ParĂs 1999
“LA EXPERIENCIA QUE LES NARRO NO ES VERÍDICA, PERO QUIÉN SABE, A LO MEJOR UN DÍA SE CUMPLE…
ESTAS LETRAS VAN DEDICADAS A LA SEÑORITA LINDA HAVARD, QUE CON SU CONSTANTE Y PRECISA FIDELIDAD POSTAL, ME HA SABIDO MOSTRAR UN POCO DE SU TIERRA, Y TAMBIÉN LLEVARSE UN PEDACITO DE MI CORAZÓN… ¡EL DESTINO NOS UNA ALGÚN DÍA! …”.
… “SUEÑO CON LOS OJOS ABIERTOS,
PUEDE QUE PIENSES QUE ESTOY LOCO
PORQUE ME CREO LO QUE SUEÑO.
Y, SI TÚ QUIERES, TE LOS CUENTO;
LOS ESCRIBÍ EN UN LIBRO ABIERTO
EN EL LENGUAJE DE LOS SUEÑOS.
… QUÉ HAY DE MALO EN PERSEGUIR LOS SUEÑOS …
… CÓMO SABER SI AHORA ESTÁS DESPIERTO Y NO SOÑANDO”…
“JARABE DE PALO”
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1. El VIAJE.
Cesó de llover justo en el momento de partir. Llevaba esperando este día hacía largo tiempo. Y toda la felicidad e ilusión que había depositado en este viaje, se vio empañada en la víspera al mismo, por una fina e inoportuna llovizna.
El tren inició su andadura con cinco minutos de demora a lo previsto. Mi camarote reunía sitio para cuatro viajeros, incluyéndome yo. Lo compartía junto a una joven pareja, y frente a un grueso señor de tímida mirada. Por su aspecto, lo relacioné al mundillo de los negocios. Su tiesa corbata, y su elegante traje, me lo rebelaron. Su maletín no era apartado en ningún instante de su inflado vientre, en cambio, el móvil que me llevaba a emprender este viaje, seguramente resultaba más ameno, que el de mi acompañante…
Era el mes de Octubre, el verano había transcurrido de forma fugaz, como todos los años. El curso universitario comenzaba ya su asfixiante cuenta atrás hacia la gloria o el infierno. La única alegría que no podía disimular era el hecho de encontrarme viajando. Mi espíritu de ensueño y aventura, había permanecido encarcelado largo período, pero aquél día, aquél amanecer, fue liberado de su condena: el vivir esclavo a las obligadas citas diarias, el hacer por hacer común de casi todos los seres, se había acabado durante un par de días…
El cielo ya se veía claro cuando el tren hizo su primer descanso. Observé el Sol y la claridad que sus rayos dejaban sobre aquella estación que no conocía.
El emperifollado hombre, comenzó a despojarse de su chaqueta, a la vez que secaba su graso rostro en el pañuelo que sacó del bolsillo de su pantalón.
Los dos jóvenes enamorados, mantenían una conversación alegre y discernida. Su tema de charla les conducía en ocasiones a enojos que aliviaban besándose y abrazándose. Era el instante, en el que mi obeso compañero y yo, parecíamos estar fuera de lugar. Nos mirábamos ligeramente, buscando un refugio a tan apurada situación. Pues nos hacían sentir como objetos.
A ellos dos, no les daba ningún reparo aquella escena. Sólo había que mirarles sus ingenuas caras de amor, y percibir el sentimiento recíproco.
No todo el viaje transcurrió con las caricias y estrechos abrazos de la pareja, y el papel secundario de mi otro acompañante y yo. Si no que hubo momentos, en los que entablábamos conversación los cuatro. Fueron ratos breves, estos, que se apagaban rápidamente. No se trató en ningún momento de temas interesantes, sólo eran palabras formadas para derretir el hielo que habíamos creado, para enmascarar nuestras desconocidas personalidades. Únicamente la pareja, se encontraba a salvo de la incomodidad, en aquél habitáculo en el cual viajábamos.
De pronto, y sin haber sido consciente del viaje, desperté …
El viaje, acababa, y tras soportar las sacudidas con las que nos premió nuestro útil de locomoción, me limité a despedirme de mis tres camaradas. Recogí, seguidamente, la mochila olvidada casi por completo durante todo el viaje, y me la hice a mi espalda. Doce horas de viaje, y al fin, había llegado a París, sin haberme dado cuenta. La tarde noche en la capital francesa era mala; el cielo gris invitaba a guardar refugio.
Después de caminar durante un breve espacio de tiempo, sin rumbo por la estación, recordé que me encontraba sólo. Todo allí eran reencuentros, despedidas y murmullos. Y no lograba para colmo, entender ni una sola palabra de aquél idioma.
Por fin, decidí sentarme en un banco. Desplegué el mapa y le eché un vistazo a toda aquella sopa de nombres que ni siquiera sabía pronunciar, y la cual producía en mí verdaderos quebrantos de cabeza. Mi cuerpo comenzaba a debilitarse, la idea de hallarme en Francia, fuera de mi España, lejos de mi Andalucía, a cientos de kilómetros de Málaga, me retorció el estómago. Todo era ajeno a mí.
Las 19:30 horas, miré en el reloj que se alzaba en mitad de la explanada de aquella gris e inmensa estación ferroviaria. Encendí un pitillo, era el último de la cajetilla y exhalando humo como una maldita chimenea me apresuré a ir a la cafetería.
Una vez dentro, pedí un café. Lo llevé hasta una mesa sucia que había sido ocupada hasta unos instantes antes de yo sitiarla. Me situé frente al cristal que miraba a la calle, allí podía ver como circulaba mucha gente de arriba abajo, por todos lados. La carretera registraba una gran multitud de vehículos, en todas direcciones. Era un ambiente aún más oscuro y cerrado que el que se podía percibir oteando el encapotado cielo. La cafetería estaba muy concurrida, repleta de viajeros, excursionistas y bohemios. A mi lado, en una mesa repleta de vasos y platos usados, un señor leía un periódico. Este mismo inquilino de la mesa de al lado, intentaba no dormirse. Disputaba una pelea atroz con su cuerpo. Y sin percatarse de ello, eran vigilados todos sus movimientos por casi todo el local. Su tez oscura y enrojecida, quizás por el rojo vino que aún se distinguía de los restos de sus copas, mostraba gestos de indudable cansancio. Pero así y todo, el borrachín seguía intentando no dormirse. Hasta que al fin, cuando me decidía a marcharme tras pagar mi consumición, pude distinguir entre la charlatana multitud, como el rendido señor, abría paso entre los trastos que llenaban su mesa, apoyando su calva y reluciente “testa” sobre la mesa que le había servido hasta ese momento de respaldo a su noticiero … Con una sonrisa en el rostro, como el resto de la gente que había vivido con emoción la escena en el bar, salí de aquel local dirigiéndome a Información. Debía cerciorarme de que mi tren partía a las nueve y media, dirección Flers…
Efectivamente, el tren para Flers salía a las nueve y treinta. También supe que llegaría a las once y cuarto, once y veinte aproximadamente. Era el momento preciso para llamar a Linda y decirle que estaba en París, a sólo unas horas de cumplir nuestros sueños. Sería un revés fortísimo si no me esperase allí.
Estuve vagando por la estación hasta la hora de salida del tren. Fue este tiempo largo y hastiado. Me sentía muy cansado, y comenzaba a encontrar dudas respecto al fin de aquel costoso viaje. A lo largo de la explanada, se reunían vagabundos pidiendo limosna, y más de un músico que me recordaban al centro de mi ciudad.
… Linda no estaba en casa. No podía creerlo. Ella no conocía mi viaje, y lo que era peor, no me esperaría en Flers. La sorpresa que le esperaba dar, me la había dado a mí. Seguramente, ella se encontraba tan tranquila en su casa de Barenton, y yo allí, echo un lío en París. La ilusión del viaje, se iba perdiendo por cuentagotas, al mismo tiempo que estábamos más cerca.
El tren que me condujo a Flers era un tren pequeño y viejo. Firmado con graffittis por todas partes. Incluso en su interior, existían asientos fuera de uso, por su lamentable estado. La noche era grata. Las nubes se habían disipado por completo.
Una fresca brisa agitaba los árboles que dejábamos al paso, y el móvil acrecentaba su velocidad a cada metro que recorríamos.
Mirando la hermosura que el trayecto me proporcionaba pude relajar mi alterado sistema, llegando a un extremo de anonadamiento absoluto.
Uno de los baches que atravesamos, me hizo poner de nuevo la mente en tierra. Recordé por enésima vez a Linda, y el reencuentro que tendría que demorarse, pero lo asimilé con aires de grandeza, desestimando el inconveniente surgido, achacándoselo al azar, al destino … Minuto a minuto, me hice más fuerte. Se me despejaban las dudas que me hicieron preguntar por el fin de este viaje, pero también provocaban en mí una inquietud descontrolada. Eran los nervios que nos traicionan tantas veces en la vida. Era lógico, cinco años sin verla, era mucho tiempo.
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Conocí a Linda una noche en Málaga. Fue una velada rápida, fugaz. Le acompañé a ella, y a dos amigas más a un lugar cercano donde no sabían llegar, junto a mis amigos.
Estuvimos tomando un refresco, y las escasas horas que compartimos pasaron sin percatarnos de ello. A la mañana siguiente, regresaban a Francia, y aún no he logrado borrarme aquél adiós. Linda, más Annabelle y Christelle, (que son así como se llaman sus amigas), hubiesen querido quedarse para conocernos mejor. España las había enamorado. Con sólo ver Andalucía les bastó y sobró para criar pequeñas raíces de sentimientos, de amor a lo desconocido y por venir…
Me quedé con sus direcciones, yo también les anoté la mía. Pero el tiempo, que lo gasta y agota todo, me dejó con la amistad de Linda. Con ella continúo escribiéndome, no consumimos la temática, siempre hay algo nuevo de qué hablar. Aquella cálida noche malagueña de Abril, sincera y honda en nuestras mentes, entablamos conversaciones artificiales, pues no dominábamos las lenguas ajenas, pero existía una cierta unión de sentimientos, miradas y gestos que nos hacían ser como somos. La simplicidad y la amabilidad, nos acompañó en aquel mugriento bar, que era lo único que desentonó en toda la noche.
Las preguntas, medio en inglés, francés y español, se sucedían sin pausas. No había tiempo, partían al amanecer. Pero el conocer a una persona de la noche a la mañana, era algo inviable.
Gracias al correo mutuo, he sabido de Linda, sus problemas, pasatiempos, aspiraciones, … he aprendido mucho de ella y con ella, en esta extraña fidelidad postal.
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… Un silbido que penetró en mis entrañas… me despertó de mi nostálgico pensamiento …
Había pasado cerca de una hora pensando en la historia de Linda. Pero ahora la realidad que vivía me pedía paso, debía poner todas mis fuerzas en concentrarme en el viaje, y dejar el pasado a un lado. Eso sí, sin alejarlo mucho, pues imaginaba que Linda y yo hablaríamos de él.
… El tren se detuvo lentamente…
Respiré el aire fresco que corría por la estación de Flers, y todo me pareció sacado de lo real, era un sueño. Miré a mí alrededor, y la multitud se alejaba como una fila de hormigas en la misma dirección, por lo que decidí no romper la estética de aquel movimiento tumultuoso que me pareció tan acorde, y curioso.
A los pocos pasos andados mi cuerpo notó el cansancio del viaje, pero sin rendirme, atravesé con paso decidido toda la estación. No pude evitar tener la tentación de recostarme en algún que otro banco que dejaba a mi paso. Pero una vez más, osándome de orgullo, renuncié a caer en la exigencia y en la necesidad que me pedía mi cuerpo. Estaba mermado de condiciones, más no deseaba terminar en un banco durmiendo, para ser despertado por la mañana por el ajetreo de viajantes y curiosos que poblarían al amanecer la larga y estrecha explanada de la estación.
Prefería descansar como era lógico en una cama, por lo que fui en busca de un hostal.
Cuando salí por fin de la estación, recordé al hombre que quedó dormido en la cafetería de París. Me hizo gracia el hecho de pensar que me podía ocurrir lo mismo. Pero fue muy breve la sonrisa, porque un bostezo me hizo helar y volver a la realidad olvidada por mis pensamientos intemporales.
Las once y media pasadas, marcaban las finas agujas de mi reloj. No era la hora idónea para volver a llamar a Linda. Lo más sensato, creí, era llamar al amanecer.
Seguía caminando y cavilando al mismo tiempo, comenzando a sentirme mal por momentos, hasta que llegó lo que buscaba…
La posadera y yo, a pesar de no hablar la misma lengua, supimos comunicarnos perfectamente. Tampoco resultaba muy difícil pedir prestada por una noche, una cama en un Hostal, pensé una vez recostado sobre las sábanas de mi nueva cama. Ésta no era cómoda, pero me lo pareció. Señal inequívoca de agotamiento. También, antes de subir a mi habitación, compré bebida y tabaco.
Sobre la cama, estuve largo tiempo bebiendo calimocho, (Vino Tinto y Coca-Cola) y fumando rubio.
Los nervios no me dejaban dormir, pero maquinando sobre el plan del día venidero, al fin me rendí…
… Desperté a las doce de la mañana. La claridad entró en la habitación por un claro visible en la ventana. Era una ranura menuda, pero lo suficientemente grande como para dar luz a aquel minúsculo cuarto. La vieja persiana por donde se colaban los rayos solares, tenía un repugnante aspecto. No me había percatado la noche anterior, pero lo importante en ese momento era cerciorarme de que ningún roedor compartía la gélida habitación conmigo. Miré todos y cada uno de los rincones del dormitorio, y al fin pude respirar tranquilo al no ver ningún ratón. Todo el cosquilleo se me quitó, y sentí un alivio interior de confort y satisfacción.
Después de un tiempo sentado sobre la cama, no lograba reunir fuerzas suficientes para emprender el duro día que me esperaba.
Si mal no recordaba estaba en Flers, (Francia) … Me erguí, no sin remolonear un poco más sobre el colchón. Me aseé, vestí, y buscando mi desayuno al comedor de la posada me dirigí.
La posadera me hablaba sabiendo que no la entendía, no debía ser mala mujer, pensé para mí adentro, mientras terminaba con aquel desayuno light.
El local era viejo, y descuidaba algunos aspectos higiénicos bastantes relevantes. Pero apiadándome de la anciana señora, no podía seguir mirando con “ojos lupa” durante más tiempo, pues ella empezaba a advertir en su rostro un descontento, a causa de mi curiosidad ajena.
Dispuesto a pagar, percibí entrar a un joven matrimonio empeñado en encontrar alojamiento. En este breve espacio de tiempo, entre el recoger mis pertenencias y el abonar mi estancia, comencé a meditar con mayor lucidez sobre el croquis a seguir. Sin duda, lo primero era llegar a Barenton. Y por ese motivo me encaminé sin rumbo ni brújula a hallar la estación de autobuses, para coger allí el autocar que me llevase al lugar deseado.
Habitaba en mí una molesta agitación. No las tenía todas conmigo, pues el curso del viaje no había transcurrido como yo hubiese deseado. Y ahora, lo único que podía esperanzar, era el encontrar pronto a Linda, y quitarme del fondo de mi cabeza todos esos fantasmas que empezaban a pesar y a agobiar en demasía.
Indicado por los amables, al parecer, habitantes de Flers, llegué a la estación de autobuses. Tres o cuatro andenes, no era gran cosa, pero sí lo suficiente para atender la escasa demanda que podía surgir allí. La estación se encontraba semidesierta en el momento en que la abordé. No más de diez personas nos encontrábamos en su interior, y sólo dos operarios atendían las dudas de los transeúntes.
La ventanilla de información no guardaba la intimidad que guardan en otras ciudades. El emisor no tenía ni cristal ni micrófono, con el que comunicarse con la persona receptora. Y como si se tratase de una común tienda de comestibles, entablé conversación con una joven y simpática señorita. Su español era aceptable, y cuando me informó de dónde y cuando debería de tomar mi autobús, se lo recompensé con un sincero ademán de agradecimiento y satisfacción.
No existía más de veinte kilómetros entre Flers y Barenton, pero el viaje se demoró más de lo acordado con la joven recepcionista, pues a cada instante detenía su marcha el autobús para apear y retomar nuevos viajeros. La intriga en mí se hacía cada vez mayor, y estas paradas no provocaban otra cosa más que, acabar con mi escasa paciencia…
De pronto, vislumbré un blanco manto de casas donde sobresalía por su envergadura y su color arcilloso, una impresionante iglesia gótica. No era muy grande Barenton, pero sí más rural que Flers.
No había estación, sólo una parada en mitad de la que pensé sería la calle principal. Allí recogí mis pertenencias y me dirigí con dirección en mano a ver a Linda.
Sin darme tiempo a estirar las piernas, vi que la dirección que portaba sobre aquel pedazo de papel, concordaba con la casa que tenía a mis pies. Y fue cuando recordé lo que me dijo Linda en su última carta: - “Mi casa está frente a la parada del autobús”.
2. LA ESTANCIA.
Sin duda, aquella casa de dos plantas, de una blancura exquisita, resultaba ser la de mi querida amiga. La fachada parecía andaluza, y para darle mayor acento sureño, sobre las rejas de los balcones del piso superior, descansaban un gran número de macetas. Entre ellas, identifiqué un par de geranios, y un rosal. ¡Qué curioso!, (Respiré para mi interior).
Quise en ese momento retocarme el flequillo, observarme los detalles más pequeños, y quizás más insignificantes, para causar la sensación más grata posible, cuando… la puerta se abrió… No había hecho sonar el timbre, ni tampoco había aporreado la madera de la puerta, pero ante mí se erguía una esbelta figura, de tez blanca y cabello moreno. Linda se encontraba a tres metros de donde yo me situaba. La noté confundida examinándome de arriba a abajo. Seguía siendo la misma chica que conocí, pero está vez la memoria le fallaba, pues yo no había cambiado tanto como para no reconocerme. O eso pensaba…
El portón aún se encontraba abierto, y la perpleja francesa se mantenía boquiabierta en el zaguán de su casa. La asombrada joven no salía de su círculo. Pero al fin, una leve sonrisa borró mis dudas… La veía en carne y hueso, como me la hube imaginado en todas y cada una de sus preciosas cartas. Los dos seguíamos allí observándonos, sin decir palabra, pero percibía la sensación de que ya no era un extraño para ella. Nuestras miradas en aquel instante comenzaron a hablar, se acercó a mí despacio, dejando atrás el umbral de la casa, y extendiendo sus brazos al mismo tiempo que yo me despojaba de la mochila y abría los míos, para fundirme en un cálido y deseado abrazo.
Seguíamos mudos, y el tiempo parecía que no corría, veía flores a mí alrededor, escuchaba pájaros trinando y hasta el transcurrir de un caudaloso riachuelo, se hacía notar en mí. Mi imaginación me conducía sin límites a lugares insospechados, y yo continuaba este juego, que me conducía preso, al linde de la locura. El sueño terminó como acaban todos los breves momentos de felicidad, en los que me veía envuelto en mi vida, de manera breve. Desperté al identificar mi nombre, que brotó de los delicados labios que lo balbucearon. Linda lloraba como yo, por una pura y sincera felicidad que la mantenía agitada. Había imaginado este reencuentro muchas veces, pero nunca pude pensarlo del modo en que transcurrió. Una vez se hubo esfumado aquel momento tan dulce, en lugar de entrar en su casa, tomamos rumbo hacia un parque solitario. No estaba muy concurrido, quizás porque era la hora del almuerzo, o tal vez porque un radiante sol que aparecía tras las nubes, comenzaba a asfixiar y hacía imposible pasear a tal hora e instante por aquel lugar. Dos columpios, un tiovivo y cuatro o cinco bancos, completaban el parque.
Linda me conducía hacia un mirador, y antes de llegar allí, noté al mirar de nuevo sus ojos, el rastro que las lágrimas habían dejado sobre éstos, y sobre su tierna cara. Comenzó a explicarme donde se situaban los monumentos más importantes de Barenton: Un puente romano y una majestuosa iglesia gótica que ya había percibido mientras entraba al pueblo.
Lograba entender todo lo que me decía, cogiendo prestada la lengua inglesa, que nos servía de intermediaria ante las dudas que nos producían el francés y el español. Era una vista preciosa: blancas casas en la periferia del puente sitiaban a éste. Y tras la iglesia, veíamos Mortain, el pueblo donde vivían Annabelle y Christelle. Todo encajaba en este rústico paisaje, hasta lo dulce y tierno de su voz, que me conducía ahora a una zona poblada por árboles, oscura y misteriosa.
El cielo se nublaba por momentos, y los joviales pajarillos, esta vez, reales, revoloteaban y piaban al mismo tiempo que se posaban sobre las esbeltas coníferas que se sobreponían, y daban sombra, a nuestros cuerpos. La arboleda densa y vieja producía una sensación de respeto, pero además invitaba a seguir siendo visitada, por el aroma que desprendía.
Linda continuaba explicándome: - ¿Puedes ver allí la piscina, … y mi casa? …
Quedaba eclipsado con lo suave de su voz y con la sutileza con que gesticulaba. Sin saber distinguir entre el sueño y la realidad, y es que a veces me parecen similares, iba dejándome llevar por sus palabras y sus pasos. Hipnotizado asentía toda su verborrea que me era indescifrable por momentos.
Nos sentamos en una piedra de gran tamaño, cara a cara, donde pude comprender al fin que vivía mi propia realidad junto a ella. Sus ojos aún no daban crédito a lo acontecido, y quizás los míos tampoco lo diesen, pero aquel páramo junto a ella me conquistaban internamente. Hubiese querido decir mil cosas, todas de una vez, pero no tenía valor para delatar mi más sincero sentimiento, tampoco quería traicionar la confianza que Linda depositaba en mí ni mi destino, que me había hecho tan feliz en aquel momento. Por eso no revelé un secreto que se hacía palpable en el silencio de nuestras miradas.
· Vayamos a comer. (Linda me despertó de la ilusión de mi pensamiento, y mecánicamente respondí…).
· Sí, tengo hambre.
Volvimos por el mismo sendero que nos condujo a aquel terreno, pero esta vez ella no hablaba tanto, y pensaba más sus palabras. No perdía el gesto alegre de su tez, así como tampoco, lo neurótico de sus acciones, y desbordada por esta locura, se pegaba más y más a mi cuerpo. Nos cogíamos de la mano y abrazábamos, todo era increíble, y merecía la pena volver a hacer tan ingrato viaje en tren.
Llegamos a su casa, riendo sin saber por qué, más resultaba curiosa esta esquizofrenia que nos invadía.
… La vida había sido justa esta vez, y Linda y yo nos encontrábamos de nuevo en Barenton, al fin. Málaga, la Costa del Sol, Andalucía, España, …enamoró a esta simpática y humilde francesita. Sus esfuerzos por regresar a mi ciudad habían sido en balde, pero no era el momento para las lamentaciones, debía ser objetivo, y agradecer aquel instante tan bello que me regalaba la vida, en concreto mi vida, la que rebozaba de alegría en aquel lugar que visitaba por vez primera. ¡Qué imprevisible es la vida!. (Pensé para mí adentro). Siempre lo mismo, la misma historia diariamente, hasta que de pronto decido emprender un costoso viaje y me es recompensado de este modo, inimaginable hasta que ocurre. Sí, la vida es un continuo estado de idas y venidas, alegrías y desgracias… estoy de acuerdo, pero aquello se alejaba del marco de mí existir, siempre tan constante y aburrido. Aunque debía ser realista, porque en cuestión de días todo volvería a ser como antes, eso sí, con el recuerdo fresco y duradero de la mujer que fue capaz de enamorarme desde la distancia, con una pluma y un pedazo de papel… Más de treinta cartas en esta ausencia entre ambos, era anecdótico pero tenía su importancia en aquel momento, en el cual transportándonos en el espacio y en el tiempo, recorríamos nuestro pasado, infringiéndole una duro trabajo a nuestra memoria…
Pasé el día con Linda y su madre, en su casa. Ésta era acogedora y, nunca la hube imaginado así. Tal vez porque resultaba rural y sencilla, y me hacía recordar al pueblo de mis padres…
La oscuridad ya era latente, y mi amiga y yo decidimos ir a visitar el pueblo. Había estado toda la tarde durmiendo en una habitación que me adecuó su madre, mujer alta, de finos cabellos rubios y largos, de cintura fina y grandes pechos. En fin, una figura esbelta, a pesar de contar con más de la cuarentena de años.
La noche era fresca, pero con la charla que manteníamos viva, y nuestro acelerado paso, ignorábamos este detalle. Me sentía observado por todo el pueblo, era como el foco de atención de todas las miradas, de todos los comentarios que a su vez propiciaban la ruptura de la rutina perfecta de cada pequeña población. Linda y yo, anduvimos hasta ya cerca la madrugada, y en el cansancio de nuestras piernas se presentía el deseo de unión de nuestras figuras. Fue junto al mirador que visitamos por la tarde, donde nos paramos y miramos frente a frente. Todo parecía escapar de un cuento de hadas, y pensé que acabaría en un tierno y cálido beso, pero la realidad no era tal, pues nos sentíamos cohibidos en aquel instante. Linda no sostenía la tensión de nuestras miradas, y se fugaba de la incómoda situación observando el suelo con sonrisa pícara y desesperada. Yo no sabía qué hacer, y tampoco qué hablar, pues parecía haberlo dicho ya todo. Intentaba mirarla, mas ella continuaba encogida de hombros esperando algún gesto o acción que delatase nuestra suerte. Me desesperaba, lleno de impotencia, justo en el momento en el que… un hombre interrumpía la escena de cine que habíamos forjado los dos adolescentes indecisos, y fue cuando desistiendo de cualquier osada gesta, le hablé, invitándola a regresar a su casa. Me miró sonriendo, y hablando con los ojos me dio a entender lo inoportuno de aquel varón, aceptando como esperaba mi propuesta. Todo el breve trayecto de vuelta a su casa, y una vez dentro del edredón de mi nueva cama, estuve cavilando sobre el error. ¡Ay, necio de mí! ,… ¿Cómo no se me ocurrió decírselo antes? … Mi cabeza y mi corazón ardían de rabia…
- ¡Buenas noches, Juanjo!, ¿Necesitas algo? … (Linda interrumpió mi conciencia turbada).
· Sí, me faltas tú. (Respondí a Linda en voz baja y envalentonada, intentando enmendar el error anterior, pero ya era tarde. Y además, su madre dormía al otro lado del tabique.) …
· ¿Cómo dices?.
· Nada, nada, … olvídalo Linda, ¡Buenas noches!. (Mi valor fingido se disolvió, como el azúcar en el agua, y comprobé que ella no lo había captado, afortunadamente).
… Sin mediar palabra, Linda irrumpió en la habitación, no parecía contenta, y me invitó a repetir lo que ella no había escuchado antes, pero al percibir el susto que me daba al entrar sin avisar, no pudo reprimir una carcajada que retumbó en toda la casa…
· ¡Calla!. Vas a desvelar a tu madre. (Intentaba frenar la alegría descontrolada de Linda, y a la vez, no interrumpir el reposo de su madre).
· Dime, … ¿qué has dicho?. (Volvía a insistir).
· Nada, no tiene importancia. (Me sonrojaba por momentos).
Linda giró sobre su cuerpo, y cuando se disponía ha abandonar el cuarto se dirigió de nuevo a mí…
· Pues, … a mí también me falta algo,… ¡Me faltas tú!…(Esas palabras me dejaron helado, como la noche). ¡Buenas noches, Juanjo! … (Se despidió, y fue cuando supe apreciar de veras el porqué se ruborizaba, y se sentía inquieta, … al igual que yo).
… Perdí su silueta tras la puerta, y tuve la duda de llamarla y mantener su presencia un poco más, pero mi duda se demoró más de la cuenta y acabó en renuncia. Bueno, ahora sabía que Linda me correspondía este amor mío, que me rebozaba, y enloquecía. Deseaba tantas cosas en aquel instante que al final me incliné por la más difícil y segura: Intentar dormir, así llegaría antes el nuevo día…
Desperté con idéntica sensación a como lo hice el día precedente en la posada, mirando a mí alrededor, y percibiendo, eso sí, un estado más pulcro en toda la habitación. Escuché, aún recostado que Linda dialogaba con su madre, pero no reconocía lo que decían. Al oír su voz, pronto recordé la experiencia vivida en la noche, y ansiaba ver a solas a mi valiente francesita. Tumbado en una cama ajena, y pareciéndome estar en mi propia casa, afilaba la lenta máquina de pensar, quizás ideando un plan que luego no se llevaría a cabo. Era un sueño, extraño, pero muy grato y que desbordaba lo monótono de mi existencia.
Bajé a desayunar al tiempo, y lo hice solo, porque Linda y su madre llevaban algo más de dos horas despiertas, o eso creí comprender, por boca de mi interlocutora. Después continuó hablando, mientras yo digería un pedazo de pan con mantequilla, y un café con leche:
· Hoy iremos a ver a Annabelle y a Christelle. ¿Te gusta la idea? … Estoy segura que sí, tendrás muchas ganas de volver a verlas, ¿no? …
· Sí, claro. (Fingí mi alegría, pues mi corazón pedía lo opuesto. Y mi viaje había sido hecho con el fin de ver a Linda.)
· He hablado con Annabelle por teléfono, y se ha puesto muy contenta. Esta noche tendrás que dormir en su casa, porque esta tarde viene mi hermano de París, y le tendrás que ceder su habitación. Ya lo he hablado también con mi madre. Pues bien, desayuna, y cuando tú quieras nos vamos, … recoge tus cosas, Annabelle y Christelle nos esperan.
· Linda, tengo que decirte algo, mañana por la mañana regreso a Málaga, y como comprenderás, quiero pasar todo el día junto a ti…
· Yo también, no hay problema.
· ¿A qué hora sale el primer autobús de Mortain a Barenton? … Lo digo para retomar el camino de Flers, y volver así a París en tren.
· ¡Ah, no te preocupes!. De Mortain sale un tren directo a París, muy temprano…
… Me hubiera gustado decirle que no me importaba dormir en el sofá, e incluso en el suelo, total, sólo era una noche. Pero no era lo más coherente, no debía mostrarme disconforme ni exigente con su propuesta, porque era mi deber como huésped acceder a cualquier demanda. También comprendí, que lo hacían con la mejor de las intenciones. Pero no era suficiente, para extinguir la tristeza que sentía. Todo el sueño del viaje y el día maravilloso con Linda, se empañan a la postre, mostrándose efímeros en mi biografía…
Recogía mi breve equipaje, y ya estaba más cerca de Málaga que de la tierra soñada durante cinco años, a pesar de que aún me quedaba todo un día con Linda.
3. EL REGRESO.
Siempre las despedidas se tornan tristes, o como dice el refranero popular: “Después de la risa viene el llanto”…
… Me pasé todo el día cabizbajo, todo me parecía absurdo, a pesar de que me encontraba en aquel soñado viaje…
Los padres de Annabelle fueron muy gentiles y amables, pero no tenía el cuerpo para corresponderle su grata acogida, (seguía pensando en Linda).
A las diez menos cuarto de la noche, acostado sobre la colcha de mi nueva cama, meditaba sobre lo breve del viaje. Nadie podía consolarme en aquella hastiada situación, sólo Linda…
Fue muy duro asimilar que ella se había cansado de esperar una iniciativa que por mi parte nunca llegó. Únicamente dos besos que se sostenían en mis mejillas era lo último que pude conservar de ella, dos besos por otra parte, que se mantendrían en mi recuerdo. No sabía cuando volvería a verla, quizá jamás regresaría a mi existencia, y sería aquella tarde la última vez que la vi. Podría ser que ella viniese algún día a Málaga, como me prometió, pero no me convencía este pensamiento, sabía lo difícil que resultaría, por mi propia experiencia.
Me introduje entre las sábanas, y fatigado comencé a llorar desesperado. La familia Lorguilloux charlaba en la habitación de al lado, mientras veían la televisión, yo me encerré en el cuarto con el pretexto de madrugar la mañana siguiente, que por otro modo, era comprensible.
Mortain resultó ser más bello y hospitalario que Barenton, había más vida, pero lo más bonito y deseado en mi vida, la única persona que podría hacerme feliz en aquel instante, dormía, (o eso imaginaba), en Barenton. Los escasos kilómetros que distaban entre ambas poblaciones, parecían una eternidad. Mi nostalgia no cesaba y se manifestaba en un abrupto llanto. Se hacía más intenso cuando caía en la cuenta de que dentro de unas escasas horas, al amanecer, tendría que regresar…
De pronto, mi lagrimar cesó, me incorporé al piso y, dirigiéndome a mi mochila extraje un bolígrafo y un par de folios en blanco. Me sequé los restos de añoranza derramados sobre mi rostro con la manga derecha de mi pijama, y comencé a relatar una carta, sentado sobre el colchón:
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“Querida Linda, te escribo estas líneas desde la más sincera interioridad y profundidad de mi alma. Con la sensación del más hondo amor, que invade a todo mi ser…
Primero, me gustaría agradecer la acogida que me ha brindado tu madre y tú, como también lo hace Annabelle y su familia en la presente noche. Gracias de verdad, a las dos, sin olvidar a Christelle, que ha estado muy atenta a mí esta tarde… gracias a ella también.
Segundo, debo reconocer que escribo estas líneas movido por la sensación de aturdimiento que me encubre, con el fin de escapar a ella, y hacerte ver de una vez por todas que mi sentimiento por ti, es muy fuerte. El tenerte a mí lado hoy, significaba mucho para mí, pero comprendo nuestra visita a Mortain, pues no puedo olvidar que allí cuento con dos buenas amigas. Mañana cuando me marche, todo irá conmigo, hasta el más ínfimo detalle permanecerá en mí; nunca podré olvidar este costoso trayecto que me ha acercado a ti, como tampoco ignoraré en un futuro la tristeza que me invade en este momento, al decirte adiós...
No me cansaré de apreciar, en mis próximas cartas, lo correcta que has sido conmigo, lo bien que te has portado, en definitiva. Como ya te he dicho, mañana, o mejor dicho ya, he terminado este soñado “tour” por vuestra patria. Cuando caiga rendido en mi lecho, y retome todo lo acontecido en estos dos escasos días, volveré a llorar como hace un momento… pues, no te puedes imaginar, lo que te echaré de menos, y no sé cuanto tiempo me acompañará la herida interna que ha brotado en mi corazón, debido al tan maravilloso y preciado recuerdo de tu persona.
Linda soy lo más sincero y cauto, y aunque desearía permanecer aquí o en España toda mi vida, junto a ti, … desgraciadamente tú tienes tu futuro resuelto de desigual manera, y comienzas pronto a trabajar en Caen…
Nunca te olvidaré, gracias de nuevo”. Mortain, 7-Octubre-1999.
UN BESO
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No pude seguir escribiendo, me incorporé de nuevo al suelo, cogí un sobre del interior de mi maleta, y escribí en la solapa de éste: “Para Linda”.
Luego lo dejé encima del escritorio de mi ajeno habitáculo. Saqué un cigarro y lo encendí, al mismo tiempo noté que todo en la casa de Annabelle permanecía en rotundo silencio. Mis ojos derramaban, de nuevo, sentimientos de manera líquida, que corrían por mi tez incesantemente. No había viajado hasta allí para pasar este mal trago, pero aquello sucedía así, se presentaba de modo inevitable, porque era imposible reprimir tan profundo e impotente sentimiento en mí. Lloraba como un crío caprichoso, como un ser desesperado, pero sin avergonzarme de ello. Apagué el pitillo que se consumía de igual manera a como lo hacía yo, y tapándome con las sábanas de mi lecho quedaba inconsciente en un profundo sueño… liberándome de mi escabroso presente, y aferrándome a la fantasía de la mente, que me alejaba del pensar circular y del tedio razonar, acercándome a un dulce sueño en el que navegué junto a mi querida francesa…
… La campana del despertador sonó puntual. Las ocho de la mañana. Debía darme prisa, sino quería perder mi útil de locomoción, pensé. Pronto estaré en mi tierra, me parecía increíble, echaba de menos Málaga, pese al escaso tiempo en el que permanecía alejado de ella, y a pesar también, del meditar triste de la noche anterior.
Annabelle tocó en la puerta, y me dijo que me ocupase exclusivamente del equipaje, que ella se encargaba de prepararme el desayuno. Así lo hice: recogí el breve equipaje, y me guardé en el bolsillo de mi camisa el escrito destinado a Linda.
Todo surgió rápido, me vestí, aseé y, sin darme apenas cuenta, tras despedirme de sus padres, me encontraba en el andén del tren que me llevaría a París, después de caminar cinco minutos. Antes también, nos reunimos con Christelle, según lo acordado el día antes. Y los tres fuimos llegando al apeadero de Mortain, hasta situarnos al pie del móvil. Me dieron la señal de que el tren saldría en cuestión de minutos, y la esperanza de que Linda llegase aún a sabiendas de que no estaría, como bien se excusó el día anterior, continuaba en mí viva. Miré a Annabelle y a Christelle, seguramente no las volvería a ver más, y me despedí de ellas, no sin antes darle mi carta a Annabelle, y recibir una sonrisa de su rostro que delataba el asunto que me traía entre manos.
Subía al tren, y en un último giro de cabeza antes de perderme en el interior del tren, percibí como las dos reían y hablaban seguramente de Linda, de mí y de la carta…
El tren silbaba ya, se agitaba, comenzaba a desplazarse, y las dos francesas se despedían con emoción; yo en cambio, sostenía mi vida en el pensamiento imperecedero de Linda, la cual lo albergaba todo en mí. Y conducía a mi razón, de modo agitado y demente.
Annabelle, de pronto, sacó algo del bolsillo y corrió tras el tren, que aún se desplazaba lentamente, … y gracias a una ventana que estaba abierta, pudimos estirar nuestras manos, haciendo un duro esfuerzo, … pero al final pude hacerme con el sobre. Nuestras caras sonrieron agradecidas, y se vieron por última vez…
En un primer momento, creía que se trataba de la misma carta que le enviaba a Linda, o de una carta escrita por Annabelle, pero supe rápidamente que la carta la remitía Linda, al observar el exterior del sobre. Abrí el envoltorio de papel con prisas, ya sentado en una butaca y sólo en aquel compartimento, y comencé a leer:
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“Hola Juanjo, supongo que vas en dirección a París, … siento no haber podido despedirme de ti, pero me resultaba muy duro decirte un último adiós.
El tren de París a Málaga sale a las 14:30 horas, … ¡Por favor, no lo cojas y espérame!.
… (Sorprendido, interrumpí mi lectura, y comencé a pellizcarme la cara, … no podía ser cierto eso, debía estar alucinando. Aquello salía de la realidad. Tras un breve espacio de tiempo mirando fijamente al techo de aquel rudimentario habitáculo, continué leyendo, casi sin creerme lo que extraía de aquella ejemplar caligrafía, perplejo.) …
… Quiero ir contigo, (así seguía diciendo), a Málaga, podremos ir en el tren de las 15:00 horas, es el último que toma destino hacia tu tierra hoy.
No creo que tengas ningún inconveniente en demorar tu regreso, ¿no? …
P.D. : Si no estoy a las 15:00, te prometo que algún día nos volveremos a ver…
FDO. LINDA HAVARD.
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Una inmensa alegría corría por mi interior. Linda no había sido fiel como podía esperar. No estuvo como Annabelle y Christelle en la despedida, pero guardaba una última carta, nunca mejor dicho, en este escabroso viaje. Ahora, me sentía reconfortado y contento, pero debía sostener algo de prudencia en mí, pues la postdata invitaba a tenerla…
… La sirena de la locomotora eléctrica nos anunciaba el final del trayecto…
La estación de París mantenía viveza. El tumulto de los presentes, tal y como lo recordaba, crecía: Personas en todas las direcciones, algunas inmóviles, otras corriendo para protagonizar algún reencuentro o para no quedarse en tierra…
No olvidaba los detalles que viví allí, cuando llegué de Málaga. Fui rescatando el pasado, de forma fugaz, recordando las anécdotas que me acompañaron, … observando, de repente, el reloj que se erguía sobre el centro de la explanada ferroviaria, y resté con un cálculo aproximado las horas que tendría que esperar hasta las tres. Algo más de dos horas, deduje. Será eterna la espera, pensé, mientras encendía un pitillo junto al andén donde acababa de apearme.
El gentío seguía creciendo y decreciendo, por momentos, y el ruido ascendía cuando se anunciaba por megafonía la salida o la llegada de algún tren. Sin entender apenas una palabra de aquella lengua, comprendía al instante lo que había dicho gracias al movimiento de las masas, que se agolpaban en uno u otro andén, descifrando así el enigma lingüístico que no sabía captar de oído…
La mañana iba pasando, y con ella me sentía más nervioso y esperanzado, buscando la cercanía corporal de Linda. Sentado en uno de los numerosos bancos miraba de un lado para otro, con la vaga ilusión de hallarla, pero rápidamente volvía a mirar los raíles del ferrocarril, o la estela que iba dejando el paso de algún viajero que llamaba en mí su atención. Decidí sacar un libro que me había acompañado durante el viaje, y que había ignorado hasta ese instante. El tomo en cuestión era la “Antología Poética” de Pablo Neruda. Un autor que me marcaba por la profundidad de sus escritos, pero en aquel momento no llegaría a comprender, porque me invadía un cosquilleo y una agitación que me imposibilitaban para la lectura detenida que pedían sus poemas. Así, que desechando esta propuesta, volví a guardar el libro, y a encender otro cigarrillo, vigilando cada movimiento de los transeúntes. Inquieto, nervioso…
Era un extranjero entre muchos, y notaba, sin embargo, como me apuntaban algunas miradas curiosas, tan inesperadas como la mía. No paraba de mirar el reloj, las agujas no corrían, parecían retroceder, o al menos detenerse en el tiempo. Me abordaban propuestas de todo tipo por la cabeza, desde dar una vuelta por el exterior de la estación, como también, ir a tomar café a la misma cafetería donde aprecié con expectación, en el viaje de ida, al caballero que se durmió. Pero nada me pareció tan honesto y seguro, como la idea de situarme allí en posición de vigía, aunque sabía que era la más monótona y, a la vez impaciente, de mis ideas.
Vi mi figura reflejada sobre un espejo, y la sonreí, … que comportamiento tan extraño, pensé. Comencé a analizarme frente a él, mirando los detalles más minúsculos de mi ser, y como siempre me saqué algún que otro defecto. Dejé de apreciar mi silueta en aquella imagen irreal, y me incorporé, dejando mis pertenencias en el asiento, y caminando unos pasos de acá para allá, … breves, pero lo suficientemente acertados para estirar las articulaciones encogidas por el letargo en el que estaba inmerso, dirigí de nuevo, mi atención al espejo. Esta vez de pie, me representé en él, y luego volví al banco pensando sobre mi actitud inconsciente…
Otra vez sonaba los altavoces de la megafonía, anunciando las próximas llegadas e idas, supuse. Encendí otro cigarro, esperando que el infierno acabase ya…
Málaga, escuché de pronto, hablaba la chica de información del tren que debía partir hacia mi ciudad. El vehículo que tendría que tomar en un principio.
Sí, efectivamente, eran las 14:30 horas, me cercioré mirando el reloj de la estación y el mío propio. Antes de media hora debe estar Linda aquí, sí seguramente venga dentro de poco. El nerviosismo fue creciendo, olvidando el estadio de tedio que me invadía, rechazando los síntomas asfixiantes de monotonía que me acompañaban…
¿Qué me está sucediendo? … Me pregunté. Desde que emprendí el viaje no consigo pensar en otra cosa que no sea ella, me he enamorado. Sí Dios, no puede ser, no la conozco lo suficiente para perder la cabeza por esa chica. No sé si debí hacer este viaje, corriendo el peligro de cometer tan absurda suerte, … ella volverá a Barenton, no nos volveremos a ver más, y yo quedaré en Málaga con el recuerdo de lo que pudo suceder …
Me persigue desde hace días, un meditar espeso, unos cambios de humor insoportables; no concibo cuándo acabará este sufrimiento condicionado por el deseo de querer a alguien que no distingo nítidamente lo que piensa sobre mí… bueno, y si me quisiese, igual que yo la deseo a ella, qué pasaría … seguramente la distancia extinguiría este supuesto y mutuo afecto. El tiempo borraría las huellas que podamos dejar el uno en el otro, y esta reciprocidad desaparecería de nuestra memoria. ¡Dios!, me ahogo en este círculo mental, me quedo sin oxígeno para continuar mi existencia, y quizás deba coger el tren que está a punto de salir …
Casi decidido a tomarlo, me volví a incorporar cogiendo el macuto, pero me senté y dejé caer la mochila junto a mis pies. Agaché la cabeza, buscando mis rodillas con la boca, y sosteniéndola con las manos apoyadas en mis piernas. Dudando y mirando mis zapatos, me di cuenta de la importancia que ganaba Linda en mi vida, y de la imposibilidad de marcharme sin ella. Las manchas de mis zapatos eran, metafóricamente, semejantes a lo oscuro de mí pensar, a lo sucio y fangoso de mis soliloquios. La desesperación existencial me hacía preso, pero sin voluntad para deshacerme de ella, ya que de algún modo me satisfacía, sin llegar a ser plenamente grata. Y era conocedor, de que el cacao de ideas que giraba a mi entorno, fue fabricado por mí.
… El último aviso, para tomar el tren, sonó por la megafonía. Eran las tres horas y Linda aún no había llegado. Indeciso en el andén meditaba sobre la posibilidad de embarcar o quedarme allí, perdiendo en consecuencia, el enlace a Málaga… Al final, decidí subir, a pesar de no verlas todas conmigo. Cabizbajo y decepcionado por la triste e infructífera espera, y pensando en el viaje de vuelta, fui buscando una plaza libre, dentro de aquel lujoso vagón. Observaba a todos los pasajeros, buscando milagrosamente el rastro de Linda, pero no lograba recuperar su sonrisa de entre todas las caras presentes.
El tren comenzó a desplazarse, muy lentamente, y yo sacaba la cabeza por una de las ventanas del móvil, intentándola ver, pero la masa humana que se agolpaba a lo largo del tren era maciza y sólo podía optar a resignarme y descansar en el asiento que tomé anteriormente en suerte. Con la vista cansada, y carente de fortaleza, desistí en mi intento de localizar al ser que más ansiaba encontrar. Mis ojos se esmeraban en no derramar lágrimas, y apretando los dientes a mis labios reprimía toda la furia que poseía, todo el infortunio que me acompañaba.
Ya lejos de París, inmerso en el viaje de vuelta y en la meditación irracional de odio que emitía en silencio mi fiel conciencia, lamentaba aún la desigual suerte de mi vida. Decidí como última alternativa leer un poco de poesía, para animar el alma rota y alimentar con ello mi hambriento corazón. Pues, no reunía fuerzas suficientes para entablar conversación con mis acompañantes, todos ellos de habla hispana e ideales modernos, y oculto me mantenía, con la mirada fija, en la lectura lenta y minuciosa. Con el simple pretexto de olvidar lo antes posible toda aquella tempestad que sacudía mi imaginación…
… Dependía de ella en exceso y, como tal efecto, era negativo. Pues notaba en mí todo un mar revuelto de sensaciones, que me sumían en la desesperación. Me olvidaba por completo de todo lo exquisito del viaje, de todos los detalles vividos que podría contar a mis familiares y amigos, sobre esta nueva experiencia, y seguía maquinando y exprimiendo todo el mal sabor de boca que me dejaba el no haber podido estar más tiempo con Linda…el no tenerla a mi lado en aquel momento…
… Madrid se perdía con el movimiento veloz de la locomotora. Un gran conjunto de luces quedaba fuera ya del alcance de mi visión, mientras apuraba un cigarrillo junto a una nítida ventana que existía en el departamento reservado para fumadores. La noche estaba completamente cerrada, y las estrellas se mantenían inmóviles y brillantes ante mi atenta mirada. Me mantuve allí de pie apoyando mi cabeza sobre el cristal un tiempo, resistiendo el vaivén del tren, que mecía mi físico con dureza, pero sin despertarlo de su letargo. Deseaba llegar pronto a Málaga y volver, así, a mi rutinario existir. Echaba de menos mis estudios, la cafetería de la facultad, los entrenamientos con el equipo de fútbol, y los paseos nocturnos llenos de confidencias… ¡Cuán desgraciado era en aquel estado! …
Recordaba los días anteriores a mi marcha, y toda la ilusión que portaba y transmitía en mi exterior. Aunque de nuevo se veían empañados mis pensamientos, sin querer, por el sentimiento de gris añoranza del que dependía mi autoconciencia.
Siendo presa de curiosos acompañantes, no me molestaba que fuese observado, la única incomodidad en aquella situación era la grieta surgida por el deseo, por el vacilante nacimiento de avaricia interna y, las ansias de conseguir lo querido, con la consecuente frustración, truncada a sufrimiento. Pero no desear a Linda se enmarcaba inviable en aquel momento, y mi yo físico padecía recostado sobre el cristal del habitáculo de exhaladores de humo, emitiendo una amarga expresión llena de tristeza infinita, y ante la vigilancia de curiosos viajeros. Recobrando aliento, sin estar repuesto del todo, me dirigí al asiento que ocupaba, y mirando los rostros derrotados de mis acompañantes que dormían plácidamente, intenté descansar las escasas horas que faltaban para arribar en mi ciudad. Estaba entre el sueño y la realidad, delirando… hasta que por fin, …
… Percibí un paisaje que me era de sobra conocido. Despierto, sostuve mis ojos sobre la leve visión que lograba alcanzar, campos que me calaban de orgullo el interior, poblaciones repletas de costumbres y raíces antiguas, pero que sobrevivían a la avanzada tecnología contemporánea. Aires que nacían en mi imaginación, sin poderlos sentir en mí, sin poder agarrarme a la magia de Málaga, sólo valorándola en mi contemplación… me concebía por instantes como un inmenso ser, lleno de vitalidad, respaldado por la seguridad de mis inolvidables experiencias en estas tierras. Brotaba en mí un niño, que creaba ilusiones, que percibía más allá de donde los sentidos no alcanzaban, y donde la realidad no existe, no tiene sitio… Era dichoso en mi paranoia, abriendo paso al soñador infatigable que mantengo dentro, meditando sin límites ni excusas, sin interrogantes ni problemas, sin dudas ni compromisos, … así, casi sin darme cuenta, fui llegando a Málaga.