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La Morada del Unicornio

El anorak

El anorak

                                                                                              I

                                              

                El frío Enero se hacía notar en el vaho de las ventanas. Mientras tanto, ella recogía sus últimas y necesarias pertenencias antes de dirigirse al trabajo. Una vez en la calle, se colocó bien la bufanda, y se cerró el anorak que lucía por vez primera. Era un regalo de su madre, en el día de Reyes. Y como anillo al dedo, en aquella mañana gélida de invierno le dio uso.

Se subió al autobús, puntual aquel amanecer, y saludando al conductor abonó la comisión necesaria para ejercer el derecho de viajar sobre el antiguo vehículo. Miró, por dos veces más, al conductor, creyendo que lo conocía. Su cara le despertó el recuerdo de alguien. Cualquiera que hubiese cruzado su vida por algún centro comercial, calle, cafetería, hospital, metro… la gran ciudad vuelve impersonales a las personas, y le fue imposible situar aquella cara en una situación ya vivida.

Acomodada junto a un señor de abundante barba, no se dirigieron palabra en todo el trayecto. Aunque ella lo saludara decidida, a la vez que lo inundaba del perfume que se desprendía del cuerpo recién duchado. Luego, todo sería tan frío como el paisaje que se palpaba en el exterior del móvil.

El Sol comenzó a discernirse, leve pero deseado, cuando el autobús urbano llegaba al final de su lineal recorrido. Pero tan breve en tiempo, que no daba opción a gozar sus rayos matutinos. Rápidamente eran absorbidos por nubes negras, amenazantes desde la altura. Incluso más altas que el conjunto de rascacielos que constituían el centro de negocios donde tras tres cuartos de hora, se detenía el automóvil público.

 

Al tiempo, Ana entró en su despacho, y la impresión de su rostro reflejaba una desconfianza poco corriente en la expresión amable y hospitalaria de su carácter. Oteó hoja por hoja todo su escritorio. Algo había que no le gustaba, algo que se situaba en el lado oscuro de la desconfianza, en el umbral de la sospecha.

Recordaba todo de otra forma, pensaba que finalmente le dio tiempo a ordenarlo el día anterior, pero no era así. Tampoco cabía la posibilidad de que alguien hubiese estado husmeando en su despacho.

Decidió salir a tomar café, de este modo olvidaría lo del desorden imprevisto en su despacho, y comentar con sus compañeros la jornada laboral que comenzaba. Pero cuando trataba de cerrar la puerta, camino de la sala de máquinas, algo la detuvo. Oyó la señal del ascensor, un timbre que sólo podía percibir desde donde se encontraba a esa temprana hora. Posteriormente sería devorado por el ruido de máquinas de escribir, teléfonos y el continuo ajetreo del edificio.

Por las pisadas reconoció al jefe, aunque algún signo espiritual ya le había encargado de preavisarla, alarmarla, incluso antes de percibir el timbre del elevador mecánico.

Quedó bloqueada en el umbral de la puerta, sin saber si entrar o salir en busca de la dosis de cafeína matinal, usual desde meses atrás. Mas aquella mañana rompió con la tradición, como había sucedido el día anterior. Entró en el despacho, echó otra ojeada sobre la mesa, y no se percató esta vez de que algo estuviese en desorden, lo único que sentía en aquel momento era su corazón palpitando aceleradamente, involuntariamente concordado con la aproximación de las pisadas. Que ya se encontraban atravesando la puerta del despacho.

Ana, se acorraló junto a la pared que se aupaba tras la silla del escritorio. Él cerró la puerta con fuerza a su paso, con una decisión desmedida, pero sin tomar la precaución de cerrarla con llave. Ella mantenía la vista clavada sobre los papeles desordenados de su mesa, hasta que el fuerte estrépito de la puerta le hizo alzar su rostro, y fijar sus ojos a los de su jefe. Desorbitados, agresivamente fijos en su cuerpo, los vio acercarse, con ademanes seguros y lentos. Ana se sintió como el toro que va perdiendo la bravura, buscando refugio junto a las tablas del ruedo. Oyó las trompetas y tambores del cambio de tercio, y el aroma a incienso y albero se truncó por el perfume caro de su superior. Se embriagó de deseo, justo cuando el matador la asió con fuerza contra su pecho. Posteriormente la besó, todo ello sin mediar palabra alguna.

A merced de las embestidas del varón pasó Ana varios minutos, hasta que una de sus manos empezó a despojar el anorak, y la otra con un impulso brusco subía la falda, hasta situarla en la cintura, a una altura que él estimó adecuada. La chica no ofrecía resistencia, y envuelta en un huracán de pasiones y sudores no daba freno a los instintos más animales. La bestia continuaba desnudándola, casi arrancándole los botones de la blusa, descubriendo la ropa interior.

 

Carmela, no podría imaginar que el anorak que le había comprado a su hija, tan caro para su cruda economía, acabase en su estreno en el suelo. Casi arrancado del cuerpo de su hija, despojado por unas manos cargadas de pecado. Tampoco entendería que fuese pisoteado, y hasta utilizado de improvisado colchón. Por suerte, Carmela desconocería el camino que tuvo la prenda.

 

Se sintió húmeda, y él lo debió notar cuando acarició con suavidad su flor. Antes fueron los senos, descubriéndolos con mucho mimo. Pequeños, pero firmes, cuyos pezones se erguían desafiantes, con la inmediata predisposición de ser manoseados. Fue entonces cuando decidió parar el varón, y buscándola se miraron nuevamente a los ojos.

El sudor corría por la tez morena de la chica, y la angelical expresión de su rostro había desaparecido. La agarró con ímpetu de los glúteos, desgarrando con los dedos la fina tela del tanga. También se deshizo de las gruesas medias, para disponerse apresuradamente a despojarse de corbata, chaqueta y camisa. Arrojándolo todo a la moqueta. Ella le gritaba extenuada al oído frases cortas, obscenas, que le aceleraban los movimientos, resultando acciones torpes, que de hallarse en otro contexto, hubiesen sido carne de mofa.

Optó por ayudarle a quitarse los pantalones, mientras él se descalzaba. E invadidos por la pasión, y la excitación del momento, la cogió violentamente, postrándola sobre el escritorio, atropellando los papeles desordenados. Todo fue ejecutado con virilidad; una agresividad que no conocía los límites de su potencia intrínseca, pero a la vez, mezclada con una ternura y un deseo que compensaban el fin último de las acciones.

Todo era desorden en la habitación. Gemidos, forzadas las respiraciones, mientras él la penetraba una y otra vez. No pareció importarles que en el exterior ya se escucharan los primeros coleteos de la jornada laboral. Las primeras llamadas telefónicas llegaban a las oficinas adyacentes, como también los primeros encargos de café para los menos madrugadores, los que no saben llegar minutos antes del inicio de su jornada, pero sí aprenden a irse minutos antes de esta.

Crecía la posibilidad de que alguien abriese la puerta sin llamar. No existía un protocolo exacto para interrumpir el trabajo, pero siempre, por educación se llamaba antes de entrar, incluso cuando la puerta estaba entreabierta, que no era el caso.

Pero allí dentro continuaban los suspiros, seguían cayéndose papeles y objetos de papelería al suelo, el teléfono también cayó, cuando el jefe en una última oleada de pasión desfallecía sobre el cuerpo de Ana, profiriendo unas duras envestidas finales, que acabaron en un grito sordo, sobre el pabellón auditivo derecho de la chica.

 

         En la calle llovía, el cielo se había cerrado por completo, dando matices de tristeza al día. Debía de hacer bastante frío, pues los transeúntes iban abrigados, y entonces recordó cuando salió a la calle, camino a la parada del autobús, refugiada bajo las plumas de su nuevo anorak. Lo miró con lástima, pues el forro mantenía el sudor de los amantes sobre su superficie más plástica. Pero a la vez con satisfacción, por haberle sido tan útil.

Siguió secándose el sudor de la frente, mientras abría la ventana y una cruda brisa la hacía tiritar. Se alejó de la ventana, dirigiéndose al escritorio. Era hora de comenzar a trabajar, sobre la mesa todo era un caos, cuando acumuló el resto de papeles que cayeron al piso. Aún le temblaban las piernas.

 

Para ser amante hay que ser bueno. Eso debía pensar Alfonso cuando se detuvo en una fotografía que descansaba en la estantería de su oficina. A diferencia del despacho de Ana, aquí siempre gobernaba el desorden, nunca conseguía terminar de ordenar los archivos, y todo el continuo papeleo que iba entrando a caprichosas horas a lo largo de la jornada, se iría amontonando sobre la mesa. Pero a él en cambio, no le temblaban las piernas.

        

         No faltaban más de quince minutos para escapar de allí, y darle paso al fin de semana, cuando sonó el teléfono de su oficina. Reconoció el número en la pantalla digital del aparato, y suspiró antes de descolgarlo. Era Ana, él ya lo había intuido, llevaba horas esperando su llamada.

 

- Hola.

- Hola, dime Ana.

- Bueno, ya sé que es una locura lo que te quiero proponer, pero pensaba que quizás quieras…

- A ver Ana, sin rodeos.

- Había pensado que podríamos pasar el fin de semana juntos, podríamos ir…

- Espera, has olvidado que estoy casado, ¿no? , que tengo una familia. -No la dejó concluir.

- Es verdad, lo siento. Que disfrutes el fin de semana.

- Pero espera, escúchame.

 

No dejó tiempo para que Alfonso contestara, colgó el teléfono. Había percibido una queja agria en la voz de la chica, una pena que la señal del teléfono, al ser colgado, acentuaron. Pues el pitido agudo retumbó en los oídos de él, y quiso llamarla, pero no tuvo fuerzas, o quizás valor.

 

Fuera seguía lloviendo, y la oscura claridad que entraba por la ventana de su dependencia le había hecho utilizar la luz artificial toda la mañana. Se levantó de la silla, y se acercó hasta la estantería, cogió la fotografía. Le quitó el polvo acumulado sobre el cristal con un pañuelo de trapo, y luego la miró con tristeza, preguntándose qué sucedía en su matrimonio. Por qué el tiempo había despedazado aquella felicidad que se archivaba en forma de fotografía. Por qué había dejado de querer a su esposa. Y por qué tuvo que cruzarse Ana en su vida, en su matrimonio. Se sintió tan preso de sus sentimientos como sucio de alma, hasta que un sudor helado le congeló las manos, más tarde el corazón, por último sus pensamientos.

 

         Ana echó una última visual a su oficina, antes de salir, asegurándose de que todo quedase en orden. Apagó la luz, y cerró la puerta con llave. Camino al ascensor se encontró con compañeros que como ella, arañaban unos minutos a la jornada, deseosos de iniciar el descanso semanal cuanto antes. Sin importarles el haber dejado trabajo acumulado sobre sus escritorios y estantes. Se despidió regalándole los mejores augurios, pero no pudo evitar echar una última ojeada al despacho de Alfonso. Estaba allí dentro aún, la luz era visible por los ventanales altos que separaban el techo de las endebles paredes del habitáculo. Y con la resignación aún hirviéndole por dentro, no mostró ningún interés en despedirse de él.

Se abrió la puerta del ascensor, sonó el timbre a la vez que un portazo urgente a lo lejos, en el pasillo le avisaba de que alguien se aproximaría. No esperó, reconoció el juego de llaves, y se introdujo apretando el botón de la planta baja con diligencia.

Alfonso había abandonado con rapidez su despacho, dejando la ventana abierta, y sin la precaución de cerrarlo con llave. Corrió  hasta la entreplanta, y vio el dígito cero marcado en el chivato. Se precipitó entonces por la escalera, no tenía otra opción, intuyendo que lo separaban siete plantas, ciento setenta y ocho escalones que contó una mañana que el ascensor estaba fuera de uso.

 

         La oficina era un caos, polvo y montañas de papeles, carpetas, apilados sin rigor ni lógica. Un desconcierto que él sólo podía leer. Dueño de esta situación, abandonaba el trabajo, tomando antes una decisión. Una elección guiada por un irracional apetito de embarcarse en una aventura carnal, que no sabía bien hacia donde caminaría.

Llamó a su mujer, minutos después de recibir la llamada de Ana, minutos después de desprenderse de la foto, colocándola de nuevo en el estante superior, donde descansaba desde hacía tiempo inmemorable sin el menor reparo para sus sentidos. Pero aquella mañana no paró de mirarla, no conseguía despojarse de la culpa que lo cercaba. Entre él y su mujer, una joven sonriente sosteniendo un helado de cucurucho, y sobre el cono de galleta la bola de fresa se derretía descendiendo, hasta alcanzar los dedos de la pequeña. Fueron las primeras vacaciones en familia, los tres.

 

         Atajó la calle por medio de la vía, ignorando el paso de peatones. El tráfico intenso, retenido, le facilitó la suicida maniobra. Y casi sin aliento, llegó hasta Ana que se había detenido en un escaparate, curioseando unas prendas de vestir de las que colgaban unos carteles fluorescentes, donde podían leer los ojos más miopes, la palabra ofertas.

 

- Por fin te alcanzo. - Dijo Alfonso, intentando recuperar aire.

- ¡Ah, hola! - No pudo evitar ser sorprendida, dándose cuenta de que su jefe llegaba totalmente extasiado. Y aunque quiso, no pudo mostrarse antipática. - ¿Qué vienes corriendo? …

- Sí, pensaba que no te alcanzaría. He pensado lo que me has dicho antes.

- ¿El qué? - Se hizo la despistada, ahora le tocaba mover pieza a él, pensó.

- Lo de pasar el fin de semana juntos.- Tuvo que dejar de mirarla, fijando la vista al suelo.

- ¿Y tu mujer? - Preguntó Ana.

- La llamé, le dije que salía de viaje urgente para Barcelona. Esta noche la telefonearé para decirle que no volveré hasta el lunes.

 

Ana quedó muda, no creía que su jefe fuese capaz de atropellar su matrimonio por un capricho, pero la realidad es que ya se dirigían al coche de Alfonso, y no había vuelta atrás.

 

- Tengo que llamar a casa, avisar a mi madre. - Sonrió espontáneamente, sin duda el peso de la mentira era muy inferior.

- Toma, llama desde aquí. - Le ofreció el móvil, pero ella rehusó, señalando una cabina telefónica libre, a unos míseros metros tras de él. - Como quieras, voy arrancando el coche, te recojo aquí mismo. - Añadió.

 

Se acercó a ella besándola en la mejilla, sin tomar la precaución de ser visto por algún compañero, o por algún conocido que anduviese por el centro de la capital. El deseo no tiene obstáculo, se alimenta de desenfreno.

 

 

                                                        II                                            

 

 

         La casa no era visitada desde hacía más de tres semanas, por eso se amontonaba el polvo y la suciedad por todos los rincones. Mas el aire que compartía el espacio vacío, estaba tan parado que olía a cerrado.

Con un giro veloz de cabeza, únicamente perceptible por alguien muy atento, la invitó a entrar primero en casa. Activó seguidamente el automático de la corriente eléctrica, y la luz eliminó las dudas y titubeos que con pasos falsos y tanteos precedieron. Dando vía libre a la curiosidad de Ana por descubrir qué había en el interior de aquella morada.

Una vivienda amplia, de cuatro habitaciones, dos cuartos de baño, cocina, salón comedor con chimenea, porche y piscina en el jardín. Quedó maravillada con tanto lujo, descubriendo cada rincón que sus grandes ojos destapaban. Por un instante imaginó ser dueña de aquel tranquilo chalet, situado a las afueras de la gran ciudad. Pero topó con varias fotografías, que le fulminaron la ilusión creada, y su cuento acabó cuando interpretó que la casa ya tenía propietaria, y ella sólo era un huésped, una visita de un par de días. Y necesitó salir del salón, atropellando la puerta que daba al exterior.

Allá fuera, una ráfaga de aire le heló las ideas, mas el cielo estrellado, negro como no lo había visto desde niña, la paralizó. Alfonso se acercó, la abrazó en silencio, había estado observando, sabía lo que le ocurría.

 

- Tranquila, ¿vale? Estamos tú y yo aquí, disfrutemos del momento, no pienses más de la cuenta, no nos hará ningún bien.

Sus palabras sonaron vacías, acentuando las pausas para dar mayor fuerza a lo que decía. Pero la credibilidad se perdía en el espacio, como se difuminaba también el vaho que escapaba de su boca.

-Gracias, de verdad, pero necesito estar a solas un momento. - Ana deshizo el abrazo, con delicadeza, como también frenó el beso que Alfonso comenzaba a dar. Él la entendió y accedió al abandono, premiándola con una ligera carantoña en el pelo, y un sutil beso en la mejilla. Tan maternal, como huérfano de sentimiento.

No pudo frenar este segundo beso, como tampoco podía detener un pensamiento que la atormentaba. No podía dejar de pensar cuántas veces habría dicho a otras mujeres aquello que le decía ahora,… cuántas infelices como ella, habrían pisado por dos noches, una, o incluso horas, aquella residencia.

 

 

         Ana despertó descolocada, desorientada en una cama y en un contexto que no conocía. La ausencia de familiaridad se debía a que nunca antes había visto aquel lugar.           Había entrado a oscuras, movida por la emoción y el desenfreno con el que Alfonso y ella se vieron nuevamente envueltos. A tientas encontraron la cama, despejaron las mantas y sábanas, y copularon como animales hasta que el cansancio les arrebató las últimas energías.

Ahora que la claridad se colaba por una pequeña grieta de la persiana, pudo ver la habitación, sencilla pero bonita, donde había colmado uno de sus recientes sueños. A su lado debía encontrarse Alfonso, pero no lo halló, debió ser muy sigiloso, pues Ana padece de sueño ligero. Y fue cuando al oír ruido de vajilla junto al de unos pasos que se aproximaban, familiares, lo descubrió en el umbral de la puerta.

Desnuda sobre la cama, como un cuadro de Goya se extendía la fémina. Se ruborizó un poco, para luego sonreírle pícaramente. Traviesa niña, que cumple la fantasía de acostarse con el jefe.

Intentaba taparse, sin éxito, pues no hallaba las sábanas perdidas en los pies de la cama.

 

- No me mires así, me da vergüenza. - Dijo algo ruborizada.

- ¿Cómo quieres que te mire? - Por poco, suelta la bandeja, para lanzarse sobre ella. Pero imperó la sensatez, y con una voz dulce le ofreció el desayuno.

Ella quiso incorporarse, pero le insistió en que lo tomara allí mismo.

 

                                                        III

 

 

Teresa había dormido sin la llamada de Alfonso. Acostada la cría, buscó el sueño en los programas nocturnos de cotilleos, o en ocasiones haciendo zapping durante la publicidad. Estaba perdiendo toda la esperanza cuando el teléfono sonó a media noche. Casi con un bostezo contestó la llamada, y tras un silencio incómodo volvió a preguntar quién llamaba, con el timbre de voz más grave y preocupada.

No contestó nadie. Únicamente recibió la intermitencia de la señal telefónica fuertemente en su pecho. Sin previo paso por el oído, le perforaba y debilitaba la piel.

Para colmo, el número no quedó grabado en la memoria del aparato. Quedándose dormida en el sofá, a las horas, con el sinsabor de la llamada perdida, y con la duda de la identidad anónima, martilleándole la sien hasta perder la conciencia.

La claridad del día, colándose por las cortinas, la despertó.

Tomó el desayuno, Marta aún dormía, pronto despertaría desvelada por la costumbre de madrugar para ir al colegio. Ella ya había intuido este hecho, y esperaba el acontecimiento con chocolate y churros, todo un ritual desde que Alfonso hacía meses lo propusiese. Hoy no estaría él, para bajar en un salto a la churrería del barrio residencial, por eso Teresa había sacado del congelador una bolsa de estos.

Qué sorpresa se llevará cuando se dé cuenta de que es sábado y no hay colegio. Pensó cuando oyó ruido en la habitación de su hija. Querrá pasar la mañana viendo la televisión, pero los planes eran otros. Había quedado con su hermana en el Parque del Retiro, empezaba la feria del libro, y Antonio Muñoz Molina firmaba su nueva novela. Era una gran ocasión para comprar la obra personalmente. Lo había leído todo de él, y desde hacía meses esperaba ansiosa una nueva publicación.

 

María no tenía más de 35 años, era su hermana mayor, y única amistad. Trabajaba como presentadora de noticias, en el canal autonómico de Madrid. Con una gran trayectoria aún por delante, dentro de la cadena.

En cambio, su hermana Teresa, lo había perdido todo en Madrid. Pues sus dos mejores amigas, por motivos de trabajo, primero marcharon a Barcelona, para posteriormente asentarse en el frío Londres.

Las había conocido diez años atrás, primero como compañeras de una importante empresa informática, luego estrechando lazos fuera de la oficina, saliendo a cenar en repetidas ocasiones con sus maridos. Hasta que aparecieron los hijos, y las veladas se fueron trasladando a los inmobiliarios. Ahora Laura y Rocío, mantenían su extraordinaria relación cerca, y Teresa había sido dejada a un segundo o tercer plano. Pues, esperaba la contestación de varios e-mailes desde hacía más de un mes, y aunque seguramente llegarían, excusados a más no poder, ella era consciente de que las estaba perdiendo.

 

 

Se sentaron en una terraza del parque de El Retiro, junto al lago en el que se divisaban las barcazas, cargadas de parejas en su mayoría. Alrededor de éste afluían curiosos viandantes en todas las direcciones. Marta permanecía inquieta en una silla, había dejado a medias un  batido, que minutos antes se había empeñado en tomar. Teresa le chantajeaba con no moverse de su asiento, a menos que se lo bebiese todo. Pero la niña seguía intentándolo interpretando caras de pena y lástima, bien aprendidas, por traerle sus frutos en otras ocasiones. Y  la ayuda adyacente de su tía, que picaba en el anzuelo de la chiquilla, exigiéndole a su hermana que tuviese más mano diestra. Pero Teresa lo tenía claro, si quería jugar con los otros niños, el batido tenía que ser  ingerido.

 

-         Anoche te llamé… - comenzó María, cambiándole el tono y el semblante. Reclamando en su interlocutora toda la atención. – Pero no te lo pude decir… - continuó.

-         O sea, ¿tú fuiste quién llamó y colgó sin decir nada? – interrogó Teresa, interrumpiendo a su hermana.

-         Sí. – Contestó ésta, tras una incómoda pausa.

 

Teresa miró a su hija, intentando disimular la preocupación que llevaba en su rostro. Y con el tono más cálido que pudo emplear, invitó a Marta a corretear por el parque. La cría no notó, desde su inocencia, ningún signo de interés por la conversación que dejaba atrás. Saltó trastabillada de la silla, para reunirse a un pequeño grupo de niños, que chillaban y saltaban con un juego, al parecer muy divertido.

Las dos mujeres adultas, se miraron seriamente. Después de intercambiar una sonrisa cándida, advirtiendo la ingenuidad de la joven.

 

-         ¿Qué me tienes que decir, María? – Teresa no quería postergar más el pellizco que le presionaba el pecho.

-         Hace unos días, me encontré por casualidad a Alfonso. ¿Te acuerdas el día que íbamos a quedar para ir de compras, que al final me llamaste que no podías ir? – María continuaba dando rodeos. Y la tensión en Teresa se hacía más palpable.

-         Sí, Marta tenía unas décimas de fiebre… - Dijo esto y calló, emblanqueciendo. Intuyendo lo que su hermana le quería comunicar. Pestañeó, y asintió, dándole permiso para comunicarle lo que ya podía entrever.

-         Me dijiste que Alfonso estaba de viaje. Pero esa misma mañana lo ví dentro de El Corte Inglés de Preciados. En la joyería de la planta baja.  Llevaba un regalo, que instantes antes habría pagado, porque lo ví guardando la tarjeta de crédito en la cartera. – María paró, veía cómo su hermana luchaba por no llorar en aquella terraza, poblada de público.

-         Sigue, por favor. – Teresa rogó con voz temblorosa, que acabase cuanto antes con aquel drama.

-         Unos metros antes de saludarle, me vino a la memoria lo del viaje. Tuve tiempo de esconderme tras una estantería, y pensé entonces que me habías engañado. Pero rápidamente, corregí mi pensamiento, y supe que el que te engañaba era él. – Sobre la tez de Teresa, empezaban a correr las primeras lágrimas. – Más aún, cuando lo escuché hablar por teléfono, a escasos metros, sin que me pudiese ver. Comprendiendo las sospechas que tenías de tiempo atrás. – María volvía a detenerse, ofreciéndole un pañuelo de papel a Teresa,  que sacó mientras contaba a empujones lo vivido.

-         ¡Qué hijo de puta, lo sabía, lo sabía, lo sabía…! – Se repetía, con la mirada puesta en el horizonte, perdida, hasta que encontró a Marta. Ésta la saludó, sin percibir la tristeza en su madre, totalmente integrada en el juego.

-         Nombró varias veces el nombre de Ana. ¿La conoces? – María finalizaba su relato, desvelando la última carta que guardaba.

-         Sí, es su secretaria. – Un nítido: lo sabía, se alumbró en su cara, como una convicción que ve la luz. – Lo sabía hermana, lo sabía, pero no quería verlo. No quería verlo.

 

Teresa comenzó a llorar, he intentó disimular, para no llamar la atención. Aunque ya había quien se había dado cuenta, quien seguía desde hacía unos minutos el desenlace de la historia. Personas carentes de conversación propia, que habían tomado como suyas la cruda conversación de las dos hermanas.

 

 

                                                        IV

 

Más de un año había pasado, desde la última vez, que Teresa y su  hija disfrutaron de un fin de semana en la casa de campo. La casa de las afueras, como habitualmente era conocida. Tanto tiempo, que dudó si fuese aquella blanca casona, que se iluminaba exteriormente, con pálidos faros.

Apagó la radio del coche, para concentrarse más en el carril de tierra imperfecto. Miró con interés a su hija, sirviéndose del espejo retrovisor. Se estaba desvelando a consecuencia del vaivén de tramo no asfaltado que conducía al chalet. Finalmente, reconoció el terreno por el coche de su marido, aparcado en la cuneta, junto a la verja, que quedaba a la derecha del polvoriento camino.

Paró el motor del vehículo, y se apeó, abriendo la puerta trasera y cogiendo a su hija ya despierta en brazos. La arropó con una manta, pues la noche era gélida. Despejada, pero el termómetro debía de rozar los cero grados allá en la Sierra.

Abrió la verja, dejándola a su paso abierta. Mandó callar a la niña, tras preguntarle ésta, si era el coche de papá, aquel aparcado junto a la puerta. Y mirándola muy gravemente, en un lenguaje que no tenía edades, le susurró al oído que permaneciera allí quieta, que no se moviera, que vendría rápidamente.

La pequeña obedeció. Se mantuvo allí de pie, en la entrada a la casa, con la puerta ya abierta, enrollada en la manta que su madre le había proporcionado, para aislarla del frío. No más de dos minutos, donde únicamente percibió el encender y apagarse de las luces. Y los pasos de su madre, más precipitados y ruidosos que a la ida. La cogió en brazos, y sin reparar en cerrar las puertas, la introdujo en la silla, en los asientos traseros del vehículo. Le dio un beso en la frente, le retiró la manta del cuerpo, y cerrando con precaución la puerta, se introdujo en el compartimento del conductor. Arrancó el coche, faltaban unos minutos para las cinco de la mañana. Llegarían antes del amanecer a la capital.

 

 

                                                        V

 

 

Carmela no recibía contestación de su hija, no era normal, acostumbrada a hablar diariamente con su madre cuando marchaba de viaje. De nuevo, el teléfono móvil le anunciaba que no había respuesta, acumulándose ya un sin fin de llamadas. A la vez, que un sentimiento de preocupación más grave.

Recogió la mesa, antes que la pereza la postrara en el sofá, y la telenovela la hipnotizara en el horario de sobremesa. Y ahora sí, con la conciencia tranquila, aunque preocupada aún por el silencio de Ana, se sentó y cambió el canal del televisor, buscando el inicio de la serie diaria.

Todavía aprovechaba la cadena local, unos minutos de anuncios, antes de empezar con la emisión de corazones salvajes. Publicidad que se vio interrumpida por un avance informativo.

Una joven con rostro serio,  disculpaba la paralización de la programación. A la izquierda de la imagen, se podía leer sucesos. Y con voz apenada, metiéndose en el papel, que exige la audiencia para estos casos, empezó a informar:

“Buenas tardes, disculpen que cortemos la emisión de la programación, pero han hallado los cadáveres de una pareja que dormía en su residencia de la Sierra Norte de Madrid. Según las autoridades policiales, el chalet permanecía abierto, no mostrando signos de violencia en las cerraduras de las puertas de acceso. Aún no se sabe el motivo del crimen. Aunque las primeras hipótesis hablan de un crimen pasional, al no coincidir la cara de la fallecida, con la de algunas fotografías vistas en el inmueble. Según los agentes que buscan algún indicio dentro de la casa. Perdón, me dicen que tenemos las primeras imágenes del lugar del crimen, conectamos con nuestro corresponsal Antonio Olmedo.

-         Buenas tardes, Antonio. – La imagen de la presentadora se extinguió, y apareció un joven, que permanecía rígido en la entrada del chalet, cercado por unas bandas de cintas donde se leía guardia civil.

-         Buenas tardes, María. Acabamos de conocer que el chalet que pueden ver, tras de mí, es del empresario madrileño Alfonso Melendo. Ubicado en el término de Somosierra, en la Sierra Norte de Madrid, a unos 93 kilómetros aproximados de la capital. El conocido empresario, colaboraba últimamente en el proyecto del nuevo estadio deportivo, con vistas a Madrid 2016. Además de sus conocidas intervenciones en tertulias, en cuestiones políticas, en varias cadenas de televisión nacional.

Tras un silencio, el periodista buscaba algún comentario desde el estudio. Pero no llegaba, manteniéndose incómoda la imagen, sobre éste.

Al apreciar que no recibía ninguna palabra desde los estudios centrales de Telemadrid, creyó que lo más conveniente era continuar:

 

-         Hasta el momento, María, no sabemos las causas del crimen, aunque desde hace unos escasos minutos, como informabas, estamos al corriente de que la chica que compartía la escena del crimen, junto a Alfonso Melendo, no es su esposa. – Tras el informador, comenzó a darse un clamoroso ajetreo entre los presentes. Éste continuaba informando, ignorando que tras de sí, asistentes sanitarios, junto a agentes de la guardia civil, sacaban los cuerpos de la residencia de descanso del mediático Alfonso Melendo.

-         Perdona Antonio – interrumpiendo al reportero, emergió una voz varonil desde los estudios. – Estamos viendo en las imágenes, que en este momento sacan los cuerpos de las víctimas. – Antonio Olmedo, se giraba, y veía como podía alimentar unos instantes más de información, con los nuevos acontecimientos que se vivían.

-         ¿María? Sí, en estos momentos sacan los dos cadáveres del interior del chalet. Vemos al jefe policial, hablando con el juez, en el instante que introducen los restos mortales en los vehículos funerarios. Vemos que llevan algunas prendas de vestir y objetos,  que le dan a otros agentes. La multitud no sale de su asombro, ya conocemos que la muerte ha sido provocada por múltiples cuchilladas. Innumerables parecen ser. Apreciamos restos de sangre sobre las sábanas de los cuerpos yacientes. – La imagen volvió a los estudios, un presentador con gafas y perilla, ocupaba el centro de la imagen. No dejaron tiempo al enviado de despedirse, únicamente unas palabras del  nuevo tipo:

-         Gracias Antonio Olmedo,  por la información, estaremos pendientes de las novedades. En nuevos boletines informativos, les pondremos al corriente de la investigación policial, de este último suceso ocurrido en Somosierra. Disculpen a nuestra compañera María, que ha tenido que ser atendida por un ataque de ansiedad. Ahora continuamos con nuestra programación habitual, les dejamos con un nuevo episodio de la telenovela Corazones salvajes”. 

 

Directamente, como había anunciado el presentador, sin intercalar anuncios publicitarios. Sin demorar más la emisión de la serie. Comenzó Corazones salvajes, con aquella pegadiza canción que tarareaba todas las tardes Carmela.

Pero aquella tarde, el débil corazón de Carmela se había detenido minutos antes, tras unas salvajes palpitaciones padecidas, al reconocer el anorak que el jefe de policía le pasaba a uno de sus subordinados.

Salvaje hasta detenerse, resultado de la brusquedad de hallar la evidencia. La respuesta de por qué su hija no le cogía el teléfono. Vio el anorak, imaginó el cuerpo menudo de Ana bajo la ensangrentada sábana, y dejó de sentir.

 

 

 

 

 

 

 

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