Duele, claro que duele
Esta historia comienza un 31 de diciembre de 2014. Es el momento de planear el nuevo año. No sé por qué, pero mi meta para 2015 era finalizar una Maratón. En concreto, quería hacer la de Málaga, en diciembre.
El 02 de enero salí a correr. Me dije, “Tranquilo, hoy empezamos suave”. Y tan suave que corrí, al poco ya estaba mi cuerpo, de casi 100 kgs, empapado de sudor. Fue duro el inicio, el comprobar lo mal que me encontraba físicamente. Los primeros entrenamientos sabía que tenía que hacerlos con cautela, para no cometer el error de siempre: aburrirme después de un palizón. Lo más difícil era mantener una rutina de entrenamientos durante meses.
Pronto, encontré motivación con los resultados: pérdida de peso, mejores tiempos, respiración y pulsaciones más relajadas, más distancia…
Y fue a mediados de Enero, cuando decido inscribirme en la ½ maratón de Málaga. Por entonces, ya comienzo a meterme de lleno en el mundillo del corredor. Me empieza a interesar nuevamente, la ropa deportiva y accesorios, los planes de entrenamiento, la alimentación…
Decidí planificar el año, mi primer año de runner, haciendo 3 ½ maratones y culminar en diciembre con mi objetivo. En marzo, hice la de Málaga. Mezcla de sufrimiento y placer, por ser la primera. Muchos nervios y cautela, mala dosificación del esfuerzo. La de Granada la disfruté porque ya sabía de qué iba la historia, porque tiene un recorrido precioso y también porque iba físicamente bien preparado. Y la tercera, un poco confiado, me tocó sufrir nuevamente en Marbella. A pesar de que la tomé como un entrenamiento para mi gran objetivo, que ya era por entonces, la Maratón Alpina de Jarapalos.
Ya había decidido que correría la Maratón Alpina de Jarapalos, (43 kms de trail, con un desnivel de más de 5000 mts de altitud -+), pese a haberme inscrito ya en el Maratón de Málaga, (06 de diciembre). Lo que no sabía era que me iba a lesionar muy pronto.
Fue una mañana que salí a correr con Fede. Quedamos en que él me iba a enseñar los once primeros kilómetros de la prueba, (subida) y los doce últimos, (bajada). O lo que es lo mismo, subir hasta las antenas y bajar por Jabalcuza. Precisamente allí, en Jabalcuza, noté que algo en mi rodilla izquierda no iba bien. Salí muy reforzado mentalmente aquel día, por encontrarme físicamente bien. Pero unas horas después el dolor – cojera, se apoderaba de mi maltrecha rodilla. Mucho tiempo había estado la rotura de menisco en silencio, fue un baño de agua fría, que desmontaba la ilusión por correr esta prueba, a la vez que comenzaba a ver que el reto propuesto para 2015 se alejaba. A la semana me probé, y me volvió a molestar. Y fue dos semanas después, cuando descarté hacer la prueba, cuando salí a correr y a los 4 kilómetros ya me dolía. Así fueron pasando los días, acercándose la prueba, y asumiendo con tristeza que no podía correrla.
El miércoles 18 de noviembre, tres días antes del Maratón Alpino de Jarapalos, volvía a casa en moto, dándole vueltas a las cosas. Cuando pienso que tenía que recoger la bolsa de corredor de dicha prueba, aunque no fuera a correrla, la había pagado. Y no sé por qué extraña razón, me voy calentando camino a casa, y medio decido que voy a presentarme y hacer lo que pueda. Un día después, el jueves 19 de noviembre, me encuentro a Juanma, compañero de trabajo en el aeropuerto, y me da el empujón que me faltaba para presentarme a la prueba. “Decidido, voy a correrla”, me digo, dos días antes.
Un día antes de la prueba, el viernes 20 de noviembre, voy a recoger el dorsal. Ya no hay vuelta atrás…
Sábado 21 de noviembre de 2015. No suena el despertador, los nervios ya me habían desvelado minutos antes. Quiero que todo sea como un día normal, no quiero experimentos. Por lo que desayuno lo habitual. Decido que tampoco es día para innovar, y no llevo bastones ni medias de compresión. Y una única barrita energética, no quiero probar los geles. Y de agua, sabía por amigos que el avituallamiento no iba a faltar en todo el recorrido, por lo que decido salir con lo puesto.
8:30, comienza la carrera. Primeros kilómetros de carrera. Me voy encontrando cómodo, la climatología es buena. Las sensaciones generan dudas, la rodilla molesta en los primeros kilómetros de subida, como ya esperaba. Intento pensar en una solución al conflicto sirio. Voy controlando pasar el primer control, (2 horas), coronando las antenas en menos de 1 hora y 45 minutos. Allí arriba huele a competición, buen ambiente en el avituallamiento. La rodilla va bien. Nos avisan que hay una bajada técnica al principio y unos kilómetros muy cómodos después, hasta la embotelladora de Mijas, kilómetro 16. Me voy creciendo y aunque bajo con mucha precaución, (vaya barrancos que tenía a mi derecha), troto con muy buenas sensaciones la parte más asequible. Después del tercer avituallamiento, viene una subida que se las traía, de menos a más, que desemboca en un tramo conocido por mí. Eso me da confianza, llevaba bastantes kilómetros desorientado. Y tras una bajada por un carril ancho, llegamos a la famosa Fuente de Jarapalos, kilómetro 21. Me repongo en este avituallamiento y continúo trotando monte abajo, hasta que una indicación nos hace meternos en un sendero vertiginoso, donde intento concentrarme al máximo para no tropezar. Precioso pero al mismo tiempo, una bajada muy técnica, por su estrechez y zigzag. Salimos a un carril ancho, que también reconozco rápidamente, que nos conduce a otro sendero, esta vez ascendente. Oigo a un corredor que iba delante de mí decir: “Aquí está el chic de la cuestión”. Rápidamente me di cuenta que ese comentario tenía mucho de verdad, e intenté dosificar al máximo mis esfuerzos. Pero por muy despacio que subiera, la inclinación te hacía ir casi a gatas por algunos tramos. Me acordé de mi amigo Mario, porque reconocí el sendero que habíamos hecho una mañana que salimos de senderismo. Y también me acordé de la recomendación de Juanma de llevar bastones. Fue en esta subida cuando comencé a notar los cuádriceps cargados, Kilómetro 27. Y comenzaron a surgir los miedos. Estaba a 16 kilómetros de meta, y comenzaba a notar las piernas cargadas. Curiosamente, mi rodilla no presentaba molestia alguna. Con estas, comenzó la subida hasta las antenas, la segunda de las dos que hay que hacer. Y fue cuando comencé a notar que los cuádriceps se montaban, y no sólo los cuádriceps, también sentía sobrecargados los isquiotibiales y abductores. Menuda pesadilla, cuando notaba que se me subían, y ya no encontraba modo alguno de estirar, para relajar el músculo… pero llegué a las antenas, kilómetro 32. En una situación normal, la carrera ya estaba “hecha”, pero mi estado me hacía tener muchas dudas de cómo afrontaría los últimos 11 kilómetros. En la cima caían algunas gotas, y soplaba un viento frío, nada que ver con el tiempo que hacía al comenzar la carrera. Comencé a descender de las antenas, una bajada técnica en la que tomé las precauciones oportunas, pero a pesar de ello no podía evitar que cada cierto tiempo los músculos se montaran y el dolor se hacía más agudo en las piernas. Fue en este punto cuando me acordé del lema de esta carrera “Duele, claro que duele”.
En ningún momento había pensado en abandonar. Sinceramente, en el kilómetro 27, cuando aparecieron las sobrecargas, dudaba en terminarla. Pero no iba a vender barata mi derrota… los últimos kilómetros se fueron haciendo largos, durante toda la carrera estuve en contacto con Marina, a la que le iba informando de cuánta distancia llevaba recorrida y cómo iba. Llegué al último avituallamiento, pedí Reflex y no tenían, y una muchacha me echó agua fría en las piernas, que debo reconocer que me alivió bastante. Y como siempre, desde el primer al último avituallamiento, te decían aquello de “ya está hecho”, pero esta vez sí que noté que lo tenía hecho… Me puse a correr nuevamente, estaba cerca ya de la bajada de Jabalcuza, donde comenzó mi viacrucis con la rodilla, y sentía algo mejor las piernas…pero fue una falsa sensación, de momento comenzaron los calambres. Y vuelta a caminar… Y poco a poco, llegué a Jabalcuza, kilómetro 38. Bajé como pude, esto es lo que puedo decir…y fue llegando al final de la bajada, cuando se sale a un tramo de asfalto donde quedan aproximadamente dos kilómetros a meta, cuando supe al 100% que llegaba. Y me emocioné, porque afloraron muchos recuerdos. Me acordé de mi abuelo José, de sus largas caminatas, incansable. Lo recuerdo siempre andando, desde que tengo uso de razón pastoreando, y ya de mayor con su bastón todo el día de acá para allá. Me acordé de los consejos de Juanma, de las charlas con Fernando Mostazo, de las salidas en bici con Joaquín y Benito. De los días de senderismo con mi amigo Mario, o del amor a la naturaleza que me inculcó mi profesor Manolo Santana. Así, como una magdalena fui recorriendo los últimos metros, hasta que llegué a la recta final y vi al fondo la meta. Y unos 100 metros antes a Marina y Pablo… tuve tiempo de parar y besar a mi príncipe, y disfrutar esos 100 metros de alfombra roja, en solitario, alardeado por el speaker. Fue cuando me invadió una satisfacción enorme…y me dije para mis adentros “Ole mis santos cojones”, sólo yo sabía lo que había sufrido, y a la vez disfrutado aquellas 8 horas, ´09 minutos y 31 segundos de carrera. Ole mis santos cojones, porque me había puesto una meta para el 2015, y acababa de cumplirla.
