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La Morada del Unicornio

La llamaban constancia

La llamaban constancia

Hace unos días, oía una cita que no me dejaba indiferente. Una de esas frases que te roban un tiempo para ser pensadas: la vida es eso que pasa, mientras nosotros hacemos otros planes.

Planes que no llegamos a concretar, por nuestro inconformismo innato, o carencia de constancia. Planes que hacemos y deshacemos, mientras la vida pasa por delante de nuestras narices.

Por ese motivo, hay libros de auto – ayuda para dejar de fumar, para llevar una vida saludable aligerando unos kilitos, otros que te enseñan a sobrevivir… en definitiva, se ha escrito de todo. Pero no se sabe cómo debe vivirse ésta. Y cuando hablo de ésta, me refiero a la vida. A eso que se esfuma en silencio, mientras nos complicamos nuestra supervivencia, con banalidades.

No hay un manual nítido, que heredemos de generación en generación, donde se nos explique nuestros pasos sobre la faz de La Tierra.

Nos aconsejan que no dudemos en nuestras elecciones, que tomemos las alternativas con decisión, una vez razonadas. O, en cambio, que nos dejemos guiar por nuestros sentimientos, que no nos comamos el coco.

Pero ya actuemos, de un modo u otro, a mí siempre me queda la sensación de que pudo ser mejor. O, al menos, de otro modo.

También, nos señalan que nos marquemos metas asequibles, que tengan un horizonte cercano.

Por esta razón, cuando te embarcaste en la cruda elección de estudiar unas oposiciones, de tal calibre, ni por asomo pensaste que pudiera ser tan duro el camino a realizar. Tu plan sacrificaría parte de tu vida, para un mejor futuro, no garantizado. Un plan arriesgado, sin duda. Una valiente apuesta, al alcance de una minoría.

Un movimiento a largo plazo, que coqueteaba, a menudo, con las lindes del fracaso.

Por eso, a toro pasado, las cosas se van viendo con un optimismo, antaño no imaginado. Con un colorido vivaz, que esconde los apagados tonos del pasado, aún no digerido del todo.

 

Cómo olvidar, el esfuerzo que te ha supuesto lograr tan difícil objetivo. Levantarme a las ocho o a las nueve de la mañana, y verte a diario en tu puesto de trabajo. O despertarme, los días de descanso, oyendo enlazar parrafadas infumables, de ese lenguaje obsoleto que mantiene el derecho.

Encontrar tu silueta sobre la silla azul, en el pequeño zulo que bautizamos como la habitación de estudio. Chocar con el rastro de tabaco y café recién hecho, camino al cuarto de aseo.

 

 

 

Tu aventura comenzó un 07 de Marzo de 2005.

La llamaban constancia, cosa que se dice de alguien, alabando una trayectoria regular. Un continuar pese a las trabas. Un ejercicio de perseverancia continuado, muy cercano al masoquismo. Un decir sí, pese a que tu cuerpo piense un no. Constancia es, en definitiva, tirar para adelante del carro, con firmeza, sacrificando muchas cosas, ansiando una meta.

 

Siete meses después, nos presentaron en el ruido de la noche. Húmeda de alcoholes, en una fría discoteca elitista. Y tras unas abruptas, primeras conversaciones, comprendí que eras el norte que andaba buscando.

Aparte de sincera, con pinceladas bordes, tenías las ideas muy claras. Yo, en cambio, sólo tenía planes y más planes, (vivía sin vivir).

Nuestra independencia, al tiempo, fue un paso valiente, otro más. Demostrando que el estudio y la convivencia de pareja, no están reñidos. Y no me hizo falta mucho tiempo, para rumiar el sacrificio que hacías todos los días. Vivirlo como lo había bregado tu madre tiempo atrás, o los martes que compartías con ella, en la visita semanal a casa de tus padres.

 

Un día decidí, que debíamos ser uno más en casa. Pensando en aliviarte las largas horas de estudio, sola en casa…

Jamás pensé, que pudiera cogerle tanto cariño a un animal. Me tuve que tragar, nuevamente, mis prejuicios. Humanizando comportamientos que anteriormente hubiese achacado al instinto. Así Pipo, nuestro joven gato, ha conseguido lo que buscaba de él, amenizar la convivencia, que te hiciera compañía, y, con el tiempo, alzarse en el objeto mimado de nuestro hogar.

 

No he dejado de aprender cosas a tu lado: a ser casi - puntual, a agradecerle a mis padres sus esfuerzos, por muy ñoños que parezcan, e incluso me impulsaste a continuar los estudios universitarios.

 

Como tú, llevo algo más de una semana sin digerir lo que has conseguido. Me parece tan raro poner música en casa, que salgamos de compras, que vayas a la playa, o que te arregles para irte con tus amigas...

Seguramente, lo empieces a asimilar al tiempo, cuando tengas que repetirte, una y otra mañana, hoy no tengo que estudiar.

A mí, me felicitan, por la parte que me toca. Y quiero pensar que lo hacen por el hecho de compartir vida contigo. Y por desearnos una existencia más relajada y plural.

También quisiera yo felicitarte hoy, por la parte que te toca.

 

 

P.D.: Manda huevos que las dos últimas veces que lloré lo hiciera en Madrid, en la Calle Hernani. Pero qué diferentes la una de la otra.

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