Blogia
La Morada del Unicornio

El pintor

El pintor

No había olvidado el olor fuerte que desprendía la esencia de trementina. Tampoco pasó mucho tiempo, desde la última vez que visitara el taller de pintura. Era, la primera vez que iba con Luna, aunque ella, ya había estado allí en un par de ocasiones.

Después de detenerse en la puerta, y saludar con algunos titubeos, la pareja se adentró hasta el rincón que les había preparado el maestro.

Fue Luna la primera en sentarse, mientras Martín explicaba a Pablo, al tiempo que flexionaba las rodillas buscando asiento, la ilusión que le producía volver a pintar.

Por último, le agradeció que le hubiese preparado todo el material, aunque eso ya se había convertido en una costumbre.

Pablo no pintaba durante las clases. Se concentraba en atender a todos sus alumnos. Antes de que llegasen, preparaba los caballetes. Frente a estos, les ponía o no, una silla; conocía el gusto que tenían de pintar de pie o sentados. Él, personalmente lo hacía de pie, para encontrar más perspectivas durante el trabajo. Pero solía dejar la elección a sus alumnos. Junto al caballete, una pequeña mesa donde poder desplegar los materiales. Y, por último, en el mismo caballete colocaba el lienzo que estuviera, cada cual, trabajando. Y como había, quien dedicaba una parte de la clase a dibujar, encontraba en su caballete una lámina, una fotografía que era su ejercicio, y carboncillos para realizar tal labor.

Luna miraba fijamente a Martín, mientras éste sacaba el maletín de la maleta. Al mismo tiempo, Luis le explicaba la suerte que corrió su último lienzo. Le matizaba, sin obviar en detalles, que había decidido dotarlo de un toque impresionista, relajando las formas, y ganando según insistió, en fuerza.

Julia, que seguía la conversación al fondo de la sala, reafirmaba las explicaciones. Resumiendo el largo argumento de Luis, con un escueto comentario cargado de énfasis:

- Le ha quedado precioso. – Apuntó la fémina.

Martín cuidaba de no tirar nada, cuando Pablo, en un claro gesto de autoridad, advertía que el tiempo se iba, con tanta cháchara. Los alumnos no tardaron en recriminarle que eran capaces de hacer más de una cosa a la vez. A lo que Pablo, respondió pidiendo silencio para oír la música que se reproducía. Pero no había transcurrido un minuto, y Martín inició una nueva conversación, mientras minuciosamente continuaba la maniobra de preparación. Ésta, y recoger los materiales y limpiarlos, eran acciones que siempre le producían pereza. Pero, al fin y al cabo, rituales que no podían saltarse. Algo así ocurría cuando practicaba fútbol durante su adolescencia, tanto el calentamiento, como los ejercicios de estiramientos finales al trabajo, se le presentaban como los más tediosos. Aunque era conocedor de la importancia de respetar las fases, y así evitar, las siempre inoportunas lesiones.

Luis silbaba la melodía que se reproducía en el taller. Una conocida canción de Joan Manuel Serrat. Su pincel bailaba del lienzo a la paleta, con soltura. Cada x tiempo, sobrevolaba la paleta para humedecerse en el médium, para volver a ésta y encontrar una mezcla más diluida.

Con la experiencia, se había convertido en su mayor crítico. Pocos trabajos le parecían ya buenos, siempre encontraba algo que podía mejorar. Su nivel de exigencia, ponía en duda, en ocasiones, las propias correcciones de Pablo. Éste lo sabía, a conciencia había moldeado un ser auto-crítico. Un individuo que no se detuviese con los halagos externos.

Tras los trabajos de Pablo, el segundo referente en el círculo de pintores, era Luis. A menudo, Julia y Martín buscaban en él una segunda opinión, una sugerencia, o simplemente su crítica. Pero, por educación u otra circunstancia, no mostraba un juicio de gusto tan preciso y exquisito, como lo requería para sí mismo. A diferencia de su obra, las otras creaciones poseían nervio, color, dinamismo, sentimiento… o simplemente, esbozaban un prometedor futuro.

Julia no perdía jamás la sonrisa. Además de su optimismo permanente, le acompañaba un aura que inspiraba calma y relajación. La influencia de la cultura oriental, por un caprichoso gusto filosófico, había calado en su persona. Sus pinceladas eran impulsos ciegos, cargados de inspiración creativa. Apoyados sobre una base de dibujo muy labrada… Ya acababa el ejercicio a carboncillo; no más de quince minutos, para trazar con soltura los ángulos y sombrear las zonas donde se ausenta la luz. Pablo, únicamente le sonrió, verificándole de este modo mudo y expresivo, la satisfacción que sentía por el trabajo realizado. La cara de Julia portaba una sonrisa más destacada, aún, de las que acostumbraba a regalar. Pero Pablo, como buen instructor, no podía alejarse del caballete de Julia sin hacerle una apreciación. Apoyó un pincel sobre la silueta dibujada, cambiándolo en varias ocasiones, verificando que todos los ángulos estaban correctos. No podía darle la máxima puntuación, que provocara una relajación en próximos ejercicios. Por eso, comentó alejándose al mismo tiempo: "Está bien, pero intenta no apretar tanto el carboncillo en los detalles minúsculos. Así, le darás mayor fuerza al contorno, y dará la sensación de una estructura uniforme. Ve sacando las pinturas, vamos a seguir con la marina, hoy debe quedar terminada".

Julia miraba el paisaje marino, mientras guardaba los carboncillos y, retiraba el dibujo perfecto, que reposaba aún sobre el enorme atril. A diez metros, la homogeneidad, la textura del óleo, se hacía una pieza consistente. Aunque sabía, que aún le quedaban algunos retoques, pese a la sensación de acabado que tenía de lejos.

Cada miembro del taller, había ido adquiriendo su estilo propio. Siempre bajo la influencia de algún gran pintor, o alternando los diferentes estilos pictóricos, con el transcurso del tiempo. Julia, realizaba una marina de Sorolla, mientras que Luís le daba un toque impresionista a una fotografía sacada por él mismo, en una de sus últimas excursiones. La tomó en un atardecer precioso, cargado de tonos cálidos, anaranjados, violetas, que endulzaban el gélido ocaso capturado con el objetivo de su preciada Canon.

Sin embargo, Martín no traía nada de casa, tampoco dejó ningún trabajo empezado en el taller, meses atrás. Por eso, frente a él, había un lienzo de lino, de pequeñas dimensiones. Aproximadamente de unos 24x41 centímetros. Había sido ya tratado con gesso, por el mismo Pablo, que tomó la precaución de hacerlo unos días antes, para que secara totalmente.

Martín, sujetaba firmemente la paleta, con su mano izquierda. También un trapo, para limpiar los pinceles. Pablo se le acercó, y con voz presumiblemente meditada, preguntó si estaba preparado para comenzar. Martín contestó con un "bueno", que más que solidez, destapaba el nerviosismo y, las dudas que le albergaban. Pablo, se acercó más al cuerpo de Martín.

- Comenzaremos identificando los colores que has puesto en la paleta - le susurró levemente. Y diciendo estas palabras, le puso un pincel en su mano diestra, que escogió de entre la totalidad que dispuso Martín previamente sobre la mesita. Martín, lo tomó con maestría, a pesar de que era visible el temblor de sus dedos.

- Empecemos cogiendo un poco de azul ultramar. - Sugirió Pablo.

- ¿Aquí? Preguntó Martín, acercando los pelos del pincel, sobre la superficie aceitosa.

- Sí, pero no tanto, un poco… ahora nos iremos al blanco, deja el azul un poco más abajo, y buscamos el blanco, para mezclarlo.

Todo el taller observaba, paralizado en sus trabajos, cómo emprendía este nuevo reto Martín. Miraban los movimientos lentos, de la paleta al lienzo, de éste al vacío, a la inseguridad… esperando que las manos de Pablo, recuperasen de nuevo, el compás. Pincel perdido, que encontraba su norte en la ayuda que le ofrecía el maestro.

Luna, no miraba la técnica, no entendía de mezclas, no comprendía de medios ni bastidores, de pinceles ni paletas… fijaba sus dos ojos negros en su dueño, en la cercanía de Pablo, atenta y consciente de su nerviosismo.

De repente, Martín se levantó de su asiento. Y como un resorte tras él, Luna. Con los ojos abiertos y las orejas picudas, delatando la alarma que se había disparado en su amo.

Los ojos de Martín estaban cargados de lágrimas, deseosas de escapar de la prisión de los párpados, y descender libremente por su tez. Pero el varón, se resistía a llorar en público, y presionaba con una mano el espaldar de su silla, y con la otra el brazo de Pablo.

- Sabía que no era buena idea… - dijo Martín, tragándose un nudo de saliva.

- Te dije que no sería fácil, Martín. Te avisé, te lo advertí, por activa y por pasiva, que sería un proceso lento de aprendizaje. - Dijo esto Pablo, mirando al resto del grupo.

Y dicho esto, Martín ya no pudo soportar más la presión, y se derrumbó:

- Ya no recuerdo los colores, los paisajes se me borran, se confunden unos con otros, y no los imagino nítidos. - Perdida la mirada, díscola y descoordinada, se balanceaba en derredor sobre un metro cuadrado, bajo la vigilancia de Pablo. Magnificada la tragedia, con ademanes rápidos y nerviosos, tropezó con la silla, al intentar caminar hacia atrás. Fue sujetado in extremis por Pablo y Luis, que al igual que Julia, se habían acercado más al agitado cuerpo de su compañero, dejando las labores aparcadas.

Martín no había sentido el calor de sus compañeros, hasta aquel momento, sólo la áspera lengua de Luna, que en señal de auxilio le mostraba cariñosamente su fiel presencia.

- Perdonadme, lo siento, no fue buena idea volver a pintar. - Martín se serenaba, con lo que él mismo, intuía como el razonamiento más sensato. - Me resigno, no seré capaz de empezar como si no supiese nada. Cada día que pasa, me cuesta más recordar los sitios que visité, las caras que conozco…

- Seguro que no olvidaste mi nariz - Interrumpió Luis, para dar una nota de humor al drama que se vivía. Todos rieron, incluido Martín.

- No, no la olvidé. - Reafirmó con palabras, mientras secaba con un pañuelo que Julia le había ofrecido, sus húmedos ojos.

Más calmado, y deduciendo con sus compañeros el estrepitoso fracaso, asió por la correa a Luna, y empezó a despedirse uno a uno del grupo. Para dejar un último recado, mientras abandonaba la sala:

- No dejaré de visitaros, aunque no vuelva a pintar, y no pueda ver vuestros cuadros.

Un silencio acompañó la despedida, perdiéndose cuando la puerta se cerró, tras el paso del pintor ciego y su perra lazarillo.

- Volverá a pintar, me da que sí. - Sugirió Luis, para romper el hielo. - Martín no es nadie sin la pintura, apostilló.

- Lo intentará, no me cabe duda, pero creo que volverá a hundirse, ya fue una vez pintor, dos veces en vida no se puede ser lo mismo. Será otra cosa, pero el pintor, necesita del color, de los ojos, como el músico de sus notas y su oído. - Pablo, le robaba nuevamente la sonrisa a Julia, con palabras tan grises, pero, a la vez, nacidas de una cruda sinceridad.

- Será pintor, pintará sus pensamientos, sus ideas, si es preciso. - Dijo Julia, recuperando la angelical sonrisa. - A pesar de las circunstancias, teñirá su vida con su imaginación.

- Puede ser, hay quien nace y muere ciego, porque no sabe ver la realidad en su esplendor, contemplar y fantasear con un paisaje, estremecerse con lo sublime o llorar con lo trágico. - Sentenció Luis.

- Como el que no se detiene a oler el mar, pese a tener olfato. - Dijo Pablo, mientras volvían perezosamente, al tiempo que dubitativos, a enfrentarse a sus trabajos, con sus colores, y sus dudas.

 

1 comentario

Danibetis -

Qué arte mi arma! Fantástico! Ah Juanjo, ya se de qué te viene a ti la vena de pintor, de cuando venías a mi casa cuando éramos más chico y veías a mi padre con su mandil y el caballete. Jajaja. Un abrazo.