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La Morada del Unicornio

Paula

Para mi sobrina Paula,( cuando sepa leer)...  Para que cuando rompa el cascarón de la niñez y, un escalofrío le dibuje en su mente-cuerpo el sentimiento del primer amor, entienda que ya antes otros vivimos eso, hablamos sobre eso y nunca supimos explicar, eso.

 

     Podía ser el amor de mi vida, pero nunca lo sabría. Era como siempre la había soñado: morena de piel, de pelo largo, lacio y negro, los ojos verdes y grandes, una risa tímida e inteligente y vestía un pantalón vaquero ceñido más una blusa blanca. Respecto a lo último, a su forma de vestir, me había gustado, pero la quise imaginar de colegiala, con la falda a cuadros, las medias negras hasta las rodillas, incluso le endosé un jersey a rombos y un par de coletas juveniles. La ideaba tan preciosa que no me percaté que mi musa abandonaba el local. Rápidamente dejé la copa en la barra, y sin despedirme de mis amigos esquivé el concurrido núcleo de personas que se reunían allí. Una vez me hallé en la puerta del garito, me supe perdido. Nada a la derecha, nada a la izquierda. Para colmo había dejado la chaqueta en el interior del bar, y un gélido viento me golpeaba el cuerpo. Aunque lo que más me dolió fue el vacío que se creó en mi fuero interno, al asumir la pérdida de la persona que más rápidamente quise en  vida. Fue un flechazo veloz, una despedida ágil y dolorosa.

     Desperté quejándome de todo. Del hostal cutre, que por no tener no tenía ni cortinas lo suficientemente gruesas para  detener los primerizos rayos solares. De mi compañero de habitación, que no cuidaba en hacer ruido. Del tráfico de Madrid y sus inagotables conciertos de claxon. Y de la resaca que me envolvía. También caí en la cuenta de que había vuelto a fumar, cuando hacía poco menos de un mes que lo dejé... por todo esto, tenía razones para sentirme a disgusto. Pero lo que de verdad me hervía por dentro era la frustración de haber perdido a Paula. Sólo sabía eso de ella, que se llamaba Paula, y porque le oí a una amiga nombrarlo. Triste realidad, pensé. Ni dos simples besos pude arrancar de aquel rostro que no exigía maquillaje, pues tenía luz propia.

     Antes de incorporarme al nuevo día, apuré unos minutos más sobre aquella cama que más que minúscula era ridícula, de muelles rechinantes y colchón hundido. Pensé en mi madre, más bien en unas palabras que me había repetido en varias ocasiones. No eran palabras de reconocimiento, todo lo contrario. Se trataba de avisarme del paso del tiempo, constante y demoledor, y mi apatía ante la vida. Pues así me sentí ayer, cuando ni siquiera la ví marchar. Ví ese "tren" que tanto había esperado, y lo dejé ir como esperando su vuelta, porque era consciente de que su búsqueda sería una quimera. De eso no tenía dudas, fue lo primero que asumí en la relación con mi ángel, el desamor. No me dio tiempo a enamorarme, cuando ella me dejaba plantado. Ahora entendía todo, qué difícil sobrevivir en la tormenta brusca del amor erróneo, pero más complicado aún que se  escurriese el sueño en tan breve espacio de tiempo.

     Me levanté, quejándome del malestar corporal, respirando el aire parado y cargado de la habitación. Dejé todo el embrollo de pensamientos que me aturdían aparcados en la cama, mientras dibujaba en la imaginación la cara limpia y desnuda de Paula. Más bien, los esbozos de su tez.

 

     Antes de su aparición, todo viajaba dentro de los cauces marcados aquella noche. Lo cotidiano, lo esperado, brillaba de modo pacífico. Una noche más, colmada de risas, baile, humo y la sensación de enamorarme al menos una vez, por cada bar visitado, bajo la sospecha de un irremediable ataque de sinceridad ebria. Sin embargo, esa madrugada era especial. No trasnochaba por mi ciudad natal, evitando la indeseable monotonía de hallarme en los mismos bares que de costumbre, regateando la causalidad de ver las mismas caras, los mismos gestos, el mismo acento que a veces me hicieron dudar de la repetición de noches y escenas vividas. Cancelada esa posibilidad, me afeité, duché y vestí con la seguridad de contar una noche diferente. Mis amigos parecían experimentar las mismas vibraciones, y más coquetos que de costumbre, mimaban el peinado y las arrugas de sus camisas con un neurótico inconformismo. Con ademanes de seguridad y control, en un ejercicio estéril de aprobación a lo que hacían. Una vez más me  miré al espejo, dándome por satisfecho, me dirigí al lado opuesto de la habitación, orgulloso de lucir  jersey nuevo. Allí tomé los zapatos, relucientes, casí podía reflejarme en ellos.

 Mientras, al otro lado de la sala, en la puerta, al grito de "vamos a comernos Madrid", se encontraban impacientes mis amigos. Y aunque exigían  la mayor brevedad posible, me dio tiempo aún a cruzarme otra efímera mirada con el espejo. Quería verme el jersey, sin duda estimulaba mi autoestima.  El estreno de una prenda me potenciaba el ego. Era una especie de superstición. Y así salí aquella noche diferente,a priori. Aseado, cuidando el peinado de última generación, sostenido por gel fijador, con los zapatos impecables, el tejano bien planchado, y lo más importante, con el jersey nuevo, el de la suerte. Pero no todo podía salir a pedir de boca, y nada más cruzar el portal,  volví por una chaqueta, para desesperación de mis amigos y tristeza propia. Ya no luciría la prenda talismán, como hubiese gustado. El guión empezó a torcerse.

 

     Desde el primer instante en que mis ojos la capturaron, desde la primera imagen levemente transformada por el humo y el alcohol ingerido, ya supe que no sería mía. Las musas se imaginan, se observan, ... pero no se poseen físicamente, pensé. Tuve la ocasión de verla más cerca, más nítida. Qué simple era,   ¿sería eso lo que la subía a la cima de mujer imposible?...  una simpleza tan pulcra, que daba miedo. Recordé la letra de una canción, Yolanda. Luego me vino a mente otras como Penélope, Ana, Lucía... y  prometí en el silencio del pensamiento el hacerle una canción. Sería la poesía más bella que escribiese, por lo menos la más sentida, y fue por eso que no le quise quitar ojo.  A la vez que comprendía esas canciones de amor, que en otros tiempos me parecieron pedantes y falsas. Siempre sostuve la creencia de que las mejores letras se gestaban desde el desamor, movidas por la línea delgada que separa el amor del odio y viceversa.

     Las caderas las agitaba a un ritmo hipnotizador, con gracia y jamás se le veía un pequeño matiz de grosería en sus movimientos. Parecía que la música fue compuesta para baile de su cuerpo, en ningún momento perdía el compás ni el salero en sus idas y venidas, manteniendo la siempre dulce sonrisa. Las luces seguían su juego, bañándola de diferentes tonos, y siempre esperando que la blanca luz le golpease su rostro, para sentir un escalofrío, galopando bajo su piel.

     Pero de entre la multitud, como por arte de magia, no podía ser de otro modo, desapareció. No había dejado rastro alguno, ni amiga que me hiciese pensar que volvería, que se ausentaba al servicio, que fue a pedir a la barra... nada. Luego vino la salida apresurada del bar, la dura aceptación de su ida y el odio interno a mi cobardía. La irremediable timidez, que me robó tantas veces la oportunidad de desplegar la personalidad.

 

 

     Llegó la hora de despedirse, el cierre de los bares, el desfile lento, agotado y oscilante por las desérticas calles de Madrid. Asumir que otra noche más pasaba y todo seguía igual. El deseo de encontrarse la  cama al siguiente paso dado. Pero acabábamos de dejar Huertas para pisotear las recién mojadas vías de la Puerta del  Sol.  Nos quedaban al menos diez minutos de camino, intercalados con  las meditaciones y análisis que compartíamos en voz alta, y los pensamientos que jamás diríamos, las ideas que calientes surgían de la conciencia de cada uno, para morir frías en algún rincón del espacio, abandonadas y olvidadas a su suerte. Y la hora de los torpes, el preciso momento en que la ciudad renacía y otros, los torpes, buscaban su particular y elegida noche, se nos echó encima. Coincidíamos en algo, en las caras soñolientas. Unas marcadas por el cansancio, el humo, el ruido y el alcohol; y otras selladas por las líneas de sábanas y el reciente peinado.

     En la Gran Vía tuvimos tiempo de hacer una última parada antes de alcanzar el hostal.  Vendían comida china, y entre la curiosidad novedosa de no encontrar un puesto de perritos calientes, de patatas asadas o de showarmas, degustamos in situ aquel rico manjar. Ante las miradas diversas de los que empezaban el día, no dejábamos con vida ni un grano de arroz. Un ejecutivo nos miró con cara de pena, como si se avergonzara de que estuviésemos allí comiendo, y a la vez con ese aire de altanería y chulería propias del que luce traje, gomina y corbata a diario. Otros nos miraban con simpatía, y la envidia de saber que en unos minutos tomaríamos el descanso que ellos habían dejado atrás. Y también hubo quien ni siquiera, se percató de nuestra presencia, sumidos en el estrés de la gran ciudad, que empezaba a rugir cuando aún, el tendido eléctrico ocupaba el protagonismo sobre la luz natural.

     En silencio llegamos a la puerta del Hostal, dando imprecisos pasos bajo desencajados cuerpos. Después de andar unos minutos más por la Calle Fuencarral, y resultarnos más largo el camino de vuelta que el de ida, siendo este el mismo. Aparcando la noche en el sueño profundo que tomamos, después de dar por concluida la desordenada conversación que mantuvimos. Sin sacar mayor síntesis que la de creer que  otra noche más había sido consumida por nuestras vidas.

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     Seís meses después, volvió a aparecer. Como un golpe de suerte caprichoso. Como una quiniela acertada, incluso mejor que eso, pues el dichoso azar fue a buscarme. Ya no hubiese apostado un euro a encontrarla, y menos en Málaga. Fue allí, corría el mes de Agosto cuando disfrutaba de un día de playa, un día libre de trabajo. Un día cualquiera si no hubiese sido por ella. Salía del mar y pasó delante mía, cuando la ví. Parecía sobrevolar por la arena quemante, en lugar de caminar como los mortales. Luciendo un escaso bikini rojo, que resaltaba más sus encantos. Con la melena a un lado de la cara, con las dos manos escurriendo el agua que quería permanecer en su cuerpo, 

y la sutil sonrisa de su rostro poseido por la belleza simple del que no sabe que es bello, o no quiere serlo. Así continuaba siendo, tan hermosa como la había estado recordando.

Guardaba toda la gracia con la que la había imaginado, todos esos gestos que me producían un malestar deseado en el estómago. Me sorprendí de haberla reconocido tan rápidamente, como un flash que golpea unos ojos abiertos, así llegó a mi mente. En el rompecabezas de gente, arena y sombrillas con el que jugué ese día.

Y cuando todo era azul, todo se dibujó de un modo luminoso, lleno de colores vivos y en el marco escogido de mi imaginación flotante... brotó una nube, negra sobre el horizonte, surgida de la nada, en la quietud del instante. Hecho que rompió todo el sortilegio que me eclipsaba. Y bajé a la Tierra, y vi que Paula estaba acompañada. Acompañada por un tipo de esos duros que salen en televisión, con cara de ángel y cuerpo de culturista. Allí la esperaba, tumbado sobre la toalla, cuando llegó Paula y se escurrió el agua de su cabello sobre el fornido pecho del muchacho. Con un gesto feo, desaprobando la acción de Paula, el musculitos se fue al mar. A calmar sus malos humos. Y ella quedó sola, untándose el bronceador sobre esa piel perfecta. No le había gustado la broma, estaba claro, pero lo que no entraba en mis cálculos, era el poco tacto al quejarse que tuvo.  Quizás, con ese cuerpo de gimnasio y esa cara de no haber roto un plato, no temiese perderla. Seguramente estaba tan seguro de eso, que se daba el derecho de hacer tales gestos.

     Yo no tengo tal silueta, pensé mientras me reía irónicamente, más bien me sobran unos kilos. No podría competir con semejante cachas, aunque también pensé por un instante en la belleza interior, y en esas cosas que se dicen, se piensan y luego nunca se hacen. Así que me rendí antes de comenzar cualquier combate. Y pensé que el destino se encargaría de esa batalla, puesto que ya, para empezar, la había traído desde el centro del País. Había realizado lo más difícil. Había encontrado la aguja en el pajar, o como  dice mi abuela: el mundo es un pañuelo. Desde aquel día, sí que podría tomar esas palabras como mías.

     Al cabo de unas horas, Paula empezó a recoger sus cosas. Se disponía a marcharse, cuando me llamó la atención  que la pareja no se hubiese dedicado ningún beso ni carantoña. Desechando el pueril accidente del agua como excusa y causa de elllo, alcancé  la aventurada deducción de que podía ser su hermano. O tal vez un simple amigo. Por una cosa u otra, aquellas nubes se retiraban de nuevo de mi horizonte ideal. Volvía a lucir sobre mi imaginación un rayito de luz. Y seguramente, movido por ese desprecio que el señor musculitos le regalaba, con esa habilidad para ignorar el cuerpo que más había soñado, en mi ser surgió una vitalidad que me invitó a seguirla. Quién sabe si me animaba a decirle algo. Quién sabe si  le encontraría un defecto que la hiciese descender de la cumbre, un rasgo humano en un ser divinizado...

 

     Pasaron los días, tristes y opacos, independientemente de que  fuese aún verano. Y por mi ventana seguían colándose grises nubes todos los amaneceres. Intentaba  quitármela de la cabeza, mas  su reciente e inesperada visita me devolvía a la demencia. Los rasgos borrados de su cara, por el paso del tiempo, volvieron a marcarse casi de un modo definitivo. Tatuado, quedó su cuerpo en mi conciencia. El destino quiso regalarme más sufrimiento, cuando me la postró ante mí en el capítulo de la playa, y lo consiguió.

   Hablé con ella, mejor no haberlo hecho, pues... Me presenté toscamente ante ella, y la ubiqué en Madrid. Allí le conté que coincidimos en un bar, le dije el nombre del garito, que no recordó. Rápidamente me dijo que no me conocía, o no se acordaba de mí, todo ello con una sonrisa espectacular, una sonrisa perfecta. Y como me quedé bloqueado, (quizá debí diseñar un guión), no supe qué decirle más. Paula, sorprendida aún de que supiese su nombre, sin entender que no nos presentamos y yo memorizaba su nombre, cual tabla de multiplicar un escolar, quebró la difícil situación creada despidiéndose de mí. Efectivamente, no quiso saber por qué archivaba su nombre, y todos esos recuerdos vanos para ella, que le balbuceé, tanto tiempo después. Argumentó que se le hacía tarde, que había quedado con su chico.  Y allí quedé, inmóvil en la quietud de mi alma y mi cuerpo. Viéndola marchar. Sin poder abrazar mi sueño, sin darme la oportunidad de conocerme. Y a pesar de ello, no reunía fuerzas para odiarla. O bien sí, quería odiarla, pero la amaba, tanto la amaba que de no tenerla la odiaba. Y allí quedé, como dije, inmóvil, maldiciendo mi suerte. Con el aire parado, como si ya hubiese sido respirado en otras ocasiones. Un sinsabor que me mantenía  apartado de lo que sucedía a mi alrededor, soportando la mirada con gallardía en ella,   la fui perdiendo, hasta que por fin, la perdí. La perdí, pero no la olvidé. Aunque no pude perderla, porque nunca la tuve, nunca fue mía... pero sí perteneció, y pertenece a mis pensamientos, ¿acaso no son míos?

 

 "Ojalá se te acabe la mirada constante, la palabra precisa, la sonrisa perfecta. Ojalá pase algo que te borre de pronto: una luz cegadora, un disparo de nieve. Ojalá por lo menos que me lleve la muerte; para no verte tanto, para no verte siempre, en todos los segundos, en todas las visiones... Ojalá que no pueda tocarte ni en canciones".

("ojalá" - Silvio Rodriguez - Cantautor cubano)

 

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