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La Morada del Unicornio

La línea quince

 

 

Hubiese escapado a mis sentidos, aquel insignificante autobús de la línea quince, como tantos otros fenómenos pasan desapercibidos ante mí. Pero en el interior del vehículo discerní entre la gente una cara familiar, una fisonomía que no podía esquivar mi aletargada sensibilidad, dormida sobre la monótona travesía al trabajo. Agitado por el suceso, se activaron las alarmas en mi interior.

 

Y tras aquella visión fugaz, compuesta por flashes superpuestos, sin orden ni cronología, recordé a Sara. Apareció la menuda cría, blanca de piel, melena rubia rizada, de sonrisa afectuosa. Tímida, con su ropa colegial y la mochila sobre sus débiles hombros. Apilé todos los fotogramas que pude en mi cabeza, retazos en blanco y negro que encrudecía aún más si cabe la reminiscencia del otoño que nos unió. Esbozaba una imagen imperfecta, a duras penas se dejaba querer, deslizándose por mi imaginación, por el recuerdo frágil que el tiempo se empeñó en deshacer. Entonces recordé cómo se acercó a ofrecerme su desayuno, ruborizada, cabizbaja presintiendo un desenlace fatal. Y de lo poco que tenía sobre sus manos ofreciéndome, escogí lo más grande que pudo tenderme aquella lluviosa mañana de Octubre, su amistad. Desde aquel día, la niña Sara y yo nos hicimos inseparables, a pesar de estar en diferentes aulas. Hasta que un soleado primero de Julio, se eclipsó la claridad al comunicarme que abandonaba el colegio, la ciudad, y todo lo que allí había sembrado desde el nacimiento de su conciencia. Entre lágrimas nos abrazamos por última vez, jurándonos que no nos perderíamos el rastro...

El verano pasó rápido, como todo lo bueno que en vida acontece, y no supe nada de Sara. Comenzaron las clases, y durante varias semanas tuve la esperanza de verla aparecer, acudiendo a diario a la fuente donde quedábamos todos los recreos. Mas el tiempo también se encargó sin mi consentimiento de matar mi última fe.

Faltó poco para perder el rastro del autobús, pero apreté con ímpetu el pedal del acelerador, pasando en ámbar el semáforo, y de este modo salvaba el único lazo de ilusión que portaba conmigo. Miré con nerviosismo el reloj digital del coche, al ponerme a rueda del móvil articulado. Llegaría tarde al trabajo, la ruta del autocar público se alejaba más y más de mi croquis rutinario. Y no tenía visos de enlazar con mi ruta posteriormente. Podría culpar al tráfico denso de mi retraso, o inventar otra estratagema de camino a la empresa. Igual fingiría una enfermedad, se me ocurrió al soñar un tierno reencuentro cuando Sara se apease del bus, y abortase la poca voluntad que tenía aquel Lunes de asistir a la oficina.

Y entre parada y parada, vigilando el trajín de seres que ascendían y descendían, iban apareciendo y desapareciendo imágenes, más frescas, más lúcidas por mi mente. Repetidas, las que más mella habían causado sobre mi cuerpo endeble, como sobrevivía el único abrazo que nos dimos, tembloroso como un flan. Frágil como el cristal, pero fuerte y eterno en el recuerdo.

Y aunque me pasé todo el verano esperando una carta suya, actuaba mecánicamente anhelando el día que supiera de ella. Sin importarme el cúmulo de noches en la que me acostaba con la convicción de que pronto llegaría su escrito. No me derrumbaba, ni tan siquiera, la cotidiana señal del cartero, negándome en un código que hicimos familiares, la ausencia de correo para mí. Tampoco me asfixiaba la idea de no volver a jugar con Sara, pues aún no la había digerido. Huía de mí un pensamiento tan cruel, que jamás lo aferré, atragantándome todo ademán de pasar página en el positivismo propio de mi niñez. Únicamente asimilé su desaparición,  pasadas las primeras semanas del nuevo curso escolar. Cuando inconscientemente entraba en juego con otros niños y niñas.

Por suerte conocía el itinerario de la línea quince, y con nerviosismo renovado me acercaba tras la guagua a la penúltima de las paradas. Un cártel publicitario no me dejaba ver desde hacía unos cuantos de kilómetros la silueta de Sara, y con el pecho en un puño asistía al desfile de peatones que entraban y salían libremente del autobús. Según mis torpes y apresurados cálculos estadísticos debían de quedar pocos pasajeros en el interior, sumando a mi prematura tesis el hecho de no haberse incorporado ningún nuevo usuario en las últimas paradas.

Acabó el curso, llovieron los nuevos amigos, que como Sara fueron esfumándose en el tiempo. Algunos compartimos años de escuela, otros llegaron en el instituto, con problemas, dudas, enseñándome la nueva etapa, cargada de responsabilidades y propósitos. El ciclo del desinterés se cerraba ante mí, nublándome el horizonte en más de una ocasión esta etapa pubertosa que iniciaba. A la vez me aproximaba la palabra más grande, el sentimiento más hondo se abría en mi camino, cuando el verbo amar y su acción me producían un escalofrío desconocido en la inocente niñez.

Las nuevas amistades no terminaron de enterrar el recuerdo de Sara, ni la fría facultad logró tampoco desterrar aquella sonrisa sincera, llena de buenas intenciones que me regalaba. Seguía presentándose sin mi voluntad en los momentos de flaqueza, en los días de tormenta que fui almacenando en mi juventud...

Esperaba que tras el último alto se apease una muchacha, veinticinco años más anciana a la última vez que la vi. Persistía el deseo a ser recordado, a no haber caído en el olvido. Como los juguetes que vamos arrinconando por otros nuevos, y acaban en la basura arrojados. No quería correr la misma suerte que mi oso de peluche, que una noche dejó de acompañarme en las noches de mi infancia. Cuando creí que ya había crecido lo suficiente, y avergonzado lo confiné a la eterna indiferencia. Y este miedo se truncó en angustia, cuando comprobé que únicamente bajaba un señor, al que terminé odiando injustamente cuando las puertas del autobús articulado se cerraron, segando el suspense de raíz. Permanecí unos minutos más allí, observando el vacuo letrero publicitario, con su sonrisa de película,  promocionando un dentífrico conocido. Eso me habían robado a mí, la sonrisa, mientras desaparecía a lo lejos la publicidad, y con ella el autocar de mi esperanza.

Miré el reloj rápidamente, no había pasado tanto tiempo, como pensé. Me incorporé en el otro sentido de la calzada con una maniobra irregular y no ausente de brusquedad, y mi niñez fue cubriéndose de material de oficina, soterrando el más nimio  repaso pueril. Mis ojos debieron perder el brillo, al fugarse la felicidad que inyectó la ilusión creada,  recolocándose la careta sobre mí. Y sin quererlo, nunca lo quise, fui matando todos los héroes de mi feliz infancia.

 

          

 

                                                                      

 

 

           

 

 

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