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La Morada del Unicornio

Relatos

El pintor

El pintor

No había olvidado el olor fuerte que desprendía la esencia de trementina. Tampoco pasó mucho tiempo, desde la última vez que visitara el taller de pintura. Era, la primera vez que iba con Luna, aunque ella, ya había estado allí en un par de ocasiones.

Después de detenerse en la puerta, y saludar con algunos titubeos, la pareja se adentró hasta el rincón que les había preparado el maestro.

Fue Luna la primera en sentarse, mientras Martín explicaba a Pablo, al tiempo que flexionaba las rodillas buscando asiento, la ilusión que le producía volver a pintar.

Por último, le agradeció que le hubiese preparado todo el material, aunque eso ya se había convertido en una costumbre.

Pablo no pintaba durante las clases. Se concentraba en atender a todos sus alumnos. Antes de que llegasen, preparaba los caballetes. Frente a estos, les ponía o no, una silla; conocía el gusto que tenían de pintar de pie o sentados. Él, personalmente lo hacía de pie, para encontrar más perspectivas durante el trabajo. Pero solía dejar la elección a sus alumnos. Junto al caballete, una pequeña mesa donde poder desplegar los materiales. Y, por último, en el mismo caballete colocaba el lienzo que estuviera, cada cual, trabajando. Y como había, quien dedicaba una parte de la clase a dibujar, encontraba en su caballete una lámina, una fotografía que era su ejercicio, y carboncillos para realizar tal labor.

Luna miraba fijamente a Martín, mientras éste sacaba el maletín de la maleta. Al mismo tiempo, Luis le explicaba la suerte que corrió su último lienzo. Le matizaba, sin obviar en detalles, que había decidido dotarlo de un toque impresionista, relajando las formas, y ganando según insistió, en fuerza.

Julia, que seguía la conversación al fondo de la sala, reafirmaba las explicaciones. Resumiendo el largo argumento de Luis, con un escueto comentario cargado de énfasis:

- Le ha quedado precioso. – Apuntó la fémina.

Martín cuidaba de no tirar nada, cuando Pablo, en un claro gesto de autoridad, advertía que el tiempo se iba, con tanta cháchara. Los alumnos no tardaron en recriminarle que eran capaces de hacer más de una cosa a la vez. A lo que Pablo, respondió pidiendo silencio para oír la música que se reproducía. Pero no había transcurrido un minuto, y Martín inició una nueva conversación, mientras minuciosamente continuaba la maniobra de preparación. Ésta, y recoger los materiales y limpiarlos, eran acciones que siempre le producían pereza. Pero, al fin y al cabo, rituales que no podían saltarse. Algo así ocurría cuando practicaba fútbol durante su adolescencia, tanto el calentamiento, como los ejercicios de estiramientos finales al trabajo, se le presentaban como los más tediosos. Aunque era conocedor de la importancia de respetar las fases, y así evitar, las siempre inoportunas lesiones.

Luis silbaba la melodía que se reproducía en el taller. Una conocida canción de Joan Manuel Serrat. Su pincel bailaba del lienzo a la paleta, con soltura. Cada x tiempo, sobrevolaba la paleta para humedecerse en el médium, para volver a ésta y encontrar una mezcla más diluida.

Con la experiencia, se había convertido en su mayor crítico. Pocos trabajos le parecían ya buenos, siempre encontraba algo que podía mejorar. Su nivel de exigencia, ponía en duda, en ocasiones, las propias correcciones de Pablo. Éste lo sabía, a conciencia había moldeado un ser auto-crítico. Un individuo que no se detuviese con los halagos externos.

Tras los trabajos de Pablo, el segundo referente en el círculo de pintores, era Luis. A menudo, Julia y Martín buscaban en él una segunda opinión, una sugerencia, o simplemente su crítica. Pero, por educación u otra circunstancia, no mostraba un juicio de gusto tan preciso y exquisito, como lo requería para sí mismo. A diferencia de su obra, las otras creaciones poseían nervio, color, dinamismo, sentimiento… o simplemente, esbozaban un prometedor futuro.

Julia no perdía jamás la sonrisa. Además de su optimismo permanente, le acompañaba un aura que inspiraba calma y relajación. La influencia de la cultura oriental, por un caprichoso gusto filosófico, había calado en su persona. Sus pinceladas eran impulsos ciegos, cargados de inspiración creativa. Apoyados sobre una base de dibujo muy labrada… Ya acababa el ejercicio a carboncillo; no más de quince minutos, para trazar con soltura los ángulos y sombrear las zonas donde se ausenta la luz. Pablo, únicamente le sonrió, verificándole de este modo mudo y expresivo, la satisfacción que sentía por el trabajo realizado. La cara de Julia portaba una sonrisa más destacada, aún, de las que acostumbraba a regalar. Pero Pablo, como buen instructor, no podía alejarse del caballete de Julia sin hacerle una apreciación. Apoyó un pincel sobre la silueta dibujada, cambiándolo en varias ocasiones, verificando que todos los ángulos estaban correctos. No podía darle la máxima puntuación, que provocara una relajación en próximos ejercicios. Por eso, comentó alejándose al mismo tiempo: "Está bien, pero intenta no apretar tanto el carboncillo en los detalles minúsculos. Así, le darás mayor fuerza al contorno, y dará la sensación de una estructura uniforme. Ve sacando las pinturas, vamos a seguir con la marina, hoy debe quedar terminada".

Julia miraba el paisaje marino, mientras guardaba los carboncillos y, retiraba el dibujo perfecto, que reposaba aún sobre el enorme atril. A diez metros, la homogeneidad, la textura del óleo, se hacía una pieza consistente. Aunque sabía, que aún le quedaban algunos retoques, pese a la sensación de acabado que tenía de lejos.

Cada miembro del taller, había ido adquiriendo su estilo propio. Siempre bajo la influencia de algún gran pintor, o alternando los diferentes estilos pictóricos, con el transcurso del tiempo. Julia, realizaba una marina de Sorolla, mientras que Luís le daba un toque impresionista a una fotografía sacada por él mismo, en una de sus últimas excursiones. La tomó en un atardecer precioso, cargado de tonos cálidos, anaranjados, violetas, que endulzaban el gélido ocaso capturado con el objetivo de su preciada Canon.

Sin embargo, Martín no traía nada de casa, tampoco dejó ningún trabajo empezado en el taller, meses atrás. Por eso, frente a él, había un lienzo de lino, de pequeñas dimensiones. Aproximadamente de unos 24x41 centímetros. Había sido ya tratado con gesso, por el mismo Pablo, que tomó la precaución de hacerlo unos días antes, para que secara totalmente.

Martín, sujetaba firmemente la paleta, con su mano izquierda. También un trapo, para limpiar los pinceles. Pablo se le acercó, y con voz presumiblemente meditada, preguntó si estaba preparado para comenzar. Martín contestó con un "bueno", que más que solidez, destapaba el nerviosismo y, las dudas que le albergaban. Pablo, se acercó más al cuerpo de Martín.

- Comenzaremos identificando los colores que has puesto en la paleta - le susurró levemente. Y diciendo estas palabras, le puso un pincel en su mano diestra, que escogió de entre la totalidad que dispuso Martín previamente sobre la mesita. Martín, lo tomó con maestría, a pesar de que era visible el temblor de sus dedos.

- Empecemos cogiendo un poco de azul ultramar. - Sugirió Pablo.

- ¿Aquí? Preguntó Martín, acercando los pelos del pincel, sobre la superficie aceitosa.

- Sí, pero no tanto, un poco… ahora nos iremos al blanco, deja el azul un poco más abajo, y buscamos el blanco, para mezclarlo.

Todo el taller observaba, paralizado en sus trabajos, cómo emprendía este nuevo reto Martín. Miraban los movimientos lentos, de la paleta al lienzo, de éste al vacío, a la inseguridad… esperando que las manos de Pablo, recuperasen de nuevo, el compás. Pincel perdido, que encontraba su norte en la ayuda que le ofrecía el maestro.

Luna, no miraba la técnica, no entendía de mezclas, no comprendía de medios ni bastidores, de pinceles ni paletas… fijaba sus dos ojos negros en su dueño, en la cercanía de Pablo, atenta y consciente de su nerviosismo.

De repente, Martín se levantó de su asiento. Y como un resorte tras él, Luna. Con los ojos abiertos y las orejas picudas, delatando la alarma que se había disparado en su amo.

Los ojos de Martín estaban cargados de lágrimas, deseosas de escapar de la prisión de los párpados, y descender libremente por su tez. Pero el varón, se resistía a llorar en público, y presionaba con una mano el espaldar de su silla, y con la otra el brazo de Pablo.

- Sabía que no era buena idea… - dijo Martín, tragándose un nudo de saliva.

- Te dije que no sería fácil, Martín. Te avisé, te lo advertí, por activa y por pasiva, que sería un proceso lento de aprendizaje. - Dijo esto Pablo, mirando al resto del grupo.

Y dicho esto, Martín ya no pudo soportar más la presión, y se derrumbó:

- Ya no recuerdo los colores, los paisajes se me borran, se confunden unos con otros, y no los imagino nítidos. - Perdida la mirada, díscola y descoordinada, se balanceaba en derredor sobre un metro cuadrado, bajo la vigilancia de Pablo. Magnificada la tragedia, con ademanes rápidos y nerviosos, tropezó con la silla, al intentar caminar hacia atrás. Fue sujetado in extremis por Pablo y Luis, que al igual que Julia, se habían acercado más al agitado cuerpo de su compañero, dejando las labores aparcadas.

Martín no había sentido el calor de sus compañeros, hasta aquel momento, sólo la áspera lengua de Luna, que en señal de auxilio le mostraba cariñosamente su fiel presencia.

- Perdonadme, lo siento, no fue buena idea volver a pintar. - Martín se serenaba, con lo que él mismo, intuía como el razonamiento más sensato. - Me resigno, no seré capaz de empezar como si no supiese nada. Cada día que pasa, me cuesta más recordar los sitios que visité, las caras que conozco…

- Seguro que no olvidaste mi nariz - Interrumpió Luis, para dar una nota de humor al drama que se vivía. Todos rieron, incluido Martín.

- No, no la olvidé. - Reafirmó con palabras, mientras secaba con un pañuelo que Julia le había ofrecido, sus húmedos ojos.

Más calmado, y deduciendo con sus compañeros el estrepitoso fracaso, asió por la correa a Luna, y empezó a despedirse uno a uno del grupo. Para dejar un último recado, mientras abandonaba la sala:

- No dejaré de visitaros, aunque no vuelva a pintar, y no pueda ver vuestros cuadros.

Un silencio acompañó la despedida, perdiéndose cuando la puerta se cerró, tras el paso del pintor ciego y su perra lazarillo.

- Volverá a pintar, me da que sí. - Sugirió Luis, para romper el hielo. - Martín no es nadie sin la pintura, apostilló.

- Lo intentará, no me cabe duda, pero creo que volverá a hundirse, ya fue una vez pintor, dos veces en vida no se puede ser lo mismo. Será otra cosa, pero el pintor, necesita del color, de los ojos, como el músico de sus notas y su oído. - Pablo, le robaba nuevamente la sonrisa a Julia, con palabras tan grises, pero, a la vez, nacidas de una cruda sinceridad.

- Será pintor, pintará sus pensamientos, sus ideas, si es preciso. - Dijo Julia, recuperando la angelical sonrisa. - A pesar de las circunstancias, teñirá su vida con su imaginación.

- Puede ser, hay quien nace y muere ciego, porque no sabe ver la realidad en su esplendor, contemplar y fantasear con un paisaje, estremecerse con lo sublime o llorar con lo trágico. - Sentenció Luis.

- Como el que no se detiene a oler el mar, pese a tener olfato. - Dijo Pablo, mientras volvían perezosamente, al tiempo que dubitativos, a enfrentarse a sus trabajos, con sus colores, y sus dudas.

 

El anorak

El anorak

                                                                                              I

                                              

                El frío Enero se hacía notar en el vaho de las ventanas. Mientras tanto, ella recogía sus últimas y necesarias pertenencias antes de dirigirse al trabajo. Una vez en la calle, se colocó bien la bufanda, y se cerró el anorak que lucía por vez primera. Era un regalo de su madre, en el día de Reyes. Y como anillo al dedo, en aquella mañana gélida de invierno le dio uso.

Se subió al autobús, puntual aquel amanecer, y saludando al conductor abonó la comisión necesaria para ejercer el derecho de viajar sobre el antiguo vehículo. Miró, por dos veces más, al conductor, creyendo que lo conocía. Su cara le despertó el recuerdo de alguien. Cualquiera que hubiese cruzado su vida por algún centro comercial, calle, cafetería, hospital, metro… la gran ciudad vuelve impersonales a las personas, y le fue imposible situar aquella cara en una situación ya vivida.

Acomodada junto a un señor de abundante barba, no se dirigieron palabra en todo el trayecto. Aunque ella lo saludara decidida, a la vez que lo inundaba del perfume que se desprendía del cuerpo recién duchado. Luego, todo sería tan frío como el paisaje que se palpaba en el exterior del móvil.

El Sol comenzó a discernirse, leve pero deseado, cuando el autobús urbano llegaba al final de su lineal recorrido. Pero tan breve en tiempo, que no daba opción a gozar sus rayos matutinos. Rápidamente eran absorbidos por nubes negras, amenazantes desde la altura. Incluso más altas que el conjunto de rascacielos que constituían el centro de negocios donde tras tres cuartos de hora, se detenía el automóvil público.

 

Al tiempo, Ana entró en su despacho, y la impresión de su rostro reflejaba una desconfianza poco corriente en la expresión amable y hospitalaria de su carácter. Oteó hoja por hoja todo su escritorio. Algo había que no le gustaba, algo que se situaba en el lado oscuro de la desconfianza, en el umbral de la sospecha.

Recordaba todo de otra forma, pensaba que finalmente le dio tiempo a ordenarlo el día anterior, pero no era así. Tampoco cabía la posibilidad de que alguien hubiese estado husmeando en su despacho.

Decidió salir a tomar café, de este modo olvidaría lo del desorden imprevisto en su despacho, y comentar con sus compañeros la jornada laboral que comenzaba. Pero cuando trataba de cerrar la puerta, camino de la sala de máquinas, algo la detuvo. Oyó la señal del ascensor, un timbre que sólo podía percibir desde donde se encontraba a esa temprana hora. Posteriormente sería devorado por el ruido de máquinas de escribir, teléfonos y el continuo ajetreo del edificio.

Por las pisadas reconoció al jefe, aunque algún signo espiritual ya le había encargado de preavisarla, alarmarla, incluso antes de percibir el timbre del elevador mecánico.

Quedó bloqueada en el umbral de la puerta, sin saber si entrar o salir en busca de la dosis de cafeína matinal, usual desde meses atrás. Mas aquella mañana rompió con la tradición, como había sucedido el día anterior. Entró en el despacho, echó otra ojeada sobre la mesa, y no se percató esta vez de que algo estuviese en desorden, lo único que sentía en aquel momento era su corazón palpitando aceleradamente, involuntariamente concordado con la aproximación de las pisadas. Que ya se encontraban atravesando la puerta del despacho.

Ana, se acorraló junto a la pared que se aupaba tras la silla del escritorio. Él cerró la puerta con fuerza a su paso, con una decisión desmedida, pero sin tomar la precaución de cerrarla con llave. Ella mantenía la vista clavada sobre los papeles desordenados de su mesa, hasta que el fuerte estrépito de la puerta le hizo alzar su rostro, y fijar sus ojos a los de su jefe. Desorbitados, agresivamente fijos en su cuerpo, los vio acercarse, con ademanes seguros y lentos. Ana se sintió como el toro que va perdiendo la bravura, buscando refugio junto a las tablas del ruedo. Oyó las trompetas y tambores del cambio de tercio, y el aroma a incienso y albero se truncó por el perfume caro de su superior. Se embriagó de deseo, justo cuando el matador la asió con fuerza contra su pecho. Posteriormente la besó, todo ello sin mediar palabra alguna.

A merced de las embestidas del varón pasó Ana varios minutos, hasta que una de sus manos empezó a despojar el anorak, y la otra con un impulso brusco subía la falda, hasta situarla en la cintura, a una altura que él estimó adecuada. La chica no ofrecía resistencia, y envuelta en un huracán de pasiones y sudores no daba freno a los instintos más animales. La bestia continuaba desnudándola, casi arrancándole los botones de la blusa, descubriendo la ropa interior.

 

Carmela, no podría imaginar que el anorak que le había comprado a su hija, tan caro para su cruda economía, acabase en su estreno en el suelo. Casi arrancado del cuerpo de su hija, despojado por unas manos cargadas de pecado. Tampoco entendería que fuese pisoteado, y hasta utilizado de improvisado colchón. Por suerte, Carmela desconocería el camino que tuvo la prenda.

 

Se sintió húmeda, y él lo debió notar cuando acarició con suavidad su flor. Antes fueron los senos, descubriéndolos con mucho mimo. Pequeños, pero firmes, cuyos pezones se erguían desafiantes, con la inmediata predisposición de ser manoseados. Fue entonces cuando decidió parar el varón, y buscándola se miraron nuevamente a los ojos.

El sudor corría por la tez morena de la chica, y la angelical expresión de su rostro había desaparecido. La agarró con ímpetu de los glúteos, desgarrando con los dedos la fina tela del tanga. También se deshizo de las gruesas medias, para disponerse apresuradamente a despojarse de corbata, chaqueta y camisa. Arrojándolo todo a la moqueta. Ella le gritaba extenuada al oído frases cortas, obscenas, que le aceleraban los movimientos, resultando acciones torpes, que de hallarse en otro contexto, hubiesen sido carne de mofa.

Optó por ayudarle a quitarse los pantalones, mientras él se descalzaba. E invadidos por la pasión, y la excitación del momento, la cogió violentamente, postrándola sobre el escritorio, atropellando los papeles desordenados. Todo fue ejecutado con virilidad; una agresividad que no conocía los límites de su potencia intrínseca, pero a la vez, mezclada con una ternura y un deseo que compensaban el fin último de las acciones.

Todo era desorden en la habitación. Gemidos, forzadas las respiraciones, mientras él la penetraba una y otra vez. No pareció importarles que en el exterior ya se escucharan los primeros coleteos de la jornada laboral. Las primeras llamadas telefónicas llegaban a las oficinas adyacentes, como también los primeros encargos de café para los menos madrugadores, los que no saben llegar minutos antes del inicio de su jornada, pero sí aprenden a irse minutos antes de esta.

Crecía la posibilidad de que alguien abriese la puerta sin llamar. No existía un protocolo exacto para interrumpir el trabajo, pero siempre, por educación se llamaba antes de entrar, incluso cuando la puerta estaba entreabierta, que no era el caso.

Pero allí dentro continuaban los suspiros, seguían cayéndose papeles y objetos de papelería al suelo, el teléfono también cayó, cuando el jefe en una última oleada de pasión desfallecía sobre el cuerpo de Ana, profiriendo unas duras envestidas finales, que acabaron en un grito sordo, sobre el pabellón auditivo derecho de la chica.

 

         En la calle llovía, el cielo se había cerrado por completo, dando matices de tristeza al día. Debía de hacer bastante frío, pues los transeúntes iban abrigados, y entonces recordó cuando salió a la calle, camino a la parada del autobús, refugiada bajo las plumas de su nuevo anorak. Lo miró con lástima, pues el forro mantenía el sudor de los amantes sobre su superficie más plástica. Pero a la vez con satisfacción, por haberle sido tan útil.

Siguió secándose el sudor de la frente, mientras abría la ventana y una cruda brisa la hacía tiritar. Se alejó de la ventana, dirigiéndose al escritorio. Era hora de comenzar a trabajar, sobre la mesa todo era un caos, cuando acumuló el resto de papeles que cayeron al piso. Aún le temblaban las piernas.

 

Para ser amante hay que ser bueno. Eso debía pensar Alfonso cuando se detuvo en una fotografía que descansaba en la estantería de su oficina. A diferencia del despacho de Ana, aquí siempre gobernaba el desorden, nunca conseguía terminar de ordenar los archivos, y todo el continuo papeleo que iba entrando a caprichosas horas a lo largo de la jornada, se iría amontonando sobre la mesa. Pero a él en cambio, no le temblaban las piernas.

        

         No faltaban más de quince minutos para escapar de allí, y darle paso al fin de semana, cuando sonó el teléfono de su oficina. Reconoció el número en la pantalla digital del aparato, y suspiró antes de descolgarlo. Era Ana, él ya lo había intuido, llevaba horas esperando su llamada.

 

- Hola.

- Hola, dime Ana.

- Bueno, ya sé que es una locura lo que te quiero proponer, pero pensaba que quizás quieras…

- A ver Ana, sin rodeos.

- Había pensado que podríamos pasar el fin de semana juntos, podríamos ir…

- Espera, has olvidado que estoy casado, ¿no? , que tengo una familia. -No la dejó concluir.

- Es verdad, lo siento. Que disfrutes el fin de semana.

- Pero espera, escúchame.

 

No dejó tiempo para que Alfonso contestara, colgó el teléfono. Había percibido una queja agria en la voz de la chica, una pena que la señal del teléfono, al ser colgado, acentuaron. Pues el pitido agudo retumbó en los oídos de él, y quiso llamarla, pero no tuvo fuerzas, o quizás valor.

 

Fuera seguía lloviendo, y la oscura claridad que entraba por la ventana de su dependencia le había hecho utilizar la luz artificial toda la mañana. Se levantó de la silla, y se acercó hasta la estantería, cogió la fotografía. Le quitó el polvo acumulado sobre el cristal con un pañuelo de trapo, y luego la miró con tristeza, preguntándose qué sucedía en su matrimonio. Por qué el tiempo había despedazado aquella felicidad que se archivaba en forma de fotografía. Por qué había dejado de querer a su esposa. Y por qué tuvo que cruzarse Ana en su vida, en su matrimonio. Se sintió tan preso de sus sentimientos como sucio de alma, hasta que un sudor helado le congeló las manos, más tarde el corazón, por último sus pensamientos.

 

         Ana echó una última visual a su oficina, antes de salir, asegurándose de que todo quedase en orden. Apagó la luz, y cerró la puerta con llave. Camino al ascensor se encontró con compañeros que como ella, arañaban unos minutos a la jornada, deseosos de iniciar el descanso semanal cuanto antes. Sin importarles el haber dejado trabajo acumulado sobre sus escritorios y estantes. Se despidió regalándole los mejores augurios, pero no pudo evitar echar una última ojeada al despacho de Alfonso. Estaba allí dentro aún, la luz era visible por los ventanales altos que separaban el techo de las endebles paredes del habitáculo. Y con la resignación aún hirviéndole por dentro, no mostró ningún interés en despedirse de él.

Se abrió la puerta del ascensor, sonó el timbre a la vez que un portazo urgente a lo lejos, en el pasillo le avisaba de que alguien se aproximaría. No esperó, reconoció el juego de llaves, y se introdujo apretando el botón de la planta baja con diligencia.

Alfonso había abandonado con rapidez su despacho, dejando la ventana abierta, y sin la precaución de cerrarlo con llave. Corrió  hasta la entreplanta, y vio el dígito cero marcado en el chivato. Se precipitó entonces por la escalera, no tenía otra opción, intuyendo que lo separaban siete plantas, ciento setenta y ocho escalones que contó una mañana que el ascensor estaba fuera de uso.

 

         La oficina era un caos, polvo y montañas de papeles, carpetas, apilados sin rigor ni lógica. Un desconcierto que él sólo podía leer. Dueño de esta situación, abandonaba el trabajo, tomando antes una decisión. Una elección guiada por un irracional apetito de embarcarse en una aventura carnal, que no sabía bien hacia donde caminaría.

Llamó a su mujer, minutos después de recibir la llamada de Ana, minutos después de desprenderse de la foto, colocándola de nuevo en el estante superior, donde descansaba desde hacía tiempo inmemorable sin el menor reparo para sus sentidos. Pero aquella mañana no paró de mirarla, no conseguía despojarse de la culpa que lo cercaba. Entre él y su mujer, una joven sonriente sosteniendo un helado de cucurucho, y sobre el cono de galleta la bola de fresa se derretía descendiendo, hasta alcanzar los dedos de la pequeña. Fueron las primeras vacaciones en familia, los tres.

 

         Atajó la calle por medio de la vía, ignorando el paso de peatones. El tráfico intenso, retenido, le facilitó la suicida maniobra. Y casi sin aliento, llegó hasta Ana que se había detenido en un escaparate, curioseando unas prendas de vestir de las que colgaban unos carteles fluorescentes, donde podían leer los ojos más miopes, la palabra ofertas.

 

- Por fin te alcanzo. - Dijo Alfonso, intentando recuperar aire.

- ¡Ah, hola! - No pudo evitar ser sorprendida, dándose cuenta de que su jefe llegaba totalmente extasiado. Y aunque quiso, no pudo mostrarse antipática. - ¿Qué vienes corriendo? …

- Sí, pensaba que no te alcanzaría. He pensado lo que me has dicho antes.

- ¿El qué? - Se hizo la despistada, ahora le tocaba mover pieza a él, pensó.

- Lo de pasar el fin de semana juntos.- Tuvo que dejar de mirarla, fijando la vista al suelo.

- ¿Y tu mujer? - Preguntó Ana.

- La llamé, le dije que salía de viaje urgente para Barcelona. Esta noche la telefonearé para decirle que no volveré hasta el lunes.

 

Ana quedó muda, no creía que su jefe fuese capaz de atropellar su matrimonio por un capricho, pero la realidad es que ya se dirigían al coche de Alfonso, y no había vuelta atrás.

 

- Tengo que llamar a casa, avisar a mi madre. - Sonrió espontáneamente, sin duda el peso de la mentira era muy inferior.

- Toma, llama desde aquí. - Le ofreció el móvil, pero ella rehusó, señalando una cabina telefónica libre, a unos míseros metros tras de él. - Como quieras, voy arrancando el coche, te recojo aquí mismo. - Añadió.

 

Se acercó a ella besándola en la mejilla, sin tomar la precaución de ser visto por algún compañero, o por algún conocido que anduviese por el centro de la capital. El deseo no tiene obstáculo, se alimenta de desenfreno.

 

 

                                                        II                                            

 

 

         La casa no era visitada desde hacía más de tres semanas, por eso se amontonaba el polvo y la suciedad por todos los rincones. Mas el aire que compartía el espacio vacío, estaba tan parado que olía a cerrado.

Con un giro veloz de cabeza, únicamente perceptible por alguien muy atento, la invitó a entrar primero en casa. Activó seguidamente el automático de la corriente eléctrica, y la luz eliminó las dudas y titubeos que con pasos falsos y tanteos precedieron. Dando vía libre a la curiosidad de Ana por descubrir qué había en el interior de aquella morada.

Una vivienda amplia, de cuatro habitaciones, dos cuartos de baño, cocina, salón comedor con chimenea, porche y piscina en el jardín. Quedó maravillada con tanto lujo, descubriendo cada rincón que sus grandes ojos destapaban. Por un instante imaginó ser dueña de aquel tranquilo chalet, situado a las afueras de la gran ciudad. Pero topó con varias fotografías, que le fulminaron la ilusión creada, y su cuento acabó cuando interpretó que la casa ya tenía propietaria, y ella sólo era un huésped, una visita de un par de días. Y necesitó salir del salón, atropellando la puerta que daba al exterior.

Allá fuera, una ráfaga de aire le heló las ideas, mas el cielo estrellado, negro como no lo había visto desde niña, la paralizó. Alfonso se acercó, la abrazó en silencio, había estado observando, sabía lo que le ocurría.

 

- Tranquila, ¿vale? Estamos tú y yo aquí, disfrutemos del momento, no pienses más de la cuenta, no nos hará ningún bien.

Sus palabras sonaron vacías, acentuando las pausas para dar mayor fuerza a lo que decía. Pero la credibilidad se perdía en el espacio, como se difuminaba también el vaho que escapaba de su boca.

-Gracias, de verdad, pero necesito estar a solas un momento. - Ana deshizo el abrazo, con delicadeza, como también frenó el beso que Alfonso comenzaba a dar. Él la entendió y accedió al abandono, premiándola con una ligera carantoña en el pelo, y un sutil beso en la mejilla. Tan maternal, como huérfano de sentimiento.

No pudo frenar este segundo beso, como tampoco podía detener un pensamiento que la atormentaba. No podía dejar de pensar cuántas veces habría dicho a otras mujeres aquello que le decía ahora,… cuántas infelices como ella, habrían pisado por dos noches, una, o incluso horas, aquella residencia.

 

 

         Ana despertó descolocada, desorientada en una cama y en un contexto que no conocía. La ausencia de familiaridad se debía a que nunca antes había visto aquel lugar.           Había entrado a oscuras, movida por la emoción y el desenfreno con el que Alfonso y ella se vieron nuevamente envueltos. A tientas encontraron la cama, despejaron las mantas y sábanas, y copularon como animales hasta que el cansancio les arrebató las últimas energías.

Ahora que la claridad se colaba por una pequeña grieta de la persiana, pudo ver la habitación, sencilla pero bonita, donde había colmado uno de sus recientes sueños. A su lado debía encontrarse Alfonso, pero no lo halló, debió ser muy sigiloso, pues Ana padece de sueño ligero. Y fue cuando al oír ruido de vajilla junto al de unos pasos que se aproximaban, familiares, lo descubrió en el umbral de la puerta.

Desnuda sobre la cama, como un cuadro de Goya se extendía la fémina. Se ruborizó un poco, para luego sonreírle pícaramente. Traviesa niña, que cumple la fantasía de acostarse con el jefe.

Intentaba taparse, sin éxito, pues no hallaba las sábanas perdidas en los pies de la cama.

 

- No me mires así, me da vergüenza. - Dijo algo ruborizada.

- ¿Cómo quieres que te mire? - Por poco, suelta la bandeja, para lanzarse sobre ella. Pero imperó la sensatez, y con una voz dulce le ofreció el desayuno.

Ella quiso incorporarse, pero le insistió en que lo tomara allí mismo.

 

                                                        III

 

 

Teresa había dormido sin la llamada de Alfonso. Acostada la cría, buscó el sueño en los programas nocturnos de cotilleos, o en ocasiones haciendo zapping durante la publicidad. Estaba perdiendo toda la esperanza cuando el teléfono sonó a media noche. Casi con un bostezo contestó la llamada, y tras un silencio incómodo volvió a preguntar quién llamaba, con el timbre de voz más grave y preocupada.

No contestó nadie. Únicamente recibió la intermitencia de la señal telefónica fuertemente en su pecho. Sin previo paso por el oído, le perforaba y debilitaba la piel.

Para colmo, el número no quedó grabado en la memoria del aparato. Quedándose dormida en el sofá, a las horas, con el sinsabor de la llamada perdida, y con la duda de la identidad anónima, martilleándole la sien hasta perder la conciencia.

La claridad del día, colándose por las cortinas, la despertó.

Tomó el desayuno, Marta aún dormía, pronto despertaría desvelada por la costumbre de madrugar para ir al colegio. Ella ya había intuido este hecho, y esperaba el acontecimiento con chocolate y churros, todo un ritual desde que Alfonso hacía meses lo propusiese. Hoy no estaría él, para bajar en un salto a la churrería del barrio residencial, por eso Teresa había sacado del congelador una bolsa de estos.

Qué sorpresa se llevará cuando se dé cuenta de que es sábado y no hay colegio. Pensó cuando oyó ruido en la habitación de su hija. Querrá pasar la mañana viendo la televisión, pero los planes eran otros. Había quedado con su hermana en el Parque del Retiro, empezaba la feria del libro, y Antonio Muñoz Molina firmaba su nueva novela. Era una gran ocasión para comprar la obra personalmente. Lo había leído todo de él, y desde hacía meses esperaba ansiosa una nueva publicación.

 

María no tenía más de 35 años, era su hermana mayor, y única amistad. Trabajaba como presentadora de noticias, en el canal autonómico de Madrid. Con una gran trayectoria aún por delante, dentro de la cadena.

En cambio, su hermana Teresa, lo había perdido todo en Madrid. Pues sus dos mejores amigas, por motivos de trabajo, primero marcharon a Barcelona, para posteriormente asentarse en el frío Londres.

Las había conocido diez años atrás, primero como compañeras de una importante empresa informática, luego estrechando lazos fuera de la oficina, saliendo a cenar en repetidas ocasiones con sus maridos. Hasta que aparecieron los hijos, y las veladas se fueron trasladando a los inmobiliarios. Ahora Laura y Rocío, mantenían su extraordinaria relación cerca, y Teresa había sido dejada a un segundo o tercer plano. Pues, esperaba la contestación de varios e-mailes desde hacía más de un mes, y aunque seguramente llegarían, excusados a más no poder, ella era consciente de que las estaba perdiendo.

 

 

Se sentaron en una terraza del parque de El Retiro, junto al lago en el que se divisaban las barcazas, cargadas de parejas en su mayoría. Alrededor de éste afluían curiosos viandantes en todas las direcciones. Marta permanecía inquieta en una silla, había dejado a medias un  batido, que minutos antes se había empeñado en tomar. Teresa le chantajeaba con no moverse de su asiento, a menos que se lo bebiese todo. Pero la niña seguía intentándolo interpretando caras de pena y lástima, bien aprendidas, por traerle sus frutos en otras ocasiones. Y  la ayuda adyacente de su tía, que picaba en el anzuelo de la chiquilla, exigiéndole a su hermana que tuviese más mano diestra. Pero Teresa lo tenía claro, si quería jugar con los otros niños, el batido tenía que ser  ingerido.

 

-         Anoche te llamé… - comenzó María, cambiándole el tono y el semblante. Reclamando en su interlocutora toda la atención. – Pero no te lo pude decir… - continuó.

-         O sea, ¿tú fuiste quién llamó y colgó sin decir nada? – interrogó Teresa, interrumpiendo a su hermana.

-         Sí. – Contestó ésta, tras una incómoda pausa.

 

Teresa miró a su hija, intentando disimular la preocupación que llevaba en su rostro. Y con el tono más cálido que pudo emplear, invitó a Marta a corretear por el parque. La cría no notó, desde su inocencia, ningún signo de interés por la conversación que dejaba atrás. Saltó trastabillada de la silla, para reunirse a un pequeño grupo de niños, que chillaban y saltaban con un juego, al parecer muy divertido.

Las dos mujeres adultas, se miraron seriamente. Después de intercambiar una sonrisa cándida, advirtiendo la ingenuidad de la joven.

 

-         ¿Qué me tienes que decir, María? – Teresa no quería postergar más el pellizco que le presionaba el pecho.

-         Hace unos días, me encontré por casualidad a Alfonso. ¿Te acuerdas el día que íbamos a quedar para ir de compras, que al final me llamaste que no podías ir? – María continuaba dando rodeos. Y la tensión en Teresa se hacía más palpable.

-         Sí, Marta tenía unas décimas de fiebre… - Dijo esto y calló, emblanqueciendo. Intuyendo lo que su hermana le quería comunicar. Pestañeó, y asintió, dándole permiso para comunicarle lo que ya podía entrever.

-         Me dijiste que Alfonso estaba de viaje. Pero esa misma mañana lo ví dentro de El Corte Inglés de Preciados. En la joyería de la planta baja.  Llevaba un regalo, que instantes antes habría pagado, porque lo ví guardando la tarjeta de crédito en la cartera. – María paró, veía cómo su hermana luchaba por no llorar en aquella terraza, poblada de público.

-         Sigue, por favor. – Teresa rogó con voz temblorosa, que acabase cuanto antes con aquel drama.

-         Unos metros antes de saludarle, me vino a la memoria lo del viaje. Tuve tiempo de esconderme tras una estantería, y pensé entonces que me habías engañado. Pero rápidamente, corregí mi pensamiento, y supe que el que te engañaba era él. – Sobre la tez de Teresa, empezaban a correr las primeras lágrimas. – Más aún, cuando lo escuché hablar por teléfono, a escasos metros, sin que me pudiese ver. Comprendiendo las sospechas que tenías de tiempo atrás. – María volvía a detenerse, ofreciéndole un pañuelo de papel a Teresa,  que sacó mientras contaba a empujones lo vivido.

-         ¡Qué hijo de puta, lo sabía, lo sabía, lo sabía…! – Se repetía, con la mirada puesta en el horizonte, perdida, hasta que encontró a Marta. Ésta la saludó, sin percibir la tristeza en su madre, totalmente integrada en el juego.

-         Nombró varias veces el nombre de Ana. ¿La conoces? – María finalizaba su relato, desvelando la última carta que guardaba.

-         Sí, es su secretaria. – Un nítido: lo sabía, se alumbró en su cara, como una convicción que ve la luz. – Lo sabía hermana, lo sabía, pero no quería verlo. No quería verlo.

 

Teresa comenzó a llorar, he intentó disimular, para no llamar la atención. Aunque ya había quien se había dado cuenta, quien seguía desde hacía unos minutos el desenlace de la historia. Personas carentes de conversación propia, que habían tomado como suyas la cruda conversación de las dos hermanas.

 

 

                                                        IV

 

Más de un año había pasado, desde la última vez, que Teresa y su  hija disfrutaron de un fin de semana en la casa de campo. La casa de las afueras, como habitualmente era conocida. Tanto tiempo, que dudó si fuese aquella blanca casona, que se iluminaba exteriormente, con pálidos faros.

Apagó la radio del coche, para concentrarse más en el carril de tierra imperfecto. Miró con interés a su hija, sirviéndose del espejo retrovisor. Se estaba desvelando a consecuencia del vaivén de tramo no asfaltado que conducía al chalet. Finalmente, reconoció el terreno por el coche de su marido, aparcado en la cuneta, junto a la verja, que quedaba a la derecha del polvoriento camino.

Paró el motor del vehículo, y se apeó, abriendo la puerta trasera y cogiendo a su hija ya despierta en brazos. La arropó con una manta, pues la noche era gélida. Despejada, pero el termómetro debía de rozar los cero grados allá en la Sierra.

Abrió la verja, dejándola a su paso abierta. Mandó callar a la niña, tras preguntarle ésta, si era el coche de papá, aquel aparcado junto a la puerta. Y mirándola muy gravemente, en un lenguaje que no tenía edades, le susurró al oído que permaneciera allí quieta, que no se moviera, que vendría rápidamente.

La pequeña obedeció. Se mantuvo allí de pie, en la entrada a la casa, con la puerta ya abierta, enrollada en la manta que su madre le había proporcionado, para aislarla del frío. No más de dos minutos, donde únicamente percibió el encender y apagarse de las luces. Y los pasos de su madre, más precipitados y ruidosos que a la ida. La cogió en brazos, y sin reparar en cerrar las puertas, la introdujo en la silla, en los asientos traseros del vehículo. Le dio un beso en la frente, le retiró la manta del cuerpo, y cerrando con precaución la puerta, se introdujo en el compartimento del conductor. Arrancó el coche, faltaban unos minutos para las cinco de la mañana. Llegarían antes del amanecer a la capital.

 

 

                                                        V

 

 

Carmela no recibía contestación de su hija, no era normal, acostumbrada a hablar diariamente con su madre cuando marchaba de viaje. De nuevo, el teléfono móvil le anunciaba que no había respuesta, acumulándose ya un sin fin de llamadas. A la vez, que un sentimiento de preocupación más grave.

Recogió la mesa, antes que la pereza la postrara en el sofá, y la telenovela la hipnotizara en el horario de sobremesa. Y ahora sí, con la conciencia tranquila, aunque preocupada aún por el silencio de Ana, se sentó y cambió el canal del televisor, buscando el inicio de la serie diaria.

Todavía aprovechaba la cadena local, unos minutos de anuncios, antes de empezar con la emisión de corazones salvajes. Publicidad que se vio interrumpida por un avance informativo.

Una joven con rostro serio,  disculpaba la paralización de la programación. A la izquierda de la imagen, se podía leer sucesos. Y con voz apenada, metiéndose en el papel, que exige la audiencia para estos casos, empezó a informar:

“Buenas tardes, disculpen que cortemos la emisión de la programación, pero han hallado los cadáveres de una pareja que dormía en su residencia de la Sierra Norte de Madrid. Según las autoridades policiales, el chalet permanecía abierto, no mostrando signos de violencia en las cerraduras de las puertas de acceso. Aún no se sabe el motivo del crimen. Aunque las primeras hipótesis hablan de un crimen pasional, al no coincidir la cara de la fallecida, con la de algunas fotografías vistas en el inmueble. Según los agentes que buscan algún indicio dentro de la casa. Perdón, me dicen que tenemos las primeras imágenes del lugar del crimen, conectamos con nuestro corresponsal Antonio Olmedo.

-         Buenas tardes, Antonio. – La imagen de la presentadora se extinguió, y apareció un joven, que permanecía rígido en la entrada del chalet, cercado por unas bandas de cintas donde se leía guardia civil.

-         Buenas tardes, María. Acabamos de conocer que el chalet que pueden ver, tras de mí, es del empresario madrileño Alfonso Melendo. Ubicado en el término de Somosierra, en la Sierra Norte de Madrid, a unos 93 kilómetros aproximados de la capital. El conocido empresario, colaboraba últimamente en el proyecto del nuevo estadio deportivo, con vistas a Madrid 2016. Además de sus conocidas intervenciones en tertulias, en cuestiones políticas, en varias cadenas de televisión nacional.

Tras un silencio, el periodista buscaba algún comentario desde el estudio. Pero no llegaba, manteniéndose incómoda la imagen, sobre éste.

Al apreciar que no recibía ninguna palabra desde los estudios centrales de Telemadrid, creyó que lo más conveniente era continuar:

 

-         Hasta el momento, María, no sabemos las causas del crimen, aunque desde hace unos escasos minutos, como informabas, estamos al corriente de que la chica que compartía la escena del crimen, junto a Alfonso Melendo, no es su esposa. – Tras el informador, comenzó a darse un clamoroso ajetreo entre los presentes. Éste continuaba informando, ignorando que tras de sí, asistentes sanitarios, junto a agentes de la guardia civil, sacaban los cuerpos de la residencia de descanso del mediático Alfonso Melendo.

-         Perdona Antonio – interrumpiendo al reportero, emergió una voz varonil desde los estudios. – Estamos viendo en las imágenes, que en este momento sacan los cuerpos de las víctimas. – Antonio Olmedo, se giraba, y veía como podía alimentar unos instantes más de información, con los nuevos acontecimientos que se vivían.

-         ¿María? Sí, en estos momentos sacan los dos cadáveres del interior del chalet. Vemos al jefe policial, hablando con el juez, en el instante que introducen los restos mortales en los vehículos funerarios. Vemos que llevan algunas prendas de vestir y objetos,  que le dan a otros agentes. La multitud no sale de su asombro, ya conocemos que la muerte ha sido provocada por múltiples cuchilladas. Innumerables parecen ser. Apreciamos restos de sangre sobre las sábanas de los cuerpos yacientes. – La imagen volvió a los estudios, un presentador con gafas y perilla, ocupaba el centro de la imagen. No dejaron tiempo al enviado de despedirse, únicamente unas palabras del  nuevo tipo:

-         Gracias Antonio Olmedo,  por la información, estaremos pendientes de las novedades. En nuevos boletines informativos, les pondremos al corriente de la investigación policial, de este último suceso ocurrido en Somosierra. Disculpen a nuestra compañera María, que ha tenido que ser atendida por un ataque de ansiedad. Ahora continuamos con nuestra programación habitual, les dejamos con un nuevo episodio de la telenovela Corazones salvajes”. 

 

Directamente, como había anunciado el presentador, sin intercalar anuncios publicitarios. Sin demorar más la emisión de la serie. Comenzó Corazones salvajes, con aquella pegadiza canción que tarareaba todas las tardes Carmela.

Pero aquella tarde, el débil corazón de Carmela se había detenido minutos antes, tras unas salvajes palpitaciones padecidas, al reconocer el anorak que el jefe de policía le pasaba a uno de sus subordinados.

Salvaje hasta detenerse, resultado de la brusquedad de hallar la evidencia. La respuesta de por qué su hija no le cogía el teléfono. Vio el anorak, imaginó el cuerpo menudo de Ana bajo la ensangrentada sábana, y dejó de sentir.

 

 

 

 

 

 

 

El viento eres tú

- Déjame que te cuente, párate y escúchame.

- De acuerdo, pero aquí de los dos, el que vive en constante ritmo eres tú. El que varía mi equilibrio, eres tú. Recuerda, Corazón, "el viento eres tú". Tú eres quien me transporta a estados de éxtasis, y el que me hace llorar y reir.

- Te doy la vida.

- Como me la quitas.

- Dejémonos de rencores, y óyeme.

- Adelante, vuelco toda mi inteligencia a los oídos.

- Gracias, Conciencia, por concederme tu tiempo, tu pensamiento... pero dudo que tus sentidos no piensen en otra cosa que no sea lo que te diga a continuación. Y más que oídos, necesito razocinios.

- He dicho que te prestaré atención, mas tú sabes que influyes en mis idas y venidas. Tu dolor me absorve, por más que intente ignorarlo, estás herido, Corazón.

- De eso te quiero hablar...

- Pues no posterguemos más lo que has venido a decirme, aprovechemos este tiempo de tregua que me ofreces. Te percibo más tranquilo, y eso me inyecta una paz interior desconocida en los últimos días.

- Desde hace unos días, empiezo a contarte... vivo acelerado, en constante precipitación. El amigo Estómago te lo puede confirmar. Le hice enfermar, pues no está acostumbrado a vivir tan deprisa.

- Tengo constancia de que ya está bien...

- Aún se queja, me reprocha que por mi culpa, vive desde hace ya más de una semana con los indeseables Nervios.

- ¡Pufff! Los Nervios.Si es que ya te digo, tu armonía es esencial para nuestra tranquila convivencia. Todo es bello y de colores, cuando nos tocas esas melodías, los sentidos nos dormimos, nos acompasamos con tu breve latir. Con tu inacabable y vital movimiento.

- Déjate ya de usar palabras de Silvio. Piensa por tí mismo. Si algo tienes, amiga Conciencia, es sabiduría. ¿o no?.

- No entremos en ese tema. Tengamos la fiesta en paz, pues ni yo actúo siempre con la determinación de hacer las cosas bien, ni tú actúas "de corazón" normalmente. Te recuerdo, amigo Corazón, que el estar mal contigo mismo, nos afecta a los demás. Si eres egoísta, mi pensamiento así lo será. Por eso creo que debiéramos calmarnos, tú el primero. Estar ahora más que nunca unidos. Ya te noto precipitarte.

- No es para menos. Mi intención era conciliar nuestro rumbo. Darle un sentido lógico a lo que me aturde, y pensé que tú mi amiga, dotada de la Imaginación, la Razón y la decisión, me ayudarías, por el bien común.

- Jajajaja, me haces reir, Corazón. Yo tomar la decisión, perdona mi ironía, no te ofendas, no te alborotes...Cuento hasta diez.

(10 segundos después).

Amigo, mi decisión en los últimos tiempos está siendo tomada por tí. ¿Crees que decido lo que hacer?... No, ¿verdad?.

- Perdona que me altere, últimamente ando algo perdido. Eso lo he aprendido de tí, tantas veces lo has dicho. Pero tanto tú como yo, somos culpables de nuestros actos. Damos vida a un cuerpo, que anda extraviado, sin brújula ni timón. Ni mis caprichos, ni tus miedos mueven el cuerpo. No me considero el actor principal de esta marioneta.

- Te aseguro que yo tampoco muevo los hilos.

- Somos los dos, querida amiga. Somos los dos.

- Pero el viento eres tú... el que sopla como un huracán y arrasas mis castillos de arena. El que besa, da la mano, da un masaje y me duerme. El que un día piensa una cosa, y al otro persigue su contrario. Reconóceme que eres impulsivo. Reconóceme que eres joven aún, y que sueñas con mundos imposibles, que yo trato de maquinar. Nunca me dejastes cooperar contigo, siempre llegas y en un arrebato, silbas la canción que te apetece, porque querido amigo... el viento eres tú.

- No creo que lleguemos a ningún puerto. Siento que navegamos en alta mar. Tus pensamientos no llevan la misma dirección que mis deseos, y he aquí donde estriba el oleaje. El turbio vaivén que me hace naufragar, en tu mar de pensamientos.

- ¿Cuántas veces te tendí un salvavidas?...

- No aspiro a una vida tranquila, a una existencia calma. Soy músculo de acción.

- Nombras lo cuerdo como aburrido, ese es tu más grave error. Madurar, tener las ideas claras. La mente transparente. Saber elegir la opción adecuada. ¿Hasta cuándo he de esperar que suceda eso?. Vivo con el sinsabor de que jamás ocurrirá, me lo dice la Intuición.

- No hagas caso a la Intuición, esa creación de la falacia. ¿cuántas corazonadas tuvo y no acertó?...

La Inteligencia es aburrida, odio el camino predeterminado. Gusto de sobresaltos, aunque esté siempre quejándome. Y siento predisponeros, por ser como soy...

- No sabes lo que quieres, Corazón.

- Será eso.

- La obsesión te ciega. El vicio te corrompe. Pero necesito de tí. El viento eres tú... sin ti sería una tábula rasa. Y tú sin mí, serías un impulso sin frenos.

- Déjame ir, me he equivocado tantas veces..., pero  fue buscando el bien común. Trabajamos en equipo, no me hartaré de decirlo.

- No lo olvido. Es más, estoy contento de que tengas trabajo. Pero ojo, no te dejes comer terreno por la Ilusión, por la Fantasía, la Imaginación... querrán engañarte, como lo intentan conmigo. No dudo que son necesarias para meditar todo el torbellino de imágenes que se me suceden, aunque ya hemos hablado de que no corren tiempos para el Sueño.

- La vida es sueño, Conciencia. Sin mi instinto abrumador, y sin tu pausa calculadora, no seríamos los personajes principales de este cuento, perdón, cuerpo.

- Llámale cuento, puedes llamar cuento a la historia que día a día escribimos. Como dices, yo soy la libertad, el segundo de mesura que empleo para elegir las opciones que hemos de tomar, cuando me dejas. Cuando tu excitación es paciente. Cuando duermen los caballos de tu motor, formamos el equipo más potente. Las páginas más brillantes de nuestra biografía  brotaron de mis principios, mezclados con la tranquilidad de alma que me contagiabas.

- A ver, dejémonos de espiritualidades. Háblame a la cara, háblame de cosas terrenales. ¿Qué siento?... Tú eres mi luz, la que me dirige. No dejo de llorar, ¿por qué me torturo, acaso no es precioso lo que siento?... y si lo es, ¿por qué me ahoga?... ¿por qué castigo al pecho, aprisionándole con un malestar que debiera ser bueno?... y al resto de compañeros de viaje, ya hablé antes del estómago y sus nervios okupas. Es posible que pueda liberarlos. Pero te necesito, te tiendo la mano, no me falles ahora.

- Sabes que no lo haré...

- Me emociona oirte así. Notarte con la voz ronca, partida por el llanto.

- El viento eres tú... mi demente guía, que me transporta donde nadie sabe llegar, donde nadie puede escapar.

- ¿Me ayudarías a olvidar?... Ejercita tus habilidades para mantener la mente en blanco. Si tu pizarra no elimina el elemento que quiebra mi salud, enfermaré.

- No seas tan dramático.

- Ya quisiera no serlo. He pasado más veces por esto, pero esta es distinta, ¿verdad?.

- Todas las situaciones son distintas, no hay dos iguales. "No nos bañamos dos veces en el mismo rio".

- Ayúdame a borrar su imagen.

- No puedo, está grabada en la piel. No puedes pedirme que mutile un sentimiento que crece a diario. Eres responsable de su nacimiento. Como lo serás de su crecimiento, o su desaparición. No hay tatuaje eterno.

- No te pongas tan filosófica.

- Te daba una humilde opinión. Sólo quiero saber si quieres matar este sentimiento.

- Jamás fui asesino de mis deseos. Fueron ellos los que me hicieron derramar sangre. Son ellos los que me torturan. Y siento manteneros en vilo. Pero mientras vibre, me siento vivo. Me siento útil. Soy un incansable soñador, utópico.

- Hace ya 10 días de aquello...

- No me interrumpas, por favor. Decía que mi quimérico actuar, será suspendido el día que  la savia no riegue mis venas y arterias. Cuando esto suceda, cerraremos los ojos, y descansaremos en paz. Mientras esto sucede, quiero que seas compañera de viaje. Tu cordura, mi locura.Te he oído hablarme del justo medio aristotélico, pongámoslo en marcha. Si conservamos el equilibrio, seremos intratables.

- No te ofendas si me río, querido Corazón. Pero me hablas de formar un equipo, me hablas de equilibrio, de cordura... ¿Desde cuándo juegas con la frágil mentira?. Pero no, no te vuelvas a ofuscar, ya noto como transmites tus centelleantes dolores por todo el organismo. De nuevo siento el martilleo en la mente, oigo quejarse al Estómago, y hasta intuyo apretarse el cinturón alrededor del pecho. Vivo en la titubeante ciénaga de pensar que no hablamos el mismo idioma. De sobra sabes que me has engañado en multitud de ocasiones.

- No puedes desprenderte así por así, de mí.

- No trato de abandonarte, tu lucha es nuestra lucha. Tampoco pretendo invitarte al conflicto. Somos cómplices de nuestros engaños y verdades. Estoy a tu servicio, soy tu subordinado... danzo al ritmo que me invitas.

- Mi ritmo es enfermizo.

- Después de la tormenta vendrá la calma. El viento eres tú... te acercarás a mí con tus cantos primaverales, tu melancolía otoñal; tararearás esa melodía que me hace sentir humano. En fin, aparecerá la seriedad de alma.

- No se concilia el temor en mí. Soplo alto...

- Violento, amigo.

- Más fuerte lo haré, cuando tenga su imagen real frente a mí. Serás necesaria, no me abandones en el momento crucial. Sabes que la astuta Timidez está esperando su ocasión, puntual y quisquillosa.

- Lo sé. Ella es tu enemiga, te pierde. Piensa en un momento todas las cosas que dejaste de hacer por ella. Nunca te lo agradeció, tan sublime y orgullosa...

- ¿Sabes? me siento mejor, a pesar de tener mis altibajos.

- Es normal. La última semana trabajé siempre sobre una imagen: un sofá, el roce de unas manos con su caricia, enriquecido por el recuerdo de una angelical mirada. Vencida por el sueño y la ternura del instante.

- Te vuelves a poner demasiado tierna.

- Eres tú, el viento eres tú... yo sólo pienso, lo que tú me das. Y me dejo llevar por tí. Porque no lo olvides... EL VIENTO ERES TÚ...

Esperpentos

Ante mí aparecieron dos puertas, cerradas en apariencia. Me hallaba en el centro de una habitación cuadrangular, de paredes blancas, al igual que el techo y los azulejos que pisaba. Todo bien iluminado sin llegar a percibir ningún foco de luz. Pero el misterio de la luz no era tan primario para mi curiosidad.

Las maderas de las puertas eran negras, a diferencia del resto del habitáculo. Carecían de pomo, o algo similar para hacerlas abrir. Tampoco distinguí ninguna ranura en forma de cerradura; de haberme topado con ese obstáculo a priori, hubiese tomado importancia la llave que colgaba sobre mi pecho.

Desde mi posición, justo en el centro del
cuadrado, era incapaz de adivinar la posible accesibilidad al exterior que me otorgarían los dos tableros rectangulares. Era curioso, mi único interés al principio fue el buscarle geometrías al espacio inusual donde me encontré. Y este desajuste espacial me empujó a padecer los primeros síntomas de desequilibrio mental. Luego llegaría la angustia de no saber qué hora era, ni tampoco el día, mes o año. Me sobrepasó violentamente por encima, atropellándome como una veloz y pesada locomotora, la angustia de haber perdido la noción espacio-tiempo.

¿En qué me había convertido?... ¿Quién era yo?... ¿Seguiría siendo el mismo cuando recuperase la brújula existencial?...

Al momento, esta desorientación se introdujo en mí, inyectándose en forma de pánico, evidenciándose más allá de lo puramente psíquico. Me sentí débil, arrojado al vacío. La nada me engullía, un concepto que había leído, oído hablar de ella, pero jamás había experimentado. Supuse que la sensación debía ser por lo menos parecida...

Patente se hizo notar la nada, atravesando como una fina aguja rebasa la piel, distinguiéndose el pinchazo aleatoriamente sobre extremidades, sien y zona abdominal, principalmente.



                                                           II

Dos letreros colgaban de las puertas, uno por cada una. Me acerqué a leer lo que adiviné de lejos serían letras. Ininteligibles desde el centro del cuadrilátero. Aproximadamente un área de cuarenta metros cuadrados, necesitando al menos dar cuatro o cinco pasos para descifrar lo que decían:

“Blanco” y “Negro”.

Intuí que debía elegir entre una de las dos opciones que se me presentaba. Y la elección de una se convertía automáticamente en el rechazo de la otra. Pero, ¿por qué esos dos colores?...

¿Qué significado podrían tener?... y ante todo, ¿Qué hacía yo allí?...

Enfrentado a dos puertas de madera, sin saber cómo ni por qué había llegado allí.

Intenté creer que era un sueño, y comprobado que mi cuerpo sentía los pellizcos que me di en ambas mejillas, concreté que tendría que ser un sueño de esos que parecen reales, uno de esos sueños que cuando despiertas te sigue asombrando por su realidad. Pero aquello era distinto, nunca antes había sido víctima de un escenario tan crudo, tan vivo. Y el sueño se truncó pesadilla.



                                                           III

Únicamente iba vestido con una túnica blanca, hasta los tobillos. Me incomodaba no llevar ropa interior, acostumbrado a ella. Y la llave seguía siendo una incógnita, al descartar cualquier tipo de orificio en las puertas. Por lo demás, no recordaba cómo había llegado hasta allí, qué importaba la indumentaria que portase, o el modo de ir ataviado de esta
u otra forma. Mi prioridad a partir de ese momento fue hallar la manera de salir de tan embarazosa situación.

Estuve a punto de empujar la puerta blanca , simplemente por escapar lo antes posible de aquella habitación claustrofóbica. Movido por el impulso gris de la apremiante desesperación a la que me veía forzado. Pero algo en última instancia hizo detenerme. No sé aún cómo pude sacar fuerzas de mi interior para llegar a razonar, porque medité la salida que debía tomar, buscando lógica a lo que no tenía, perdido el norte.

El color negro me sugería varias cosas. Mi color favorito, o la sensación de pesimismo y
solemnidad que lleva intrínsecas. Y visto en sociedad y usado en el lenguaje, cargado de matices negativos. En cambio, el blanco además de ir a juego con mi túnica y con el medio de la sala, me inspiraba todo lo contrario al negro, repleto de rasgos positivos. Incluso llegué a pensar que si debiese poner un color a la verdad y otro a la mentira, el blanco quedaría para la primera, quedando el negro para la mentira. De idéntico modo la vida y la muerte, la felicidad y la tristeza, el amor y el desamor, podían teñirse con estos dos colores, antónimos entre sí, al mismo tiempo que complementarios.

Decliné por el blanco, además de mi razón me dejé ayudar por el primer impulso que tuve. En parte somos instinto, debí pensar también. Y sin la convicción de que la inteligencia asegurase la suerte final de
las decisiones, debía elegir, para abandonar con rapidez la inesperada barrera.

La ausencia de sonidos me ponía cada vez más nervioso. Era incómodo pensar en el más absoluto silencio. Quizás por la costumbre de habitar entre ruidos...

                                                           IV

La puerta no opuso resistencia. Vi un largo y estrecho pasillo que se perdía sin fin. Había luz al fondo, hasta el punto máximo donde alcanzaban mi vista a ver, hecho que me tranquilizaba. Caminé hasta el extremo más luminoso del pasadizo, dejando atrás la puerta, que dejé de ver por causa de la contraluz. El silencio me pareció más profundo aún si cabía, me seguía molestando la carencia de ruido, sentirme la respiración u oír los pasos que daba con su posterior eco. El pasillo acabó desembocando en otra sala cuadrangular, similar a la que dejé minutos antes atrás. Dudé si el camino había sido en círculo...las dudas se disiparon cuando ante mí aparecieron cuatro puertas. Y sin ademán de detenerme, me acerqué a ellas, también colgaban letreros sobre ellas:

“Amor”, “Salud”, “Dinero” y “Suerte”.

Así rezaban de izquierda a derecha.

Noté súbitamente como si aquellos blanqueados muros se estrechasen, oprimiéndome más y más, hasta el extremo de sentir el pecho prensado. Marcándose este pánico en mayor grado cuando giré y comprobé que tras de mí no existía ningún camino. A los lados tampoco, me cercioré con un rápido movimiento de cuello. Unas desagradables y repentinas nauseas me abordaron. Estaba perdiendo los nervios, siendo presa de ellos. Grité desesperado, pedía auxilio, pero nadie respondió. Opté por sentarme junto a la puerta que estaba a mi derecha, sobre la que se podía leer “Suerte”, quizás era lo que más necesitaba en aquella situación. Pues ni la salud, debilitada notablemente, ni el dinero podrían sacarme de este laberinto macabro. El amor, pensé en la puerta de la izquierda, era una necesidad, se me antojaba disfrutar de la compañía de alguien, para no verme tan solo. Siempre se ha dicho que se
camina mejor acompañado. Y gozar de dos cerebros y el calor humano allí, hubiese bastado a mi organismo para no perder la compostura tan rápidamente. O para recobrarla con más urgencia de lo que lo hacía.

Entre tanto, perdí la conciencia.



                                                           V

No sé cuánto tiempo transcurrió, el cansancio me había vencido, y despertaba en la
misma postura en la que me recordaba antes. Erguí la cabeza de entre las piernas, y todo continuaba igual después de frotarme los legañosos ojos. No entendía cómo había sido capaz de conciliar un sueño que presumía extenso, en tales condiciones. Deliberé entonces, que el mismo tránsito neurótico colapsó todos mis órganos vitales, desfalleciendo porque el agotamiento psíquico se ejercitó sobre los elementos físicos. Y la idea del sueño se cambió por la de una pérdida de conocimiento.

No era médico, y mi supuesto diagnóstico simplemente podría albergar en la temible pradera de la posibilidad. Cuando allí me debatía por estas arduas laderas, intentando encontrar señales que me dieran respuestas a todas las preguntas que me venían, se iban, para volver a visitar mi
esquizofrenia.

Continuaba sin existir la presumible vía que me había llevado hasta allí. Misteriosamente no quedaba rastro alguno del pasadizo, todo estaba compacto en la pared. Todo se cercaba en cuatro alternativas, que el destino me ofrecía “gentilmente”.

Podía sentirme “orgulloso” de vivir aquella experiencia, pensé irónicamente.

Nunca creí en los horóscopos, aunque en verdad, los leía por curiosidad cuando caían en mis manos. Y estas
cuatro virtudes parecían salirse del interior de una revista del corazón. ¿Qué tendrían que ver con el color blanco?... Igual la puerta negra me hubiese conducido al mismo destino. Eso ya no lo sabría, era mejor pasar este hecho por alto.

Recordé a mi familia, la novia, los amigos. Luego vinieron más imágenes, sin dejar de mirar las cuatro salidas, recordé el trabajo, la casa de mis padres y como no, mi ciudad.

Detuve la visión sobre las seis letras que formaban la palabra “Dinero”. Era un tópico escuchar de la sabiduría popular que no daba la felicidad, pero que probablemente ayudaba a alcanzarla. Aunque sin salud para qué
quería el dinero o la suerte, seguramente esta última virtud del azar me habría dado la espalda. Comprendí al tiempo que la suerte es fundamental también para la vida. Salud, dinero y amor sin suerte no perdurarían. Y no era el ejemplo más claro de un ser dichoso. Más bien mi pesimismo, o realismo como gustaba llamarlo, no me convertían en una persona feliz, a pesar de disfrutar de buena salud, una familia y una mujer que me querían, y no pasar penurias económicas.

Continué observando la puerta más materialista, e imaginé circunstancias que hubiesen cambiado, de poseer mayor nivel económico. Luego giré mi atención a la palabra “Amor”. Sin duda la más cálida. Un término capaz de darle sentido a la vida. De hacer voltear el mundo con su fuerza, su energía. Al contrario del dinero, un sentimiento
inmaterial, desinteresada sensación que se experimenta por desigual en cada uno.

                                                           VI

Llevaba una vida cómoda, con las preocupaciones naturales de la edad. Era incapaz de recordar lo último que hice fuera de allí. Si trabajaba, dormía, conducía, comía o bebía. Cuando una intuición me mordió el alma, suscitándome la idea de que estaba siendo presa de un viaje astral, o que la muerte prematura me había abordado.

No soy creyente, pero me llegó la convicción de que había iniciado un viaje de ultratumba. No había imaginado ni por asomo un desenlace post – mortem así. Mi peculiar juicio final se presentaba como un juego, en el que olvidaron facilitarme las reglas.

Quise acabar cuanto antes con aquel atropello a mi intimidad, empujando la puerta más cercana a mí. Pero no cedía, a pesar de que realicé un segundo esfuerzo más enérgico. La “suerte” me regateaba otra vez en la vida. De derecha a izquierda empujé la siguiente puerta, con el mismo resultado, el “dinero” no quería darme acceso. No volví a intentarlo, enérgicamente golpeé, más que empujar la siguiente puerta. Y nada, no hubo manera de abrir las puertas. Suerte, Dinero y Salud me negaban su acceso. Sólo me quedaba intentarlo con el Amor. Aquí dudé, fue como entablar conversación con la chica que te gusta. El miedo al rechazo, al portazo, se adueñó
enseguida de mí, ante la inseguridad creciente. Pero a la vez, era el único clavo ardiendo al que me tenía que agarrar. Y me envalentoné sobre ella, imaginando que esa puerta era la única chica que quedaba en el bar. El amor me abrió su puerta.

                                                          

 

 

                                                           VII

Anduve lo más rápido que pude. Las piernas no me permitían correr por el oscuro túnel. Las sentía tan pesadas, tan agarrotadas, que noté que pronto tropezaría para terminar cayendo de bruces en lo llano del camino. Debilidad que me hacía más indefenso en la tortura. Finalmente alcancé una nueva sala, tras abandonar el
pasillo. Todo se volvía a repetir, semejante al tránsito de la primera a la segunda habitación. Pero esta vez, la claridad del “nuevo” habitáculo me produjo una sensación menos trágica.

Acostumbrado a convivir con el incómodo vacío que la Nada me tenía reservado, teniendo más mesura de alma en mi interior. Aunque en mi tórax, una grieta iba agrandándose, a pesar de sentirme más inmune al dolor que padecía. La ranura se dilató unos centímetros más cuando, de nuevo, dos imponentes puertas se presentaron frente a mí. Por suerte, algo cambiaba, la de la izquierda mía, además de colgar un cartel sobre ella, dejaba ver un orificio. Intuí que podría ver el exterior, gracias al presumible hueco óptico que atravesaría la madera. Me acerqué con urgencia, dibujándose una leve sonrisa en mis labios. Y leí para
culminar la media sonrisa que se formaba imperfecta, “VIDA”. Fugaz sería esta alegría, cuando deduje por eliminación intuitiva, que sobre la otra puerta, solemnemente hallaría las seis tétricas letras que borrarían de un zarpazo mi frágil entusiasmo.

No se concretó el hecho como imaginé. El instinto que aceleró a leer “muerte”, erró. Un signo de interrogación de los que cierran las preguntas en el lenguaje escrito, lucía sobre la puerta de mi derecha. Entre la ranura que separaba el suelo de la parte baja de la madera escapaba un blanco humo. Y para mi asombro, era la única puerta, de las ocho que había encontrado, que tenía cerradura. Me toqué el pecho para verificar que la llave seguía allí colgada. Cálida al tacto húmedo de mis sudorosos dedos.



                                                           VIII

Otra nueva elección, elegir una alternativa de dos posibles. Pero, “¿Hasta qué punto era esto cierto?”... si en la anterior habitación una puerta, la del amor únicamente, me dejaba continuar hacia donde estaba, qué sentido tendrían las otras opciones. Y evidentemente se me formó la nítida idea de que la puerta donde colgaba el letrero “negro”, era infranqueable también. Lástima que no lo comprobé, y ya se hizo tarde, tendría que vivir con esa duda.

También pensé que las dos puertas que tomé como escape, o que me sirvieron para enlazar con las salas contiguas, “blanco” y “amor”, hubiesen sido objeto de elección con la mente y el alma en frío. Por lo que no se presentaba todo tan canallesco como suponía. Lo achaqué al destino. Me daba la impresión de que todo estaba predeterminado. Que cualquiera que fuese mi elección, se vería coaccionado por la disposición que quisieran que tomase...

Introduje la llave en la cerradura, no había razón para demorar más la situación. De todos modos, alguien había jugado mis cartas sin mi consentimiento. La llave encajaba perfectamente en el hueco. Frené el impulso de girarla, y la saqué con cuidado. La volví a colgar en el pecho,
introduciendo la cuerda a la cual estaba sujeta, por la cabeza, dejándola sustentada en el cuello.

Estaba claro, acababa de encontrar el naipe ganador. La otra opción quedaba suspensa. Aunque la curiosidad del asunto podía conmigo, y dirigiendo un par de pasos hacia mi izquierda, posé mi mano diestra sobre la puerta en la que rezaba “vida”. Extrañado descubrí que el portón tenía pomo, además de la anteriormente mencionada mira óptica. Y sin retirar la mano derecha de la madera, agarré con la otra el pomo. Con un leve esfuerzo empujé, sin hacer girar la palanca cilíndrica. No cedió. Por lo que decidí darle el giro. Y para sorpresa mía, también se abría. El silencio se extinguía, oí algún pitido proveniente de la sala que iba a descubrir. Con cuidado, con miedo a ser visto, la puerta despegué del quicio, dejando un pequeño margen de apertura. Y descubrí por el minúsculo resquicio la silueta de mi madre.



                                                           IX

No se entiende que no fuera a su encuentro, que atropellase la cavidad abierta y me fundiese en un abrazo con ella. Salvo explicando el marco desgarrador que encontré al extender mi visión.
Mi madre sentada sobre una butaca, dormida, sujetando una revista con sus manos, caída sobre su regazo. Mientras “yo” aparecía postrado sobre una cama, con tubos que salían de mis brazos, boca y nariz, en apariencia también dormido.
Me heló el olor a hospital, y cerré con sigilo, no fuese a despertar a madre.

“¿Qué estaba sucediendo?”...Aparecía por duplicado, meditaba sin dejarme de tocar, para comprobar que por lo menos seguía siendo físico. Arrimé la cara a la puerta, para mirar esta vez por el orificio el interior de la sala donde me hallaba.

“¿Cómo era posible estar en dos lugares a la vez?”...Alguien entró en la habitación, mi madre se desveló. Avergonzada salió al encuentro del hombre. Comprobó los niveles de suero y calmante, y estuvo observando posteriormente las máquinas que supuse me mantenían con vida en la otra parte. Con cara de preocupación, infinitamente inferior a la que mostraba mi madre, la miró. Le dijo unas palabras, y la abrazó, mi madre lloraba.

Por primera vez, el silencio que me acompañaba se rompió. Un pitido continuo y agudo se colaba por mis pabellones auditivos, recrudeciéndolo el sollozo de mi progenitora, que también se hizo perceptible. Aparté el ojo de la mira, y automáticamente desaparecieron las lamentaciones y el silbido de la sala hospitalaria. Volví a ser presa del silencio absoluto.
Intenté analizar la situación, sintiendo el grave pálpito del corazón sobre mi comprimido pecho. Había visto lo que se cocía en la presumible vida”. Seguía teniendo la oportunidad de declinar por la otra vía. Una incógnita que había ganado enteros en los últimos minutos. Aunque el humo blanco que seguía librándose de entre la ranura inferior de la puerta, continuaba resultándome tétrico.
Me armé de fuerza, de curiosidad, y volví a indagar en el interior del hospital. Para sorpresa mía este había desaparecido, con mi madre y el médico, tampoco estaba la cama donde me debatía entre la vida y la muerte. Ni siquiera veía un detalle mínimo que me indicara que había algún indicio de lo que había visto...
Un balcón familiar tomó el protagonismo, lo reconocí de inmediato. Sólo que me pilló descolocado, al confiar mi mirada a la antigua escena. Reconocí mi bicicleta, apoyada sobre la barandilla. La mesa y las sillas que en verano adquirían una prolongada utilidad, en las cálidas noches. Los geranios y rosales, bien cuidados. Qué visión más extraña, era capaz de ver mi terraza a una altura de siete pisos, como si estuviese flotando en el aire. Al contrario de la habitación clínica, que me ofrecía la perspectiva de verla a ras de tierra. Incluso juraría que de haber tenido el suficiente empuje y valor, hubiese podido entrar al encuentro de mi madre y mi doble.

“¿Qué continuaba pasando?”...”¿Dónde conducía esta pesadilla de puertas, elecciones y crueldad?”... Cada vez era más difícil para mí hacerme a la idea de que despertaría de improviso, y me reiría de la locura que me envolvía. Cada vez era más complejo tener esperanza de que fuese sólo un sueño, un viaje astral o algo parecido. “¿Cuál era la realidad?”...”¿Aquella macabra situación que padecía, o quizás aquellas visiones tridimensionales que robaba con mis ojos tras la puerta de la “vida”?”...

No todo estaba en orden en mi balcón. Se estaba dando un hecho inusual, pero ya no lograba sorprenderme casi nada. Un hombre de pelo cano, metido en carnes, sentado sobre una silla de ruedas observaba el interior de la casa, dándome la espalda. La cristalera corrediza se mantenía entreabierta, y me pareció que dialogaba con alguien, o que el débil sonido que me llegaba, indescifrable, provenía de un televisor o radio. Aparté el ojo de la mira, lo froté con el reverso de la mano, cansado de fijar la vista en la misma imagen.

“¿Qué haría ese señor en mi casa, en mi balcón?”...Fijé de nuevo la cara a la madera, el ojo a la mirilla. Miré la escena del balcón y mi vida se detuvo.



                                                           X

Me vi reflejado en un espejo de carne y hueso, tan real como los ojos con los que miraba. Al menos diez años mayor que yo. Pero seguía siendo yo, de nuevo por duplicado.

El ser en el que me convertía me regalaba una maléfica carcajada. Me miraba de frente, como si hubiese presentido que miraría por allí. Una carcajada que explotó en mis tímpanos, recorriendo como ácido que todo lo quema, el interior de mi debilitado organismo. Empujado por una energía que pareció salir de aquella cara en la que me convertía caí hacia atrás, golpeándome la cabeza. Sentí el golpe duro, y la brutalidad de la acción fue nublándome la vista, con humo blanco sobre las pupilas. Pero este no escapaba de la puerta de mi derecha, parecía surgir de mis párpados, como nubes bajas que descendían de mis cejas. Hasta que todo se fue haciendo más gris, y en negro se convirtió.

En muchas ocasiones me había preguntado por la realidad. Si es este mundo que habitamos tan real como pensamos. Si somos dueños de nuestros actos, y si el sueño es diferente a lo que conocemos por vigilia. La experiencia que estaba teniendo me convertía más escéptico aún.




 

                                                           XI

La cortina de humo empezó a desaparecer de mi vista progresivamente, coincidiendo con el regreso de la conciencia. Aunque aturdido y desorientado, y con la pesadez de cuerpo. Como si hubiese despertado de una prolongada siesta, que hubiese tomado justo después de un copioso almuerzo.

No existía ninguna secuela física que me indicara que había caído golpeándome la cabeza. Ni dolor ni hinchazón en el epicentro del testarazo.

Entre la neblina que seguía desprendiéndose de mis ojos volvía a aparecer todo lo que recordaba. Surgiendo en mi fuero interno un escalofrío que me heló, dejándome nuevamente con la cruda realidad en la que me veía abocado.

Bueno, algo sí había cambiado. Como si de ánimo estrenado me hubiese cargado, con renovada energía, me sentía más seguro. Por lo menos quería acabar cuanto antes con el laberinto en el que me hallaba inmerso.

La visión era limpia, la nubosidad fue apartada por la seguridad que iba creciendo en mí. Pronto tenía que tomar una resolución, no podía permanecer más tiempo allí. Si bien no me garantizaba la salida definitiva, mi obligación como animal antes que persona, que busca sobrevivir en un mundo que nunca logra entender, consistía en avanzar. Jamás retroceder, a no ser que fuese para coger impulso.

Miré con desconfianza las dos puertas, aún quedaban secuelas psíquicas del escalofrío que me aturdiera segundos antes. No quería ser absorbido de nuevo por una energía negativa que me paralizara, y aprovechando que mi cuerpo seguía recargando su autoestima, deduje que era el momento de abandonar la habitación.

No quise curiosear más por la mirilla de la puerta de mi izquierda. Tampoco me convencía positivamente la otra elección. Pero una de las dos debía servirme de escape.



                                                           XII

Cuando mis dedos lograron alcanzar el tacto de la llave, no pude disimular una liviana alegría. Había tomado una decisión y de no haber estado colgada como la recordaba, todo se hubiese teñido de negro.

Allí como la dejé seguía sujeta al cordel misterioso, como todo lo que me acontecía, reposando sobre el cuello. Titubeé un par de segundos antes de introducirla en la cerradura. Me albergó la duda, con su juego de posibilidades, de que no pudiese abrir la puerta que elegía. No me daba cuenta, pero vivía con la intranquilidad, con la desconfianza que la experiencia me había ido obsequiando en aquel escenario.

El cerrojo no opuso resistencia al giro de mi muñeca, y tanta facilidad me proporcionó un golpe de miedo, que al contrario de otras ocasiones, no me detendría. Había decidido entrar por aquella trampa del destino, un tanto por curiosidad, otro tanto por evitar verme en las circunstancias antes narradas.

El humo no dejaba ver nada, cuando descubrí al completo la cavidad. A pasos ciegos avancé en las tinieblas, cerrando inconscientemente la puerta a mi paso. Sentí el portazo sin percibir más oscuridad que la que ya tenía. Continué unos metros más, no sé cuántos más, tanteando con las manos el estrecho pasillo, que no conseguí al tiempo tocar, porque se fue ensanchando. Y en este estado tan asfixiante como opresivo empezaron a aparecer recuerdos, imágenes del pasado.

No entiendo aún por qué brotaron tantos recuerdos de mi infancia. La guardería, mis primeros amigos, la primera comunión, el colegio... Escenarios que se iban mezclando, sobreponiéndose el uno sobre el
otro con tal nitidez, que cada imagen que volaba por mi mente era tan fuerte que llegué a pensar que nunca se habían borrado. Habían vivido en mi reminiscencia, almacenadas, y curiosamente no necesitaba esfuerzo alguno para recapitularlas en la conciencia.

Por alguna extraña razón me detuve, intuyendo que el pasillo acababa donde se pararon mis pies. Aún seguía estando todo tan negro para acreditarlo. Quizás la fuerza con la que aparecieron las fotos en mi cerebro tenía que ver en algo, para explicar mi repentina detención.

Sentí miedo, mucho miedo, cuando percibí que la sala se me hacía tan extensa que no la podía abarcar.
Quise gritar, llorar, salir corriendo, pero nada de esto hice. Mas el miedo me paralizó. Noté como si hubiese alguien más que yo, oía una respiración que no era la mía, o de serlo se había convertido tan violenta que me llegaba a asustar. El mismo pánico me tocó la mano, gélido y húmedo.

Otra vez se estaba gestando en mi organismo la debilidad, y empecé a comprender súbitamente, que en breve perdería la noción de la realidad. Pero hice un último esfuerzo, y como si sujetas al suelo hubiesen quedado, agarré con mis manos mis dos petrificadas piernas, y me dispuse a avanzar. Nada me detendría, hasta dar con el final de aquella inabarcable morada.



                                                           XIII

Entonces ocurrió lo que tarde o temprano tiene que llegar. Desaparecieron los fotogramas de mi niñez, cuando cronológicamente rozaban mi adolescencia. Para ocupar aquel espacio una idea. Una idea tan clara como pensé que debe de ser una verdad. Aunque tantas veces fracasase en vida buscándolas, por no desenmascarar bien su disfraz. O por buscarle las cinco patas al gato, y no salir airosamente del paso de mis dudas.

Todo lo quise saber, pensaba, cuando la presión en mis sienes se hacía insoportable.
Tan insoportable como la transparente certeza de que mi vida se agotaba.

No sabía que edad tenía, tampoco importaba ya. Comprendía que mis elecciones, más allá de las puras coincidencias, mantuvieron una lógica hasta el día que me extinguí.

Había buscado la nitidez de las cosas, la integridad de la verdad, guiado siempre por el amor a ellas. Y este amor había sido muchas veces mi perdición.

Lo negro por no hallar lo blanco, y el desamor por no comprender su contrario, me empujaron a esperanzar tras la incógnita, todo lo que en vida no supe dirigir.

Fui tan cobarde como valiente, al preferir morir para no afrontar una existencia postrada sobre silla de ruedas. Inconscientemente sabía que aquella puerta, aquella llave que el destino colgó sobre mi pecho, abría el sendero hacia el sueño eterno. Y escogí mi muerte, como quien elige no seguir viviendo, prefiriendo que mi suicidio fuese una de las pocas cosas que libremente deliberase con vida.

Aún hubo tiempo, antes de desfallecer del todo, de verme en sillas de ruedas. La misma imagen que antes me tumbó literalmente, me producía risa, mientras oía como el pitido de la máquina que me oxigenaba iba perdiendo fuerza.

También madre leyó en mi rostro la disculpa de mi elección. Nunca quise ser una carga para nadie, y en nadie me convertía cuando el médico desconectó los últimos lazos que me unían al aparato. Desde hacía un rato había dejado de pitar, tanto tiempo como el que yo llevaba fuera de mi cuerpo.





La línea quince

 

 

Hubiese escapado a mis sentidos, aquel insignificante autobús de la línea quince, como tantos otros fenómenos pasan desapercibidos ante mí. Pero en el interior del vehículo discerní entre la gente una cara familiar, una fisonomía que no podía esquivar mi aletargada sensibilidad, dormida sobre la monótona travesía al trabajo. Agitado por el suceso, se activaron las alarmas en mi interior.

 

Y tras aquella visión fugaz, compuesta por flashes superpuestos, sin orden ni cronología, recordé a Sara. Apareció la menuda cría, blanca de piel, melena rubia rizada, de sonrisa afectuosa. Tímida, con su ropa colegial y la mochila sobre sus débiles hombros. Apilé todos los fotogramas que pude en mi cabeza, retazos en blanco y negro que encrudecía aún más si cabe la reminiscencia del otoño que nos unió. Esbozaba una imagen imperfecta, a duras penas se dejaba querer, deslizándose por mi imaginación, por el recuerdo frágil que el tiempo se empeñó en deshacer. Entonces recordé cómo se acercó a ofrecerme su desayuno, ruborizada, cabizbaja presintiendo un desenlace fatal. Y de lo poco que tenía sobre sus manos ofreciéndome, escogí lo más grande que pudo tenderme aquella lluviosa mañana de Octubre, su amistad. Desde aquel día, la niña Sara y yo nos hicimos inseparables, a pesar de estar en diferentes aulas. Hasta que un soleado primero de Julio, se eclipsó la claridad al comunicarme que abandonaba el colegio, la ciudad, y todo lo que allí había sembrado desde el nacimiento de su conciencia. Entre lágrimas nos abrazamos por última vez, jurándonos que no nos perderíamos el rastro...

El verano pasó rápido, como todo lo bueno que en vida acontece, y no supe nada de Sara. Comenzaron las clases, y durante varias semanas tuve la esperanza de verla aparecer, acudiendo a diario a la fuente donde quedábamos todos los recreos. Mas el tiempo también se encargó sin mi consentimiento de matar mi última fe.

Faltó poco para perder el rastro del autobús, pero apreté con ímpetu el pedal del acelerador, pasando en ámbar el semáforo, y de este modo salvaba el único lazo de ilusión que portaba conmigo. Miré con nerviosismo el reloj digital del coche, al ponerme a rueda del móvil articulado. Llegaría tarde al trabajo, la ruta del autocar público se alejaba más y más de mi croquis rutinario. Y no tenía visos de enlazar con mi ruta posteriormente. Podría culpar al tráfico denso de mi retraso, o inventar otra estratagema de camino a la empresa. Igual fingiría una enfermedad, se me ocurrió al soñar un tierno reencuentro cuando Sara se apease del bus, y abortase la poca voluntad que tenía aquel Lunes de asistir a la oficina.

Y entre parada y parada, vigilando el trajín de seres que ascendían y descendían, iban apareciendo y desapareciendo imágenes, más frescas, más lúcidas por mi mente. Repetidas, las que más mella habían causado sobre mi cuerpo endeble, como sobrevivía el único abrazo que nos dimos, tembloroso como un flan. Frágil como el cristal, pero fuerte y eterno en el recuerdo.

Y aunque me pasé todo el verano esperando una carta suya, actuaba mecánicamente anhelando el día que supiera de ella. Sin importarme el cúmulo de noches en la que me acostaba con la convicción de que pronto llegaría su escrito. No me derrumbaba, ni tan siquiera, la cotidiana señal del cartero, negándome en un código que hicimos familiares, la ausencia de correo para mí. Tampoco me asfixiaba la idea de no volver a jugar con Sara, pues aún no la había digerido. Huía de mí un pensamiento tan cruel, que jamás lo aferré, atragantándome todo ademán de pasar página en el positivismo propio de mi niñez. Únicamente asimilé su desaparición,  pasadas las primeras semanas del nuevo curso escolar. Cuando inconscientemente entraba en juego con otros niños y niñas.

Por suerte conocía el itinerario de la línea quince, y con nerviosismo renovado me acercaba tras la guagua a la penúltima de las paradas. Un cártel publicitario no me dejaba ver desde hacía unos cuantos de kilómetros la silueta de Sara, y con el pecho en un puño asistía al desfile de peatones que entraban y salían libremente del autobús. Según mis torpes y apresurados cálculos estadísticos debían de quedar pocos pasajeros en el interior, sumando a mi prematura tesis el hecho de no haberse incorporado ningún nuevo usuario en las últimas paradas.

Acabó el curso, llovieron los nuevos amigos, que como Sara fueron esfumándose en el tiempo. Algunos compartimos años de escuela, otros llegaron en el instituto, con problemas, dudas, enseñándome la nueva etapa, cargada de responsabilidades y propósitos. El ciclo del desinterés se cerraba ante mí, nublándome el horizonte en más de una ocasión esta etapa pubertosa que iniciaba. A la vez me aproximaba la palabra más grande, el sentimiento más hondo se abría en mi camino, cuando el verbo amar y su acción me producían un escalofrío desconocido en la inocente niñez.

Las nuevas amistades no terminaron de enterrar el recuerdo de Sara, ni la fría facultad logró tampoco desterrar aquella sonrisa sincera, llena de buenas intenciones que me regalaba. Seguía presentándose sin mi voluntad en los momentos de flaqueza, en los días de tormenta que fui almacenando en mi juventud...

Esperaba que tras el último alto se apease una muchacha, veinticinco años más anciana a la última vez que la vi. Persistía el deseo a ser recordado, a no haber caído en el olvido. Como los juguetes que vamos arrinconando por otros nuevos, y acaban en la basura arrojados. No quería correr la misma suerte que mi oso de peluche, que una noche dejó de acompañarme en las noches de mi infancia. Cuando creí que ya había crecido lo suficiente, y avergonzado lo confiné a la eterna indiferencia. Y este miedo se truncó en angustia, cuando comprobé que únicamente bajaba un señor, al que terminé odiando injustamente cuando las puertas del autobús articulado se cerraron, segando el suspense de raíz. Permanecí unos minutos más allí, observando el vacuo letrero publicitario, con su sonrisa de película,  promocionando un dentífrico conocido. Eso me habían robado a mí, la sonrisa, mientras desaparecía a lo lejos la publicidad, y con ella el autocar de mi esperanza.

Miré el reloj rápidamente, no había pasado tanto tiempo, como pensé. Me incorporé en el otro sentido de la calzada con una maniobra irregular y no ausente de brusquedad, y mi niñez fue cubriéndose de material de oficina, soterrando el más nimio  repaso pueril. Mis ojos debieron perder el brillo, al fugarse la felicidad que inyectó la ilusión creada,  recolocándose la careta sobre mí. Y sin quererlo, nunca lo quise, fui matando todos los héroes de mi feliz infancia.

 

          

 

                                                                      

 

 

           

 

 

El último desayuno

Hace ya más de 20 días que no sé de ti. Partiste aquella mañana como lo hacías a diario. No mostraste  ningún matiz que me invitara a la sospecha. Todo era tan igual ... como estos días que se van apilando en silencio, con tal crudeza como desesperación.

Esta mañana me sobresalté, creí oír el silbido hueco de la cafetera, y hasta llegué a pensar que tú estabas tras él. Al momento el lamento y los sollozos sustituyeron al vacío que había creado mi absurda confusión.

Cómo hubiese deseado despertar y encontrarte tras el delantal, exhibiendo la alegría y atención que mostrabas a diario. Pero no fue así, rápidamente caí en la cuenta de tu

ausencia, y sentí como todo mi  cuerpo era atropellado por la más brutal sensación de soledad. Siendo este asedio lo que me hace ver tan grande nuestra casa, a la vez que me empequeñece en ella.

Tomé el café, aún no sé darle el punto que tú le das. Me siento tan inútil sin tí, y sin tu compañía ... que me reprocho tu pérdida, por no saber mimarte. Pues ahora pienso que no

hay límites para los besos, los abrazos, las caricias, los te quiero, las flores, ...

Y fue esa desidia, ese rumbo que toman los cuerpos que creen tenerlo todo, lo que me hizo arrojarte a la rutina, y verte como algo que jamás podría perder. Ya me ves, inmerso en la inercia de los días que pasan sin sentido, tal solitario preso que impacienta su juicio final.

Deshojando un calendario, mientras te escribo estas líneas que nunca te dejaré leer ...

Tengo miedo de perder tu sonrisa, que caiga al olvido, y hasta allí arrastre todos nuestros recuerdos. Quedarme con las fotos y regalos que me hiciste, será mi martirio. Presiento que la demora traerá nubes bajas, cargadas de lágrimas, que pasearán antojadizas entre oreja y oreja. Dejarán borrosa la memoria, y el paso de los días será el que difumine tu silueta. No quiero que esto ocurra, y me veo abocado por distraer mi atención, por pensar que el amar es una posesión. Recuerdo que desperté con el silbido de la cafetera. A los pocos minutos vendrías para avisarme que el café estaba listo, y te recibiría con mi pereza entre las sábanas ... entre las cuales, enroscados, dejamos enfriar el café. Aquella mañana terminé trayéndote el desayuno a la cama, tras el madrugador arrebato de pasiones que intercambiamos. Y luego llegó tu adiós, un hasta luego que los días van convirtiendo en un hasta siempre...