A Currillo Meloa
De haber nacido en París, seguramente hubieses paseado tu música, por la orilla del Río Sena. Mezclado tus pasos, junto al de otros artistas, en el barrio de Montmartre. Perdido por sus innumerables rincones, portando la fiel guitarra, la siempre amiga melodía del rebelde cantautor.
Pongamos ahora, que hablo de Madrid... te hallo en el metro, en el retiro... ante la mirada de los curiosos que se acercan, atrapados por la armonía de tus acordes rasgados, de tus infinitos silbidos.
Grandes ciudades, donde pasar desapercibido, núcleos cosmopolitas, donde el cuerdo es el chiflado, y viceversa.
Pero quiso el destino, colocar un artista allá donde no es entendido. Donde la desconfianza de la razón, lo tildase de loco. Allá donde el pueblo llano no lo comprende, y la joven ciudad lo juzgue.
Te vi crecer menudo, y aún me recuerda tu silueta, al Joaquín Sabina, más desgarbado de los años ochenta. Flaco genio, de sabiduría rural y costumbres rústicas.
Suerte, haber conocido a tan peculiar figura. Amante de la noche calma, del negro cielo y sus estrellas. De la música que brota del silencio, fundiéndose con el ambiente. De la causalidad buscada.
Trovador moderno, extrovertido soñador de ojos abiertos. Hacedor de melodías, genio de la improvisación.
Afortunado me siento, de haber compartido tantos escenarios contigo. De la noche al día. Bailamos la zorba griega, montamos en Tiovivo en el parisino barrio de Notredame, nos sumergimos en la atmósfera envolvente de Andrómeda, o Acaloraos buscábamos la refrescante sombra de La Higuera.
En fin, buenos momentos que me llevé. Y hoy quisiera agradecértelo, ahora que son días difíciles para tí. Mostrándote mi apoyo para lo que necesites, tendiéndote una silla en el camino.
Un abrazo, y recuerda: que hay que quemar el cielo si es preciso, por vivir 1.
1. La era está pariendo un corazón. Silvio Rodríguez.
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