Yo, apátrida
Corría el verano de 2.006, ardía Galicia. Cuando en un televisor aparecía el líder de la oposición, manguera en mano, apagando un fuego que ya se habían encargado otros de extinguir. Conocía la afición del Sr. Rajoy al ciclismo, pero no supe hasta hace unas semanas de su gusto por el cuerpo de Bomberos. El hecho es que la foto salió publicada en casi todos los periódicos de este país, tan sensacionalistas como intelectuales periodísticamente hablando. Incluso se atrevió a decir algunas palabras, que fueron difundidas por la caja tonta. En su línea, arremetiendo contra el actual gobierno, contra los sociatas, alegando que gran culpa de que ardiera Galicia se debía a la dejadez del partido que dirige J.L. Rodríguez Zapatero.
No creo que entrase en los objetivos del partido socialista quemar la Comunidad gallega. Como tampoco culparía de mala fe al Partido Popular en el caso Prestige. Aunque más de un popular siga regando su cerebro con chapapote.
Es cierto que la España invertebrada de Unamuno dista mucho de la España de ZP. Empezando por el fervor político que se vivía antaño, o el ideal de Cultura latente de primeros de siglo pasado. Pero también hay cosas que continúan pareciéndonos perennes, que quisiéramos jubilar, y continúan vivas. Me refiero a la pasión desmedida de los ideales. Porque aunque todos tomemos partido en un bando o en otro, sin creer que esa posición nos librará de nuestros miedos, o que ese conjunto de señores y señoras que elegimos democráticamente en las urnas, puedan solventar nuestros problemas, no existe hoy en día lo que se conoce como fe política. La izquierda y la derecha, o viceversa, sin ser lo mismo proliferan de igual modo.
A todos nos han dicho alguna vez en la vida que los excesos no son buenos, y basta con probarlos, para darse cuenta. Sólo el hombre es el animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Y tres, cuatro, … y toda una vida. El error no duerme, siempre está al acecho de la acción venidera. Atento, despierto, vigía de nuestros movimientos. Pero al igual que la poesía, el mundo se interpreta de muchas formas. Y darnos cuenta de la equivocación, no asegura el éxito futuro.
Tan recientes los capítulos de racismo y xenofobia que asolaron el Viejo Continente, aún vemos jóvenes con esvásticas y símbolos teñidos de sangre intrínseca, que alimentan su mente hueca con ideales nacidos en el odio y la soledad humana.
Hace tiempo perdí la ilusión por situarme en un ala o en otra, generacionalmente influido por mis coetáneos, desilusionados por los acontecimientos que van regando mi vida. Y por eso hoy preferimos manifestarnos en botellón, traer el cine a casa gracias a Internet o habitar en casa de nuestros padres, porque dicho sea de paso, es donde mejor se sigue viviendo. Y no quiere decir que hayamos perdido la ilusión por crear una familia, o que elegimos la opción más cómoda, que ya lo pudiera ser. Me refiero a la imposibilidad material de emanciparse por cuenta propia.
Me da pena, miedo de encender el televisor y llenar la conciencia de catástrofes y miserias. O salir a la calle, sin viajar tan lejos, y percibir que donde vivo, paseo, respiro; brotan elementos como para rellenar varios noticiarios.
No es otro mundo el que vemos en la pantalla, el que a diario nos muestra la situación mundial, es nuestro mundo, aunque cada vez nos afecte menos. Por eso mismo, que el Sr. Rajoy y sus discípulos aventajados copen las cadenas televisivas atacando el modelo político socialista, no me preocupa. Me afecta que arda Galicia, que miles de personas mueran en el deseo de pisar Europa, en busca de una dignidad que jamás conocerán, o que el trabajo sea más precario. Eso sí me duele. Como el hecho de que la política juegue al frontón, unos golpeando pelotas que son repelidas por los otros. Da igual el bando, lo que importa es la inexistente y urgente necesidad de dar soluciones.
Que no tengamos valores, ni fuerzas para unirnos y exigir el cumplimiento de las promesas electorales es signo de impotencia. Que el paro suba, que no me sobrecoja ya la muerte de una mujer a manos de su marido resulta triste, porque la repetición es hábito, y el hábito no convive con la sorpresa.
Aletargados vivimos, dejando pasar las horas y los días, pasan los años, y la vida, buscando razones en este mundo de sin-razón. En el que todavía morimos unos pocos con la idea de que otro mundo mejor, es posible. Aunque quien lo defienda a voz viva lo tachen de loco, o perro verde. Ese vagamundo que aún tiene su espacio en las antenas, allá en su colina. Divina locura, por otra parte.
En otro tiempo me enseñaron los presocráticos a buscarle principio a todas las cosas. Lo llamaron arjé. Y como el final de nuestra historia ya lo sabemos, quise ver que el mundo no era tan caos como lo pintan, ni tan egoísta el yo con el que se nos llena la boca poniendo fronteras, no sólo en los territorios, también en las pequeñas cosas. Pero pienso en el Amor como principio de todas las cosas, para que me siga haciendo creer en el ser humano. Aunque su antónimo esté empeñado en sembrar todos los rincones del planeta. Y supongo que será porque el amor no se puede representar sin odio, ni al revés.
Con esta sabia conclusión, entendí que el mundo debía ser puesto al mandato de una nación potente, un líder carismático, y un pueblo sublevado, omiso al poder que se le otorga. Una deidad que nos proteja de los terroristas y sus amenazas, que tenga el respaldo unánime de toda la comunidad mundial. Entiéndase de los que buscan la paz, la libertad, y todos esos conceptos metafísicos que llevan acuñada la palabra guerra en sus entrañas. Porque siempre existirá otro bando que bañe las tierras con odio y terror. Siempre habrá quien pensará que lo suyo es lo mejor, y esto no es lo peor. La incredulidad comienza con la donación gratuita de tan desmesurada generosidad. Y acaba con la imposición de mi idea sobre la tuya, pisoteando culturas. Con la metralla como lengua universal. Pero a día de hoy, sigo sin hablar el dialecto ofensivo del que me habla el ahora inquilino de la Casa Blanca.
Prefiero hacer el amor a la guerra, morir de pie, a arrodillarme ante tus proyectos invasores, y darle gracias a La Tierra por no haber suplantado pozos petrolíferos sobre la vieja Hispania. Así sé de buena fe, que tus visitas irán guiadas a degustar la rica gastronomía de estos territorios que luchan por independencias, estatutos y no sé qué autonomías.
Hace unos días desconecté del mundo, no por gusto, o sí, porque las vacaciones se eligen, no se imponen. Y en la tranquilidad y pensamiento que dan las horas muertas, no dejé de pensar en todas estas cosas y en más, que se pasearon por la retina fugazmente, para luego abandonarme. Pensamientos que nacen con la pulcritud y el deseo puro que proporcionan las soluciones. Y sin tenerlas, las anhelo. Porque el amor no moverá montañas, ni alimentará el capitalismo latente. Tampoco pondrá remedio a mis preocupaciones, ni me asegura que me reserve un futuro mejor. Pero el amor al poder mueve a señores sobre la faz de la tierra. Mientras otros se desviven por el amor e ilusión de llegar a ser profesionales del arte o los deportes. Yo sólo he pedido por unas horas olvidar el teléfono móvil, la televisión. Mirarme al espejo y verme reflejado en lo que me he convertido. Porque mi amor no exige cotas tan elevadas, metas que ya no podré alcanzar. Mi amor vive en el deseo de sentir mi pequeño mundo unido e identificado al otro gran mundo. Al que me acerca la televisión o la radio. No despegarme de el, aunque me produzca insensibilidad con los años. Y borrar las fronteras que los ojos ególatras de humano dibujaron sobre mapas. Sin duda, otro mundo mejor, es posible.
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