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La Morada del Unicornio

Primeros escritos

ParĂ­s 1999

   “LA EXPERIENCIA QUE LES NARRO NO ES VERÍDICA, PERO QUIÉN SABE,  A LO MEJOR UN DÍA SE CUMPLE…                          

ESTAS LETRAS VAN DEDICADAS A LA SEÑORITA LINDA HAVARD, QUE CON SU CONSTANTE Y PRECISA FIDELIDAD POSTAL, ME HA SABIDO MOSTRAR UN POCO DE SU TIERRA, Y TAMBIÉN LLEVARSE UN PEDACITO DE MI CORAZÓN… ¡EL DESTINO NOS UNA ALGÚN DÍA! …”.

                                   … “SUEÑO CON LOS OJOS ABIERTOS,

                                          PUEDE QUE PIENSES QUE ESTOY LOCO

                                                            PORQUE ME CREO LO QUE SUEÑO.

 

                                          Y, SI TÚ QUIERES, TE LOS CUENTO;

                                          LOS ESCRIBÍ EN UN LIBRO ABIERTO

                                          EN EL LENGUAJE DE LOS SUEÑOS.

 

                                                           … QUÉ HAY DE MALO EN PERSEGUIR LOS SUEÑOS …

                                                … CÓMO SABER SI AHORA ESTÁS DESPIERTO Y NO SOÑANDO”…

                                                                       “JARABE DE PALO”

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1. El VIAJE.

 

                        Cesó de llover justo en el momento de partir. Llevaba esperando este día hacía largo tiempo. Y toda la felicidad e ilusión que había depositado en este viaje, se vio empañada en la víspera al mismo, por una fina e inoportuna llovizna.

El tren inició su andadura con cinco minutos de demora a lo previsto. Mi camarote reunía sitio para cuatro viajeros, incluyéndome yo. Lo compartía junto a una joven pareja, y frente a un grueso señor de tímida mirada. Por su aspecto, lo relacioné al mundillo de los negocios. Su tiesa corbata, y su elegante traje, me lo rebelaron. Su maletín no era apartado en ningún instante de su inflado vientre, en cambio, el móvil que me llevaba a emprender este viaje, seguramente resultaba más ameno, que el de mi acompañante…

Era el mes de Octubre, el verano había transcurrido de forma fugaz, como todos los años. El curso universitario comenzaba ya su asfixiante cuenta atrás hacia la gloria o el infierno. La única alegría que no podía disimular era el hecho de encontrarme viajando. Mi espíritu de ensueño y aventura, había permanecido encarcelado largo período, pero aquél día, aquél amanecer, fue liberado de su condena: el vivir esclavo a las obligadas citas diarias, el hacer por hacer común de casi todos los seres, se había acabado durante un par de días…

 

El cielo ya se veía claro cuando el tren hizo su primer descanso. Observé el Sol y la claridad que sus rayos dejaban sobre aquella estación que no conocía.

 El emperifollado hombre, comenzó a despojarse de su chaqueta, a la vez que secaba su graso rostro en el pañuelo que sacó del bolsillo de su pantalón.

Los dos jóvenes enamorados, mantenían una conversación alegre y discernida. Su tema de charla les conducía en ocasiones a enojos que aliviaban besándose y abrazándose. Era el instante, en el que mi obeso compañero y yo, parecíamos estar fuera de lugar. Nos mirábamos ligeramente, buscando un refugio a tan apurada situación. Pues nos hacían sentir como objetos.

A ellos dos, no les daba ningún reparo aquella escena. Sólo había que mirarles sus ingenuas caras de amor, y percibir el sentimiento recíproco.

No todo el viaje transcurrió con las caricias y estrechos abrazos de la pareja, y el papel secundario de mi otro acompañante y yo. Si no que hubo momentos, en los que entablábamos conversación los cuatro. Fueron ratos breves, estos, que se apagaban rápidamente. No se trató en ningún momento de temas interesantes, sólo eran palabras formadas para derretir el hielo que habíamos creado, para enmascarar nuestras desconocidas personalidades. Únicamente la pareja, se encontraba a salvo de la incomodidad, en aquél habitáculo en el cual viajábamos.

 

De pronto, y sin haber sido consciente del viaje, desperté …

 

El viaje, acababa, y tras soportar las sacudidas con las que nos premió nuestro útil de locomoción, me limité a despedirme de mis tres camaradas. Recogí, seguidamente,  la mochila  olvidada casi por completo durante todo el viaje, y me la hice a mi espalda. Doce horas de viaje, y al fin, había llegado a París, sin haberme dado cuenta. La tarde noche en la capital francesa era mala; el cielo gris invitaba a guardar refugio.

Después de caminar durante un breve espacio de tiempo, sin rumbo por la estación, recordé que me encontraba sólo. Todo allí eran reencuentros, despedidas y murmullos. Y no lograba para colmo, entender ni una sola palabra de aquél idioma.

Por fin, decidí sentarme en un banco. Desplegué el mapa y le eché un vistazo a toda aquella sopa de nombres que ni siquiera sabía pronunciar, y la cual producía en mí verdaderos quebrantos de cabeza. Mi cuerpo comenzaba a debilitarse, la idea de hallarme en Francia, fuera de mi España, lejos de mi Andalucía, a cientos de kilómetros de Málaga, me retorció el estómago. Todo era ajeno a mí.

Las 19:30 horas, miré en el reloj que se alzaba en mitad de la explanada de aquella gris e inmensa estación ferroviaria. Encendí un pitillo, era el último de la cajetilla y exhalando humo como una maldita chimenea me apresuré a ir a la cafetería.

Una vez dentro, pedí un café. Lo llevé hasta una mesa sucia que había sido ocupada hasta unos instantes antes de yo sitiarla. Me situé frente al cristal que miraba a la calle, allí podía ver como circulaba mucha gente de arriba abajo, por todos lados. La carretera registraba una gran multitud de vehículos, en todas direcciones. Era un ambiente aún más oscuro y cerrado que el que se podía percibir oteando el encapotado cielo. La cafetería estaba muy concurrida, repleta de viajeros, excursionistas y bohemios. A mi lado, en una mesa repleta de vasos y platos usados, un señor leía un periódico. Este mismo inquilino de la mesa de al lado, intentaba no dormirse. Disputaba una pelea atroz con su cuerpo. Y sin percatarse de ello, eran vigilados todos sus movimientos por casi todo el local. Su tez oscura y enrojecida, quizás por el rojo vino que aún se distinguía de los restos de sus copas, mostraba gestos de indudable cansancio. Pero así y todo, el borrachín seguía intentando no dormirse. Hasta que al fin, cuando me decidía a marcharme tras pagar mi consumición, pude distinguir entre la charlatana multitud, como el rendido señor, abría paso entre los trastos que llenaban su mesa, apoyando su calva y reluciente “testa” sobre la mesa que le había servido hasta ese momento de respaldo a su noticiero … Con una sonrisa en el rostro, como el resto de la gente que había vivido con emoción la escena en el bar, salí de aquel local dirigiéndome a Información. Debía cerciorarme de que mi tren partía a las nueve y media, dirección Flers…

 

 

Efectivamente, el tren para Flers salía a las nueve y treinta. También supe que llegaría a las once y cuarto, once y veinte aproximadamente. Era el momento preciso para llamar a Linda y decirle que estaba en París, a sólo unas horas de cumplir nuestros sueños. Sería un revés fortísimo si no me esperase allí.

Estuve vagando por la estación hasta la hora de salida del tren. Fue este tiempo largo y hastiado. Me sentía muy cansado, y comenzaba a encontrar dudas respecto al fin de aquel costoso viaje. A lo largo de la explanada, se reunían vagabundos pidiendo limosna, y más de un músico que me recordaban al centro de mi ciudad.

… Linda no estaba en casa. No podía creerlo. Ella no conocía mi viaje, y lo que era peor, no me esperaría en Flers. La sorpresa que le esperaba dar, me la había dado a mí. Seguramente, ella se encontraba tan tranquila en su casa de Barenton, y yo allí, echo un lío en París. La ilusión del viaje, se iba perdiendo por cuentagotas, al mismo tiempo que estábamos más cerca.

 

El tren que me condujo a Flers era un tren pequeño y viejo. Firmado con graffittis por todas partes. Incluso en su interior, existían asientos fuera de uso, por su lamentable estado. La noche era grata. Las nubes se habían disipado por completo.

Una fresca brisa agitaba los árboles que dejábamos al paso, y el móvil acrecentaba su velocidad a cada metro que recorríamos.

Mirando la hermosura que el trayecto me proporcionaba pude relajar mi alterado sistema, llegando a un extremo de anonadamiento absoluto.

Uno de los baches que atravesamos, me hizo poner de nuevo la mente en tierra. Recordé por enésima vez a Linda, y el reencuentro que tendría que demorarse, pero lo asimilé con aires de grandeza, desestimando el inconveniente surgido, achacándoselo al azar, al destino … Minuto a minuto, me hice más fuerte. Se me despejaban las dudas que me hicieron preguntar por el fin de este viaje, pero también provocaban en mí una inquietud descontrolada. Eran los nervios que nos traicionan tantas veces en la vida. Era lógico, cinco años sin verla, era mucho tiempo.

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            Conocí a Linda una noche en Málaga. Fue una velada rápida, fugaz. Le acompañé a ella, y a dos amigas más a un lugar cercano donde no sabían llegar, junto a mis amigos.

Estuvimos tomando un refresco, y las escasas horas que compartimos pasaron sin percatarnos de ello. A la mañana siguiente, regresaban a Francia, y aún no he logrado borrarme aquél adiós. Linda, más Annabelle y Christelle, (que son así como se llaman sus amigas), hubiesen querido quedarse para conocernos mejor. España las había enamorado. Con sólo ver Andalucía les bastó y sobró para criar pequeñas raíces de sentimientos, de amor a lo desconocido y por venir…

Me quedé con sus direcciones, yo también les anoté la mía. Pero el tiempo, que lo gasta y agota todo, me dejó con la amistad de Linda. Con ella continúo escribiéndome, no consumimos la temática, siempre hay algo nuevo de qué hablar. Aquella cálida noche malagueña de Abril, sincera y honda en nuestras mentes, entablamos conversaciones artificiales, pues no dominábamos las lenguas ajenas, pero existía una cierta unión de sentimientos, miradas y gestos que nos hacían ser como somos. La simplicidad y la amabilidad, nos acompañó en aquel mugriento bar, que era lo único que desentonó en toda la noche.

Las preguntas, medio en inglés, francés y español, se sucedían sin pausas. No había tiempo, partían al amanecer. Pero el conocer a una persona de la noche a la mañana, era algo inviable.

Gracias al correo mutuo, he sabido de Linda, sus problemas, pasatiempos, aspiraciones, … he aprendido mucho de ella y con ella, en esta extraña  fidelidad postal.

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                        … Un silbido que penetró en mis entrañas… me despertó de mi nostálgico pensamiento …

Había pasado cerca  de una hora pensando en la historia de Linda. Pero ahora la realidad que vivía me pedía paso, debía poner todas mis fuerzas en concentrarme en el viaje, y dejar el pasado a un lado. Eso sí, sin alejarlo mucho, pues imaginaba que Linda y yo hablaríamos de él.

… El tren se detuvo lentamente…

Respiré el aire fresco que corría por la estación de Flers, y todo me pareció sacado de lo real, era un sueño. Miré a mí alrededor, y la multitud se alejaba como una fila de hormigas en la misma dirección, por lo que decidí no romper la estética de aquel movimiento tumultuoso que me pareció tan acorde, y curioso.

A los pocos pasos andados mi cuerpo notó el cansancio del viaje, pero sin rendirme, atravesé con paso decidido toda la estación. No pude evitar tener la tentación de recostarme en algún que otro banco que dejaba a mi paso. Pero una vez más, osándome de orgullo, renuncié a caer en la exigencia y en la necesidad que me pedía mi cuerpo. Estaba mermado de condiciones, más no deseaba terminar en un banco durmiendo, para ser despertado por la mañana por el ajetreo de viajantes y curiosos que poblarían al amanecer la larga y estrecha explanada de la estación.

Prefería descansar como era lógico en una cama, por lo que fui en busca de un hostal.

Cuando salí por fin de la estación, recordé al hombre que quedó dormido en la cafetería de París. Me hizo gracia el hecho de pensar que me podía ocurrir lo mismo. Pero fue muy breve la sonrisa, porque un bostezo me hizo helar y volver a la realidad olvidada por mis pensamientos intemporales.

Las once y media pasadas, marcaban las finas agujas de mi reloj. No era la hora idónea para volver a llamar a Linda. Lo más sensato, creí, era llamar al amanecer.

Seguía caminando y cavilando al mismo tiempo, comenzando a sentirme mal por momentos, hasta que llegó lo que buscaba…

 

La posadera y yo, a pesar de no hablar la misma lengua, supimos comunicarnos perfectamente. Tampoco resultaba muy difícil pedir prestada por una noche, una cama en un Hostal, pensé una vez recostado sobre las sábanas de mi nueva cama. Ésta no era cómoda, pero me lo pareció. Señal inequívoca de agotamiento. También, antes de subir a mi habitación, compré bebida y tabaco.

Sobre la cama, estuve largo tiempo bebiendo calimocho, (Vino Tinto y Coca-Cola) y fumando rubio.

Los nervios no me dejaban dormir, pero maquinando sobre el plan del día venidero, al fin me rendí…

… Desperté a las doce de la mañana. La claridad entró en la habitación por un claro visible en la ventana. Era una ranura menuda, pero lo suficientemente grande como para dar luz a aquel minúsculo cuarto. La vieja persiana por donde se colaban los rayos solares, tenía un repugnante aspecto. No me había percatado la noche anterior, pero lo importante en ese momento era cerciorarme de que ningún roedor compartía la gélida habitación conmigo. Miré todos y cada uno de los rincones del dormitorio, y al fin pude respirar tranquilo al no ver ningún ratón. Todo el cosquilleo se me quitó, y sentí un alivio interior de confort y satisfacción.

Después de un tiempo sentado sobre la cama, no lograba reunir fuerzas suficientes para emprender el duro día que me esperaba.

Si mal no recordaba estaba en Flers, (Francia) … Me erguí, no sin remolonear un poco más sobre el colchón. Me aseé, vestí, y buscando mi desayuno al comedor de la posada me dirigí.

La posadera me hablaba sabiendo que no la entendía, no debía  ser mala mujer, pensé para mí adentro, mientras terminaba con aquel  desayuno light.

El local era viejo, y descuidaba algunos aspectos higiénicos bastantes relevantes. Pero apiadándome de la anciana señora, no podía seguir mirando con “ojos lupa” durante más tiempo, pues ella empezaba a advertir en su rostro un descontento, a causa de mi curiosidad ajena.

Dispuesto a pagar, percibí entrar a un joven matrimonio empeñado en encontrar alojamiento. En este breve espacio de tiempo, entre el recoger mis pertenencias y el abonar mi estancia, comencé a meditar con mayor lucidez sobre el croquis a seguir. Sin duda, lo primero era llegar a Barenton. Y por ese motivo me encaminé sin rumbo ni brújula a hallar la estación de autobuses, para coger allí el autocar que me llevase al lugar deseado.

Habitaba en mí una molesta agitación. No las tenía todas conmigo, pues el curso del viaje no había transcurrido como yo hubiese deseado. Y ahora, lo único que podía esperanzar, era el encontrar pronto a Linda, y quitarme del fondo de mi cabeza todos esos fantasmas que empezaban a pesar y a agobiar en demasía.

Indicado por los amables, al parecer, habitantes de Flers, llegué a la estación de autobuses. Tres o cuatro andenes, no era gran cosa, pero sí lo suficiente para atender la escasa demanda que podía surgir allí. La estación se encontraba semidesierta en el momento en que la abordé. No más de diez personas nos encontrábamos en su interior, y sólo dos operarios atendían las dudas de los transeúntes.

La ventanilla de información no guardaba la intimidad que guardan en otras ciudades. El emisor no tenía ni cristal ni micrófono, con el que comunicarse con la persona receptora. Y como si se tratase de una común tienda de comestibles, entablé conversación con una joven y simpática señorita. Su español era aceptable, y cuando me informó de dónde y cuando debería de tomar mi autobús, se lo recompensé con un sincero ademán de agradecimiento y satisfacción.

No existía más de veinte kilómetros entre Flers y Barenton, pero el viaje se demoró más de lo acordado con la joven recepcionista, pues a cada instante detenía su marcha el autobús para apear y retomar nuevos viajeros. La intriga en mí se hacía cada vez mayor, y estas paradas no provocaban otra cosa más que, acabar con mi escasa paciencia…

De pronto, vislumbré un blanco manto de casas donde sobresalía por su envergadura y su color arcilloso, una impresionante iglesia gótica. No era muy grande Barenton, pero sí más rural que Flers.

No había estación, sólo una parada en mitad de la que pensé sería la calle principal. Allí recogí mis pertenencias y me dirigí con dirección en mano a ver a Linda.

Sin darme tiempo a estirar las piernas, vi que la dirección que portaba sobre aquel pedazo de papel, concordaba con la casa que tenía a mis pies. Y fue cuando recordé lo que me dijo Linda en su última carta: - “Mi casa está frente a la parada del autobús”.

 

 2. LA  ESTANCIA.

 

Sin duda, aquella casa de dos plantas, de una blancura exquisita, resultaba ser la de mi querida amiga. La fachada parecía andaluza, y para darle mayor acento sureño, sobre las rejas de los balcones del piso superior, descansaban un gran número de macetas. Entre ellas, identifiqué un par de geranios, y un rosal. ¡Qué curioso!, (Respiré para mi interior).

Quise en ese momento retocarme el flequillo, observarme los detalles más pequeños, y quizás más insignificantes, para causar la sensación más grata posible, cuando… la puerta se abrió… No había hecho sonar el timbre, ni tampoco había aporreado la madera de la puerta, pero ante mí se erguía una esbelta figura, de tez blanca y cabello moreno. Linda se encontraba a tres metros de donde yo me situaba. La noté confundida examinándome de arriba a abajo. Seguía siendo la misma chica que conocí, pero está vez la memoria le fallaba, pues yo no había cambiado tanto como para no reconocerme. O eso pensaba…

El portón aún se encontraba abierto, y la perpleja francesa se mantenía boquiabierta en el zaguán de su casa. La asombrada joven no salía de su círculo. Pero al fin, una leve sonrisa borró mis dudas… La veía en carne y hueso, como me la hube imaginado en todas y cada una de sus preciosas cartas. Los dos seguíamos allí observándonos, sin decir palabra, pero percibía la sensación de que ya no era un extraño para ella. Nuestras miradas en aquel instante comenzaron a hablar, se acercó a mí despacio, dejando atrás el umbral de la casa, y extendiendo sus brazos al mismo tiempo que yo me despojaba de la mochila y abría los míos, para fundirme en un cálido y deseado abrazo.

Seguíamos mudos, y el tiempo parecía que no corría, veía flores a mí alrededor, escuchaba pájaros trinando y hasta el transcurrir de un caudaloso riachuelo, se hacía notar en mí. Mi imaginación me conducía sin límites a lugares insospechados, y yo continuaba este juego, que me conducía preso, al linde de la locura. El sueño terminó como acaban todos los breves momentos de felicidad, en los que me veía envuelto en mi vida, de manera breve. Desperté al identificar mi nombre, que brotó de los delicados labios que lo balbucearon. Linda lloraba como yo, por una pura y sincera felicidad que la mantenía agitada. Había imaginado este reencuentro muchas veces, pero nunca pude pensarlo del modo en que transcurrió. Una vez se hubo esfumado aquel momento tan dulce, en lugar de entrar en su casa, tomamos rumbo hacia un parque solitario. No estaba muy concurrido, quizás porque era la hora del almuerzo, o tal vez porque un radiante sol que aparecía tras las nubes, comenzaba a asfixiar y hacía imposible pasear a tal hora e instante por aquel lugar. Dos columpios, un tiovivo y cuatro o cinco bancos, completaban el parque.

Linda me conducía hacia un mirador,  y antes de llegar allí, noté al mirar de nuevo sus ojos, el rastro que las lágrimas habían dejado sobre éstos, y sobre su tierna cara. Comenzó a explicarme donde se situaban los monumentos más importantes de Barenton: Un puente romano y una majestuosa iglesia gótica que ya había percibido mientras entraba al pueblo.

Lograba entender todo lo que me decía, cogiendo prestada la lengua inglesa, que nos servía de intermediaria ante las dudas que nos producían el francés y el español. Era una vista preciosa: blancas casas en la periferia del puente sitiaban a éste. Y tras la iglesia, veíamos Mortain, el pueblo donde vivían Annabelle y Christelle. Todo encajaba en este rústico paisaje, hasta lo dulce y tierno de su voz, que me conducía ahora a una zona poblada por árboles, oscura y misteriosa.

El cielo se nublaba por momentos, y los joviales pajarillos, esta vez, reales, revoloteaban y piaban al mismo tiempo que se posaban sobre las esbeltas coníferas que se sobreponían, y daban sombra, a nuestros cuerpos. La arboleda densa y vieja producía una sensación de respeto, pero además invitaba a seguir siendo visitada, por el aroma que desprendía.

Linda continuaba explicándome: - ¿Puedes ver allí la piscina, … y mi casa? …

Quedaba eclipsado con lo suave de su voz y con la sutileza con que  gesticulaba. Sin saber distinguir entre el sueño y la realidad, y es que a veces me parecen similares, iba dejándome llevar por sus palabras y sus pasos. Hipnotizado asentía toda su verborrea que me era indescifrable por momentos.

Nos sentamos en una piedra de gran tamaño, cara a cara, donde pude comprender al fin que vivía mi propia realidad junto a ella. Sus ojos aún no daban crédito a lo acontecido, y quizás los míos tampoco lo diesen, pero aquel páramo junto a ella me conquistaban internamente. Hubiese querido decir mil cosas, todas de una vez, pero no tenía valor para delatar mi más sincero sentimiento, tampoco quería traicionar la confianza que Linda depositaba en mí ni mi destino, que me había hecho tan feliz en aquel momento. Por eso no revelé un secreto que se hacía palpable en el silencio de nuestras miradas.

·        Vayamos a comer. (Linda me despertó de la ilusión de mi pensamiento, y mecánicamente respondí…).

·        Sí, tengo hambre.

Volvimos por el mismo sendero que nos condujo a aquel terreno, pero esta vez ella no hablaba tanto, y pensaba más sus palabras. No perdía el gesto alegre de su tez, así como tampoco, lo neurótico de sus acciones, y desbordada por esta locura, se pegaba más y más a mi cuerpo. Nos cogíamos de la mano y abrazábamos, todo era increíble, y merecía la pena volver a hacer tan ingrato viaje en tren.

Llegamos a su casa, riendo sin saber por qué, más resultaba curiosa esta esquizofrenia que nos invadía.

… La vida había sido justa esta vez, y Linda y yo nos encontrábamos de nuevo en Barenton, al fin. Málaga, la Costa del Sol, Andalucía, España, …enamoró a esta simpática y humilde francesita. Sus esfuerzos por regresar a mi ciudad habían sido en balde, pero no era el momento para las lamentaciones, debía ser objetivo, y agradecer aquel instante tan bello que me regalaba la vida, en concreto mi vida, la que rebozaba de alegría en aquel lugar que visitaba por vez primera. ¡Qué imprevisible es la vida!. (Pensé para mí adentro). Siempre lo mismo, la misma historia diariamente, hasta que de pronto decido emprender un costoso viaje y me es recompensado de este modo, inimaginable hasta que ocurre. Sí, la vida es un continuo estado de idas y venidas, alegrías y desgracias… estoy de acuerdo, pero aquello se alejaba del marco de mí existir, siempre tan constante y aburrido. Aunque debía ser realista, porque en cuestión de días todo volvería a ser como antes, eso sí, con el recuerdo fresco y duradero de la mujer que fue capaz de enamorarme desde la distancia, con una pluma y un pedazo de papel… Más de treinta cartas en esta ausencia entre ambos, era anecdótico pero tenía su importancia en aquel momento, en el cual transportándonos en el espacio y en el tiempo, recorríamos nuestro pasado, infringiéndole una duro trabajo a nuestra memoria…

Pasé el día con Linda y su madre, en su casa. Ésta era acogedora y, nunca la hube imaginado así. Tal vez porque resultaba  rural y sencilla, y me hacía recordar al pueblo de mis padres…

La oscuridad ya era latente, y mi amiga y yo decidimos ir a visitar el pueblo. Había estado toda la tarde durmiendo en una habitación que me adecuó su madre, mujer alta, de finos cabellos rubios y largos, de cintura fina y grandes pechos. En fin, una figura esbelta, a pesar de contar con más de la cuarentena de años. 

La noche era fresca, pero con la charla que manteníamos viva, y nuestro acelerado paso, ignorábamos este detalle. Me sentía observado por todo el pueblo, era como el foco de atención de todas las miradas, de todos los comentarios que a su vez propiciaban la ruptura de la rutina perfecta de cada pequeña población. Linda y yo, anduvimos hasta ya cerca la madrugada, y en el cansancio de nuestras piernas se presentía el deseo de unión de nuestras figuras. Fue junto al mirador que visitamos por la tarde, donde nos paramos y miramos frente a frente. Todo parecía escapar de un cuento de hadas, y pensé que acabaría en un tierno y cálido beso, pero la realidad no era tal, pues nos sentíamos cohibidos en aquel instante. Linda no sostenía la tensión de nuestras miradas, y se fugaba de la incómoda situación observando el suelo con sonrisa pícara y desesperada. Yo no sabía qué hacer, y tampoco qué hablar, pues parecía haberlo dicho ya todo. Intentaba mirarla, mas ella continuaba encogida de hombros esperando algún gesto o acción que delatase nuestra suerte. Me desesperaba, lleno de impotencia, justo en el momento en el que… un hombre interrumpía la escena de cine que habíamos forjado los dos adolescentes indecisos, y fue cuando desistiendo de cualquier osada gesta, le hablé, invitándola a regresar a su casa. Me miró sonriendo, y hablando con los ojos me dio a entender lo inoportuno de aquel varón,  aceptando como esperaba mi propuesta. Todo el breve trayecto de vuelta a su casa, y una vez dentro del edredón de mi nueva cama, estuve cavilando sobre el error. ¡Ay, necio de mí! ,… ¿Cómo no se me ocurrió decírselo antes? … Mi cabeza y mi corazón ardían de rabia…

-      ¡Buenas noches, Juanjo!, ¿Necesitas algo? … (Linda interrumpió mi conciencia turbada).

·        Sí, me faltas tú. (Respondí a Linda en voz baja y envalentonada, intentando enmendar el error anterior, pero ya era tarde. Y además, su madre dormía al otro lado del tabique.) …

·        ¿Cómo dices?.

·        Nada, nada, … olvídalo Linda, ¡Buenas noches!. (Mi valor fingido se disolvió, como el azúcar en el agua, y comprobé que ella no lo había captado, afortunadamente).

… Sin mediar palabra, Linda irrumpió en la habitación, no parecía contenta, y me invitó a repetir lo que ella no había escuchado antes, pero al percibir el susto que me daba al entrar sin avisar, no pudo reprimir una carcajada que retumbó en toda la casa…

·        ¡Calla!. Vas a desvelar a tu madre. (Intentaba frenar la alegría descontrolada de Linda, y a la vez, no interrumpir el reposo de su madre).

·        Dime, … ¿qué has dicho?. (Volvía a insistir).

·        Nada, no tiene importancia. (Me sonrojaba por momentos).

Linda giró sobre su cuerpo, y cuando se disponía ha abandonar el cuarto se dirigió de nuevo a mí…

·        Pues, … a mí también me falta algo,… ¡Me faltas tú!…(Esas palabras me dejaron helado, como la noche). ¡Buenas noches, Juanjo! … (Se despidió, y fue cuando supe apreciar de veras el porqué se ruborizaba, y se sentía inquieta, … al igual que yo).

… Perdí su silueta  tras la puerta, y tuve la duda de llamarla y mantener su presencia un poco más, pero mi duda se demoró más de la cuenta y acabó en renuncia. Bueno, ahora sabía que Linda me correspondía este amor mío, que me rebozaba, y enloquecía. Deseaba tantas cosas en aquel instante que al final me incliné por la más difícil y segura: Intentar dormir, así llegaría antes el nuevo día…

Desperté con idéntica sensación a como lo hice el día precedente en la posada, mirando a mí alrededor, y percibiendo, eso sí, un estado más pulcro en toda la habitación. Escuché, aún recostado que Linda dialogaba con su madre, pero no reconocía lo que decían. Al oír su voz, pronto recordé la experiencia vivida en la noche, y ansiaba ver a solas a mi valiente francesita. Tumbado en una cama ajena, y pareciéndome estar en mi propia casa, afilaba la lenta máquina de pensar, quizás ideando un plan que luego no se llevaría a cabo. Era un sueño, extraño, pero muy grato y que desbordaba lo monótono de mi existencia.

Bajé a desayunar al tiempo, y lo hice solo, porque Linda y su madre llevaban algo más de dos horas despiertas, o eso creí comprender, por boca de mi interlocutora. Después continuó hablando, mientras yo digería un pedazo de pan con mantequilla, y un café con leche:

·        Hoy iremos a ver a Annabelle y a Christelle. ¿Te gusta la idea? … Estoy segura que sí, tendrás  muchas ganas de volver a verlas, ¿no? …

·        Sí, claro. (Fingí mi alegría, pues mi corazón pedía lo opuesto. Y mi viaje había sido hecho con el fin de ver a Linda.)

·        He hablado con Annabelle por teléfono, y se ha puesto muy contenta. Esta noche tendrás que dormir en su casa, porque esta tarde viene mi hermano de París, y le tendrás que ceder su habitación. Ya lo he hablado también con mi madre. Pues bien, desayuna, y cuando tú quieras nos vamos, … recoge tus cosas, Annabelle y Christelle nos esperan.

·        Linda, tengo que decirte algo, mañana por la mañana regreso a Málaga, y como comprenderás, quiero pasar todo el día junto a ti…

·        Yo también, no hay problema.

·        ¿A qué hora sale el primer autobús de Mortain a Barenton? … Lo digo para retomar el camino de Flers, y volver así a París en tren.

·        ¡Ah, no te preocupes!. De Mortain sale un tren directo a París, muy temprano…

 

… Me hubiera gustado decirle que no me importaba dormir en el sofá, e incluso en el suelo, total, sólo era una noche. Pero no era lo más coherente, no debía mostrarme disconforme ni exigente con su propuesta, porque era mi deber como huésped acceder a cualquier demanda. También comprendí, que lo hacían con la mejor de las intenciones. Pero no era suficiente, para extinguir la tristeza que sentía. Todo el sueño del viaje y el día maravilloso con Linda, se empañan a la postre, mostrándose efímeros en mi biografía…

Recogía mi breve equipaje, y ya estaba más cerca de Málaga que de la tierra soñada durante cinco años, a pesar de que aún me quedaba todo un día con Linda.

 

 

3. EL REGRESO.

 

Siempre las despedidas se tornan tristes, o como dice el refranero popular: “Después de la risa viene el llanto”…

… Me pasé todo el día cabizbajo, todo me parecía absurdo, a pesar de que me encontraba en aquel soñado viaje…

Los padres de Annabelle fueron muy gentiles y amables, pero no tenía  el cuerpo para corresponderle su grata acogida, (seguía pensando en Linda).

A las diez menos cuarto de la noche, acostado sobre la colcha de mi nueva cama, meditaba sobre lo breve del viaje. Nadie podía consolarme en aquella hastiada situación, sólo Linda…

Fue muy duro asimilar que ella se había cansado de esperar una iniciativa que por mi parte nunca llegó. Únicamente dos besos que se sostenían en mis mejillas era lo último que pude conservar de ella, dos besos por otra parte, que se mantendrían en mi recuerdo. No sabía cuando volvería a verla, quizá jamás regresaría a mi existencia, y sería aquella tarde la última vez que la vi. Podría ser que ella viniese algún día a Málaga, como me prometió, pero no me convencía este pensamiento, sabía lo difícil que resultaría, por mi propia experiencia.

Me introduje entre las sábanas, y fatigado comencé a llorar desesperado. La familia Lorguilloux charlaba en la habitación de al lado, mientras veían la televisión, yo me encerré en el cuarto con el pretexto de madrugar la mañana siguiente, que por otro modo, era comprensible.

Mortain resultó ser más bello y hospitalario que Barenton, había más vida, pero lo más bonito y deseado en mi vida, la única persona que podría hacerme feliz en aquel instante, dormía, (o eso imaginaba), en Barenton. Los escasos kilómetros que distaban entre ambas poblaciones, parecían una eternidad. Mi nostalgia no cesaba y se manifestaba en un abrupto llanto. Se hacía más intenso cuando caía en la cuenta de que dentro de unas escasas horas, al amanecer, tendría que regresar…

De pronto, mi lagrimar cesó, me incorporé al piso y, dirigiéndome a mi mochila extraje un bolígrafo y un par de folios en blanco. Me sequé los restos de añoranza derramados sobre mi rostro con la manga derecha de mi pijama, y comencé a relatar una carta, sentado sobre el colchón:

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“Querida Linda, te escribo estas líneas desde la más sincera interioridad y profundidad de mi alma. Con la sensación del más hondo amor, que invade a todo mi ser…

Primero, me gustaría agradecer la acogida que me ha brindado tu madre y tú, como también  lo hace Annabelle y su familia en la presente noche. Gracias de verdad, a las dos, sin olvidar a Christelle, que ha estado muy atenta a mí esta tarde… gracias a ella también.

Segundo, debo reconocer que escribo estas líneas movido por la sensación de aturdimiento que me encubre, con el fin de escapar  a ella, y hacerte ver de una vez por todas que mi sentimiento por ti, es muy fuerte. El tenerte a mí lado hoy, significaba mucho para mí, pero comprendo nuestra visita a Mortain, pues no puedo olvidar que allí cuento con dos buenas amigas. Mañana cuando me marche, todo irá conmigo, hasta el más ínfimo detalle permanecerá en mí; nunca podré olvidar este costoso trayecto que me ha acercado a ti, como tampoco ignoraré en un futuro la tristeza que me invade en este momento, al decirte adiós...

No me cansaré de apreciar, en mis próximas cartas, lo correcta que has sido conmigo, lo bien que te has portado, en definitiva. Como ya te he dicho, mañana, o mejor dicho ya, he terminado este soñado “tour” por vuestra patria. Cuando caiga rendido en mi lecho, y retome todo lo acontecido en estos dos escasos días, volveré a llorar como hace un momento… pues, no te puedes imaginar, lo que te echaré de menos, y no sé cuanto tiempo me acompañará la herida interna que ha brotado en mi corazón, debido al tan maravilloso y preciado recuerdo de tu persona.

Linda soy lo más sincero y cauto, y aunque desearía permanecer aquí o en España toda mi vida, junto a ti, … desgraciadamente tú tienes tu futuro resuelto de desigual manera, y comienzas pronto a trabajar en Caen…

            Nunca te olvidaré, gracias de nuevo”.                     Mortain, 7-Octubre-1999.

                                               UN BESO             

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No pude seguir escribiendo, me incorporé de nuevo al suelo, cogí un sobre del interior de mi maleta, y escribí en la solapa de éste: “Para Linda”.

Luego lo dejé encima del escritorio de mi ajeno habitáculo. Saqué un cigarro y lo encendí, al mismo tiempo noté que todo en la casa de Annabelle permanecía en rotundo silencio. Mis ojos derramaban, de nuevo, sentimientos de manera líquida, que corrían por mi tez incesantemente. No había viajado hasta allí para pasar este mal trago, pero aquello sucedía así, se presentaba de modo inevitable, porque era imposible reprimir tan profundo e impotente sentimiento en mí. Lloraba como un crío caprichoso, como un ser desesperado, pero sin avergonzarme de ello. Apagué el pitillo que se consumía de igual manera a como lo hacía yo, y tapándome con las sábanas de mi lecho quedaba inconsciente en un profundo sueño… liberándome de mi escabroso presente, y aferrándome a la fantasía de la mente, que me alejaba del pensar circular y del tedio razonar, acercándome a un dulce sueño en el que navegué junto a mi querida francesa…

… La campana del despertador sonó puntual. Las ocho de la mañana. Debía darme prisa, sino quería  perder mi útil de locomoción, pensé. Pronto estaré en mi tierra, me parecía increíble, echaba de menos Málaga, pese al escaso tiempo en el que permanecía alejado de ella, y a pesar también, del meditar triste de la noche anterior.

            Annabelle tocó en la puerta, y me dijo que me ocupase exclusivamente del equipaje, que ella se encargaba de prepararme el desayuno. Así lo hice: recogí el breve equipaje, y me guardé en el bolsillo de mi camisa el escrito destinado a Linda.

Todo surgió rápido, me vestí, aseé y, sin darme apenas cuenta, tras despedirme de sus padres, me encontraba en el andén del tren que me llevaría a París, después de caminar cinco minutos. Antes también, nos reunimos con Christelle, según lo acordado el día antes. Y los tres fuimos llegando al apeadero de Mortain, hasta situarnos al pie del móvil. Me dieron la señal de que el tren saldría en cuestión de minutos, y la esperanza de que Linda llegase aún a sabiendas de que no estaría, como bien se excusó el día anterior, continuaba en mí viva. Miré a Annabelle y a Christelle, seguramente no las volvería a ver más, y me despedí de ellas, no sin antes darle mi carta a Annabelle, y recibir una sonrisa de su rostro que delataba el asunto que me traía entre manos.

Subía al tren, y en un último giro de cabeza antes de perderme en el interior del tren, percibí como las dos reían y hablaban seguramente de Linda, de mí y de la carta…

El tren silbaba ya, se agitaba, comenzaba a desplazarse, y las dos francesas se despedían con emoción; yo en cambio, sostenía mi vida en el pensamiento imperecedero de Linda, la cual lo albergaba todo en mí. Y conducía a mi razón, de modo agitado y demente.

Annabelle, de pronto, sacó algo del bolsillo y corrió tras el tren, que aún se desplazaba lentamente, … y gracias a una ventana que estaba abierta, pudimos estirar nuestras manos, haciendo un duro esfuerzo, …  pero al final pude hacerme con el sobre. Nuestras caras sonrieron agradecidas, y se vieron por última vez…

En un primer momento, creía que se trataba de la misma carta que le enviaba a Linda, o de una carta escrita por Annabelle, pero supe rápidamente que la carta la remitía Linda, al observar el exterior del sobre. Abrí el envoltorio de papel con prisas, ya sentado en una butaca y sólo en aquel compartimento, y comencé a leer:

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“Hola Juanjo, supongo que vas en dirección a París, … siento no haber podido despedirme de ti, pero me resultaba muy duro decirte un último adiós.

El tren de París a Málaga sale a las 14:30 horas, … ¡Por favor, no lo cojas y espérame!.

… (Sorprendido, interrumpí mi lectura, y comencé a pellizcarme la cara, … no podía ser cierto eso, debía estar alucinando. Aquello salía de la realidad. Tras un breve espacio de tiempo mirando fijamente al techo de aquel rudimentario habitáculo, continué leyendo, casi sin creerme lo que extraía de aquella ejemplar caligrafía, perplejo.) …

… Quiero ir contigo, (así seguía diciendo), a Málaga, podremos ir en el tren de las 15:00 horas, es el último que toma destino hacia tu tierra hoy.

No creo que tengas ningún inconveniente en demorar tu regreso, ¿no? …

            P.D. : Si no estoy a las 15:00, te prometo que algún día nos volveremos a ver…

                                                           FDO. LINDA HAVARD.

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            Una inmensa alegría corría por mi interior. Linda no había sido fiel como podía esperar. No estuvo como Annabelle y Christelle en la despedida, pero guardaba una última carta, nunca mejor dicho, en este escabroso viaje. Ahora, me sentía reconfortado y contento, pero debía sostener algo de prudencia en mí, pues la postdata invitaba a tenerla…

            … La sirena de la locomotora eléctrica nos anunciaba el final del trayecto…

La estación de París mantenía viveza. El tumulto de los presentes, tal y como lo recordaba, crecía: Personas en todas las direcciones, algunas inmóviles, otras corriendo para protagonizar algún reencuentro o para no quedarse en tierra…

 No olvidaba los detalles que viví allí, cuando llegué de Málaga. Fui rescatando el pasado, de forma fugaz, recordando las anécdotas que me acompañaron, … observando, de repente, el reloj que se erguía sobre el centro de la explanada ferroviaria, y resté con un cálculo aproximado las horas que tendría que esperar hasta las tres. Algo más de dos horas, deduje. Será eterna la espera, pensé, mientras encendía un pitillo junto al andén donde acababa de apearme.

            El gentío seguía creciendo y decreciendo, por momentos, y el ruido ascendía cuando se anunciaba por megafonía la salida o la llegada de algún tren. Sin entender apenas una palabra de aquella lengua, comprendía al instante lo que había dicho gracias al movimiento de las masas, que se agolpaban en uno u otro andén, descifrando así el enigma lingüístico que no sabía captar de oído…

            La mañana iba pasando, y con ella me sentía más nervioso y esperanzado, buscando la cercanía corporal de Linda. Sentado en uno de los numerosos bancos miraba de un lado para otro, con la vaga ilusión de hallarla, pero rápidamente volvía a mirar los raíles del ferrocarril, o la estela que iba dejando el paso de algún viajero que llamaba en mí su atención. Decidí sacar un libro que me había acompañado durante el viaje, y que había ignorado hasta ese instante. El tomo en cuestión era la “Antología Poética” de Pablo Neruda. Un autor que me marcaba por la profundidad de sus escritos, pero en aquel momento no llegaría a comprender, porque me invadía un cosquilleo y una agitación que me imposibilitaban para la lectura detenida que pedían sus poemas. Así, que desechando esta propuesta, volví a guardar el libro, y a encender otro cigarrillo, vigilando cada movimiento de los transeúntes. Inquieto, nervioso…

            Era un extranjero entre muchos, y notaba, sin embargo, como me apuntaban algunas miradas curiosas, tan inesperadas como la mía. No paraba de mirar el reloj, las agujas no corrían, parecían retroceder, o al menos detenerse en el tiempo. Me abordaban propuestas de todo tipo por la cabeza, desde dar una vuelta por el exterior de la estación, como también, ir a tomar café a la misma cafetería donde aprecié con expectación, en el viaje de ida, al caballero que se durmió. Pero nada me pareció tan honesto y seguro, como la idea de situarme allí en posición de vigía, aunque sabía que era la más monótona y, a la vez impaciente, de mis ideas.

            Vi mi figura reflejada sobre un espejo, y la sonreí, … que comportamiento tan extraño, pensé. Comencé a analizarme frente a él, mirando los detalles más minúsculos de mi ser, y como siempre me saqué algún que otro defecto. Dejé de apreciar mi silueta en aquella imagen irreal, y me incorporé, dejando mis pertenencias en el asiento, y caminando unos pasos de acá para allá, … breves, pero lo suficientemente acertados para estirar las articulaciones encogidas por el letargo en el que estaba inmerso, dirigí de nuevo, mi atención al espejo. Esta vez de pie, me representé en él, y luego volví al banco pensando sobre mi actitud inconsciente…

            Otra vez sonaba los altavoces de la megafonía, anunciando las próximas llegadas e idas, supuse. Encendí otro cigarro, esperando que el infierno acabase ya…

Málaga, escuché de pronto, hablaba la chica de información del tren que debía partir hacia mi ciudad. El vehículo que tendría que tomar en un principio.

            Sí, efectivamente, eran las 14:30 horas, me cercioré mirando el reloj de la estación y el mío propio. Antes de media hora debe estar Linda aquí, sí seguramente venga dentro de poco. El nerviosismo fue creciendo, olvidando el estadio de tedio que me invadía, rechazando los síntomas asfixiantes de monotonía que me acompañaban…

            ¿Qué me está sucediendo? … Me pregunté. Desde que emprendí el viaje no consigo pensar en otra cosa que no sea ella, me he enamorado. Sí Dios, no puede ser, no la conozco lo suficiente para perder la cabeza por esa chica. No sé si debí hacer este viaje, corriendo el peligro de cometer tan absurda suerte, … ella volverá a Barenton, no nos volveremos a ver más, y yo quedaré en Málaga con el recuerdo de lo que pudo suceder …

            Me persigue desde hace días, un meditar espeso, unos cambios de humor insoportables; no concibo cuándo acabará este sufrimiento condicionado por el deseo de querer a alguien que no distingo nítidamente lo que piensa sobre mí… bueno, y si me quisiese, igual que yo la deseo a ella, qué pasaría … seguramente la distancia extinguiría este supuesto y mutuo afecto. El tiempo borraría las huellas que podamos dejar el uno en el otro, y esta reciprocidad desaparecería de nuestra memoria. ¡Dios!, me ahogo en este círculo mental, me quedo sin oxígeno para continuar mi existencia, y quizás deba coger el tren que está a punto de salir …

            Casi decidido a tomarlo, me volví a incorporar cogiendo el macuto, pero me senté y dejé caer la mochila junto  a mis pies. Agaché la cabeza, buscando mis rodillas con la boca, y sosteniéndola con las manos apoyadas en mis piernas. Dudando y mirando mis zapatos, me di cuenta de la importancia que ganaba Linda en mi vida, y de la imposibilidad de marcharme sin ella. Las manchas de mis zapatos eran, metafóricamente, semejantes a lo oscuro de mí pensar, a lo sucio y fangoso de mis soliloquios. La desesperación existencial me hacía preso, pero sin voluntad para deshacerme de ella, ya que de algún modo me satisfacía, sin llegar a ser plenamente grata. Y era conocedor, de que el cacao de ideas que giraba a mi entorno, fue fabricado por mí.

            … El último aviso, para tomar el tren, sonó por la megafonía. Eran las tres horas y Linda aún no había llegado. Indeciso en el andén meditaba sobre la posibilidad de embarcar o quedarme allí, perdiendo en consecuencia, el enlace a Málaga… Al final, decidí  subir, a pesar de no verlas todas conmigo. Cabizbajo y decepcionado por la triste e infructífera espera, y pensando en el viaje de vuelta, fui buscando una plaza libre, dentro de aquel lujoso vagón. Observaba a todos los pasajeros, buscando milagrosamente el rastro de Linda, pero no lograba recuperar su sonrisa de entre todas las caras presentes.

            El tren comenzó a desplazarse, muy lentamente, y yo sacaba la cabeza por una de las ventanas del móvil, intentándola ver, pero la masa humana que se agolpaba a lo largo del tren era maciza y sólo podía optar a resignarme y descansar en el asiento que tomé anteriormente en suerte. Con la vista cansada, y carente de fortaleza, desistí en mi intento de localizar al ser que más ansiaba encontrar. Mis ojos se esmeraban en no derramar lágrimas, y apretando los dientes a mis labios reprimía toda la furia que poseía, todo el infortunio que me acompañaba.

 

Ya lejos de París, inmerso en el viaje de vuelta y en la meditación irracional de odio que emitía en silencio mi fiel conciencia, lamentaba aún la desigual suerte de mi vida. Decidí como última alternativa leer un poco de poesía, para animar el alma rota y alimentar con ello mi hambriento corazón. Pues, no reunía fuerzas suficientes para entablar conversación con mis acompañantes, todos ellos de habla hispana e ideales modernos, y oculto me mantenía, con la mirada fija, en la lectura lenta y minuciosa. Con el simple pretexto de olvidar lo antes posible toda aquella tempestad que sacudía mi imaginación…       

… Dependía de ella en exceso y,  como tal efecto, era negativo. Pues notaba en mí todo un mar revuelto de sensaciones, que me sumían en la desesperación. Me olvidaba por completo de todo lo exquisito del viaje, de todos los detalles vividos que podría contar a mis familiares y amigos, sobre esta nueva experiencia, y seguía maquinando y exprimiendo todo el mal sabor de boca que me dejaba el no haber podido estar más tiempo con Linda…el no tenerla a mi lado en aquel momento…

 

… Madrid se perdía con el movimiento veloz de la locomotora. Un gran conjunto de luces quedaba fuera ya del alcance de mi visión, mientras apuraba un cigarrillo junto a una nítida ventana que existía en el departamento reservado para fumadores. La noche estaba completamente cerrada, y las estrellas se mantenían inmóviles y brillantes ante mi atenta mirada. Me mantuve allí de pie apoyando mi cabeza sobre el cristal un tiempo, resistiendo el vaivén del tren, que mecía mi físico con dureza, pero sin despertarlo de su letargo. Deseaba llegar pronto a Málaga y volver, así, a mi rutinario existir. Echaba de menos mis estudios, la cafetería de la facultad, los entrenamientos con el equipo de fútbol, y los paseos nocturnos llenos de confidencias… ¡Cuán desgraciado era en aquel estado! …

Recordaba los días anteriores a mi marcha, y toda la ilusión que portaba y transmitía en mi exterior. Aunque de nuevo se veían empañados mis pensamientos, sin querer, por  el sentimiento de gris añoranza del que dependía mi autoconciencia.

Siendo presa de curiosos acompañantes, no me molestaba que fuese observado, la única incomodidad en aquella situación era la grieta surgida por el deseo, por el vacilante nacimiento de avaricia interna y, las ansias de conseguir lo querido, con la consecuente frustración, truncada a sufrimiento. Pero no desear a Linda se enmarcaba inviable en aquel momento, y mi yo físico padecía recostado sobre el cristal del habitáculo de exhaladores de humo, emitiendo una amarga expresión llena de tristeza infinita, y ante la vigilancia de curiosos viajeros. Recobrando aliento, sin estar repuesto del todo, me dirigí al asiento que ocupaba, y mirando los rostros  derrotados de mis acompañantes que dormían plácidamente, intenté descansar las escasas horas que faltaban para arribar en mi ciudad. Estaba entre el sueño y la realidad, delirando… hasta que por fin, …

…  Percibí un paisaje que me era de sobra conocido. Despierto, sostuve mis ojos sobre la leve visión que lograba alcanzar, campos que me calaban de orgullo el interior, poblaciones repletas de costumbres y raíces antiguas, pero que sobrevivían a la avanzada tecnología contemporánea. Aires que nacían en mi imaginación, sin poderlos sentir en mí, sin poder agarrarme a la magia de Málaga, sólo valorándola en mi contemplación… me concebía por instantes como un inmenso ser, lleno de vitalidad, respaldado por la seguridad de mis inolvidables experiencias en estas tierras. Brotaba en mí un niño, que creaba ilusiones, que percibía más allá de donde los sentidos no alcanzaban, y donde la realidad no existe, no tiene sitio… Era dichoso en mi paranoia, abriendo paso al soñador infatigable que mantengo dentro, meditando sin límites ni excusas, sin interrogantes ni problemas, sin dudas ni compromisos, … así, casi sin darme cuenta, fui llegando a Málaga.

 

 

 

MelancolĂ­a

 

 

 

 

 

 

 

 

“La ausencia, el vacío, la soledad,

el aislamiento, la lejanía y el recuerdo…

A veces, estamos más acompañados de lo que nos imaginamos.

Quizás la vida, esta rueda cíclica que fluye en silencio,

trae el recambio preciso a nuestras existencias, pues,

el hueco que deja una persona en el corazón ajeno

puede cubrirse con la presencia del ser venidero, o en su defecto,

con la reminiscencia nítida del elegido, del que nos dejó, …

El devenir, el sino, o el destino, …

¡Cuán felices nos hacen cuando acontece lo apetecido!…

¡Cuán desdichados nos sentimos cuando nos da la espalda! …

Siendo éste, el mayor número de los casos”.

                               Mi historia cuenta el sueño de cualquier adolescente sumido en el sin – sabor de la adolescencia, … sumergido en el amor deseado, pendiente a esa persona que llegamos a idolatrar, incluso a divinizar, y que ha de ser a fin de cuentas nuestro bastón, nuestro guía vital, …

                               Mi intento, logrado o no, es el hacer pensar al lector sobre aquellas cosas minúsculas que observamos a diario, aquellos detalles que en la mayor parte  de los casos sellamos de insignificantes, tachándolos de superstición o falacia. No quiero entrar en lo divino, ni en lo mágico, tampoco en lo astrológico, … mi afán es el mostrar a la conciencia, (sin dar respuestas por supuesto), sobre la vivencia de una fuerza invisible que nos hace escoger entre uno u otro sendero, entre uno u otro camino… La misma que nos aleja para siempre de seres amados, y nos acerca nuevas esperanzas.

Es cierto, que la vida la construye cada cual a su modo, pero lanzo una pregunta al aire: ¿Hasta qué punto, esto es así? …

 

 

                                                                                                                                             J.J.C.C.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                Fabián leía una de sus viejas novelas rusas que tanto le atraían, mientras apuraba un cigarrillo que sostenía en su arrugada y temblorosa mano. Los ojos, que ocultos tras las gruesas lentes, resbalaban por su espigada nariz, dándole un acento más sabio y respetable, devoraban el interior del libro. El cuerpo del viejo, descansaba sobre una ruidosa butaca que él mecía con armonía. La habitación era pequeña, con poca luz, pero cuidaba bien los escasos detalles. Destacaba en uno de los rincones una ridícula estantería, sin duda, el espacio preferido de Fabián, era su pequeña biblioteca, con un centenar de libros que cuidaba con mimo y adoración. En el centro de la habitación, una antiquísima mesa de auténtica madera, sostenía tres fotografías enmarcadas, en las que Fabián vivía con más salud.

El paso acelerado y demoledor del tiempo, se hacía notar con claridad sobre la piel del viejo, que arrugado y seco, aún era capaz de bromear sobre las arrugas y asperezas de su pellejo. Sus movimientos surgían torpes y lentos, y sus palabras viajaban por toda la habitación antes de llegar a oídos del oyente, carentes de agilidad verbal.

La tristeza y melancolía de su perdida mirada, se esfumaban en el vacío de su pensamiento. Su visión se acercaba, de nuevo, a las páginas de “Crimen y Castigo”, el libro que leía, quizás intentando rescatar un poco de oxígeno para aquel esqueleto que pedía la gloria, y desechaba ya su existencia. Apagó la colilla, echando humo y vida por su estrecha boca y, seguidamente, tosió produciendo un efecto desgarrador. Sonó a roto, y las lágrimas aparecieron sobre sus rojos y cargados ojos miopes, debido a la agitación corporal sufrida. Cerró el libro, en forma de queja, como si algo de lo leído no hubiese sido de su agrado, y suspirando versos latinos, que nunca llegaba a comprender, dio por culminada su lectura.

El viejo, sorprendiéndome, recobró rápidamente el buen humor, y comenzó a interesarse por mí:

·         ¿Cómo te fue hoy, hijo?. (Preguntó con voz temblorosa, sin mirarme. Pues, de espaldas a mí, situaba en el estante superior el libro que segundos antes dejó de interesarle.)

La atención de Fabián era recíproca, pues era más que un abuelo para mí, era un gran amigo.

·         Bien, me ha ido todo bien, abuelo. (Respondía al mismo tiempo que encendía un pitillo). - Vengo de la facultad, hoy he terminado mis exámenes, y ya es hora de disfrutar un poco. He quedado dentro de un rato con un amigo, para dar un paseo. Y de paso, compraremos unos libros de literatura alemana que a él le gustan tanto, y para mí no sé, ya veré, ya veré. . .

·         Muy bien, hijo. Muy bien, siempre pensé que llegarías lejos y, creo que ya estás cerca de conseguir tu meta. (Su tez, desvelaba satisfacción, semejante, a la que un padre puede experimentar, cuando es consciente de la buena educación que donó a su hijo).

Sonriendo con prudencia, e intentando procurar no soñar, como lo hacía mi anciano abuelo, me dirigí a la ventana para apreciar algo real, para romper los sueños que la mente, y en concreto la ilusión y el deseo, nos producen.

Las pálidas luces nocturnas daban paso a la noche y su soledad. Madrid se vestía de nostalgia, con sus guirnaldas, su turrón, su rosco de Reyes, sus regalos... Ya se respiraba ese ambiente de hipocresía sana, de olor a castañas, a pólvora y a turrón. Donde sólo la cordialidad y las buenas obras tienen su sitio. Los más jóvenes, paseaban dóciles y agarrados a la mano de sus padres, ganándose el cariño de estos, pero sobre todo, buscando un buen regalo.

Madrid tenía vida aquella fría tarde, y yo me moría por pasear por allí y soltar el estrés acumulado durante las dos semanas de exámenes.

·         Abuelo, ¡me voy!, ¡Madrid me espera!. (Aquella visión del centro de la ciudad, me hizo despertar del letargo en el que había entrado al llegar al piso). - Nos vemos pronto, no leas tanto, no fumes, y cuídate. (Dándole un beso por mejilla, abandoné la casa. Fueron mis dos últimos besos, mi último adiós, la última vez que lo vi leer) . . .

·         ¡Dile a tu amigo, que no compre esos malditos libros!. . . ¡Qué lea a Dostoievski o a Tolstoy, y olvide a esos locos!.

·         ¡De acuerdo, se lo diré!. (Bajé las escaleras, con la satisfacción de adentrarme en las céntricas calles, buscando sus tumultos y jolgorios). . .

 

…Mi abuelo murió dos horas después de mi visita, tres días antes del día de Navidad…

 

. . . Aquella tarde, la última vez que lo vi. Estuve, como le dije a mi abuelo Fabián, con Claudio, un amigo de la facultad. Anduvimos toda la noche de bares, por la zona Bilbao de Madrid. Al llegar a casa, me informaron de la grave noticia; mi vida cambiaba por completo. Mi guía, no aguantó más el empuje que su ajetreada existencia había resistido anteriormente con bravura. Ahora, dejaba sólo, a su discípulo, ante la vida, en el momento que más lo necesitaba. . .

Los días posteriores, a la muerte de mi viejo abuelo, caminaba sin rumbo, me pasaba horas y horas cavilando, como enfermizo, pensando en las charlas tan agradables que mantuvimos diariamente. Su pose, su frialdad, su ironía, su discurso, . . . eran para mí, la mejor enseñanza . . . La víspera de Año Nuevo, se presentaba triste en mi familia. El abuelo había dejado un hueco enorme, en las almas y corazones de todos. Este día, moraba cabizbajo por el Retiro. Observaba a la gente con detenimiento, y sentía ganas de evadirme y dejar todo lo que tenía en ese momento. Pero también comprendía, que el suplemento inmaterial de sabiduría que el anciano me había dejado, tendría que ser continuado y, no debía rendirme en aquel instante. A pesar, de observar todo lo que me rodeaba como ilógico o absurdo, en aquella débil situación psicológica en la que me encontraba, siendo consciente de mi flaqueza mental y aconsejándome hacerme el fuerte, pero, la voluntad:  El yo quiero, se tornaba en un impotente: No puedo.

Sintiéndome el centro del mundo, me hice paso entre la multitud que agolpada y apalancada, desnudaban con su mirada los espléndidos y decorados, hasta la saciedad, escaparates del parque. Todo este montaje, que ascendía la espiritualidad de los ciudadanos, resultaba para mí patético. Siempre lo había pensado, pero este año, mi desamparo estallaba en una meditada y profunda crítica social. Eso sí, sin escapar de mis labios, reprimiendo el impulso a gritar y decir todo lo que sentía y veía. Sin hacer eco.

Abandonando el parque, no podía quitarme de la cabeza todo aquel murmullo, todo aquel pensamiento crítico. Sobre el falso y enmascarado disfraz de misionero, que portaba la mayoría de curiosos, que se precipitaban con prisas por las avenidas de la capital, pero por suerte para mí, y desgracia para ellos, eran considerablemente apreciables.

Me dirigí por instinto o premeditación, no recuerdo, al Café Bar: Libertad. Hacía dos años que no entraba allí; la última vez estuve conversando con mi abuelo sobre la que fue mi novia. Pero ahora, no quería recordarla, vi como pasó el amor de mi vida, fugaz y con impotencia la perdí queriéndola, por el que era mi mejor amigo. . .

Eran las diez de la noche, cuando cenaba en una de las redondas y minúsculas mesas de que disponía el solicitado local. En el escenario, presenciaba la música de un joven cantautor, que con su voz y sus acordes, enmudecía al local, para bien de todos.

La comida era exquisita, tenía una gran variedad de tapas, que me abrían cada vez más el apetito. Al rato, el joven músico recibió el calor del público en forma de aplausos. Yo continuaba maquinando, esta vez pensaba en la experiencia última que tuve en aquel lugar. Sentado en el mismo sitio que aquella vez, e imaginándome la figura delgada de mi abuelo, podía oír su voz, su consejo, su sabiduría. . .

. . . Abandoné aquel Café Bar a media noche. La ciudad ya no mantenía la viveza y el ajetreo de las horas precedentes, y me encontraba parado en mitad de la acera, sosteniendo mi bebida e intentando discernir una brillante idea, cuando una figura humana que me resultaba conocida. . .  se detuvo a mi lado.

…Esa silueta, esa forma, ese andar, me eran de sobra conocidos, pero no supe de ella hasta que a un metro de mí, me saludó:

·         ¿Qué haces aquí, Emilio?. . .(Era la voz de Sofía, ¡qué sorpresa!).

·         ¡Ah, hola Sofía, no te conocía así! ; tan . . . tan . . . estupenda, tan. . .  guapa. . . (¡Dios!, ¿Qué me pasaba, tan directo y tan claro?. Pero si sólo fueron tres copas).

·         Gracias, pero. . . me hubiese gustado oír eso tan bonito que me has dicho, sin alcohol por medio. . . ¡Emilio, apestas a Whisky!. (Sus palabras me hicieron daño, y la sonrisa de Sofía se mostraba ahora en forma de decepción, después de dirigirse a mí).

·         Lo siento, Sofía, hacía mucho tiempo que no nos veíamos. Y han podido más mis ebrios sentimientos, que . . .

·         No importa. (Me interrumpió ruborizada).

·         Quizás te lo tomes a mal, Sofía, pero te tengo que decir algo.

·         Dime. (Respondió con sorpresa, y frunciendo el ceño).

·         Pues, no sé si te lo podré decir. Por una parte necesito decírtelo, porque no sé cuando nos volveremos a ver. . . pero por otra parte, pienso que lo que te diga ahora, no servirá nada más que para una cosa, para que mañana me arrepienta de lo que pueda decirte. (Mi mente se atoraba por instantes, me invadía un nerviosismo que me afectaba y delataba a cada gesto o palabra que pronunciaba. Y queriendo mantener una ligera calma, para no soltar con osadía fingida todo un pensamiento que apestaba a destilerías, resistía de pie, soportando la tormenta que yo mismo había creado).

·         No importa, Emilio, no te apures. . . (Sofía me cogió las manos, y lentamente fue acercándose hasta fundirse en un estrecho y cálido abrazo. Y susurrándome palabras al oído que no comprendí, poco a poco se aferró más y más a mi cuerpo, hasta que muda su boca, besó mi oreja).

 

...Madrid florecía en mi imaginación, y trasladándome a un verde jardín dentro de este sueño ficticio, recordaba las veladas que pasamos Sofía y yo. Bailando al ritmo del vals que nuestros cuerpos, enmudecidos y acompasados, mantenían con su unión. . . ¡la calma se rompió de pronto!, cuando los gélidas pero, deseables labios de Sofía se estrellaron en mi mejilla. . .

 

·         ¿Cómo te va con tu novio?. . .(Pregunté rápido y nervioso. Rompiendo así el éxtasis cerebral que me carcomía la conciencia. Y separándonos de aquella red que parecía unirnos sin querer, . . . pues, nuestras manos aún jugaban dedo con dedo y nuestras miradas llenas de química, e indirectas que los dos comprendíamos muy bien; nos transformaban  en seres irracionales, excitados).

·         Pues, . . . todavía no sé, no se atreve a pedirme salir. Y comienzo a cansarme, porque no quiero llegar muy tarde a casa. . .(Sostuvo la sonrisa y timbre irónico, mientras decía esto, lo que produjo en mí un estado de parálisis emocional).

·         Pero, si lleváis un año saliendo, ¿no?. . .(Contesté extrañado, y al mismo tiempo sin saber muy bien lo que decía. Sentía la cara que me quemaba, y mis palabras salían de mi boca con titubeos).

·         ¿A un par de minutos que llevamos aquí, lo consideras un año?. . . ¡Venga, vamos a tomar algo!. (Me dejó helado, escuchando su mensaje, pero a ella parecía gustarle este juego, esta situación).

·         Perdona Sofía, no sé a qué te refieres, pero yo te he preguntado por Germán, tu novio, en ningún momento, me refería a mí. . . (Sofía soltó una carcajada por aquella preciosa boca, se acercó a mí de nuevo, pero esta vez, sus labios rozaban los míos).

·         ¡Bésame, tonto!. . .(No lo pensé, uní mi boca a la suya, antes que se arrepintiese, y volví a navegar por Madrid, abriendo la imaginación más sutil y real que podía soñar).

 

… No recuerdo el tiempo que permanecimos allí. Pero con el transcurso de los acontecimientos, me iba asentando mejor. Mi corazón retomaba lentamente su pulso habitual, mi voz no me parecía ridícula ya, y hasta el grano que lucía en la barbilla, ya no me preocupaba.

 Renovado de moral, gracias a la seguridad que me emitía Sofía, nos sumergimos en el centro de Madrid. Bailamos y bebimos, hasta altas horas de la madrugada. Nos llovió serpentina, espuma y confeti… fue genial. La presencia de Sofía me hacía resistir el baile y la bebida. Pero al final de la noche, cansados y borrachos, Sofía y yo nos rendimos. . .

                . . . Amanecí con el cuerpo cortado, tenía frío y hambre, pero cuando mire a mí alrededor, hubo algo que me hizo olvidar el penoso estado fisiológico en el que me hallaba. La arboleda que vislumbraban mis ojos, era sorprendente. Nunca había estado allí, pero la hermosura y armonía que emanaba aquel paraje, era increíble. . .

Era Año Nuevo. - Mis padres deben de estar preocupados, les dije que volvería pronto, (Pensé).

Entonces fue, antes de seguir meditando sobre el asunto, cuando descubrí tras mi cuerpo, a Sofía acurrucada, con síntomas de frío. Olvidando por completo a mis padres, y dedicándome a la persona que me condujo, seguramente allí.

Me eché sobre su figura, abrazando su forma, besándole el cuello y mejillas, pero ella seguía inmersa en un sueño profundo…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

. . . Desde muy joven, me había dedicado al estudio del periodismo, al aprendizaje de las técnicas narrativas, al empeño y búsqueda autodidacta de nuevos saberes, … Pero éste mi afán, sin fines lucrativos y con espíritu curioso, esta fe en encontrar la felicidad con la base en el conocimiento, lo conduzco magistralmente, en los últimos años Fabián. Su escasa salud y sus constantes recaídas vitales, lo llevaron al sitio donde imaginábamos toparía pronto.

Mi padre, andaba malhumorado y sin ganas de sonreír los días anteriores al fallecimiento. Como presintiendo lo por llegar, o por lo menos, pensando en la pérdida de su padre y sus consecuencias. Todos en mi hogar, iban preparándose para la despedida, pero a mí me abordó de improviso. O mejor dicho, no asimilé el mal trago sufrido, como lo hicieron mis padres y hermanos.

A mitad de Enero, comencé de nuevo los estudios. La licenciatura de Filosofía lo albergaba casi todo en mi vida. El último curso sería el más triste y largo, y no podría ofrecer el título a mi abuelo, hecho que me consumía en el extenso campo del sin sentido. Decidí continuar con la educación desordenada, rebelde y propia, que desechaba los manuales didácticos del profesor; la misma que se refugiaba en clásicas lecturas universales. Guiado bajo el consejo de mi abuelo, que nunca me prohibió este método, más aún, lo exaltaba a menudo; diciéndome que me dejase conducir por mi deseo, y que castigase con mi indiferencia lo prescrito, lo metódico, . . . y que brotase de mí esa libertad de aprendizaje que es propia de cada uno. Me comprometí a continuarla. . .

 

… Con el tiempo, a lo largo y ancho del año, empecé a comprender que la existencia mental de un ser, podría ser mayor que la existencia física. Mi abuelo seguía viviendo junto a mí, y todo ese recuerdo truncado a melancolía iba esfumándose, porque la presencia impalpable se hacía sentir en mí, como una enseñanza madura e imperecedera que me abordaba en mi rutinario vivir…

 

                … Desde la aurora de Año Nuevo, no he vuelto a ver a Sofía, pero ese vacío que sentía por la pérdida de mi abuelo y, que ella supo tapar aquella inolvidable nocturnidad, se mantuvo en mi corazón, y vivió conmigo durante todo el año. Aquella noche, Sofía reemplazó el lugar de Fabián, pero de otro modo más íntimo y personal. Sólo cuando ella despertó, volví a pensar en él, y en la charla que en Café Libertad mantuvimos acerca de ella. La fuga vital de Sofía, descosía de nuevo, mi frágil corazón. Y el refugio constante que encontraba en los libros me conducía a la desesperación. Tenía la sensación de que la vida era algo más que leer, necesitaba forzosamente compartirla con alguien que me enseñara algo más que letras de imprenta. Anhelaba aprender a amar con sinceridad y paciencia a ese ser que me iniciase en la comprensión y trato mutuo de una relación.

El año pasó sin prisas, y mi vida se cuajaba en la nostalgia de los dos seres perdidos, y en las visitas diarias a las bibliotecas. Conseguí la licenciatura, sin duda, la mayor alegría del año. Pero al llegar las Navidades, volví a entristecer...

De nuevo, percibí ese montaje o película que nos hacemos para sucumbir los problemas y rutinas diarias, ese escape que brota de la imaginación del hombre, tan fantoche e hipócrita. La Navidad no es la misma para todos. Es injusta desde mi punto de vista, pero este Año Nuevo, los Reyes Magos me traían el recuerdo de Fabián y Sofía.

El día de Reyes, estuve con Claudio celebrando su licenciatura, él aprobaba así, la Carrera de Derecho con éxito. Sus exámenes extraordinarios de Diciembre fueron claves para la obtención de su preciado título. Fuimos al Café Bar: Libertad, como solíamos hacer casi todas las semanas. El mismo cantautor de las Navidades pasadas, enmudecía el local con su voz ronca y sus armónicos acordes. Me disponía a comentárselo a Claudio, justo en el momento que me di cuenta de que ya no se encontraba a mi lado. Desconcertado caminé entre la gente, no sin llevarme más de un reproche, y una vez en la puerta, situándome en el exterior del local, no lo vi.

Volvía a mi sitio, escuchando las quejas  con tono más severo y elevado, y hasta el propio artista  me miró con gesto de amenaza, temiendo que mis idas y venidas, estropeasen su espectáculo. Pero esto no ocurrió, como tampoco sucedió que Claudio volviese a su asiento. Me debía dar una explicación convincente, de igual manera, la chica que ocupaba ahora su sitio.

·         Pero, . . . ¿esa no es?. . . No, no puede ser ella. (Pero coincidía hasta en el más mínimo detalle). - ¡Perdona!, No quisiera molestarte, pero se ha sentado en el lugar de mi amigo. (No contestaba, ni siquiera se inmutaba, y su rostro no lo podía ver, debido a que lo ocultaba bajo una máscara de Rey Mago).

·         ¡Oye, que se ha sentado en . . . (Intentaba insistir, cuando. . .)

·         ¡Perdóname tú!. (La chica de la máscara, alzó su cabeza, mi cuerpo quedó petrificado al reconocer la voz). - ¿Te atreverás a decírmelo hoy?, ... no quiero llegar muy tarde a casa. . . (Dijo esto, me cogió las manos, y me las apretó a las suyas).

·         ¡Vámonos!. (Dije sonriendo y sosteniendo sus muñecas).

·         Se te olvida algo, ¿no?. . . ¿no me vas a descubrir?. . . (Continuaba siendo la misma, esto era importante).

Le quité la máscara, nos besamos, y abandonamos el local. . .

                …Ya fuera, no salía del círculo vicioso de la incomprensión. No alcanzaba a comprender lo sucedido, no podía acatar que el destino me trajese a Sofía, de nuevo, a mi vida. La observaba atónito a sus ojos, ella consciente de mi sorpresa aturdida y consecuente abobamiento, sonreía. Se la veía feliz, siempre se es cuando somos sabedores de que alguien muestra interés por nosotros, y esto no me agobiaba. Yo, también era dichoso amándola. Y no me interesaba el grado de amor que brotaba por sus venas, sí el mío, que me petrificaba al pensar en fantasías que rozaban la quimera, haciéndome enloquecer…

 . . .  -  ¡Perdona!, ¿Sabes algo de Claudio?. (Pregunté intrigado).

·         Mañana te contará, ahora seamos felices, tengo tanto que contarte, tanto que vivir contigo. . . (Enloquecida, saltaba y me besaba).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La extraña pareja

El aire no era aire, la quietud del momento no dejaba cabida ni tan siquiera a una ligera brisa, pero yo seguía sintiendo un viento frío que se aceleraba a impulsos por mí... a cada mirada cálida que me regalabas aquella noche.

Aquella noche no había gatos negros por las calles, aquella noche la luna no había salido; Aquella noche, estábamos tú y yo, frente a frente. Tu alegría desmesurada maquillada por la pena ocasional y, mi seriedad acostumbrada, tan monótona y cansina para mi razón. Tu cabellera negra, tu piel rojiza por los rayos de sol que ese día habías tomado en la playa, y el silencio de tu rostro, te hacían atípica para mis ojos... estabas tan distinta aquella noche, únicamente te conocía por el olor a jazmín de tu perfume, y el vestido que meses antes te regalé por tu cumpleaños.

A la mañana siguiente, volvió a salir el sol, como todos los días. Era la hora de prepararlo todo, nuestro viaje estaba a punto de cuajar, y el cosquilleo desenfrenado de nerviosismo me hacía presa. Ni era la primera vez que viajaba, ni sería la última, pero eso daba igual. Aquel viaje era especial, era una prueba de fuego a nuestra relación.

Esperé cinco minutos más, y no llegabas... hora y media después de la hora acordada, abandoné el lugar. Derrotado, vagué por las mismas calles por las cuales un par de horas antes, había transitado, ... pero qué diferente fue mi ir a mi venir. Cabizbajo y hundido, mientras me recordaba con la sonrisa permanente, la que daba brillo a mi inexpresiva tez, mientras me acercaba al lugar de encuentro, a la parada de autobús que nos llevaría al aeropuerto. Portaba la maleta con pasos firmes, decidido, maquinando situaciones, conversaciones que ya nunca se darían. Llegué a la parada, unos minutos antes de la hora fijada... y la cita empezó a demorarse, no venías, no dabas señal de vida, no querías contestarme al teléfono. Hasta que una inútil esperanza que anidaba en la paciencia que no tenía para otras cosas de la vida, se fue derrumbando, a pesar de que mi impaciencia rebozaba amor, ya no pude aguantar más. No me importaba esperarla todo el día, mas sabía que no vendrías. Una nítida imagen sobrevoló mi conciencia desbordando un arrecife de coherencia y arrastrando con ella la más dolorosa decepción... Me apareció tu rostro inmaculado, al que no era capaz de soportarle una mirada, el que me aceleraba las pulsaciones y me hacía entrar en un estado de anonadamiento crónico.

Pero aquella noche, tu cara no había sido esta que imaginaba en ese instante, era seria y distante, conocías bien que yo nunca te replicaría, que estaba lo suficientemente enamorado de tí como para tragar todos los desplantes que me hicieses. Tu cara era extraña a mí, una extranjera que se colaba para descolocarme aún más, ¡cómo si tu sola presencia no me descuadrara! Y eso me hizo sospechar que no habría viaje en el momento que nos despedimos, pero no quería verlo... cómo querer percibir aquello que me doliese, si la mentira satisfacía todo lo que ansiaba en aquel anochecer. Si con ella me emborrachaba de optimismo, sin temer a la verdad, a sabiendas que me dañaría como una cruel resaca de un violento despertar.

Aquella noche, no podía anular ese efímero deseo que tuve de compartir vivencia nuevas a tu lado, lejos de nuestras casas, de nuestro mundo. Conociendo lugares nuevos, costumbres ajenas, archivadas en fotos para la posterioridad.

Aquella noche, tus labios sellados, sin invitación a la sonrisa dejaban en claro que tus planes no eran los míos. Aunque para mi sentimiento la traducción fuese distinta. Ya ves, la guerra acababa de comenzar, los ejércitos dispuestos a la barbarie, y la paz de mi alma no hallaba cercanía. El corazón, sabía que resistiría las ofensivas que mi intelecto le lanzara, el tiempo no lo conocía, cómo conocerlo... al igual que ignoraba si firmarían tregua, o las lágrimas se harían más incesantes y sentidas a cada asalto...

Sólo sabía con certeza lo que sucedía: que no alcanzaba a predecir el futuro inmediato, pero lo imaginaba, y quería hacerme creer que eso no sucedería. Que la mochila pesaba más, mis pasos eran más cortos, más estartalados, y el dolor emocional se potenciaba con la tortura de la meditación interna que me albergaba. Y que visitaba a cada instante el más oscuro laberinto de pensamientos, cuando la idea se hizo escasa y dañina.

Me mantenía en pie la inercia de los pasos aprendidos antaño, pues mis sentimientos se volcaban en buscar el equilibrio lógico a tan bochornoso desenlace. La rendición de la mente sería costosa, la mentira fácil no me engañaría, ya se encargaría mi corazón de recordarme que estoy enamorado de ella, cuando quisiese mentirme, haciéndome creer que nunca la quise o nunca me mereció.

Y la batalla final tuvo su fecha. Conseguí hablar con ella por teléfono, fría y distante, logrando de ella una cita... una cita para mi entierro.Y así sucedería que, la misma mujer capaz de elevarme a un trono místico, de introducirme en un cuento de príncipes, princesas, castillos, brujas, ...sorteando mi imaginación por la fantasía más soñada e imposible, también fuese capaz de procurarme el castigo de la indiferencia, de la dejadez, y hasta consiguió humillarme para sentirse querida, para inflar su ego a costa del mío.

No le guardé rencor, pasaron los días, y llegaron los meses... Seguía pensando en ella, y es curioso... la veía más hermosa, radiante, más deseada que antes. Me prohibí el llamarla o buscarla, pero como toda prohibición, me incitó al deseo... y allí estaba yo tarde tras tarde visitando todos los sitios que frecuentaba o imaginaba que podía visitar, haciéndome el fuerte, haciéndome el sucio... pero era verla y perder toda energía, para volver a ser su criado. Saludarla con la boca de oreja a oreja, sudando de nervios, y tartamudeando un simple hola y adiós...

Así sigo hoy, esperando que algún día decida venir a mí, y disculparse, y pedirme que volvamos. Aunque sé que también volvería con ella, aun si olvida una disculpa. Qué le voy a hacer, si la veo pasar y provoca un terremoto de sensaciones en mí... ¿Acaso yo elijo el enamorarme o no?...

 

 

"La noche debilita los corazones

noches de funeral, de vino y rosas...

brindemos por el amor y sus fracasos

quizás podamos escoger nuestra derrota...

El sol limpia las calles, la memoria

feroces pasiones atenúa

invéntate el final de cada historia

que el amor es eterno mientras dura"

                     (Ismael Serrano)

 

 

Paula

Para mi sobrina Paula,( cuando sepa leer)...  Para que cuando rompa el cascarón de la niñez y, un escalofrío le dibuje en su mente-cuerpo el sentimiento del primer amor, entienda que ya antes otros vivimos eso, hablamos sobre eso y nunca supimos explicar, eso.

 

     Podía ser el amor de mi vida, pero nunca lo sabría. Era como siempre la había soñado: morena de piel, de pelo largo, lacio y negro, los ojos verdes y grandes, una risa tímida e inteligente y vestía un pantalón vaquero ceñido más una blusa blanca. Respecto a lo último, a su forma de vestir, me había gustado, pero la quise imaginar de colegiala, con la falda a cuadros, las medias negras hasta las rodillas, incluso le endosé un jersey a rombos y un par de coletas juveniles. La ideaba tan preciosa que no me percaté que mi musa abandonaba el local. Rápidamente dejé la copa en la barra, y sin despedirme de mis amigos esquivé el concurrido núcleo de personas que se reunían allí. Una vez me hallé en la puerta del garito, me supe perdido. Nada a la derecha, nada a la izquierda. Para colmo había dejado la chaqueta en el interior del bar, y un gélido viento me golpeaba el cuerpo. Aunque lo que más me dolió fue el vacío que se creó en mi fuero interno, al asumir la pérdida de la persona que más rápidamente quise en  vida. Fue un flechazo veloz, una despedida ágil y dolorosa.

     Desperté quejándome de todo. Del hostal cutre, que por no tener no tenía ni cortinas lo suficientemente gruesas para  detener los primerizos rayos solares. De mi compañero de habitación, que no cuidaba en hacer ruido. Del tráfico de Madrid y sus inagotables conciertos de claxon. Y de la resaca que me envolvía. También caí en la cuenta de que había vuelto a fumar, cuando hacía poco menos de un mes que lo dejé... por todo esto, tenía razones para sentirme a disgusto. Pero lo que de verdad me hervía por dentro era la frustración de haber perdido a Paula. Sólo sabía eso de ella, que se llamaba Paula, y porque le oí a una amiga nombrarlo. Triste realidad, pensé. Ni dos simples besos pude arrancar de aquel rostro que no exigía maquillaje, pues tenía luz propia.

     Antes de incorporarme al nuevo día, apuré unos minutos más sobre aquella cama que más que minúscula era ridícula, de muelles rechinantes y colchón hundido. Pensé en mi madre, más bien en unas palabras que me había repetido en varias ocasiones. No eran palabras de reconocimiento, todo lo contrario. Se trataba de avisarme del paso del tiempo, constante y demoledor, y mi apatía ante la vida. Pues así me sentí ayer, cuando ni siquiera la ví marchar. Ví ese "tren" que tanto había esperado, y lo dejé ir como esperando su vuelta, porque era consciente de que su búsqueda sería una quimera. De eso no tenía dudas, fue lo primero que asumí en la relación con mi ángel, el desamor. No me dio tiempo a enamorarme, cuando ella me dejaba plantado. Ahora entendía todo, qué difícil sobrevivir en la tormenta brusca del amor erróneo, pero más complicado aún que se  escurriese el sueño en tan breve espacio de tiempo.

     Me levanté, quejándome del malestar corporal, respirando el aire parado y cargado de la habitación. Dejé todo el embrollo de pensamientos que me aturdían aparcados en la cama, mientras dibujaba en la imaginación la cara limpia y desnuda de Paula. Más bien, los esbozos de su tez.

 

     Antes de su aparición, todo viajaba dentro de los cauces marcados aquella noche. Lo cotidiano, lo esperado, brillaba de modo pacífico. Una noche más, colmada de risas, baile, humo y la sensación de enamorarme al menos una vez, por cada bar visitado, bajo la sospecha de un irremediable ataque de sinceridad ebria. Sin embargo, esa madrugada era especial. No trasnochaba por mi ciudad natal, evitando la indeseable monotonía de hallarme en los mismos bares que de costumbre, regateando la causalidad de ver las mismas caras, los mismos gestos, el mismo acento que a veces me hicieron dudar de la repetición de noches y escenas vividas. Cancelada esa posibilidad, me afeité, duché y vestí con la seguridad de contar una noche diferente. Mis amigos parecían experimentar las mismas vibraciones, y más coquetos que de costumbre, mimaban el peinado y las arrugas de sus camisas con un neurótico inconformismo. Con ademanes de seguridad y control, en un ejercicio estéril de aprobación a lo que hacían. Una vez más me  miré al espejo, dándome por satisfecho, me dirigí al lado opuesto de la habitación, orgulloso de lucir  jersey nuevo. Allí tomé los zapatos, relucientes, casí podía reflejarme en ellos.

 Mientras, al otro lado de la sala, en la puerta, al grito de "vamos a comernos Madrid", se encontraban impacientes mis amigos. Y aunque exigían  la mayor brevedad posible, me dio tiempo aún a cruzarme otra efímera mirada con el espejo. Quería verme el jersey, sin duda estimulaba mi autoestima.  El estreno de una prenda me potenciaba el ego. Era una especie de superstición. Y así salí aquella noche diferente,a priori. Aseado, cuidando el peinado de última generación, sostenido por gel fijador, con los zapatos impecables, el tejano bien planchado, y lo más importante, con el jersey nuevo, el de la suerte. Pero no todo podía salir a pedir de boca, y nada más cruzar el portal,  volví por una chaqueta, para desesperación de mis amigos y tristeza propia. Ya no luciría la prenda talismán, como hubiese gustado. El guión empezó a torcerse.

 

     Desde el primer instante en que mis ojos la capturaron, desde la primera imagen levemente transformada por el humo y el alcohol ingerido, ya supe que no sería mía. Las musas se imaginan, se observan, ... pero no se poseen físicamente, pensé. Tuve la ocasión de verla más cerca, más nítida. Qué simple era,   ¿sería eso lo que la subía a la cima de mujer imposible?...  una simpleza tan pulcra, que daba miedo. Recordé la letra de una canción, Yolanda. Luego me vino a mente otras como Penélope, Ana, Lucía... y  prometí en el silencio del pensamiento el hacerle una canción. Sería la poesía más bella que escribiese, por lo menos la más sentida, y fue por eso que no le quise quitar ojo.  A la vez que comprendía esas canciones de amor, que en otros tiempos me parecieron pedantes y falsas. Siempre sostuve la creencia de que las mejores letras se gestaban desde el desamor, movidas por la línea delgada que separa el amor del odio y viceversa.

     Las caderas las agitaba a un ritmo hipnotizador, con gracia y jamás se le veía un pequeño matiz de grosería en sus movimientos. Parecía que la música fue compuesta para baile de su cuerpo, en ningún momento perdía el compás ni el salero en sus idas y venidas, manteniendo la siempre dulce sonrisa. Las luces seguían su juego, bañándola de diferentes tonos, y siempre esperando que la blanca luz le golpease su rostro, para sentir un escalofrío, galopando bajo su piel.

     Pero de entre la multitud, como por arte de magia, no podía ser de otro modo, desapareció. No había dejado rastro alguno, ni amiga que me hiciese pensar que volvería, que se ausentaba al servicio, que fue a pedir a la barra... nada. Luego vino la salida apresurada del bar, la dura aceptación de su ida y el odio interno a mi cobardía. La irremediable timidez, que me robó tantas veces la oportunidad de desplegar la personalidad.

 

 

     Llegó la hora de despedirse, el cierre de los bares, el desfile lento, agotado y oscilante por las desérticas calles de Madrid. Asumir que otra noche más pasaba y todo seguía igual. El deseo de encontrarse la  cama al siguiente paso dado. Pero acabábamos de dejar Huertas para pisotear las recién mojadas vías de la Puerta del  Sol.  Nos quedaban al menos diez minutos de camino, intercalados con  las meditaciones y análisis que compartíamos en voz alta, y los pensamientos que jamás diríamos, las ideas que calientes surgían de la conciencia de cada uno, para morir frías en algún rincón del espacio, abandonadas y olvidadas a su suerte. Y la hora de los torpes, el preciso momento en que la ciudad renacía y otros, los torpes, buscaban su particular y elegida noche, se nos echó encima. Coincidíamos en algo, en las caras soñolientas. Unas marcadas por el cansancio, el humo, el ruido y el alcohol; y otras selladas por las líneas de sábanas y el reciente peinado.

     En la Gran Vía tuvimos tiempo de hacer una última parada antes de alcanzar el hostal.  Vendían comida china, y entre la curiosidad novedosa de no encontrar un puesto de perritos calientes, de patatas asadas o de showarmas, degustamos in situ aquel rico manjar. Ante las miradas diversas de los que empezaban el día, no dejábamos con vida ni un grano de arroz. Un ejecutivo nos miró con cara de pena, como si se avergonzara de que estuviésemos allí comiendo, y a la vez con ese aire de altanería y chulería propias del que luce traje, gomina y corbata a diario. Otros nos miraban con simpatía, y la envidia de saber que en unos minutos tomaríamos el descanso que ellos habían dejado atrás. Y también hubo quien ni siquiera, se percató de nuestra presencia, sumidos en el estrés de la gran ciudad, que empezaba a rugir cuando aún, el tendido eléctrico ocupaba el protagonismo sobre la luz natural.

     En silencio llegamos a la puerta del Hostal, dando imprecisos pasos bajo desencajados cuerpos. Después de andar unos minutos más por la Calle Fuencarral, y resultarnos más largo el camino de vuelta que el de ida, siendo este el mismo. Aparcando la noche en el sueño profundo que tomamos, después de dar por concluida la desordenada conversación que mantuvimos. Sin sacar mayor síntesis que la de creer que  otra noche más había sido consumida por nuestras vidas.

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     Seís meses después, volvió a aparecer. Como un golpe de suerte caprichoso. Como una quiniela acertada, incluso mejor que eso, pues el dichoso azar fue a buscarme. Ya no hubiese apostado un euro a encontrarla, y menos en Málaga. Fue allí, corría el mes de Agosto cuando disfrutaba de un día de playa, un día libre de trabajo. Un día cualquiera si no hubiese sido por ella. Salía del mar y pasó delante mía, cuando la ví. Parecía sobrevolar por la arena quemante, en lugar de caminar como los mortales. Luciendo un escaso bikini rojo, que resaltaba más sus encantos. Con la melena a un lado de la cara, con las dos manos escurriendo el agua que quería permanecer en su cuerpo, 

y la sutil sonrisa de su rostro poseido por la belleza simple del que no sabe que es bello, o no quiere serlo. Así continuaba siendo, tan hermosa como la había estado recordando.

Guardaba toda la gracia con la que la había imaginado, todos esos gestos que me producían un malestar deseado en el estómago. Me sorprendí de haberla reconocido tan rápidamente, como un flash que golpea unos ojos abiertos, así llegó a mi mente. En el rompecabezas de gente, arena y sombrillas con el que jugué ese día.

Y cuando todo era azul, todo se dibujó de un modo luminoso, lleno de colores vivos y en el marco escogido de mi imaginación flotante... brotó una nube, negra sobre el horizonte, surgida de la nada, en la quietud del instante. Hecho que rompió todo el sortilegio que me eclipsaba. Y bajé a la Tierra, y vi que Paula estaba acompañada. Acompañada por un tipo de esos duros que salen en televisión, con cara de ángel y cuerpo de culturista. Allí la esperaba, tumbado sobre la toalla, cuando llegó Paula y se escurrió el agua de su cabello sobre el fornido pecho del muchacho. Con un gesto feo, desaprobando la acción de Paula, el musculitos se fue al mar. A calmar sus malos humos. Y ella quedó sola, untándose el bronceador sobre esa piel perfecta. No le había gustado la broma, estaba claro, pero lo que no entraba en mis cálculos, era el poco tacto al quejarse que tuvo.  Quizás, con ese cuerpo de gimnasio y esa cara de no haber roto un plato, no temiese perderla. Seguramente estaba tan seguro de eso, que se daba el derecho de hacer tales gestos.

     Yo no tengo tal silueta, pensé mientras me reía irónicamente, más bien me sobran unos kilos. No podría competir con semejante cachas, aunque también pensé por un instante en la belleza interior, y en esas cosas que se dicen, se piensan y luego nunca se hacen. Así que me rendí antes de comenzar cualquier combate. Y pensé que el destino se encargaría de esa batalla, puesto que ya, para empezar, la había traído desde el centro del País. Había realizado lo más difícil. Había encontrado la aguja en el pajar, o como  dice mi abuela: el mundo es un pañuelo. Desde aquel día, sí que podría tomar esas palabras como mías.

     Al cabo de unas horas, Paula empezó a recoger sus cosas. Se disponía a marcharse, cuando me llamó la atención  que la pareja no se hubiese dedicado ningún beso ni carantoña. Desechando el pueril accidente del agua como excusa y causa de elllo, alcancé  la aventurada deducción de que podía ser su hermano. O tal vez un simple amigo. Por una cosa u otra, aquellas nubes se retiraban de nuevo de mi horizonte ideal. Volvía a lucir sobre mi imaginación un rayito de luz. Y seguramente, movido por ese desprecio que el señor musculitos le regalaba, con esa habilidad para ignorar el cuerpo que más había soñado, en mi ser surgió una vitalidad que me invitó a seguirla. Quién sabe si me animaba a decirle algo. Quién sabe si  le encontraría un defecto que la hiciese descender de la cumbre, un rasgo humano en un ser divinizado...

 

     Pasaron los días, tristes y opacos, independientemente de que  fuese aún verano. Y por mi ventana seguían colándose grises nubes todos los amaneceres. Intentaba  quitármela de la cabeza, mas  su reciente e inesperada visita me devolvía a la demencia. Los rasgos borrados de su cara, por el paso del tiempo, volvieron a marcarse casi de un modo definitivo. Tatuado, quedó su cuerpo en mi conciencia. El destino quiso regalarme más sufrimiento, cuando me la postró ante mí en el capítulo de la playa, y lo consiguió.

   Hablé con ella, mejor no haberlo hecho, pues... Me presenté toscamente ante ella, y la ubiqué en Madrid. Allí le conté que coincidimos en un bar, le dije el nombre del garito, que no recordó. Rápidamente me dijo que no me conocía, o no se acordaba de mí, todo ello con una sonrisa espectacular, una sonrisa perfecta. Y como me quedé bloqueado, (quizá debí diseñar un guión), no supe qué decirle más. Paula, sorprendida aún de que supiese su nombre, sin entender que no nos presentamos y yo memorizaba su nombre, cual tabla de multiplicar un escolar, quebró la difícil situación creada despidiéndose de mí. Efectivamente, no quiso saber por qué archivaba su nombre, y todos esos recuerdos vanos para ella, que le balbuceé, tanto tiempo después. Argumentó que se le hacía tarde, que había quedado con su chico.  Y allí quedé, inmóvil en la quietud de mi alma y mi cuerpo. Viéndola marchar. Sin poder abrazar mi sueño, sin darme la oportunidad de conocerme. Y a pesar de ello, no reunía fuerzas para odiarla. O bien sí, quería odiarla, pero la amaba, tanto la amaba que de no tenerla la odiaba. Y allí quedé, como dije, inmóvil, maldiciendo mi suerte. Con el aire parado, como si ya hubiese sido respirado en otras ocasiones. Un sinsabor que me mantenía  apartado de lo que sucedía a mi alrededor, soportando la mirada con gallardía en ella,   la fui perdiendo, hasta que por fin, la perdí. La perdí, pero no la olvidé. Aunque no pude perderla, porque nunca la tuve, nunca fue mía... pero sí perteneció, y pertenece a mis pensamientos, ¿acaso no son míos?

 

 "Ojalá se te acabe la mirada constante, la palabra precisa, la sonrisa perfecta. Ojalá pase algo que te borre de pronto: una luz cegadora, un disparo de nieve. Ojalá por lo menos que me lleve la muerte; para no verte tanto, para no verte siempre, en todos los segundos, en todas las visiones... Ojalá que no pueda tocarte ni en canciones".

("ojalá" - Silvio Rodriguez - Cantautor cubano)

 

BrĂºjula

Al atardecer, la pesada y molesta amargura arremetió contra mí, de nuevo. Vagaba despacio y cansado psíquica y físicamente por las céntricas calles de la ciudad. Mi dejado y sucio aspecto paseaba en busca de un amanecer reflexivo; estaba agotado como para andar vomitando buenas ideas, o como para hallar la solución a la tempestad que me visitaba tan a menudo, últimamente.

Cansado de tocar las mismas canciones que emanábamos mi guitarra y yo, de oír las idénticas voces y de pensar sobre los vanos consejos de mis allegados,... me senté en un mugriento mármol, un escalón con un gran portón.

Allí, con la mirada perdida en oscuras meditaciones, a la vez que las intentaba difuminar con la conocida técnica de poner la mente en blanco, pasé un buen rato.

De pronto, se abrió la puerta de un garito cercano a mi puesto. Surgió en el negro silencio que me envolvía la peculiar voz de Ismael Serrano, más triste, eso sí. Me levanté y me dirigí a aquel bar, y en su interior me senté junto a un grupo de jóvenes que lo miraban con gesto impasible. Cantaba al amor perdido, qué original, pensé irónicamente.

Sus dedos finos y arrugados, por el demoledor tránsito del tiempo, navegaban por todo el mástil, emitiendo una melodía fantástica. En cambio, su voz estaba rota y perdida, pero su corazón llegaba donde no lo hacía su ronca garganta.

Del silencio que brotó entre una canción consumada y la que comenzaría, reconocí en el tumulto a una vieja amiga. Nos miramos, pero pareció no reconocerme... o por lo menos me supo evitar. No me resigné a intentar saludarla, pero cuando quise llamar su atención, surgieron rompiendo el silencio creado, por la pausa, los acordes de "últimamente".

La gente se identificaba con esta canción, biográfica de este cantautor madrileño. Hasta él parecía emocionarse con su letra, con la verdad que derramaban sus labios...

... y el concierto concluyó, entre canción y canción; la gente se levantaba de sus asientos con la sonrisa en sus rostros, cansados y legañosos, con sus charlas y despedidas.

La noche es hermosa, estaba meditando sobre esto cuando percibí que sólo en el local, quedábamos Ismael, el propietario y un presente.

Ismael se incorporaba guardando en una funda de madera su instrumento. La leal y fiel compañera, justo en el momento que me acerqué. Sin dirigir palabra alguna, él me saludó:

 

-¿Qué tal compañero?

- Bien, -le contesté. Era la primera palabra que intercalaba con Ismael, y a la vez se convertía en la primera mentira que le pronunciaba.

- No creo que te vayan bien las cosas, amigo, no has separado tu copa de Whisky de tu boca, desde el momento en que te vi llegar.

Me dejó mudo, decía la verdad, pero lo que más me sorprendió fue que me había estado observando.

- Además, tus ojos están tristes y tu voz suena penosa. - añadió.

Ismael me había descubierto, desnudado con su mirada curiosa y profunda.

- ¿Puedes tocarme una canción? - pregunté al tiempo.

- ¿Tú cantarías? - me interrogó sonriendo.

- No, ... yo no, me refería si podrías tocar y cantar tú.

Me miró extrañado, quizás por mi descaro o la soberbia de mis palabras.

- No, no creo que sea el momento, pero te invito a "carretear". - Me propuso.

- De acuerdo. - Acepté gustosamente.

 

     La noche era fría y húmeda, el invierno estaba muy cercano ya. Pero la cálida presencia del cantautor, convertía el frío en calor, con sus palabras llenas de certeros raciocinios. Conversaba sobre Silvio Rodríguez, incluso recitaba fragmentos cortos de sus temas. Explicaba el significado y el por qué le agradaban, como si él mismo las hubiese parido.

Luego, me habló de mujeres, de la sociedad y sus negros vicios... yo escuchaba con detenimiento, y a la vez aprendía de sus sabias y nocturnas posturas ante la vida, cual tal aventajado alumno.

Hablando con Ismael Serrano rejuvenecía. A pesar, de que a ratos, mi optimismo se tornase en un gris pensamiento lleno de decepción y rabia...

Miraba con aires de exacto calculador, de preciso meditador, su visión era maestra, enseñaba y hacía pensar con su silencio, con su sensillez. Sin llegar a ser divino, como creía todo este tiempo que lo escuchaba en casa, que lo idolatraba hasta el punto de divinizarlo... convertía en sortilegios verbales todo lo que decía. Hasta el más necio aprendía algo, y este podía ser mi caso.

La luz del día comenzaba a imponerse sobre el oscuro de la noche, y su tranquilidad. El ruido de coches, trabajadores y demás gentes de la sociedad, comenzaría a multiplicarse en breve.

Qué poco me gustaba el día, prefería la noche, como tampoco deseaba abandonar aquel grato trato con Ismael, que en aquel preciso instante comenzaba a despedirse...

Volvía solitario y cabizbajo a casa. Pero con la fe de vivir otra noche como la que terminaba. Ahora tenía sueño, ganas de despertar de este sueño; quizás soñaba esta vez de verdad.

Y así, soñando o andando, fui llegando. Al entrar en el barrio, a lo lejos distinguí la silueta de Lucía, la chica del garito. La había olvidado, y ahora aparecía. Me miró sonriendo, yo mantuve el ademán serio y quedé inmóvil, apreciando su nerviosismo.

Ignorándola, y sin reciprocar su saludo, subí los escalones del portal. Llegué a casa sabiendo que me arrepentiría, pero ella también me ignoró horas antes en el bar, cuando yo me alegraba de verla, ... y ella no.

Dormí con el recuerdo imborrable de Lucía y, con la esperanza de volver a ver a Ismael. Y por qué no, a la chica que dejé llorando en mi portal. Y es que no sé, " pero últimamente ando un poco perdido"...

 

 

Impotencia

¡OH cielos, qué habrá escondido detrás de esa enorme cortina, … mis ojos ansiosos por hallar una resolución a todas las cosas, las cuales me veo sin argumento, te miran anhelantes por encontrar una verdad a todas ellas!.

Tan sólo, soy un ser que tratando de mejorar día a día, me veo postergado a ser todo lo contrario de lo que mi corazón me anhela. No sé, quizá sea mi propio destino el que me aleja cada vez más de mis propósitos, no sé muy bien a qué atenerme todo es alejamiento.

Cuando mis esperanzas estaban depositadas al otro lado del Mar Mediterráneo, sufría en el tedio oscuro del deseo ilusorio. El pensar que un día, por fin pudiera pisar tierras de la deseada Iberia, (el pasaporte, al menos pensaba yo, al fin de todas mis calamidades tanto económicas, como también a mi propia realización como persona).

Cuando por fin llegó la oportunidad de zarpar aquella inhóspita embarcación, significaba para mí, la propia salvación: ¡OH Dios, cuan equivocado estaba!. La Madre Naturaleza nos hizo una recepción bastante agradable, nos recibió del otro lado con un día tan hermoso como la propia vida. Pero…

… Ya pisaba suelo ibérico y yo sin estar muy seguro de cómo, pero estaba dispuesto a seguir los pasos de mis ancestrales: ¡Quería luchar, quería conquistar, quería conseguir e incluso estaba dispuesto a sacrificarme a mí mismo en nombre del éxito!. Pero pronto, aprendería que los sueños son como un extraño dios que tratan de mantener viva las esperanzas, mientras otro mucho más maligno trata de amargarnos los dulces sueños, (esta es la diosa realidad)…

“Y fuiste un difícil comienzo, además de la realidad que desconozco. Y quien viene de otro sueño feliz de ciudad, aprende deprisa a llamarlo realidad, porque es el reverso del revés. Del pueblo oprimido en las villas, o en las colas de las chabolas.

De la fuerza del dinero que hace y destruye cosas bellas”.

                            Caetano Veloso, (fragmento extraído de Sampa).

Creí que los ojos de ese lado no eran tan devoradores, al mismo tiempo tan acusadores, (te juzgan de tal o cual manera, según lo que aparentes), todos te miran, todos te culpan por algo. Y yo que sólo busco un trozo de algo donde agarrarme como si fuera mi último aliento, mi último recurso para poner fin a mi propia miseria.

No sabía contestar a ciencia cierta si estaba siendo rechazado o solamente se trataba de la propia crueldad de la vida, donde todos luchan contra todos por realizarse como ser. Pero efectivamente, era consciente de que mi condición como persona se veía desvalorada. Pues a partir del momento que pisé tierra española nadie me nombró por mi verdadero nombre, más bien me decían: moro, muerto de hambre, negro, … incluso con desprecio me exclamaban: ¡Vuelve a tu país!. Y yo me preguntaba: ¿De qué podemos presumir nosotros los humanos?,… ¿Es verdadero el supuesto hermanamiento de los pueblos?,…

… ¿Acaso es mentira que un hombre o un determinado grupo de hombres, rechaza a otros por no tener o por no reunir las condiciones que ellos imponen como necesarias para pertenecer o frecuentar su entorno? … Ser blanco o negro, cristiano, budista o musulmán, ser guapo, ser hombre o ser mujer. Son condiciones que determinan o limitan a los seres, no vale con reunir los requisitos de persona. ¡No, amigo mío, ser persona es lo de menos, hay que ser algo más que esto, en una sociedad clasicista!.

Nuestra sociedad ha evolucionado, pero cada cual de acuerdo a sus conveniencias.

Yo cuando crucé el estrecho anhelaba el oro y el moro, (como dicen los españoles), pero ahora sólo deseo una mirada amiga, unas pequeñas palabras amistosas que pudieran devolverme mi optimismo y mis ganas de vivir. Mi necesidad ya no es material, se ha truncado a una exigencia psíquica, en la que espero día a día el apoyo y calor de alguien que me sepa escuchar.

Era bastante curioso, en mi país “las veía negras”, pero era sufridor con esperanza. Hoy después de tanto desear estar aquí, y finalmente estoy, la realidad me ha hecho pesimista, y poco a poco el cielo se vuelve gris y sombrío a mí alrededor, y se van consumiendo mis esperanzas como la llama de una vela.

Mi única vida, pienso, malgastada en el anhelo incoherente de escapar de una realidad que no elegí, maquinando mi futuro ando todo el día… y ya lo dijo aquel buen poeta, Calderón de la Barca: “La vida es sueño”. No nos conformamos con lo poco o mucho que tenemos, es cierto, como tampoco valoramos lo que poseemos, pues yo escapé de aquella miseria, pero aún siendo miseria y sabiendo que hay más grandes en la humanidad, ansiaba el triunfo.

Los valores se han perdido, los juicios vuelan de boca en boca, con horribles palabras, graves prejuicios que acaban con la débil moral de un extranjero como es mí caso.

¡OH, Dios!, … Que miedo me produce nombrar extranjero, pánico me da… ¿Es acaso el mundo, o este pedazo de tierra, tuyo o mío? … ¿Es verdad Dios, que tú hiciste el mundo para beneficios de unos y desgracias de otros? … ¡Dime que no es verdad!. Dime que no es cierto, y es tan sólo una pesadilla, hazme ver que esto es un mal sueño, una madrugada en vela, dentro de esta bella creación. No concibo tu castigo, tu divino castigo, y de dudar de todo, dudo hasta de tu Todapoderosa persona…Pues oigo, cada vez más fuerte, como mis hermanos te desacreditan, te niegan e incluso te rechazan. Pero la fe, la que mueve montañas, me envuelve aún, (no sé por cuánto tiempo más), de tu velo. El misticismo de mi sangre se lo dono a diario al misionero, él sí te necesita Señor, él sí es un Dios, y no el que permanece en el cobijo del santo templo sagrado, inculcando una doctrina carente de fundamento y justicia. En definitiva, teórica pero poco práctica, que es al fin y al cabo lo que necesitamos, porque Padre: “Las palabras se las lleva el viento”.

Lo he perdido todo, sólo me queda mi errante cuerpo, y mi existir absurdo. No creo en la bondad de tus palabras, como creía cuando era educado bajo la atenta mirada de mis tutores. ¡Qué necio, fui, y que bobo sigo siendo! … No darme cuenta antes de que todo este teatro sin sentido, toda esta trágica comedia que vulgarmente llamamos vida, sea una ficción montada a tu manera.

Eres la “anestesia de la humanidad”, el “hipnotizador” más perfecto, … todos mis rezos cesaban mi dolor, pero su raíz renacía y el tallo de rebeldía brotaba más poderoso e incrédulo. “La medicina es escasa, cuando la enfermedad es mortal”, pienso a diario. Y tú no eres sincero conmigo, no me arropas en este mi divagar. Me muestro escéptico, pero no reniego de mi última esperanza en ti…

¡Muéstrame el camino, la vía de la felicidad! … Enséñame un pedazo de tu cielo, de ese del que hablan todos tus corderos y ninguno vio. Y yo seguiré tu sendero, promulgando la fe que se me ofrece.

Si no es así, te pediré que me despiertes de esta falacia, y que me abras la puerta de la muerte, no quiero padecer más, sólo quiero ser feliz, …

Pues bien, dime qué debo hacer… No pido dinero, tan sólo ser dichoso por un momento. Creerme centro de tu creación por un instante, muy breve, eso sí, pues no sea que despierte peor, (“a veces, el remedio es peor que la enfermedad)…

Me da la impresión de que mis palabras son vanas, sordas para tus oídos. Pero, ¿a quién voy a hablarle, sino es a ti? … La sociedad vive deprisa, el trabajo consume la energía de todos, solamente los que nos vemos fuera de tal labor, los que incordiamos con nuestra presencia al ciudadano y afeamos con nuestra delgada y mugrienta silueta la ciudad, somos conscientes del disparate en el que se sumerge el mundo. ¡Ay, amigo filósofo, cuánta razón tienes en lo que dices!, ¡Cuánta admiración padezco por ti, que has sabido mirar con ojos analistas y lentes de aumento a tan asquerosa humanidad!.

Yo quizás, no hubiese tenido tanta osadía, en hacer crítica, y seguramente viviría sin mirar atrás, derrochando todo sin escrúpulos…  Pero no es el caso, y en parte me alegro, porque de este modo, saboreo el fango con la débil esperanza de que algún remoto día, pueda degustar las mieles de eso que comúnmente llamamos triunfo…

El mismo individuo, que trajo moscas rondando alrededor de su cuerpo, el ser que soñaba en la pesadilla de su país, navegando por el espejismo creado en su fértil y creciente imaginación… este ser que vive muerto, y muere sin saber qué es la vida… ese soy yo.

¿ Tendrá razón el ateo, cuando afirma que todo se volverá de color cuando caiga el cristianismo? … No sé, y por ignorar, no sé si la posición social nos viene dada de antemano, en un injusto, (como todo en esta vida), sorteo. De ser así, que mal jugué mis cartas, que desdichado fui en el azar de la tómbola vital. Pero como rebelde que soy, desafío a diario a mi destino, no sin sospechar que esta rebeldía ya fue acordada un día en dicho juego.

¡Qué falsa, que desesperación! … Me ahogo en mi pésimo meditar, me asfixio en el aire de mis pulmones, y aún soy capaz de dedicar una dulce sonrisa a un niño, o a una adolescente que cautive mi corazón. Pero rápidamente noto, como no coexiste esa reciprocidad que pido a voces internas. Percibo como la más severa ignorancia me acecha y consume cuando me dan la espalda, o cuando me sonríen con esa superioridad que detesto, fumigando mi autoestima, o lo que queda de ella, con esa fingida prepotencia social. ¡Esto es tolerancia, educación! …

… Después de analizar lo escrito, no salgo de mi asombro, y llego a la conclusión de que me equivoqué. Debí quedarme en casa, allí no era rechazado, éramos casi todos pobres y humildes; pero aquí, en la Europa desarrollada, soy un punto negro.

¡Un puto cáncer, a extinguir! …

 

(JJCastillo y Claudio Henrique Cardoso)

 

Alicia

 

            Eran las diez de la noche cuando caí en la cuenta de que todo un día había transcurrido. Estaba rendido, y lo único que me apetecía en ese momento, era dormir. Notaba cansado todo mi ser, pero fue mayúsculo este cansancio cuando me hube recostado sobre mi gélido saco de dormir. El saco había caído en el suelo, invitándome a introducirme en él, como por arte de magia…

            Una oscura y fría noche estaban dándose paso, pero esto a mí, no me quitaba el sueño, nunca mejor dicho. Me notaba húmedo, a consecuencia de haber estado caminando a un ritmo frenético durante las tres últimas horas. Pero no me agradaba la idea de salir de mi cobertizo para cambiarme de ropa.

            Inmerso en mis sueños, no aprecié la belleza del firmamento. Seguramente el negro techo terrestre estuvo lleno de brillantes estrellas que observaron el descansar de un extranjero. Y aunque entendía que en el mundo no había foráneos, también comprendía que aquella noche era una persona que tomó prestada una porción de tierra para recuperar las energías perdidas en el viaje.

            Por la mañana, una vez renovado, me dediqué a ordenar mi equipaje y, a planificar el día. No sin antes desayunar. El sol aún no se alzaba sobre el horizonte, pero ya se hacían notar sus radiantes rayos. Me alegraba el hecho de despertarme sintiendo el canto melódico de traviesos pájaros, que revoloteaban por las copas de los pinos circundantes. También logré oír y ver el curso de un riachuelo que la noche anterior no pude percibir. Allí se refrescaban el pico los pequeños tenores de este precioso lugar. Respiraba aire fresco y limpio, no memorizaba con atino cuánto tiempo hacía que no sentía la pureza de la madre naturaleza. Pero cierto es, que aquello me emocionó durante minutos, quedando hipnotizado por el aroma natural que recibían mis sentidos, transformándolos en profundos recuerdos nostálgicos.

            Una vez desperté de aquél placentero estado de éxtasis, me acomodé la mochila a la espalda, y dije adiós a aquella tierra donde había pasado la noche.

            Ya en camino, me topé con un joven que iba al cuidado de un rebaño de ovejas. No más de quince años, gesto risueño, orejas de soplillo y mejillas rojizas. Aspecto pueblerino, sin cortarse al mirar opinó en voz alta… No sabía si parar o continuar, y fue el muchacho el que me hizo detener, ofreciéndome agua y alimento. Le di un sincero agradecimiento, después de tomar un trago de agua fresca. Pensé en dos cosas: que era buena gente, o que en mi rostro cansado, se leía mi sed…

·        ¿Dónde vas? … (Se interesó el curioso pastor).

·        Quiero conocer mundo, ir lejos, donde las piernas y el corazón me lleven.

Quedó un tanto desconcertado con mi respuesta, pero al rato formuló otra:

·        ¿Y eso, dónde está? …

No sabía en ese momento qué contestarle, no quería herirle, haciéndole ver su propia ignorancia. Pero me veía de otro modo obligado a contestarle y decirle mi más íntima verdad: Viajaba a un lugar que no tiene nombre, hacia la nada, y a la vez hacia el todo. Pero lo expresé de otro modo:

·        No está en ningún sitio, … quiero andar por el mundo, y conocer a otras personas,  otras culturas, …

No pude olvidarle durante un tiempo. Y continuaba pensando en él cuando ya hacía rato que me había despedido. Retomando la marcha, noté que mi cuerpo necesitaba más descanso, se mostraba más exigente. Y al cabo de cinco o diez minutos volví a parar. Esta vez saqué una manta de mi mochila, y la extendí sobre la verde hierba de aquél páramo de vivo color. No tenía nada que ver este lugar con el lugar donde pasé la nocturnidad, este sitio era claro, abierto, y se podía divisar extensas llanuras desde mi posición. Mientras que el bosque donde dormí, no permitía ver más allá de la poblada arboleda de pinos.

            Logré descansar por tiempo no superior a dos horas, pero creí que era suficiente para continuar el camino. No había hecho nada más que comenzar mi aventura, quería conocer lo no conocido, de lo que habla todo el mundo pero nadie sabe nada. Romper con la regularidad, me parecía la solución a mi crisis personal, pero me daba cuenta por cada paso que daba que mi vida ya estaba escrita, y mi destino marcado. Y por fuerza u obligación, debía limitarme a ser uno más, siendo irremediable, el que a cada instante se me viniese a la cabeza el murmullo urbano, las bocinas de los automóviles, los niños jugando en los parques, …quería dejar esto atrás, forjar otro camino vital, pero no podía abandonar aquella vida, estaba enraizado en un vivir monótono que yo no había elegido. ¿Quién eligió por mí? … Me gustaría saberlo.

            Era un intruso en aquél lugar, nada me pertenecía, todo era de todos y a la vez de nadie.

            Recordé el motivo de mi partida, y me hizo entristecer aún más. No había digerido todo el mal trago de mi soledad. La vida era injusta conmigo, y no creía que debiese recibir tan duro golpe. Era algo inviable, inevitable, el no acordarse de ella. Tanto tiempo dándole mi amor para verla agonizar en la fría sala de aquél aciago hospital. Por un instante me emocioné, y me fue imposible reprimir las lágrimas. Podía notar a mi corazón pidiendo una explicación a este Dios misterioso, a este ser en el que creemos los más infelices de los seres, en este Señor que vive sin dar muestras de vida, … Sentía la más fuerte impotencia. Mi vida había acabado, no tenía sentido sin ella, todo era irreal y ficticio sin la persona que más he querido, que más quiero, y que no podía tener junto a mí. La vida me la había robado.

Sabía lo que era el amor desde hacía mucho tiempo, quizás desde que la conocí. Pero la vida, la misma que me dio felicidad junto a ella, y hoy me entrega la más amarga soledad, me ha enseñado a diario que el amor es mayor cuanto más lejos está la persona amada…

El profundo silbido de un tren que se precipitaba por una de las amplias llanuras que me rodeaban, me despertó de mi letargo. Al cabo de un rato, observé que las tierras in abruptas donde conocí al muchacho habían desaparecido por completo de mi vista.

            Después de pasarme todo el día caminando, sin destacar nada nuevo, me percaté de que la noche estaba cada vez más cerca, y tuve que comenzar a acampar en el primer refugio que localicé. Sin darme cuenta, había estado más de ocho horas andando. Pero fue un caminar extraño, pues apenas me daba cuenta de cuándo paraba o de cuándo renacía la marcha, no me reparó importancia esto.

            El cielo iba tornándose de un tono rojizo, que amenazaba con lluvia, pero esto no me preocupaba tanto como el no poder ver a Isabel. Jamás volveré a tocar sus suaves cabellos, pensé. Ni tampoco poder oler su perfume francés que me embriagaba con la añadida mezcla de su esencia. Nunca más soñaremos visitar Venecia, en los paseos que hacíamos en los tristes atardeceres por los jardines y parques de nuestra ciudad. Todo quedó en palabras, en olvido. No sabía de la felicidad, pero la sentí a su lado, como algo pasado y caduco en mi biografía. Todas las pasiones e ilusiones comunes, fueron derramadas en lágrimas por mí, aquella fatídica madrugada… Y aunque tenía esperanzas por recuperar su vida, sabía que no sería en todo caso lo mismo. No me hubiese perdonado jamás el que condujera ebrio…

            Miré hacia el estrellado cielo, cuando volví en mí, cuando la noche ya se había echado por completo. Las nubes se habían disipado. La oscuridad era atractiva, y manteniendo silencio, podía oír a los habitantes nocturnos de aquel paraje. Pero mis sentidos pusieron toda su atención en las luminosas estrellas que poblaban el manto negro del firmamento. En una de ellas, en la que más me pareció que brillase, veía la fina y delicada cara de Isabel. No la podía olvidar, era parte de mí. Notaba como mi más dulce sueño, se había convertido en mi más amarga pesadilla. Pensé que un Dios justiciero torturaba mi mente, trayéndome a cada segundo, el recuerdo nítido del amor perdido, … acercándome la memoria del accidente, en una imagen irreal pero perceptible y emotiva. Nada había que no me hiciera recordar un gesto suyo, una palabra suya, un suspiro suyo. El aire fresco que sopló aquella noche, me trajo el aroma de su piel. Dormí panza arriba, mirando las estrellas, pensando en mi estrella, en mi lucero…

            A la mañana siguiente me despertó la claridad que el Sol había erguido sobre aquél lugar. Conseguí estar durante unos minutos pensando en lo que me depararía el día, dentro del saco de dormir, hasta que me fue imposible mantenerme en su interior, a consecuencia del asfixiante calor que producían aquellos primerizos rayos solares.

            Pude observar algo que no había visto en la noche. Se trataba de una pequeña aldea, que calculé estaría a una media hora de camino, a un ritmo vivo. Era un pequeño y blanco manto de casas, perfectamente ordenado en hileras, con una gran precisión. Me pareció imposible no haberla visto antes, y vi oportuno el desayunar allí.

Pronto capté, con la mochila ya a cuestas y una vez hube comenzado a andar, que no era difícil contar el número de casas que reunía el poblado en cuestión…

No debía de ser muy tarde cuando entré en la aldea, pues no había un alma en la calle. Rápidamente encontré un bar, que era lo que iba buscando. Dentro de éste, se encontraba el camarero que despachaba un café bien cargado de coñac,  a uno de los cuatros clientes que se encontraban allí. Tomé un descafeinado, con bastante azúcar, como solía hacerlo, y con decisión salí de aquel local en busca de una tienda donde comprar alimento…

… Pero me percaté pronto, de que todo negocio a excepción de aquel bar, estaba cerrado. Desconocía la hora que era, y calculé que quizás era muy temprano. Descolgué la mochila de los hombros, y la abrí para buscar el reloj. Pero de repente ante mí, a unos diez metros, vi acercarse a una muchacha con un cántaro apoyado con gracia en un costal. Mi corazón y todo mi cuerpo comenzaron a agitarse en un baile de sentimientos que no tenía nada de agradable, me sentía confundido y perplejo por la belleza y simpleza que desprendía la chica…

Sin darme cuenta, como si de un ángel se tratase, se deslizó por mi presencia dándome la espalda una vez me hubo saludado:

·        ¡Buenos días, caballero! … (Me dijo con voz dulce y alegre, al pasar por mi lado).

·        ¡Muy buenas! … ¿Me podría dec…decir la hora?. (Pronuncié mis palabras como un niño, balbuceando. Todo era confusión en mí.)

·        ¿Cómo ha dicho, Señor?.

·        Que si, … ¿Me puede decir la hora?. (Esta vez si pronuncié bien la pregunta, el “baile interior” ya había cesado. Y de nuevo me encontraba con relativa tranquilidad. También noté en mi acento un aire de superioridad, un tono que buscaba agradar a mi oyente. Pero, ¿Por qué busco simpatía con esta joven? … Me pregunté para mi interior, en el momento que me dijo que eran las diez de la mañana.)

·        ¿Buscas algo? … (Añadió).

·        Sí, andaba buscando una tienda donde poder comprar. (Al responder esto, y al descubrir sus inmensas pupilas negras, no pude reprimir que mi cuerpo se agitara de nuevo. Es preciosa. Pensaba mientras ella me ponía al corriente de que era Domingo y, no iba a encontrar nada abierto.)

·        ¡Muchas gracias! … (Dije sin apenas mirarla a los ojos, para no delatar mis sentimientos.

Una vez se perdió de mi vista y alcancé de nuevo mi razón, noté que no pintaba nada en mitad de la calle. Intenté recuperar el sentido de vida que me había llevado hasta allá, y me sentí aún peor que antes.

Poco a poco, comenzó a salir gente de sus casas. Un hombre mayor abandonaba una blanca casa con la fachada toda llena de macetas, en su mayoría geranios y jazmines. Tras una de los tiestos de cerámica, leí un cartel que colgaba  de la pared. ¡Estupendo!. (Exclamé, una posada, así esperaré hasta mañana para comprar lo que necesito, pues no sabía cuando volvería a encontrarme con el próximo pueblo, poblado o ciudad…

Las nueve de la noche, eran, cuando me despertó la posadera. Traía un caldo caliente, y un segundo plato con filete y patatas.

-     ¡Tome, que no ha probado bocado en todo el día!.

·        Gracias. (Agradecido a la posadera, comí en la habitación).

Mientras cenaba, descubrí un jazmín que asomaba por la única ventana de aquél habitáculo. Su aroma había penetrado en aquellas cuatro paredes; el olor a humedad insoportable de la sobremesa, había desaparecido.

Tras cenar, decidí ir a dar una vuelta. A eso de las diez de la noche me encontré las aceras de la aldea de nuevo vacías, como cuando llegué. Necesitaba estirar las piernas que habían estado todo el día descansando.

… De pronto dudé, de si lo que se acercaba por la calle, era o no un sueño. Me sentía mal, no había logrado quitarme a esta chica de la cabeza el tiempo que había estado despierto y durmiendo. Pero más fue mi sorpresa y nerviosismo al acercárseme y preguntarme:

·        ¡Hola, de nuevo! … ¿Has encontrado alguna tienda abierta? …

·        ¡Buenas noches!, … No, no he buscado. Te he hecho caso, y, y,  nada… (Me encontraba fuera de mis casillas, era todo nerviosismo, exaltación).

·        ¿Qué le ha traído por aquí?, … ¡Ah, y perdone por si soy muy curiosa!. (Ella también se sonrojaba ahora. Su voz era delicada y tierna, como la reconocí en la mañana. Y su serena calma me hacía sentir a mí menos seguro.)

·        Viajo desde hace unos días, sólo pasaba por aquí de casualidad. (Le respondí).

Comenzamos a andar al mismo tiempo que hablábamos. Me sentía un poco más tranquilo, pro me era imposible controlarme del todo, calmarme. Nos empezamos a alejar de la aldea, por un sendero que nos llevó hasta un castillo en ruinas, entre preguntas y respuestas. Allí veíamos todas las luces del poblado. Era una visión muy bella, todo aquel juego de luces y colores armonizaban por completo. De repente, nuestra conversación cesó, nos miramos a los ojos. Fue la primera vez desde que la conocí que le sostenía la vista. El reflejo de la luna, y de las luces de la aldea, enmarcaba aquella escena que brotaba de una leve amistad. Sus ojos clavados en los míos, invitaron a nuestros cuerpos a unirse más y, … mi boca se entrelazó a la suya. Sin conocer su nombre, ni ella el mío. Deseé besarla desde el primer momento en que la vi. Tan hermosa y sencilla, me había hecho sentir mal durante todo el día. Todo ese cosquilleo interior se había marchado.

Su suave cabello moreno, acariciaba mientras la besaba y abrazaba.

·        Me llamo Alicia.

·        Yo Juan.

Echamos a reír, sin poderlo evitar, sintiéndome el ser más feliz, en ese momento. Hasta esa mañana no había conseguido separarme del recuerdo de Isabel. Pero cuando volví a abrazar, besar y acariciar a una mujer, no me acordé de Isabel…

 

            … Esa noche mi mente estuvo sumergida en el cuerpo de Alicia. Llevamos dos años viviendo juntos. Por mi parte, estoy muy feliz, pero a veces pienso qué hubiese sido de mí, sino la hubiese conocido…

Andando por los campos y tierras desconocidos hubiese llegado muy lejos, aprendido muchas cosas, pero, … nadie me asegura haber conseguido la felicidad que gozo ahora…

Recuerdo cuando maldecía todo lo que se cruzaba por mi vida, fueron momentos difíciles. Pero Alicia me ha enseñado a mantener la tranquilidad en todo segundo, aunque lo que más me ha ayudado a comenzar esta nueva vida ha sido el olvido de Isabel. Aún la recuerdo, no cabe duda, pero ya no siento aquello que me hacía ahogarme en un pozo de lágrimas; aquel sentimiento que me producía malestar y fatiga hacia la vida. Alicia ha encajado en mi existir, y ahora sé valorar lo que tengo; ya sé lo que es perder un tesoro, era un crío, a pesar de contar con la veintena de años… y no estoy dispuesto a dejar escapar lo que el azar o lo que llaman destino me ha extendido. Ahora amo la vida, amo a Alicia, amo a todo el mundo que me encuentro en esta ya mi aldea…

Mi vida ha dado un giro completo. El blanco, la claridad, los colores, … han entrado en mi mente, destruyendo los tonos negros, grises, opacos, … que me turbaron durante tiempo. Siempre tuve fe en sentirme como ahora me siento, pero debo ser prudente. Porque igual que nacemos, morimos… Igual que soy ahora dichoso, puedo ser infeliz en un abrir y cerrar de ojos.

… No sé cuánto tiempo podré mantener esta alegría, no sé cuánto tiempo nos amaremos Alicia y yo, no sé cuánto tiempo, en definitiva, sabré vivir…