Mi particular domingo
Mi particular Domingo había empezado muy temprano. Apenas tres horas pude dormir, la boda se alargó más de lo esperado. Y como era habitual, el despertador sonaba puntual, marché al trabajo.
Cuando luego desperté por la tarde-noche, tuve la ingrata sensación de haber desperdiciado una tarde de Domingo. Olía a tertulias de fútbol, programación televisiva aburrida, terrazas de café y té. Aunque mi única preocupación era tomar la decisión de merendar o cenar.
Eran las 06:25, camino al trabajo, cuando apareció el deporte de moda, la Fórmula Uno. Yo simplemente, buscaba noticias como todas las mañanas, pero la audiencia manda.
Mañana lluviosa en el Circuito de Fuji, correspondiente al Gran Premio de Japón. No habría salida desde la parrilla, y el safeti car ya había aparecido. Todo iba tomando un tono gris, en concordancia con la climatología nipona.
En el trabajo, todos pendientes del televisor, no era el NODO, se trataba de la Alonsomanía. Unos pronosticando el desenlace de la carrera, otros preguntando irónicamente cuánto faltaba para las 15:00 horas, cuando aún no eran ni las 07:00 horas.
Ya había fichado y recogido todo el material necesario para desempeñar mi labor. También pasaban varios minutos de la hora de comienzo, pero allí estábamos todos, viendo cómo el coche de seguridad encabezaba la carrera. A la vez, presenciábamos cómo disminuían el número de vueltas, y los presagios no podían ser halagüeños.
Me enteré sobre las 08:30 horas creo recordar. Mi disposición a oír la emisora esta mañana se potenciaba esperando noticias desde Japón. No había suficiente trabajo aún para entorpecer el tráfico de mensajes cortos. Por eso, eran continuos los apuntes sobre el desarrollo de la carrera. Y tras un desordenado número de intervenciones, supimos que Alonso se había salido de pista, y abandonaba. No volvió a comentarse nada más de Formula Uno.
Como dice la canción, y nos dieron las diez, las once, las doce y las una... hasta que poco a poco dieron las 15:00 horas. Y si no llega a ser por la voz apática de un comunicador radiofónico, éste ingrato Domingo no hubiese pensado más en Fórmula Uno. Pero hablaba de complots y artes sucias en torno a la figura del piloto asturiano. También del creciente favoritismo sobre Hamilton. Un debate que se ha dilatado toda la temporada, y hoy lo iniciaba el anónimo periodista con un tono cansino, plomizo, que invitaba a la realización futura de una ardua investigación. Yo, en cambio, únicamente buscaba una comida rápida y, una siesta merecida.
Por eso, cuando desperté supe que la siesta no había sido tal. Había conseguido enlazar más horas de sueño que en la madrugada. Volví a recordar a Alonso. Y sentí que me había salido de pista a mi modo. Toda una tarde durmiendo, haciendo mías las bíblicas palabras:
«El Séptimo día Dios tuvo terminado su trabajo, y descansó en ese día de todo lo que había hecho. Bendijo Dios el Séptimo día y lo hizo santo, porque ese día descansó de sus trabajos después de toda esta creación que había hecho» (Gn 2 2-3).
A decir verdad, no había realizado ninguna creación. Pero de una cosa estaba seguro, se trataba del séptimo día, y había finalizado mi trabajo, también. Así que copié el mensaje divino, dejándome caer sobre mi catre, como un santo. Bendita tarde de Domingo.
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