El último desayuno
Hace ya más de 20 días que no sé de ti. Partiste aquella mañana como lo hacías a diario. No mostraste ningún matiz que me invitara a la sospecha. Todo era tan igual ... como estos días que se van apilando en silencio, con tal crudeza como desesperación.
Esta mañana me sobresalté, creí oír el silbido hueco de la cafetera, y hasta llegué a pensar que tú estabas tras él. Al momento el lamento y los sollozos sustituyeron al vacío que había creado mi absurda confusión.
Cómo hubiese deseado despertar y encontrarte tras el delantal, exhibiendo la alegría y atención que mostrabas a diario. Pero no fue así, rápidamente caí en la cuenta de tu
ausencia, y sentí como todo mi cuerpo era atropellado por la más brutal sensación de soledad. Siendo este asedio lo que me hace ver tan grande nuestra casa, a la vez que me empequeñece en ella.
Tomé el café, aún no sé darle el punto que tú le das. Me siento tan inútil sin tí, y sin tu compañía ... que me reprocho tu pérdida, por no saber mimarte. Pues ahora pienso que no
hay límites para los besos, los abrazos, las caricias, los te quiero, las flores, ...
Y fue esa desidia, ese rumbo que toman los cuerpos que creen tenerlo todo, lo que me hizo arrojarte a la rutina, y verte como algo que jamás podría perder. Ya me ves, inmerso en la inercia de los días que pasan sin sentido, tal solitario preso que impacienta su juicio final.
Deshojando un calendario, mientras te escribo estas líneas que nunca te dejaré leer ...
Tengo miedo de perder tu sonrisa, que caiga al olvido, y hasta allí arrastre todos nuestros recuerdos. Quedarme con las fotos y regalos que me hiciste, será mi martirio. Presiento que la demora traerá nubes bajas, cargadas de lágrimas, que pasearán antojadizas entre oreja y oreja. Dejarán borrosa la memoria, y el paso de los días será el que difumine tu silueta. No quiero que esto ocurra, y me veo abocado por distraer mi atención, por pensar que el amar es una posesión. Recuerdo que desperté con el silbido de la cafetera. A los pocos minutos vendrías para avisarme que el café estaba listo, y te recibiría con mi pereza entre las sábanas ... entre las cuales, enroscados, dejamos enfriar el café. Aquella mañana terminé trayéndote el desayuno a la cama, tras el madrugador arrebato de pasiones que intercambiamos. Y luego llegó tu adiós, un hasta luego que los días van convirtiendo en un hasta siempre...
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