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La Morada del Unicornio

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Pongamos que hablo de Madrid

Pongamos que hablo de Madrid

Quizás te eche de menos

cuando me hables de Madrid.

Porque quizás, no me moleste

el rastro de humo

que dejas en la casa,

y comience a echar en falta

tus cigarros.

Se hará enorme el sofá

y me faltará tu rostro cómodo,

tu agilidad para tumbarte

en cualquier recoveco que encuentras.

Igualmente la cama

colmará de vacío mi soledad.

Quizás te eche de menos

cuando el silencio

me recuerde tu ausencia.

Ya no tendré,

a quién reprocharle

que deje el champú

o la pasta de dientes abierta.

A quién pedirle, hasta la saciedad,

que me rasque la espalda.

A nadie tendré que convencer

para ver el partido de fútbol

o mis películas raras.

A otro hogar tendré que ir

buscando olores

que me llenen el estómago.

Seguro que valoraré más

esas pequeñas cosas

que aparecen, sin apenas,

ser agradecidas.

Porque…

quizás te eche de menos

cuando el silencio

me recuerde tu ausencia.

O cuando Pipo

me despierte,

descubriendo así tu falta.

Sólo sé...

Sólo sé...

Inmerso en el silencio

con su hermética burbuja

a rastras con su yo.

Atrapado

por el antropocentrismo post-moderno.

Se hace consciente y

le asalta la vacuicidad existencial.

Revolotean preguntas

se disparan respuestas,

infectadas por la cultura

su mundo y, la experiencia.

Taxonomías que salven

del abismo de la nada,

relajantes musculares, opio

para la mente inquieta del filósofo...

Divino ruido

que exterminas el incómodo run run.

Oportuno ruido

que extingues el pensar,

y sin este no hay ser, ya se sabe,

y sin ser, no soy nada.

A dónde van...

A dónde van...

La palabra es útil al hombre, esto nadie lo duda. Necesaria para formar el lenguaje, y con éste la comunicación. Pero además, la palabra se erige para nombrar la realidad, obteniendo una funcionalidad práctica.

El ser humano precisa cercar la realidad, para situarnos en posición segura sobre el cosmos. Nuestro mundo debe estar lindado, asegurado por la expresión verbal, ... todo tiene una palabra o varias. Nada real escapa al logos.

Yo mismo, hago uso de palabras en este momento, para explicar una realidad que sin este instrumento lingüístico, no podría expresar.

 

Por otra parte, recojo unas palabras del catedrático de antropología filosófica, Jacinto Choza, para acercarme al punto de llegada que me propongo: "Los hombres pueden ser como parecen, como aparecen, pero puede que no. Ese espacio entre lo que aparece y el fondo es el espacio de que disponen para poseerse, para saberse, para decirse y para comunicarse. Para ser veraces y auténticos, y para mentir y engañarse a sí mismos".

 

Tenemos pues, que la realidad es aquello que se despliega delante de nuestras narices, sin saber cómo, ni por qué... y nosotros en un ejercicio de existencialismo, explicamos por medio del lenguaje. Sin saber bien quiénes somos, qué hacemos aquí, en definitiva, nos conocemos menos que la propia realidad.

Es con nuestra apertura al mundo, nuestro lenguaje y experiencia y herencia vital, con lo que forjamos nuestra subjetividad.

Leí de Ortega y Gasset, creo recordar que de su pequeño estudio "Qué es conocimiento", que el objeto que permanecía oculto para nosotros, no tenía existencia. Es sólo con nuestra actitud interesada, cuando cobra un protagonismo que le sitúa como algo. Citaba un ejemplo de un martillo en una habitación. Que cobraba existencia sólo cuando era utilizado.

Ahora me pregunto si las palabras tienen existencia por sí solas, o únicamente cuando entran en juego.

Parece que corren la misma suerte que el martillo hacinado en el olvido.

 

Hoy quería preguntarme, este es mi objetivo, a dónde van las palabras que no se dijeron. Siguiendo las letras de Silvio Rodríguez, que ya antes pasó por esta y otras preguntas que aún he de recorrer. Podía haber ahorrado la introducción, pero la considero oportuna. ¿Es cierto que caen al olvido, como las pequeñas cosas?

Si no llegaron a ser, las palabras no - dichas no gozan ni de historia. Sólo una conciencia las dota de sentido, las encumbra en la añoranza del haber podido ser.

Hay palabras que no dije cuando tuve que decirlas, por miedo, vergüenza, prudencia, hipocresía. Palabras que hubieran cambiado mi historia, palabras que hubieran moldeado mi subjetividad con otros rasgos.

El umbral de inexactitud que el profesor Choza define y he reseñado, es el desconocimiento que tenemos de nosotros mismos. Esa duda de no saber cómo actuaremos en situaciones no vividas aún.

 

Hace unos días, visité en el hospital al que fue mi primer entrenador de fútbol. Contaba con 8 años, cuando comencé a pegarle patadas a un balón. Él confió en mí, pese a que otros compañeros y curiosos no daban un duro por mis cualidades. Cuando me retiré de la práctica federada, él era el utillero del equipo, y no pasaba año que no supiera de él. Sin esta persona, y la confianza que depositó en mí, no hubiese disfrutado tantos años del fútbol, no hubiese conocido tantas personas,... en resumen, mi vida no sería la misma, otro camino hubiese tomado, dadas otras circunstancias. Por ejemplo, el amigo que me da clases de pintura desde hace unos meses, ha sido el mejor entrenador que tuve. Pero si mi primer entrenador no se hubiese cruzado en mi vida, no hubiese conocido a este segundo personaje.

La visita fue dolorosa, hacía unos meses que no lo veía. Una sobrina me alertó que estaba grave, pero no esperaba una situación tan cruel. Acurrucado en la fría sala hospitalaria, solo, esperando la muerte, con tubos saliendo de varios puntos de su esquelético cuerpo dormía. Debo decir que lo conocí por su pelo, y la forma del cráneo. La enfermera lo despertó, me dijo que le alegraría vernos... también me dijo que no hablaba. Fue cuando cayó el mundo sobre mí.

 

Camino al hospital, mi amigo y yo, recordábamos los años que compartimos con esa persona. E imaginé que los recordaríamos con él, en forma de palabras. Pero lo único que nos llevamos, fue la esperpéntica percepción de su cuerpo consumido, y su mirada, que de hablar nos hubiese echado en cuanto nos reconoció.

¿Dónde irán las palabras que no pudo decir?

Acaso nunca vuelven a ser algo, reza un fragmento en la canción de Silvio. Muy crudo razonamiento, pero sólo hace falta vivirlo para comprenderlo.

No diré que iré diciéndole a todos mis seres queridos cuánto les quiero, pues los actos, más que las palabras, también se transmiten. Seguiré omitiendo palabras, pensamientos que revolotearán, y jamás, por las circunstancias únicas, serán dichos.

No sé dónde van las pequeñas cosas, tampoco sé dónde van las palabras que no se dijeron... posiblemente al olvido, resucitadas por el recuerdo, y nuevamente asesinadas por la rutina y el olvido. Pero tengo claro, que lo que no se dijo anida en el interior de cada uno, esperando vanamente, que el tiempo cicatrice la dolorosa herida.

 

A Currillo Meloa

A Currillo Meloa

De haber nacido en París, seguramente hubieses paseado tu música, por la orilla del Río Sena. Mezclado tus pasos, junto al de otros artistas, en el barrio de Montmartre. Perdido por sus innumerables rincones, portando la fiel guitarra, la siempre amiga melodía del rebelde cantautor.

Pongamos ahora, que hablo de Madrid... te hallo en el metro, en el retiro... ante la mirada de los curiosos que se acercan, atrapados por la armonía de tus acordes rasgados, de tus infinitos silbidos.

Grandes ciudades, donde pasar desapercibido, núcleos cosmopolitas, donde el cuerdo es el chiflado, y viceversa.

Pero quiso el destino, colocar un artista allá donde no es entendido. Donde la desconfianza de la razón, lo tildase de loco. Allá donde el pueblo llano no lo comprende, y la joven ciudad lo juzgue.

Te vi crecer menudo, y aún me recuerda tu silueta, al Joaquín Sabina, más desgarbado de los años ochenta. Flaco genio, de sabiduría rural y costumbres rústicas.

Suerte, haber conocido a tan peculiar figura. Amante de la noche calma, del negro cielo y sus estrellas. De la música que brota del silencio, fundiéndose con el ambiente. De la causalidad buscada.

Trovador moderno, extrovertido soñador de ojos abiertos. Hacedor de melodías, genio de la improvisación.

Afortunado me siento, de haber compartido tantos escenarios contigo. De la noche al día. Bailamos la zorba griega, montamos en Tiovivo en el parisino barrio de Notredame, nos sumergimos en la atmósfera envolvente de Andrómeda, o Acaloraos buscábamos la refrescante sombra de La Higuera.

En fin, buenos momentos que me llevé. Y hoy quisiera agradecértelo, ahora que son días difíciles para tí. Mostrándote mi apoyo para lo que necesites, tendiéndote una silla en el camino.

Un abrazo, y recuerda: que hay que quemar el cielo si es preciso, por vivir 1.

 

1. La era está pariendo un corazón. Silvio Rodríguez.

 

 

La llamaban constancia

La llamaban constancia

Hace unos días, oía una cita que no me dejaba indiferente. Una de esas frases que te roban un tiempo para ser pensadas: la vida es eso que pasa, mientras nosotros hacemos otros planes.

Planes que no llegamos a concretar, por nuestro inconformismo innato, o carencia de constancia. Planes que hacemos y deshacemos, mientras la vida pasa por delante de nuestras narices.

Por ese motivo, hay libros de auto – ayuda para dejar de fumar, para llevar una vida saludable aligerando unos kilitos, otros que te enseñan a sobrevivir… en definitiva, se ha escrito de todo. Pero no se sabe cómo debe vivirse ésta. Y cuando hablo de ésta, me refiero a la vida. A eso que se esfuma en silencio, mientras nos complicamos nuestra supervivencia, con banalidades.

No hay un manual nítido, que heredemos de generación en generación, donde se nos explique nuestros pasos sobre la faz de La Tierra.

Nos aconsejan que no dudemos en nuestras elecciones, que tomemos las alternativas con decisión, una vez razonadas. O, en cambio, que nos dejemos guiar por nuestros sentimientos, que no nos comamos el coco.

Pero ya actuemos, de un modo u otro, a mí siempre me queda la sensación de que pudo ser mejor. O, al menos, de otro modo.

También, nos señalan que nos marquemos metas asequibles, que tengan un horizonte cercano.

Por esta razón, cuando te embarcaste en la cruda elección de estudiar unas oposiciones, de tal calibre, ni por asomo pensaste que pudiera ser tan duro el camino a realizar. Tu plan sacrificaría parte de tu vida, para un mejor futuro, no garantizado. Un plan arriesgado, sin duda. Una valiente apuesta, al alcance de una minoría.

Un movimiento a largo plazo, que coqueteaba, a menudo, con las lindes del fracaso.

Por eso, a toro pasado, las cosas se van viendo con un optimismo, antaño no imaginado. Con un colorido vivaz, que esconde los apagados tonos del pasado, aún no digerido del todo.

 

Cómo olvidar, el esfuerzo que te ha supuesto lograr tan difícil objetivo. Levantarme a las ocho o a las nueve de la mañana, y verte a diario en tu puesto de trabajo. O despertarme, los días de descanso, oyendo enlazar parrafadas infumables, de ese lenguaje obsoleto que mantiene el derecho.

Encontrar tu silueta sobre la silla azul, en el pequeño zulo que bautizamos como la habitación de estudio. Chocar con el rastro de tabaco y café recién hecho, camino al cuarto de aseo.

 

 

 

Tu aventura comenzó un 07 de Marzo de 2005.

La llamaban constancia, cosa que se dice de alguien, alabando una trayectoria regular. Un continuar pese a las trabas. Un ejercicio de perseverancia continuado, muy cercano al masoquismo. Un decir sí, pese a que tu cuerpo piense un no. Constancia es, en definitiva, tirar para adelante del carro, con firmeza, sacrificando muchas cosas, ansiando una meta.

 

Siete meses después, nos presentaron en el ruido de la noche. Húmeda de alcoholes, en una fría discoteca elitista. Y tras unas abruptas, primeras conversaciones, comprendí que eras el norte que andaba buscando.

Aparte de sincera, con pinceladas bordes, tenías las ideas muy claras. Yo, en cambio, sólo tenía planes y más planes, (vivía sin vivir).

Nuestra independencia, al tiempo, fue un paso valiente, otro más. Demostrando que el estudio y la convivencia de pareja, no están reñidos. Y no me hizo falta mucho tiempo, para rumiar el sacrificio que hacías todos los días. Vivirlo como lo había bregado tu madre tiempo atrás, o los martes que compartías con ella, en la visita semanal a casa de tus padres.

 

Un día decidí, que debíamos ser uno más en casa. Pensando en aliviarte las largas horas de estudio, sola en casa…

Jamás pensé, que pudiera cogerle tanto cariño a un animal. Me tuve que tragar, nuevamente, mis prejuicios. Humanizando comportamientos que anteriormente hubiese achacado al instinto. Así Pipo, nuestro joven gato, ha conseguido lo que buscaba de él, amenizar la convivencia, que te hiciera compañía, y, con el tiempo, alzarse en el objeto mimado de nuestro hogar.

 

No he dejado de aprender cosas a tu lado: a ser casi - puntual, a agradecerle a mis padres sus esfuerzos, por muy ñoños que parezcan, e incluso me impulsaste a continuar los estudios universitarios.

 

Como tú, llevo algo más de una semana sin digerir lo que has conseguido. Me parece tan raro poner música en casa, que salgamos de compras, que vayas a la playa, o que te arregles para irte con tus amigas...

Seguramente, lo empieces a asimilar al tiempo, cuando tengas que repetirte, una y otra mañana, hoy no tengo que estudiar.

A mí, me felicitan, por la parte que me toca. Y quiero pensar que lo hacen por el hecho de compartir vida contigo. Y por desearnos una existencia más relajada y plural.

También quisiera yo felicitarte hoy, por la parte que te toca.

 

 

P.D.: Manda huevos que las dos últimas veces que lloré lo hiciera en Madrid, en la Calle Hernani. Pero qué diferentes la una de la otra.

EL DESEO

EL DESEO

Había concebido el deseo, desde que leí acerca de las filosofías orientales, como una voluntad incómoda. Un impulso cargado de ignorancia, que además aportaba sufrimiento.

Visto de este modo el deseo, no resulta extraño que queramos desprendernos de él. Extinguirlo, entrando en esa especie de trance, bautizado como nirvana, que budistas y espiritualistas orientales en general, entendían como la no-acción.

Reconozco que esta idea del no-pensar, de la quietud, o unión con el Todo, son pensamientos muy exóticos, y por ello, atractivos. Pero hoy en día, no satisfacen ya mi apetito intelectual. Esto no quiere decir, que continúe pensando que el desear, como acto consciente y autodirigido a un objeto, sea un lastre emocional. Como decía al principio, una incómoda voluntad, que no sacia jamás.

Pero, ¿alguien cree que es posible dejar de desear? Es decir, ¿retirarse a una vida de meditación – contemplación? ¿Fumigar cualquier pulsión, y no ser arrastrado tras el alud consumista?

Complejo, ¿no? En un mundo donde olvidar el móvil en casa se ha convertido en una catástrofe.

Sin duda, el deseo es sufrimiento, y acabar con él, es acabar con la vida vivida. Vivir sin desear, es como vivir sin vida. Estamos abocados al sufrimiento, al ejercicio de desear lo no-tenido, para luego, desear otra cosa, ad infinitum.

Plagiando a Schopenhauer, diríamos que hay una voluntad universal, que denominamos deseo. Un espíritu que va de un lugar a otro, que da vida a la existencia, y que no harta jamás su apetito. Sí, somos infelices por constitución, o insaciables, que no hiere tanto a nuestro ego.

También Sören Kierkegaard, desde mi modesto punto de vista, dejó una destacada pincelada artística, al referirse al deseo, y más concretamente al acto de la elección. Para éste filósofo, no sólo se producía sufrimiento al desear, sino que el elegir, se presentaba como una tragedia cotidiana. Eligiendo, dejamos de lado otras posibilidades de actuar. Ya que al ejecutar una acción, la otra u otras, no llegan a culminarse, con lo que estas pérdidas conscientes, son dolorosas. Es un razonamiento muy cercano al del desear. Ya que en éste, no se tiene lo que se anhela, y esta aspiración dispara la angustia. Y en el otro acto, hay una abundancia de posibilidades, que finaliza en la elección de una y muerte de otras.

Pero no hace mucho, me llegó un documento de video, en el que el filósofo Gilles Deleuze, hablaba sobre el deseo. Una definición que se me presentó como original, la cual me hizo pensar y recapitular por lo que antes, había sido mi noción de deseo.

Para el citado filósofo francés, el deseo ya no es algo tan simple como el anhelar cierto objeto. Su idea de deseo va ligada a lo que se crea. Es decir, va de la mano del constructivismo.

No hay deseo a algo sin un contexto. Cuando quiero algo, lo quiero porque antes lo he imaginado de una forma. Por tanto, anterior al deseo, nace un constructo ideal, de cómo va a producirse esa querencia… No quiero una cosa en sí, quiero un determinado constructo idealizado.

Por eso, cuando me enamoro no sólo me enamoro de ella. Me enamoro, al mismo tiempo, de una idealización contextual determinada.

Así, el sufrimiento se podría justificar como la incertidumbre creada por lo no-acontecido. Lo que aún no - es, o sólo es en mi pensamiento, y quiere ser de un modo fáctico. Realizar en la práctica lo pensado en la mente… Esta codicia es la que altera nuestro comportamiento, la que nos saca de la calma, y nos sumerge en lo inestable.

El animal humano, como entidad no-acabada, tiene que hacer-se. Y es en este enfrentamiento con la realidad, en palabras heideggerianas: estar-en-el-mundo, donde se va formando cada entidad personal.  Cada sujeto crece de la lucha incesante que mantiene en su mundo. Somos lo que somos, nuestra existencia, y nuestras circunstancias, como viera Ortega.  Y forzosamente, en esta tarea de existir, que no culmina: se desea, se elige, y claro está, se sufre inevitablemente…

Golpe a golpe, va construyéndose mi subjetividad. Mezcla de razonamientos, de voluntades, de sentimientos, etc.

 

Terminando con la idea de G. Deleuze, y siguiendo el ejemplo anterior, entiendo que el desenamorarme sea, una fuga de crédito de la idea que tenía de cierta contextualización. Mi torre de babel derrumbada. Mis planes al garete. Y otra vez a empezar, otra vez a idealizar, y por lo tanto, a construir.

 

 

El hombre de los dados

Luke Rhinehart tiró los dados. Aguantó la respiración...

se jugaba algo más que la dignidad: destrozar su yo.

Borrón y cuenta nueva. No ser alguien.

Anticipar la muerte, fusionándola con la vida, o la existencia azarosa.

Adiós al aburrimiento. No habrá un hábito previsible, pensó.

La subjetividad construye barreras, levanta prejuicios, acoge a la hipocresía.

El azar se deja llevar, se deja llevar…

No desearás, no habrá sufrimiento posible, porque no es posible elegir.

El pensamiento queda huérfano, amputada la tarea que lo activa.

Fulminar el sujeto, (humano, demasiado humano)

 

El hombre de los dados: Luke Rhinehart, Editorial Destino, 1971


 

Travesía

 

 

            Jamás admitiría que la travesía comenzó sobre aguas calmas, o que cálidas brisas los acompañaban. Ignoraban el rumbo que con el paso de los días, amontonados en inagotables madrugadas, tomarían sus vidas. Pero el timón de la embarcación se fue gustando, arrojándose de cabeza, con ciertas dudas emocionales, miedos que terminaban esfumándose en la caricia...

El tacto suave, generoso del mar, les mostraba el Norte, ante el desinterés mutuo. Y convertían esta sutil sincronización en un dulce baile de salón.

Partieron sin brújula ni víveres, únicamente se dejaron guiar por el impulso ciego de sus corazones. Aquella madrugada ella le cogió la mano, acelerándole las palpitaciones, introduciéndole en un abismo incierto, conducidos por sus voluntades en silencio, hacia el anhelo del mismo propósito. Le guió entre el tumulto, para luego hundir al varón en la angustia carnal del deseo. La atracción era tan evidente como el nerviosismo patente de ambos.

Y fue entre la gente, con la calidez y seguridad que le transmitía su suave tacto, donde ella le enseñó el camino al puerto. Allí les esperaba encallado el barquito, elemento clave de esta travesía.

Pero la noche se extinguió, y continuaban en tierra firme. Por poco tiempo, porque días después, otra noche prohibida para él , terminó por despojarse de sus cadenas. Ella le arrancó las ligaduras con una única palabra, una sugerencia bañada de descaro, un ultimátum que huyó aquella madrugada del frío miedo, para unirse al más sincero sentimiento de sinceridad. A él le invadió la duda con su pavor y moral. Mas anduvo por sobre el bien y el mal, arrojando de este modo irracional, su conciencia al futuro.

Decidía vivir el presente... y sus cadenas cayeron al instante. Juzgando el momento, lo presente, como válido. Sintió horas más tarde, cómo se le escapaba inevitablemente su pasado. Miró al frente, para no padecer ningún síntoma de pánico, y entre dedo y dedo, entrelazados, brotaban unos apéndices que quiso fundir con los suyos.

Se besaron, siempre fieles al presente. Y sin ser conscientes fueron dejando atrás la orilla. Había quedado en otro plano, la veían perderse sin ningún matiz de tristeza, y comenzaron a despedirse del curso cíclico y lineal que había constituido los últimos años de sus vidas.

Luego llegaría el abrazo con su sensibilidad, impulsando él inagotables suspiros que le acercarían a la alta mar de su Isla. Al desarraigo definitivo de la costa, quedando más lejano el firme piso que los vestía de ataduras. Imaginaban en silencio cuantas veces habían sido carne del continente que iban extinguiendo con su invariable ir. Pero sus ojos fueron perdiendo esta perspectiva; fijando la visión que el horizonte les abría, en sensaciones teñidas de esperanza. La libertad era compatible con la unión que iban sellando. Tatuada en las almas de nuestros protagonistas.

Rápidamente pasaron de náufragos a noveles marineros, con el descaro con el cual premia la traviesa noche. Y la cotidianidad se enfundó cristalinas aguas, estancas pero limpias que les permitían observarse a diario. Frías, que fueron truncándose en más humanas. Más cálidas según pasaban los días. La estrella Polar tomó forma en las pupilas de los dos amantes, distinguiéndose magníficamente en el brillo de sus sonrisas. Y con ella, aprendieron nuevamente a caminar de la mano.

El aprendizaje fue lento, pero consiguieron dirigir con sentido su barquito. Tan débil en ocasiones, como infranqueable en otras. Siempre a salvo de corrientes, ajeno al turbio oleaje que les sacudió al inicio de dicha travesía.

Pasaron los primeros meses como pasan los días, inundados por las sonrisas recíprocas, arrastrados dulcemente por el vaivén acompasado de la complicidad y el cariño naciente. Las tormentas se perdieron con aquel otro mundo que dejaron tras sus pasos. No había cabida en el nuevo mundo para ella. Flotaban, no sería la única vez, sobre el tiempo y el espacio.

Para ganar hay que arriesgar, él nunca se creyó un valiente, pero la historia comenzaba a escribirse con grabados mayúsculos. Únicamente persistía tímidamente el amago de anclar sus existencias a la monotonía que dejaban tras ellos. Por ese motivo rehuían de los lazos del viejo mundo, apostando al riesgo todas sus fortunas, sabedores que en el intento moran el éxito y el fracaso.

Él no había nacido para ser un marinero de agua dulce, pendiente desde el acantilado a idealizar sobre otra vida. Hay que llevar a cabo los sueños, pensaba. Ella era más emprendedora, más nítida de ideas. Y sin quererlo, se convertía en el trampolín que le faltaba para cumplir sus metas.

El precipicio se hizo un leve escalón, un mero obstáculo que ni siquiera percibió. Su única ambición había sido crear una fingida realidad, sobre la que construyó una alta como débil catedral de ilusiones. Cayó por su propio peso cuando se cruzaron sus vidas.

Aquella madrugada empezaron a salir los primeros rayos de sol. Se hacía de día, y ella no soportaría mucho tiempo más sus miedos. Él tampoco podía disimular lo que sentía. Así empezó esta peculiar aventura. Ella ayudándole a subir a bordo, y él sin oponer resistencia. Desnudo como una cometa que se deja llevar por el viento. Elevaron el ancla, y un gusanillo se introdujo en sus estómagos. La fuerza de Eolo sobre las velas movió el pequeño barco. Suave, como apunté anteriormente, pero constante, cogiendo viveza, seguro con la inercia que iba tomando. La Isla de Eros se convirtió en la primera parada,... no hizo falta un libro de rutas o radar. La travesía era guiada por el instinto que les marcaban sus corazones.

 

                                                                                                A MaRiNa.