Brújula
Al atardecer, la pesada y molesta amargura arremetió contra mí, de nuevo. Vagaba despacio y cansado psíquica y físicamente por las céntricas calles de la ciudad. Mi dejado y sucio aspecto paseaba en busca de un amanecer reflexivo; estaba agotado como para andar vomitando buenas ideas, o como para hallar la solución a la tempestad que me visitaba tan a menudo, últimamente.
Cansado de tocar las mismas canciones que emanábamos mi guitarra y yo, de oír las idénticas voces y de pensar sobre los vanos consejos de mis allegados,... me senté en un mugriento mármol, un escalón con un gran portón.
Allí, con la mirada perdida en oscuras meditaciones, a la vez que las intentaba difuminar con la conocida técnica de poner la mente en blanco, pasé un buen rato.
De pronto, se abrió la puerta de un garito cercano a mi puesto. Surgió en el negro silencio que me envolvía la peculiar voz de Ismael Serrano, más triste, eso sí. Me levanté y me dirigí a aquel bar, y en su interior me senté junto a un grupo de jóvenes que lo miraban con gesto impasible. Cantaba al amor perdido, qué original, pensé irónicamente.
Sus dedos finos y arrugados, por el demoledor tránsito del tiempo, navegaban por todo el mástil, emitiendo una melodía fantástica. En cambio, su voz estaba rota y perdida, pero su corazón llegaba donde no lo hacía su ronca garganta.
Del silencio que brotó entre una canción consumada y la que comenzaría, reconocí en el tumulto a una vieja amiga. Nos miramos, pero pareció no reconocerme... o por lo menos me supo evitar. No me resigné a intentar saludarla, pero cuando quise llamar su atención, surgieron rompiendo el silencio creado, por la pausa, los acordes de "últimamente".
La gente se identificaba con esta canción, biográfica de este cantautor madrileño. Hasta él parecía emocionarse con su letra, con la verdad que derramaban sus labios...
... y el concierto concluyó, entre canción y canción; la gente se levantaba de sus asientos con la sonrisa en sus rostros, cansados y legañosos, con sus charlas y despedidas.
La noche es hermosa, estaba meditando sobre esto cuando percibí que sólo en el local, quedábamos Ismael, el propietario y un presente.
Ismael se incorporaba guardando en una funda de madera su instrumento. La leal y fiel compañera, justo en el momento que me acerqué. Sin dirigir palabra alguna, él me saludó:
-¿Qué tal compañero?
- Bien, -le contesté. Era la primera palabra que intercalaba con Ismael, y a la vez se convertía en la primera mentira que le pronunciaba.
- No creo que te vayan bien las cosas, amigo, no has separado tu copa de Whisky de tu boca, desde el momento en que te vi llegar.
Me dejó mudo, decía la verdad, pero lo que más me sorprendió fue que me había estado observando.
- Además, tus ojos están tristes y tu voz suena penosa. - añadió.
Ismael me había descubierto, desnudado con su mirada curiosa y profunda.
- ¿Puedes tocarme una canción? - pregunté al tiempo.
- ¿Tú cantarías? - me interrogó sonriendo.
- No, ... yo no, me refería si podrías tocar y cantar tú.
Me miró extrañado, quizás por mi descaro o la soberbia de mis palabras.
- No, no creo que sea el momento, pero te invito a "carretear". - Me propuso.
- De acuerdo. - Acepté gustosamente.
La noche era fría y húmeda, el invierno estaba muy cercano ya. Pero la cálida presencia del cantautor, convertía el frío en calor, con sus palabras llenas de certeros raciocinios. Conversaba sobre Silvio Rodríguez, incluso recitaba fragmentos cortos de sus temas. Explicaba el significado y el por qué le agradaban, como si él mismo las hubiese parido.
Luego, me habló de mujeres, de la sociedad y sus negros vicios... yo escuchaba con detenimiento, y a la vez aprendía de sus sabias y nocturnas posturas ante la vida, cual tal aventajado alumno.
Hablando con Ismael Serrano rejuvenecía. A pesar, de que a ratos, mi optimismo se tornase en un gris pensamiento lleno de decepción y rabia...
Miraba con aires de exacto calculador, de preciso meditador, su visión era maestra, enseñaba y hacía pensar con su silencio, con su sensillez. Sin llegar a ser divino, como creía todo este tiempo que lo escuchaba en casa, que lo idolatraba hasta el punto de divinizarlo... convertía en sortilegios verbales todo lo que decía. Hasta el más necio aprendía algo, y este podía ser mi caso.
La luz del día comenzaba a imponerse sobre el oscuro de la noche, y su tranquilidad. El ruido de coches, trabajadores y demás gentes de la sociedad, comenzaría a multiplicarse en breve.
Qué poco me gustaba el día, prefería la noche, como tampoco deseaba abandonar aquel grato trato con Ismael, que en aquel preciso instante comenzaba a despedirse...
Volvía solitario y cabizbajo a casa. Pero con la fe de vivir otra noche como la que terminaba. Ahora tenía sueño, ganas de despertar de este sueño; quizás soñaba esta vez de verdad.
Y así, soñando o andando, fui llegando. Al entrar en el barrio, a lo lejos distinguí la silueta de Lucía, la chica del garito. La había olvidado, y ahora aparecía. Me miró sonriendo, yo mantuve el ademán serio y quedé inmóvil, apreciando su nerviosismo.
Ignorándola, y sin reciprocar su saludo, subí los escalones del portal. Llegué a casa sabiendo que me arrepentiría, pero ella también me ignoró horas antes en el bar, cuando yo me alegraba de verla, ... y ella no.
Dormí con el recuerdo imborrable de Lucía y, con la esperanza de volver a ver a Ismael. Y por qué no, a la chica que dejé llorando en mi portal. Y es que no sé, " pero últimamente ando un poco perdido"...
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