Amor propio
Partimos del sujeto. De la subjetividad humana que se crea al pensar. Me remonto pues, al nacimiento de la filosofía moderna. Al yo sustancia pensante (res cogitans). Me imagino al Descartes de las Meditaciones. Dudando de todo, frotándose sus manos frías, metido en su bata, mientras se mece en una butaca, frente a una chimenea.
Dudando de todo, excepto del ejercicio de la duda.
Desde este instante, el sujeto humano, cae rendido a las redes de su propio ego.
Será capaz de poner en análisis, su invención. El objeto ya no serán sólo las cosas físicas de la naturaleza. Creará otras ciencias, llamadas del espíritu: psicología, hermenéutica, historia, sociología, etc. Para estudiarse a sí mismo. Con lo que tenemos que los sujetos, pasan a ser objetos de análisis, para ellos mismos.
Ya no es Dios quien me da respuestas. En su lugar, el hombre se ha alzado, divinizado por un humanismo que promete dar las respuestas que Dios no ha satisfecho.
Pero no todo se reduce a un conócete a ti mismo, que tanto ha promulgado la filosofía, a lo largo de la historia. Tampoco se subyuga la labor humana, al conocer utilitarista, poniendo como herramienta de investigación a sus semejantes. ¡Qué triste sería la vida, si sólo utilizáramos la inteligencia al servicio de la Razón! Si no nos dejáramos empujar, en ocasiones por impulsos ciegos de racionalidad…
Imaginemos que salgo de mí, para ponerme en el lugar del otro, (empatía). Provoco un acto de des-personalización. Que a mi humilde entender, siempre será en sentido positivo, pues mi abandono, es ganancia de objetividad.
Se produce una introyección. Por tanto, hago míos, unos procesos mentales que no son propios de mi subjetividad.
La pérdida de subjetividad, es entendida consecuentemente, como un ingreso de perspectiva. Una pluralidad de conocimiento del medio, que siempre será efectiva.
Pero normalmente, las vivencias, de uno mismo, inyectadas en las normas de la sociedad, conducidas por la inconsciencia del hábito, son creadoras de sujetos. Permanecemos herméticamente cerrados al resto de sujetos. Empobrecemos nuestro horizonte, en una especie de solipsismo, en el que entendemos que nuestro mundo y nuestras circunstancias, son el mundo y circunstancias ajenas.
Esto se ve mejor, cuando tratamos con el amor: para dar amor, debo tener. Y eso sólo lo consigo, si antes he abierto mi individualidad al mundo. Si he conducido mi voluntad al conocimiento de los otros. Siempre me gusta recordarme que dar es recibir, porque son de esas sentencias, que no sólo son prácticas por su connotación simpática, sino que cuando realmente la pones en práctica, logras entender todo su alcance.
De este modo, si se cumple como profetizaron los estructuralistas, la muerte del sujeto… ¿qué quedará de nosotros? ¡Déjennos vivir con la ficción, no rompan nuestro sueño! Son muchos años de constructo humano, para que ahora nos vengan a decir, que estamos arrojados al mundo, desnudos de yo. Sólo hicimos de nuestro amor propio, un soporte vital.
Hay quien no ha digerido aún la muerte de Dios… ¿cómo desentrañar que el yo es otra ficción?
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