Chispazos
CHISPAZOS
Cuando el 14 de Noviembre de 1.996 cogía el tren destino a Bobadilla, no pensaba ni por asomo, lo lentos que podían consumirse nueve meses.
Los más largos de mi vida.
Partía con la convicción de que algo cambiaría a la vuelta. Escapando de los tópicos de realizarme como hombre, o aprender oficios nuevos. A cambio, me llevé un buen ramillete de amigos, que el tiempo ha convertido en conocidos, y las eras venideras truncarán en polvo.
Me traje también los buenos recuerdos, pero muy a mi pesar, quedará como la etapa más gris y triste de mi existencia. Nueve meses como nueve años.
(…)
La primavera despuntaba sus caprichosas armas de complicidad. Requería ser vivida siempre a dúo, y ella marchaba.
Recordaba aún como entró en mi vida, con la velocidad ingenua con la que de chiquillos lo vivimos todo. Razonando precipitadamente nuestras acciones, que desembocaban irremediablemente siempre, en el desenfreno pasional.
Corría por entonces el mes de Octubre, y nadie me avisó que nos separaríamos, cuando de sus labios ya mordía el veneno.
(…)
Le arropé el cuerpo desnudo con mucho mimo, con tanta delicadeza como sigilo. Podría ser la última vez que cubriese con sábanas aquella figura morena, que continuaba empapada en sudor.
Ella apenas se inquietó al percibir el detalle. Permaneció inmóvil, con los ojos cerrados, únicamente se perfiló un ligero esbozo de sonrisa en su fina tez. Luego rompió a llorar. Madrid nacía en nuestras vidas como una piedra en el camino. Un obstáculo que crecía gigante desde mi perspectiva de soldado herido.
Mientras tanto, seguía empapándole su cuerpo. Ahora lo hacía con mis lágrimas, que caían en torrente sobre lo que le quedaba de espalda desnuda.
(…)
La miró a los ojos, se coló por ellos, y vio en el interior de su alma el pájaro enjaulado que había en ella. Comprendió la tristeza que brillaba desde hacía semanas en su cara. Luego, apartó la mirada súbitamente, cual cazador arrepentido de su oficio. Y quiso dejar escapar aquella criatura de las rejas que la cercaban, pero no tuvo fuerzas para decírselo.
Tampoco para explicarle que sus amigos seguían jugando, y que él ya era viejo para alma tan joven.
Afuera, los demás seres revoloteaban libres, tan libres que no eran ni siquiera conscientes de su libertad.
(…)
Cuando el 21 de Octubre de 2.005, curiosamente desde un lugar llamado Andén, pero sin tren, cogía el mío. Nadie me explicó lo rápido que pueden llegar a pasar nueve meses.
Los más cortos de mi vida.
Ya se habían encargado de avisarme de niño, repetidamente, de la existencia de un tranvía que debía coger. No había percibido señal alguna, todos estos años atrás, y empezaba a creer que cabía la posibilidad de que el convoy hubiese pasado ya. De que me hubiese apeado una vez iniciado el trayecto correcto. O que esa locomotora negra, toda ella de hierro, movida por una máquina de vapor, como la imaginaba, aún no se había detenido en mi andén.
Aquel frío Otoño, cálido para mi corazón, aguardaba inconscientemente el paso del tren. Y pasó como pasan las cosas que llegan y se van tal como vienen. Con la velocidad con que un colibrí mueve sus alas.
Subí al vagón, y aún permanezco en ese instante que el poeta quiso detener, por considerarlo mágico. Pero la felicidad no se detiene, se dilata velozmente por la línea del tiempo.
Ya han pasado nueve meses, como nueve días. Gracias vida.
(…)
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