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La Morada del Unicornio

Aquellos botellones

Aquellos botellones

Aquellos botellones          21/12/2008

 

Pasado el tiempo, y visto desde otra perspectiva más serena, veo cómo transcurrió gran parte de mi juventud. No diré jamás que me arrepienta de haber entregado tanto tiempo a salir de noche. Quien bien me conoce, sabe cómo disfruté aquellas noches de diálogo, entre copas, bajo la majestuosa catedral de Málaga.

Habiendo sido testigo, de aquello que la élite bautizó como botellón o botellona, me siento orgulloso, y saco pecho hoy por ello.

Realmente, es un ejercicio pubertoso nacido en la era de los 80. ¿Quién no recuerda en aquellos años, a los enganchados a la heroína? Frecuentadores de parques y jardines, con sus inseparables zapatillas Yumas de tiras naranjas. Cómo devoraban litros y litros de cerveza, entre pico y pico...

Época, en la que los hermanos mayores de mi generación, con su viejo loro, también las bebían oyendo los ritmos de su tiempo, en grupos identificados por sus creencias musicales e ideológicas: punkies, heavies, vanguardistas, rockeros, etc.

Posteriormente, a los primeros botellones, (en esta breve historia del botellón español), la cerveza, se permutó o se combinó con lo que se conoció por Calimocho, (mezcla de vino y coca – cola, genuinamente), primo hermano del tinto de verano y del rebujito.

Pero la sociedad avanzaba, la democracia se hacía más sólida, y comenzaba a gestarse un estado de bienestar, que tuvo también su reflejo en el botellón. Dimos un salto cualitativo, y del vino y la cerveza, pasamos al Whisky y al Ron. Encontramos un modo de reunirnos semanalmente, donde dialogábamos pacíficamente sobre fútbol, moda, novios/as, ligues, política, cotilleos,… pero sobre todo, a lo que a mí me respecta, fútbol y mujeres. Y de todo este movimiento, nacido en el silencio y relaciones sociales, creamos lo que las autoridades consideran a día de hoy, un escollo de difícil solución, a escala nacional.

Yendo al final de esta historia. Cuando el ocio se ha convertido en vicio, y éste, en problema social-moral. Parece injustamente, que sobre los jóvenes, recae toda la responsabilidad del alcoholismo… Se han llegado a crear botellódromos, para que la práctica de estos eventos continúe, bajo lo que llaman un control responsable del problema. (No sé si ganan en control, pero en votos seguro).

En Málaga, (aunque me cuentan y he conocido otras ciudades y pueblos con la misma estrategia), son capaces de cortar el tráfico desde las  22:00 horas a las 03:00 horas de la madrugada, del céntrico Paseo de los Curas. Para que cientos de jóvenes, se agrupen y beban legalmente. Esto quiere decir, con la ley en la mano, que si te sales del redil portando una copa, estás expuesto a una multa.

Sin embargo, si la copa la bebes sentado en una terraza de bar, la ley te ampara. Porque ya no das una mala imagen, si no que participas de la noche. Y se entiende, que tampoco tienes el riesgo de alcoholizarte, principal preocupación de nuestros políticos.

La multa por hacer un botellón fuera del establo la pagamos en Málaga a 300 euros. Mientras que la de verter el caldo ingerido previamente, en las aceras, asciende a 750 euros. También multan por tirar cáscaras de pipas, chicles, colillas, o esputar, con semejantes cantidades. He logrado reunir todas esas sanciones en una sola noche, miedo me da salir a la calle. Por lo que  si sacamos una rápida conclusión: es conveniente ser cerdo en la piara, y mear en la palangana. Pues no está la cosa para regalar dinero a las arcas públicas.

 

¿Qué ha cambiado en este país, en esta sociedad, para ilegalizar el consumo de alcohol en la calle? ¿Por qué ahora sí, y antes no?  ¿Por qué en unas ciudades sí, y en otras no?

No sé vosotros, pero yo recuerdo los botellones que se marcaban en el campo o la playa nuestros padres. Gracias a ellos, aprendimos a organizar moragas y barbacoas, como dios manda. También nos enseñaron que se puede conducir con algunas copas, o justo después de tomar un café con sal. Aquellos coches con piloto automático, ya no se fabrican, lamentablemente. Por esta razón, algunos de nosotros, podemos presumir de haber experimentado la conducción ebria, gracias a que heredamos vehículos paternos o de segunda mano.

¡Qué tiempos!, en los que un par de cervezas no ponían freno a nuestra libertad de movimiento.

Que no nos hagan sentir culpables, somos lo que nos han hecho, en esto nos han convertido. Somos, el resultado de una cultura y una pésima educación cívica.

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