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La Morada del Unicornio

Esperpentos

Ante mí aparecieron dos puertas, cerradas en apariencia. Me hallaba en el centro de una habitación cuadrangular, de paredes blancas, al igual que el techo y los azulejos que pisaba. Todo bien iluminado sin llegar a percibir ningún foco de luz. Pero el misterio de la luz no era tan primario para mi curiosidad.

Las maderas de las puertas eran negras, a diferencia del resto del habitáculo. Carecían de pomo, o algo similar para hacerlas abrir. Tampoco distinguí ninguna ranura en forma de cerradura; de haberme topado con ese obstáculo a priori, hubiese tomado importancia la llave que colgaba sobre mi pecho.

Desde mi posición, justo en el centro del
cuadrado, era incapaz de adivinar la posible accesibilidad al exterior que me otorgarían los dos tableros rectangulares. Era curioso, mi único interés al principio fue el buscarle geometrías al espacio inusual donde me encontré. Y este desajuste espacial me empujó a padecer los primeros síntomas de desequilibrio mental. Luego llegaría la angustia de no saber qué hora era, ni tampoco el día, mes o año. Me sobrepasó violentamente por encima, atropellándome como una veloz y pesada locomotora, la angustia de haber perdido la noción espacio-tiempo.

¿En qué me había convertido?... ¿Quién era yo?... ¿Seguiría siendo el mismo cuando recuperase la brújula existencial?...

Al momento, esta desorientación se introdujo en mí, inyectándose en forma de pánico, evidenciándose más allá de lo puramente psíquico. Me sentí débil, arrojado al vacío. La nada me engullía, un concepto que había leído, oído hablar de ella, pero jamás había experimentado. Supuse que la sensación debía ser por lo menos parecida...

Patente se hizo notar la nada, atravesando como una fina aguja rebasa la piel, distinguiéndose el pinchazo aleatoriamente sobre extremidades, sien y zona abdominal, principalmente.



                                                           II

Dos letreros colgaban de las puertas, uno por cada una. Me acerqué a leer lo que adiviné de lejos serían letras. Ininteligibles desde el centro del cuadrilátero. Aproximadamente un área de cuarenta metros cuadrados, necesitando al menos dar cuatro o cinco pasos para descifrar lo que decían:

“Blanco” y “Negro”.

Intuí que debía elegir entre una de las dos opciones que se me presentaba. Y la elección de una se convertía automáticamente en el rechazo de la otra. Pero, ¿por qué esos dos colores?...

¿Qué significado podrían tener?... y ante todo, ¿Qué hacía yo allí?...

Enfrentado a dos puertas de madera, sin saber cómo ni por qué había llegado allí.

Intenté creer que era un sueño, y comprobado que mi cuerpo sentía los pellizcos que me di en ambas mejillas, concreté que tendría que ser un sueño de esos que parecen reales, uno de esos sueños que cuando despiertas te sigue asombrando por su realidad. Pero aquello era distinto, nunca antes había sido víctima de un escenario tan crudo, tan vivo. Y el sueño se truncó pesadilla.



                                                           III

Únicamente iba vestido con una túnica blanca, hasta los tobillos. Me incomodaba no llevar ropa interior, acostumbrado a ella. Y la llave seguía siendo una incógnita, al descartar cualquier tipo de orificio en las puertas. Por lo demás, no recordaba cómo había llegado hasta allí, qué importaba la indumentaria que portase, o el modo de ir ataviado de esta
u otra forma. Mi prioridad a partir de ese momento fue hallar la manera de salir de tan embarazosa situación.

Estuve a punto de empujar la puerta blanca , simplemente por escapar lo antes posible de aquella habitación claustrofóbica. Movido por el impulso gris de la apremiante desesperación a la que me veía forzado. Pero algo en última instancia hizo detenerme. No sé aún cómo pude sacar fuerzas de mi interior para llegar a razonar, porque medité la salida que debía tomar, buscando lógica a lo que no tenía, perdido el norte.

El color negro me sugería varias cosas. Mi color favorito, o la sensación de pesimismo y
solemnidad que lleva intrínsecas. Y visto en sociedad y usado en el lenguaje, cargado de matices negativos. En cambio, el blanco además de ir a juego con mi túnica y con el medio de la sala, me inspiraba todo lo contrario al negro, repleto de rasgos positivos. Incluso llegué a pensar que si debiese poner un color a la verdad y otro a la mentira, el blanco quedaría para la primera, quedando el negro para la mentira. De idéntico modo la vida y la muerte, la felicidad y la tristeza, el amor y el desamor, podían teñirse con estos dos colores, antónimos entre sí, al mismo tiempo que complementarios.

Decliné por el blanco, además de mi razón me dejé ayudar por el primer impulso que tuve. En parte somos instinto, debí pensar también. Y sin la convicción de que la inteligencia asegurase la suerte final de
las decisiones, debía elegir, para abandonar con rapidez la inesperada barrera.

La ausencia de sonidos me ponía cada vez más nervioso. Era incómodo pensar en el más absoluto silencio. Quizás por la costumbre de habitar entre ruidos...

                                                           IV

La puerta no opuso resistencia. Vi un largo y estrecho pasillo que se perdía sin fin. Había luz al fondo, hasta el punto máximo donde alcanzaban mi vista a ver, hecho que me tranquilizaba. Caminé hasta el extremo más luminoso del pasadizo, dejando atrás la puerta, que dejé de ver por causa de la contraluz. El silencio me pareció más profundo aún si cabía, me seguía molestando la carencia de ruido, sentirme la respiración u oír los pasos que daba con su posterior eco. El pasillo acabó desembocando en otra sala cuadrangular, similar a la que dejé minutos antes atrás. Dudé si el camino había sido en círculo...las dudas se disiparon cuando ante mí aparecieron cuatro puertas. Y sin ademán de detenerme, me acerqué a ellas, también colgaban letreros sobre ellas:

“Amor”, “Salud”, “Dinero” y “Suerte”.

Así rezaban de izquierda a derecha.

Noté súbitamente como si aquellos blanqueados muros se estrechasen, oprimiéndome más y más, hasta el extremo de sentir el pecho prensado. Marcándose este pánico en mayor grado cuando giré y comprobé que tras de mí no existía ningún camino. A los lados tampoco, me cercioré con un rápido movimiento de cuello. Unas desagradables y repentinas nauseas me abordaron. Estaba perdiendo los nervios, siendo presa de ellos. Grité desesperado, pedía auxilio, pero nadie respondió. Opté por sentarme junto a la puerta que estaba a mi derecha, sobre la que se podía leer “Suerte”, quizás era lo que más necesitaba en aquella situación. Pues ni la salud, debilitada notablemente, ni el dinero podrían sacarme de este laberinto macabro. El amor, pensé en la puerta de la izquierda, era una necesidad, se me antojaba disfrutar de la compañía de alguien, para no verme tan solo. Siempre se ha dicho que se
camina mejor acompañado. Y gozar de dos cerebros y el calor humano allí, hubiese bastado a mi organismo para no perder la compostura tan rápidamente. O para recobrarla con más urgencia de lo que lo hacía.

Entre tanto, perdí la conciencia.



                                                           V

No sé cuánto tiempo transcurrió, el cansancio me había vencido, y despertaba en la
misma postura en la que me recordaba antes. Erguí la cabeza de entre las piernas, y todo continuaba igual después de frotarme los legañosos ojos. No entendía cómo había sido capaz de conciliar un sueño que presumía extenso, en tales condiciones. Deliberé entonces, que el mismo tránsito neurótico colapsó todos mis órganos vitales, desfalleciendo porque el agotamiento psíquico se ejercitó sobre los elementos físicos. Y la idea del sueño se cambió por la de una pérdida de conocimiento.

No era médico, y mi supuesto diagnóstico simplemente podría albergar en la temible pradera de la posibilidad. Cuando allí me debatía por estas arduas laderas, intentando encontrar señales que me dieran respuestas a todas las preguntas que me venían, se iban, para volver a visitar mi
esquizofrenia.

Continuaba sin existir la presumible vía que me había llevado hasta allí. Misteriosamente no quedaba rastro alguno del pasadizo, todo estaba compacto en la pared. Todo se cercaba en cuatro alternativas, que el destino me ofrecía “gentilmente”.

Podía sentirme “orgulloso” de vivir aquella experiencia, pensé irónicamente.

Nunca creí en los horóscopos, aunque en verdad, los leía por curiosidad cuando caían en mis manos. Y estas
cuatro virtudes parecían salirse del interior de una revista del corazón. ¿Qué tendrían que ver con el color blanco?... Igual la puerta negra me hubiese conducido al mismo destino. Eso ya no lo sabría, era mejor pasar este hecho por alto.

Recordé a mi familia, la novia, los amigos. Luego vinieron más imágenes, sin dejar de mirar las cuatro salidas, recordé el trabajo, la casa de mis padres y como no, mi ciudad.

Detuve la visión sobre las seis letras que formaban la palabra “Dinero”. Era un tópico escuchar de la sabiduría popular que no daba la felicidad, pero que probablemente ayudaba a alcanzarla. Aunque sin salud para qué
quería el dinero o la suerte, seguramente esta última virtud del azar me habría dado la espalda. Comprendí al tiempo que la suerte es fundamental también para la vida. Salud, dinero y amor sin suerte no perdurarían. Y no era el ejemplo más claro de un ser dichoso. Más bien mi pesimismo, o realismo como gustaba llamarlo, no me convertían en una persona feliz, a pesar de disfrutar de buena salud, una familia y una mujer que me querían, y no pasar penurias económicas.

Continué observando la puerta más materialista, e imaginé circunstancias que hubiesen cambiado, de poseer mayor nivel económico. Luego giré mi atención a la palabra “Amor”. Sin duda la más cálida. Un término capaz de darle sentido a la vida. De hacer voltear el mundo con su fuerza, su energía. Al contrario del dinero, un sentimiento
inmaterial, desinteresada sensación que se experimenta por desigual en cada uno.

                                                           VI

Llevaba una vida cómoda, con las preocupaciones naturales de la edad. Era incapaz de recordar lo último que hice fuera de allí. Si trabajaba, dormía, conducía, comía o bebía. Cuando una intuición me mordió el alma, suscitándome la idea de que estaba siendo presa de un viaje astral, o que la muerte prematura me había abordado.

No soy creyente, pero me llegó la convicción de que había iniciado un viaje de ultratumba. No había imaginado ni por asomo un desenlace post – mortem así. Mi peculiar juicio final se presentaba como un juego, en el que olvidaron facilitarme las reglas.

Quise acabar cuanto antes con aquel atropello a mi intimidad, empujando la puerta más cercana a mí. Pero no cedía, a pesar de que realicé un segundo esfuerzo más enérgico. La “suerte” me regateaba otra vez en la vida. De derecha a izquierda empujé la siguiente puerta, con el mismo resultado, el “dinero” no quería darme acceso. No volví a intentarlo, enérgicamente golpeé, más que empujar la siguiente puerta. Y nada, no hubo manera de abrir las puertas. Suerte, Dinero y Salud me negaban su acceso. Sólo me quedaba intentarlo con el Amor. Aquí dudé, fue como entablar conversación con la chica que te gusta. El miedo al rechazo, al portazo, se adueñó
enseguida de mí, ante la inseguridad creciente. Pero a la vez, era el único clavo ardiendo al que me tenía que agarrar. Y me envalentoné sobre ella, imaginando que esa puerta era la única chica que quedaba en el bar. El amor me abrió su puerta.

                                                          

 

 

                                                           VII

Anduve lo más rápido que pude. Las piernas no me permitían correr por el oscuro túnel. Las sentía tan pesadas, tan agarrotadas, que noté que pronto tropezaría para terminar cayendo de bruces en lo llano del camino. Debilidad que me hacía más indefenso en la tortura. Finalmente alcancé una nueva sala, tras abandonar el
pasillo. Todo se volvía a repetir, semejante al tránsito de la primera a la segunda habitación. Pero esta vez, la claridad del “nuevo” habitáculo me produjo una sensación menos trágica.

Acostumbrado a convivir con el incómodo vacío que la Nada me tenía reservado, teniendo más mesura de alma en mi interior. Aunque en mi tórax, una grieta iba agrandándose, a pesar de sentirme más inmune al dolor que padecía. La ranura se dilató unos centímetros más cuando, de nuevo, dos imponentes puertas se presentaron frente a mí. Por suerte, algo cambiaba, la de la izquierda mía, además de colgar un cartel sobre ella, dejaba ver un orificio. Intuí que podría ver el exterior, gracias al presumible hueco óptico que atravesaría la madera. Me acerqué con urgencia, dibujándose una leve sonrisa en mis labios. Y leí para
culminar la media sonrisa que se formaba imperfecta, “VIDA”. Fugaz sería esta alegría, cuando deduje por eliminación intuitiva, que sobre la otra puerta, solemnemente hallaría las seis tétricas letras que borrarían de un zarpazo mi frágil entusiasmo.

No se concretó el hecho como imaginé. El instinto que aceleró a leer “muerte”, erró. Un signo de interrogación de los que cierran las preguntas en el lenguaje escrito, lucía sobre la puerta de mi derecha. Entre la ranura que separaba el suelo de la parte baja de la madera escapaba un blanco humo. Y para mi asombro, era la única puerta, de las ocho que había encontrado, que tenía cerradura. Me toqué el pecho para verificar que la llave seguía allí colgada. Cálida al tacto húmedo de mis sudorosos dedos.



                                                           VIII

Otra nueva elección, elegir una alternativa de dos posibles. Pero, “¿Hasta qué punto era esto cierto?”... si en la anterior habitación una puerta, la del amor únicamente, me dejaba continuar hacia donde estaba, qué sentido tendrían las otras opciones. Y evidentemente se me formó la nítida idea de que la puerta donde colgaba el letrero “negro”, era infranqueable también. Lástima que no lo comprobé, y ya se hizo tarde, tendría que vivir con esa duda.

También pensé que las dos puertas que tomé como escape, o que me sirvieron para enlazar con las salas contiguas, “blanco” y “amor”, hubiesen sido objeto de elección con la mente y el alma en frío. Por lo que no se presentaba todo tan canallesco como suponía. Lo achaqué al destino. Me daba la impresión de que todo estaba predeterminado. Que cualquiera que fuese mi elección, se vería coaccionado por la disposición que quisieran que tomase...

Introduje la llave en la cerradura, no había razón para demorar más la situación. De todos modos, alguien había jugado mis cartas sin mi consentimiento. La llave encajaba perfectamente en el hueco. Frené el impulso de girarla, y la saqué con cuidado. La volví a colgar en el pecho,
introduciendo la cuerda a la cual estaba sujeta, por la cabeza, dejándola sustentada en el cuello.

Estaba claro, acababa de encontrar el naipe ganador. La otra opción quedaba suspensa. Aunque la curiosidad del asunto podía conmigo, y dirigiendo un par de pasos hacia mi izquierda, posé mi mano diestra sobre la puerta en la que rezaba “vida”. Extrañado descubrí que el portón tenía pomo, además de la anteriormente mencionada mira óptica. Y sin retirar la mano derecha de la madera, agarré con la otra el pomo. Con un leve esfuerzo empujé, sin hacer girar la palanca cilíndrica. No cedió. Por lo que decidí darle el giro. Y para sorpresa mía, también se abría. El silencio se extinguía, oí algún pitido proveniente de la sala que iba a descubrir. Con cuidado, con miedo a ser visto, la puerta despegué del quicio, dejando un pequeño margen de apertura. Y descubrí por el minúsculo resquicio la silueta de mi madre.



                                                           IX

No se entiende que no fuera a su encuentro, que atropellase la cavidad abierta y me fundiese en un abrazo con ella. Salvo explicando el marco desgarrador que encontré al extender mi visión.
Mi madre sentada sobre una butaca, dormida, sujetando una revista con sus manos, caída sobre su regazo. Mientras “yo” aparecía postrado sobre una cama, con tubos que salían de mis brazos, boca y nariz, en apariencia también dormido.
Me heló el olor a hospital, y cerré con sigilo, no fuese a despertar a madre.

“¿Qué estaba sucediendo?”...Aparecía por duplicado, meditaba sin dejarme de tocar, para comprobar que por lo menos seguía siendo físico. Arrimé la cara a la puerta, para mirar esta vez por el orificio el interior de la sala donde me hallaba.

“¿Cómo era posible estar en dos lugares a la vez?”...Alguien entró en la habitación, mi madre se desveló. Avergonzada salió al encuentro del hombre. Comprobó los niveles de suero y calmante, y estuvo observando posteriormente las máquinas que supuse me mantenían con vida en la otra parte. Con cara de preocupación, infinitamente inferior a la que mostraba mi madre, la miró. Le dijo unas palabras, y la abrazó, mi madre lloraba.

Por primera vez, el silencio que me acompañaba se rompió. Un pitido continuo y agudo se colaba por mis pabellones auditivos, recrudeciéndolo el sollozo de mi progenitora, que también se hizo perceptible. Aparté el ojo de la mira, y automáticamente desaparecieron las lamentaciones y el silbido de la sala hospitalaria. Volví a ser presa del silencio absoluto.
Intenté analizar la situación, sintiendo el grave pálpito del corazón sobre mi comprimido pecho. Había visto lo que se cocía en la presumible vida”. Seguía teniendo la oportunidad de declinar por la otra vía. Una incógnita que había ganado enteros en los últimos minutos. Aunque el humo blanco que seguía librándose de entre la ranura inferior de la puerta, continuaba resultándome tétrico.
Me armé de fuerza, de curiosidad, y volví a indagar en el interior del hospital. Para sorpresa mía este había desaparecido, con mi madre y el médico, tampoco estaba la cama donde me debatía entre la vida y la muerte. Ni siquiera veía un detalle mínimo que me indicara que había algún indicio de lo que había visto...
Un balcón familiar tomó el protagonismo, lo reconocí de inmediato. Sólo que me pilló descolocado, al confiar mi mirada a la antigua escena. Reconocí mi bicicleta, apoyada sobre la barandilla. La mesa y las sillas que en verano adquirían una prolongada utilidad, en las cálidas noches. Los geranios y rosales, bien cuidados. Qué visión más extraña, era capaz de ver mi terraza a una altura de siete pisos, como si estuviese flotando en el aire. Al contrario de la habitación clínica, que me ofrecía la perspectiva de verla a ras de tierra. Incluso juraría que de haber tenido el suficiente empuje y valor, hubiese podido entrar al encuentro de mi madre y mi doble.

“¿Qué continuaba pasando?”...”¿Dónde conducía esta pesadilla de puertas, elecciones y crueldad?”... Cada vez era más difícil para mí hacerme a la idea de que despertaría de improviso, y me reiría de la locura que me envolvía. Cada vez era más complejo tener esperanza de que fuese sólo un sueño, un viaje astral o algo parecido. “¿Cuál era la realidad?”...”¿Aquella macabra situación que padecía, o quizás aquellas visiones tridimensionales que robaba con mis ojos tras la puerta de la “vida”?”...

No todo estaba en orden en mi balcón. Se estaba dando un hecho inusual, pero ya no lograba sorprenderme casi nada. Un hombre de pelo cano, metido en carnes, sentado sobre una silla de ruedas observaba el interior de la casa, dándome la espalda. La cristalera corrediza se mantenía entreabierta, y me pareció que dialogaba con alguien, o que el débil sonido que me llegaba, indescifrable, provenía de un televisor o radio. Aparté el ojo de la mira, lo froté con el reverso de la mano, cansado de fijar la vista en la misma imagen.

“¿Qué haría ese señor en mi casa, en mi balcón?”...Fijé de nuevo la cara a la madera, el ojo a la mirilla. Miré la escena del balcón y mi vida se detuvo.



                                                           X

Me vi reflejado en un espejo de carne y hueso, tan real como los ojos con los que miraba. Al menos diez años mayor que yo. Pero seguía siendo yo, de nuevo por duplicado.

El ser en el que me convertía me regalaba una maléfica carcajada. Me miraba de frente, como si hubiese presentido que miraría por allí. Una carcajada que explotó en mis tímpanos, recorriendo como ácido que todo lo quema, el interior de mi debilitado organismo. Empujado por una energía que pareció salir de aquella cara en la que me convertía caí hacia atrás, golpeándome la cabeza. Sentí el golpe duro, y la brutalidad de la acción fue nublándome la vista, con humo blanco sobre las pupilas. Pero este no escapaba de la puerta de mi derecha, parecía surgir de mis párpados, como nubes bajas que descendían de mis cejas. Hasta que todo se fue haciendo más gris, y en negro se convirtió.

En muchas ocasiones me había preguntado por la realidad. Si es este mundo que habitamos tan real como pensamos. Si somos dueños de nuestros actos, y si el sueño es diferente a lo que conocemos por vigilia. La experiencia que estaba teniendo me convertía más escéptico aún.




 

                                                           XI

La cortina de humo empezó a desaparecer de mi vista progresivamente, coincidiendo con el regreso de la conciencia. Aunque aturdido y desorientado, y con la pesadez de cuerpo. Como si hubiese despertado de una prolongada siesta, que hubiese tomado justo después de un copioso almuerzo.

No existía ninguna secuela física que me indicara que había caído golpeándome la cabeza. Ni dolor ni hinchazón en el epicentro del testarazo.

Entre la neblina que seguía desprendiéndose de mis ojos volvía a aparecer todo lo que recordaba. Surgiendo en mi fuero interno un escalofrío que me heló, dejándome nuevamente con la cruda realidad en la que me veía abocado.

Bueno, algo sí había cambiado. Como si de ánimo estrenado me hubiese cargado, con renovada energía, me sentía más seguro. Por lo menos quería acabar cuanto antes con el laberinto en el que me hallaba inmerso.

La visión era limpia, la nubosidad fue apartada por la seguridad que iba creciendo en mí. Pronto tenía que tomar una resolución, no podía permanecer más tiempo allí. Si bien no me garantizaba la salida definitiva, mi obligación como animal antes que persona, que busca sobrevivir en un mundo que nunca logra entender, consistía en avanzar. Jamás retroceder, a no ser que fuese para coger impulso.

Miré con desconfianza las dos puertas, aún quedaban secuelas psíquicas del escalofrío que me aturdiera segundos antes. No quería ser absorbido de nuevo por una energía negativa que me paralizara, y aprovechando que mi cuerpo seguía recargando su autoestima, deduje que era el momento de abandonar la habitación.

No quise curiosear más por la mirilla de la puerta de mi izquierda. Tampoco me convencía positivamente la otra elección. Pero una de las dos debía servirme de escape.



                                                           XII

Cuando mis dedos lograron alcanzar el tacto de la llave, no pude disimular una liviana alegría. Había tomado una decisión y de no haber estado colgada como la recordaba, todo se hubiese teñido de negro.

Allí como la dejé seguía sujeta al cordel misterioso, como todo lo que me acontecía, reposando sobre el cuello. Titubeé un par de segundos antes de introducirla en la cerradura. Me albergó la duda, con su juego de posibilidades, de que no pudiese abrir la puerta que elegía. No me daba cuenta, pero vivía con la intranquilidad, con la desconfianza que la experiencia me había ido obsequiando en aquel escenario.

El cerrojo no opuso resistencia al giro de mi muñeca, y tanta facilidad me proporcionó un golpe de miedo, que al contrario de otras ocasiones, no me detendría. Había decidido entrar por aquella trampa del destino, un tanto por curiosidad, otro tanto por evitar verme en las circunstancias antes narradas.

El humo no dejaba ver nada, cuando descubrí al completo la cavidad. A pasos ciegos avancé en las tinieblas, cerrando inconscientemente la puerta a mi paso. Sentí el portazo sin percibir más oscuridad que la que ya tenía. Continué unos metros más, no sé cuántos más, tanteando con las manos el estrecho pasillo, que no conseguí al tiempo tocar, porque se fue ensanchando. Y en este estado tan asfixiante como opresivo empezaron a aparecer recuerdos, imágenes del pasado.

No entiendo aún por qué brotaron tantos recuerdos de mi infancia. La guardería, mis primeros amigos, la primera comunión, el colegio... Escenarios que se iban mezclando, sobreponiéndose el uno sobre el
otro con tal nitidez, que cada imagen que volaba por mi mente era tan fuerte que llegué a pensar que nunca se habían borrado. Habían vivido en mi reminiscencia, almacenadas, y curiosamente no necesitaba esfuerzo alguno para recapitularlas en la conciencia.

Por alguna extraña razón me detuve, intuyendo que el pasillo acababa donde se pararon mis pies. Aún seguía estando todo tan negro para acreditarlo. Quizás la fuerza con la que aparecieron las fotos en mi cerebro tenía que ver en algo, para explicar mi repentina detención.

Sentí miedo, mucho miedo, cuando percibí que la sala se me hacía tan extensa que no la podía abarcar.
Quise gritar, llorar, salir corriendo, pero nada de esto hice. Mas el miedo me paralizó. Noté como si hubiese alguien más que yo, oía una respiración que no era la mía, o de serlo se había convertido tan violenta que me llegaba a asustar. El mismo pánico me tocó la mano, gélido y húmedo.

Otra vez se estaba gestando en mi organismo la debilidad, y empecé a comprender súbitamente, que en breve perdería la noción de la realidad. Pero hice un último esfuerzo, y como si sujetas al suelo hubiesen quedado, agarré con mis manos mis dos petrificadas piernas, y me dispuse a avanzar. Nada me detendría, hasta dar con el final de aquella inabarcable morada.



                                                           XIII

Entonces ocurrió lo que tarde o temprano tiene que llegar. Desaparecieron los fotogramas de mi niñez, cuando cronológicamente rozaban mi adolescencia. Para ocupar aquel espacio una idea. Una idea tan clara como pensé que debe de ser una verdad. Aunque tantas veces fracasase en vida buscándolas, por no desenmascarar bien su disfraz. O por buscarle las cinco patas al gato, y no salir airosamente del paso de mis dudas.

Todo lo quise saber, pensaba, cuando la presión en mis sienes se hacía insoportable.
Tan insoportable como la transparente certeza de que mi vida se agotaba.

No sabía que edad tenía, tampoco importaba ya. Comprendía que mis elecciones, más allá de las puras coincidencias, mantuvieron una lógica hasta el día que me extinguí.

Había buscado la nitidez de las cosas, la integridad de la verdad, guiado siempre por el amor a ellas. Y este amor había sido muchas veces mi perdición.

Lo negro por no hallar lo blanco, y el desamor por no comprender su contrario, me empujaron a esperanzar tras la incógnita, todo lo que en vida no supe dirigir.

Fui tan cobarde como valiente, al preferir morir para no afrontar una existencia postrada sobre silla de ruedas. Inconscientemente sabía que aquella puerta, aquella llave que el destino colgó sobre mi pecho, abría el sendero hacia el sueño eterno. Y escogí mi muerte, como quien elige no seguir viviendo, prefiriendo que mi suicidio fuese una de las pocas cosas que libremente deliberase con vida.

Aún hubo tiempo, antes de desfallecer del todo, de verme en sillas de ruedas. La misma imagen que antes me tumbó literalmente, me producía risa, mientras oía como el pitido de la máquina que me oxigenaba iba perdiendo fuerza.

También madre leyó en mi rostro la disculpa de mi elección. Nunca quise ser una carga para nadie, y en nadie me convertía cuando el médico desconectó los últimos lazos que me unían al aparato. Desde hacía un rato había dejado de pitar, tanto tiempo como el que yo llevaba fuera de mi cuerpo.





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