esto es así? …

 

 

                                                                                                                                             J.J.C.C.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                Fabián leía una de sus viejas novelas rusas que tanto le atraían, mientras apuraba un cigarrillo que sostenía en su arrugada y temblorosa mano. Los ojos, que ocultos tras las gruesas lentes, resbalaban por su espigada nariz, dándole un acento más sabio y respetable, devoraban el interior del libro. El cuerpo del viejo, descansaba sobre una ruidosa butaca que él mecía con armonía. La habitación era pequeña, con poca luz, pero cuidaba bien los escasos detalles. Destacaba en uno de los rincones una ridícula estantería, sin duda, el espacio preferido de Fabián, era su pequeña biblioteca, con un centenar de libros que cuidaba con mimo y adoración. En el centro de la habitación, una antiquísima mesa de auténtica madera, sostenía tres fotografías enmarcadas, en las que Fabián vivía con más salud.

El paso acelerado y demoledor del tiempo, se hacía notar con claridad sobre la piel del viejo, que arrugado y seco, aún era capaz de bromear sobre las arrugas y asperezas de su pellejo. Sus movimientos surgían torpes y lentos, y sus palabras viajaban por toda la habitación antes de llegar a oídos del oyente, carentes de agilidad verbal.

La tristeza y melancolía de su perdida mirada, se esfumaban en el vacío de su pensamiento. Su visión se acercaba, de nuevo, a las páginas de “Crimen y Castigo”, el libro que leía, quizás intentando rescatar un poco de oxígeno para aquel esqueleto que pedía la gloria, y desechaba ya su existencia. Apagó la colilla, echando humo y vida por su estrecha boca y, seguidamente, tosió produciendo un efecto desgarrador. Sonó a roto, y las lágrimas aparecieron sobre sus rojos y cargados ojos miopes, debido a la agitación corporal sufrida. Cerró el libro, en forma de queja, como si algo de lo leído no hubiese sido de su agrado, y suspirando versos latinos, que nunca llegaba a comprender, dio por culminada su lectura.

El viejo, sorprendiéndome, recobró rápidamente el buen humor, y comenzó a interesarse por mí:

·         ¿Cómo te fue hoy, hijo?. (Preguntó con voz temblorosa, sin mirarme. Pues, de espaldas a mí, situaba en el estante superior el libro que segundos antes dejó de interesarle.)

La atención de Fabián era recíproca, pues era más que un abuelo para mí, era un gran amigo.

·         Bien, me ha ido todo bien, abuelo. (Respondía al mismo tiempo que encendía un pitillo). - Vengo de la facultad, hoy he terminado mis exámenes, y ya es hora de disfrutar un poco. He quedado dentro de un rato con un amigo, para dar un paseo. Y de paso, compraremos unos libros de literatura alemana que a él le gustan tanto, y para mí no sé, ya veré, ya veré. . .

·         Muy bien, hijo. Muy bien, siempre pensé que llegarías lejos y, creo que ya estás cerca de conseguir tu meta. (Su tez, desvelaba satisfacción, semejante, a la que un padre puede experimentar, cuando es consciente de la buena educación que donó a su hijo).

Sonriendo con prudencia, e intentando procurar no soñar, como lo hacía mi anciano abuelo, me dirigí a la ventana para apreciar algo real, para romper los sueños que la mente, y en concreto la ilusión y el deseo, nos producen.

Las pálidas luces nocturnas daban paso a la noche y su soledad. Madrid se vestía de nostalgia, con sus guirnaldas, su turrón, su rosco de Reyes, sus regalos... Ya se respiraba ese ambiente de hipocresía sana, de olor a castañas, a pólvora y a turrón. Donde sólo la cordialidad y las buenas obras tienen su sitio. Los más jóvenes, paseaban dóciles y agarrados a la mano de sus padres, ganándose el cariño de estos, pero sobre todo, buscando un buen regalo.

Madrid tenía vida aquella fría tarde, y yo me moría por pasear por allí y soltar el estrés acumulado durante las dos semanas de exámenes.

·         Abuelo, ¡me voy!, ¡Madrid me espera!. (Aquella visión del centro de la ciudad, me hizo despertar del letargo en el que había entrado al llegar al piso). - Nos vemos pronto, no leas tanto, no fumes, y cuídate. (Dándole un beso por mejilla, abandoné la casa. Fueron mis dos últimos besos, mi último adiós, la última vez que lo vi leer) . . .

·         ¡Dile a tu amigo, que no compre esos malditos libros!. . . ¡Qué lea a Dostoievski o a Tolstoy, y olvide a esos locos!.

·         ¡De acuerdo, se lo diré!. (Bajé las escaleras, con la satisfacción de adentrarme en las céntricas calles, buscando sus tumultos y jolgorios). . .

 

…Mi abuelo murió dos horas después de mi visita, tres días antes del día de Navidad…

 

. . . Aquella tarde, la última vez que lo vi. Estuve, como le dije a mi abuelo Fabián, con Claudio, un amigo de la facultad. Anduvimos toda la noche de bares, por la zona Bilbao de Madrid. Al llegar a casa, me informaron de la grave noticia; mi vida cambiaba por completo. Mi guía, no aguantó más el empuje que su ajetreada existencia había resistido anteriormente con bravura. Ahora, dejaba sólo, a su discípulo, ante la vida, en el momento que más lo necesitaba. . .

Los días posteriores, a la muerte de mi viejo abuelo, caminaba sin rumbo, me pasaba horas y horas cavilando, como enfermizo, pensando en las charlas tan agradables que mantuvimos diariamente. Su pose, su frialdad, su ironía, su discurso, . . . eran para mí, la mejor enseñanza . . . La víspera de Año Nuevo, se presentaba triste en mi familia. El abuelo había dejado un hueco enorme, en las almas y corazones de todos. Este día, moraba cabizbajo por el Retiro. Observaba a la gente con detenimiento, y sentía ganas de evadirme y dejar todo lo que tenía en ese momento. Pero también comprendía, que el suplemento inmaterial de sabiduría que el anciano me había dejado, tendría que ser continuado y, no debía rendirme en aquel instante. A pesar, de observar todo lo que me rodeaba como ilógico o absurdo, en aquella débil situación psicológica en la que me encontraba, siendo consciente de mi flaqueza mental y aconsejándome hacerme el fuerte, pero, la voluntad:  El yo quiero, se tornaba en un impotente: No puedo.

Sintiéndome el centro del mundo, me hice paso entre la multitud que agolpada y apalancada, desnudaban con su mirada los espléndidos y decorados, hasta la saciedad, escaparates del parque. Todo este montaje, que ascendía la espiritualidad de los ciudadanos, resultaba para mí patético. Siempre lo había pensado, pero este año, mi desamparo estallaba en una meditada y profunda crítica social. Eso sí, sin escapar de mis labios, reprimiendo el impulso a gritar y decir todo lo que sentía y veía. Sin hacer eco.

Abandonando el parque, no podía quitarme de la cabeza todo aquel murmullo, todo aquel pensamiento crítico. Sobre el falso y enmascarado disfraz de misionero, que portaba la mayoría de curiosos, que se precipitaban con prisas por las avenidas de la capital, pero por suerte para mí, y desgracia para ellos, eran considerablemente apreciables.

Me dirigí por instinto o premeditación, no recuerdo, al Café Bar: Libertad. Hacía dos años que no entraba allí; la última vez estuve conversando con mi abuelo sobre la que fue mi novia. Pero ahora, no quería recordarla, vi como pasó el amor de mi vida, fugaz y con impotencia la perdí queriéndola, por el que era mi mejor amigo. . .

Eran las diez de la noche, cuando cenaba en una de las redondas y minúsculas mesas de que disponía el solicitado local. En el escenario, presenciaba la música de un joven cantautor, que con su voz y sus acordes, enmudecía al local, para bien de todos.

La comida era exquisita, tenía una gran variedad de tapas, que me abrían cada vez más el apetito. Al rato, el joven músico recibió el calor del público en forma de aplausos. Yo continuaba maquinando, esta vez pensaba en la experiencia última que tuve en aquel lugar. Sentado en el mismo sitio que aquella vez, e imaginándome la figura delgada de mi abuelo, podía oír su voz, su consejo, su sabiduría. . .

. . . Abandoné aquel Café Bar a media noche. La ciudad ya no mantenía la viveza y el ajetreo de las horas precedentes, y me encontraba parado en mitad de la acera, sosteniendo mi bebida e intentando discernir una brillante idea, cuando una figura humana que me resultaba conocida. . .  se detuvo a mi lado.

…Esa silueta, esa forma, ese andar, me eran de sobra conocidos, pero no supe de ella hasta que a un metro de mí, me saludó:

·         ¿Qué haces aquí, Emilio?. . .(Era la voz de Sofía, ¡qué sorpresa!).

·         ¡Ah, hola Sofía, no te conocía así! ; tan . . . tan . . . estupenda, tan. . .  guapa. . . (¡Dios!, ¿Qué me pasaba, tan directo y tan claro?. Pero si sólo fueron tres copas).

·         Gracias, pero. . . me hubiese gustado oír eso tan bonito que me has dicho, sin alcohol por medio. . . ¡Emilio, apestas a Whisky!. (Sus palabras me hicieron daño, y la sonrisa de Sofía se mostraba ahora en forma de decepción, después de dirigirse a mí).

·         Lo siento, Sofía, hacía mucho tiempo que no nos veíamos. Y han podido más mis ebrios sentimientos, que . . .

·         No importa. (Me interrumpió ruborizada).

·         Quizás te lo tomes a mal, Sofía, pero te tengo que decir algo.

·         Dime. (Respondió con sorpresa, y frunciendo el ceño).

·         Pues, no sé si te lo podré decir. Por una parte necesito decírtelo, porque no sé cuando nos volveremos a ver. . . pero por otra parte, pienso que lo que te diga ahora, no servirá nada más que para una cosa, para que mañana me arrepienta de lo que pueda decirte. (Mi mente se atoraba por instantes, me invadía un nerviosismo que me afectaba y delataba a cada gesto o palabra que pronunciaba. Y queriendo mantener una ligera calma, para no soltar con osadía fingida todo un pensamiento que apestaba a destilerías, resistía de pie, soportando la tormenta que yo mismo había creado).

·         No importa, Emilio, no te apures. . . (Sofía me cogió las manos, y lentamente fue acercándose hasta fundirse en un estrecho y cálido abrazo. Y susurrándome palabras al oído que no comprendí, poco a poco se aferró más y más a mi cuerpo, hasta que muda su boca, besó mi oreja).

 

...Madrid florecía en mi imaginación, y trasladándome a un verde jardín dentro de este sueño ficticio, recordaba las veladas que pasamos Sofía y yo. Bailando al ritmo del vals que nuestros cuerpos, enmudecidos y acompasados, mantenían con su unión. . . ¡la calma se rompió de pronto!, cuando los gélidas pero, deseables labios de Sofía se estrellaron en mi mejilla. . .

 

·         ¿Cómo te va con tu novio?. . .(Pregunté rápido y nervioso. Rompiendo así el éxtasis cerebral que me carcomía la conciencia. Y separándonos de aquella red que parecía unirnos sin querer, . . . pues, nuestras manos aún jugaban dedo con dedo y nuestras miradas llenas de química, e indirectas que los dos comprendíamos muy bien; nos transformaban  en seres irracionales, excitados).

·         Pues, . . . todavía no sé, no se atreve a pedirme salir. Y comienzo a cansarme, porque no quiero llegar muy tarde a casa. . .(Sostuvo la sonrisa y timbre irónico, mientras decía esto, lo que produjo en mí un estado de parálisis emocional).

·         Pero, si lleváis un año saliendo, ¿no?. . .(Contesté extrañado, y al mismo tiempo sin saber muy bien lo que decía. Sentía la cara que me quemaba, y mis palabras salían de mi boca con titubeos).

·         ¿A un par de minutos que llevamos aquí, lo consideras un año?. . . ¡Venga, vamos a tomar algo!. (Me dejó helado, escuchando su mensaje, pero a ella parecía gustarle este juego, esta situación).

·         Perdona Sofía, no sé a qué te refieres, pero yo te he preguntado por Germán, tu novio, en ningún momento, me refería a mí. . . (Sofía soltó una carcajada por aquella preciosa boca, se acercó a mí de nuevo, pero esta vez, sus labios rozaban los míos).

·         ¡Bésame, tonto!. . .(No lo pensé, uní mi boca a la suya, antes que se arrepintiese, y volví a navegar por Madrid, abriendo la imaginación más sutil y real que podía soñar).

 

… No recuerdo el tiempo que permanecimos allí. Pero con el transcurso de los acontecimientos, me iba asentando mejor. Mi corazón retomaba lentamente su pulso habitual, mi voz no me parecía ridícula ya, y hasta el grano que lucía en la barbilla, ya no me preocupaba.

 Renovado de moral, gracias a la seguridad que me emitía Sofía, nos sumergimos en el centro de Madrid. Bailamos y bebimos, hasta altas horas de la madrugada. Nos llovió serpentina, espuma y confeti… fue genial. La presencia de Sofía me hacía resistir el baile y la bebida. Pero al final de la noche, cansados y borrachos, Sofía y yo nos rendimos. . .

                . . . Amanecí con el cuerpo cortado, tenía frío y hambre, pero cuando mire a mí alrededor, hubo algo que me hizo olvidar el penoso estado fisiológico en el que me hallaba. La arboleda que vislumbraban mis ojos, era sorprendente. Nunca había estado allí, pero la hermosura y armonía que emanaba aquel paraje, era increíble. . .

Era Año Nuevo. - Mis padres deben de estar preocupados, les dije que volvería pronto, (Pensé).

Entonces fue, antes de seguir meditando sobre el asunto, cuando descubrí tras mi cuerpo, a Sofía acurrucada, con síntomas de frío. Olvidando por completo a mis padres, y dedicándome a la persona que me condujo, seguramente allí.

Me eché sobre su figura, abrazando su forma, besándole el cuello y mejillas, pero ella seguía inmersa en un sueño profundo…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

. . . Desde muy joven, me había dedicado al estudio del periodismo, al aprendizaje de las técnicas narrativas, al empeño y búsqueda autodidacta de nuevos saberes, … Pero éste mi afán, sin fines lucrativos y con espíritu curioso, esta fe en encontrar la felicidad con la base en el conocimiento, lo conduzco magistralmente, en los últimos años Fabián. Su escasa salud y sus constantes recaídas vitales, lo llevaron al sitio donde imaginábamos toparía pronto.

Mi padre, andaba malhumorado y sin ganas de sonreír los días anteriores al fallecimiento. Como presintiendo lo por llegar, o por lo menos, pensando en la pérdida de su padre y sus consecuencias. Todos en mi hogar, iban preparándose para la despedida, pero a mí me abordó de improviso. O mejor dicho, no asimilé el mal trago sufrido, como lo hicieron mis padres y hermanos.

A mitad de Enero, comencé de nuevo los estudios. La licenciatura de Filosofía lo albergaba casi todo en mi vida. El último curso sería el más triste y largo, y no podría ofrecer el título a mi abuelo, hecho que me consumía en el extenso campo del sin sentido. Decidí continuar con la educación desordenada, rebelde y propia, que desechaba los manuales didácticos del profesor; la misma que se refugiaba en clásicas lecturas universales. Guiado bajo el consejo de mi abuelo, que nunca me prohibió este método, más aún, lo exaltaba a menudo; diciéndome que me dejase conducir por mi deseo, y que castigase con mi indiferencia lo prescrito, lo metódico, . . . y que brotase de mí esa libertad de aprendizaje que es propia de cada uno. Me comprometí a continuarla. . .

 

… Con el tiempo, a lo largo y ancho del año, empecé a comprender que la existencia mental de un ser, podría ser mayor que la existencia física. Mi abuelo seguía viviendo junto a mí, y todo ese recuerdo truncado a melancolía iba esfumándose, porque la presencia impalpable se hacía sentir en mí, como una enseñanza madura e imperecedera que me abordaba en mi rutinario vivir…

 

                … Desde la aurora de Año Nuevo, no he vuelto a ver a Sofía, pero ese vacío que sentía por la pérdida de mi abuelo y, que ella supo tapar aquella inolvidable nocturnidad, se mantuvo en mi corazón, y vivió conmigo durante todo el año. Aquella noche, Sofía reemplazó el lugar de Fabián, pero de otro modo más íntimo y personal. Sólo cuando ella despertó, volví a pensar en él, y en la charla que en Café Libertad mantuvimos acerca de ella. La fuga vital de Sofía, descosía de nuevo, mi frágil corazón. Y el refugio constante que encontraba en los libros me conducía a la desesperación. Tenía la sensación de que la vida era algo más que leer, necesitaba forzosamente compartirla con alguien que me enseñara algo más que letras de imprenta. Anhelaba aprender a amar con sinceridad y paciencia a ese ser que me iniciase en la comprensión y trato mutuo de una relación.

El año pasó sin prisas, y mi vida se cuajaba en la nostalgia de los dos seres perdidos, y en las visitas diarias a las bibliotecas. Conseguí la licenciatura, sin duda, la mayor alegría del año. Pero al llegar las Navidades, volví a entristecer...

De nuevo, percibí ese montaje o película que nos hacemos para sucumbir los problemas y rutinas diarias, ese escape que brota de la imaginación del hombre, tan fantoche e hipócrita. La Navidad no es la misma para todos. Es injusta desde mi punto de vista, pero este Año Nuevo, los Reyes Magos me traían el recuerdo de Fabián y Sofía.

El día de Reyes, estuve con Claudio celebrando su licenciatura, él aprobaba así, la Carrera de Derecho con éxito. Sus exámenes extraordinarios de Diciembre fueron claves para la obtención de su preciado título. Fuimos al Café Bar: Libertad, como solíamos hacer casi todas las semanas. El mismo cantautor de las Navidades pasadas, enmudecía el local con su voz ronca y sus armónicos acordes. Me disponía a comentárselo a Claudio, justo en el momento que me di cuenta de que ya no se encontraba a mi lado. Desconcertado caminé entre la gente, no sin llevarme más de un reproche, y una vez en la puerta, situándome en el exterior del local, no lo vi.

Volvía a mi sitio, escuchando las quejas  con tono más severo y elevado, y hasta el propio artista  me miró con gesto de amenaza, temiendo que mis idas y venidas, estropeasen su espectáculo. Pero esto no ocurrió, como tampoco sucedió que Claudio volviese a su asiento. Me debía dar una explicación convincente, de igual manera, la chica que ocupaba ahora su sitio.

·         Pero, . . . ¿esa no es?. . . No, no puede ser ella. (Pero coincidía hasta en el más mínimo detalle). - ¡Perdona!, No quisiera molestarte, pero se ha sentado en el lugar de mi amigo. (No contestaba, ni siquiera se inmutaba, y su rostro no lo podía ver, debido a que lo ocultaba bajo una máscara de Rey Mago).

·         ¡Oye, que se ha sentado en . . . (Intentaba insistir, cuando. . .)

·         ¡Perdóname tú!. (La chica de la máscara, alzó su cabeza, mi cuerpo quedó petrificado al reconocer la voz). - ¿Te atreverás a decírmelo hoy?, ... no quiero llegar muy tarde a casa. . . (Dijo esto, me cogió las manos, y me las apretó a las suyas).

·         ¡Vámonos!. (Dije sonriendo y sosteniendo sus muñecas).

·         Se te olvida algo, ¿no?. . . ¿no me vas a descubrir?. . . (Continuaba siendo la misma, esto era importante).

Le quité la máscara, nos besamos, y abandonamos el local. . .

                …Ya fuera, no salía del círculo vicioso de la incomprensión. No alcanzaba a comprender lo sucedido, no podía acatar que el destino me trajese a Sofía, de nuevo, a mi vida. La observaba atónito a sus ojos, ella consciente de mi sorpresa aturdida y consecuente abobamiento, sonreía. Se la veía feliz, siempre se es cuando somos sabedores de que alguien muestra interés por nosotros, y esto no me agobiaba. Yo, también era dichoso amándola. Y no me interesaba el grado de amor que brotaba por sus venas, sí el mío, que me petrificaba al pensar en fantasías que rozaban la quimera, haciéndome enloquecer…

 . . .  -  ¡Perdona!, ¿Sabes algo de Claudio?. (Pregunté intrigado).

·         Mañana te contará, ahora seamos felices, tengo tanto que contarte, tanto que vivir contigo. . . (Enloquecida, saltaba y me besaba).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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