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La Morada del Unicornio

A dónde van...

A dónde van...

La palabra es útil al hombre, esto nadie lo duda. Necesaria para formar el lenguaje, y con éste la comunicación. Pero además, la palabra se erige para nombrar la realidad, obteniendo una funcionalidad práctica.

El ser humano precisa cercar la realidad, para situarnos en posición segura sobre el cosmos. Nuestro mundo debe estar lindado, asegurado por la expresión verbal, ... todo tiene una palabra o varias. Nada real escapa al logos.

Yo mismo, hago uso de palabras en este momento, para explicar una realidad que sin este instrumento lingüístico, no podría expresar.

 

Por otra parte, recojo unas palabras del catedrático de antropología filosófica, Jacinto Choza, para acercarme al punto de llegada que me propongo: "Los hombres pueden ser como parecen, como aparecen, pero puede que no. Ese espacio entre lo que aparece y el fondo es el espacio de que disponen para poseerse, para saberse, para decirse y para comunicarse. Para ser veraces y auténticos, y para mentir y engañarse a sí mismos".

 

Tenemos pues, que la realidad es aquello que se despliega delante de nuestras narices, sin saber cómo, ni por qué... y nosotros en un ejercicio de existencialismo, explicamos por medio del lenguaje. Sin saber bien quiénes somos, qué hacemos aquí, en definitiva, nos conocemos menos que la propia realidad.

Es con nuestra apertura al mundo, nuestro lenguaje y experiencia y herencia vital, con lo que forjamos nuestra subjetividad.

Leí de Ortega y Gasset, creo recordar que de su pequeño estudio "Qué es conocimiento", que el objeto que permanecía oculto para nosotros, no tenía existencia. Es sólo con nuestra actitud interesada, cuando cobra un protagonismo que le sitúa como algo. Citaba un ejemplo de un martillo en una habitación. Que cobraba existencia sólo cuando era utilizado.

Ahora me pregunto si las palabras tienen existencia por sí solas, o únicamente cuando entran en juego.

Parece que corren la misma suerte que el martillo hacinado en el olvido.

 

Hoy quería preguntarme, este es mi objetivo, a dónde van las palabras que no se dijeron. Siguiendo las letras de Silvio Rodríguez, que ya antes pasó por esta y otras preguntas que aún he de recorrer. Podía haber ahorrado la introducción, pero la considero oportuna. ¿Es cierto que caen al olvido, como las pequeñas cosas?

Si no llegaron a ser, las palabras no - dichas no gozan ni de historia. Sólo una conciencia las dota de sentido, las encumbra en la añoranza del haber podido ser.

Hay palabras que no dije cuando tuve que decirlas, por miedo, vergüenza, prudencia, hipocresía. Palabras que hubieran cambiado mi historia, palabras que hubieran moldeado mi subjetividad con otros rasgos.

El umbral de inexactitud que el profesor Choza define y he reseñado, es el desconocimiento que tenemos de nosotros mismos. Esa duda de no saber cómo actuaremos en situaciones no vividas aún.

 

Hace unos días, visité en el hospital al que fue mi primer entrenador de fútbol. Contaba con 8 años, cuando comencé a pegarle patadas a un balón. Él confió en mí, pese a que otros compañeros y curiosos no daban un duro por mis cualidades. Cuando me retiré de la práctica federada, él era el utillero del equipo, y no pasaba año que no supiera de él. Sin esta persona, y la confianza que depositó en mí, no hubiese disfrutado tantos años del fútbol, no hubiese conocido tantas personas,... en resumen, mi vida no sería la misma, otro camino hubiese tomado, dadas otras circunstancias. Por ejemplo, el amigo que me da clases de pintura desde hace unos meses, ha sido el mejor entrenador que tuve. Pero si mi primer entrenador no se hubiese cruzado en mi vida, no hubiese conocido a este segundo personaje.

La visita fue dolorosa, hacía unos meses que no lo veía. Una sobrina me alertó que estaba grave, pero no esperaba una situación tan cruel. Acurrucado en la fría sala hospitalaria, solo, esperando la muerte, con tubos saliendo de varios puntos de su esquelético cuerpo dormía. Debo decir que lo conocí por su pelo, y la forma del cráneo. La enfermera lo despertó, me dijo que le alegraría vernos... también me dijo que no hablaba. Fue cuando cayó el mundo sobre mí.

 

Camino al hospital, mi amigo y yo, recordábamos los años que compartimos con esa persona. E imaginé que los recordaríamos con él, en forma de palabras. Pero lo único que nos llevamos, fue la esperpéntica percepción de su cuerpo consumido, y su mirada, que de hablar nos hubiese echado en cuanto nos reconoció.

¿Dónde irán las palabras que no pudo decir?

Acaso nunca vuelven a ser algo, reza un fragmento en la canción de Silvio. Muy crudo razonamiento, pero sólo hace falta vivirlo para comprenderlo.

No diré que iré diciéndole a todos mis seres queridos cuánto les quiero, pues los actos, más que las palabras, también se transmiten. Seguiré omitiendo palabras, pensamientos que revolotearán, y jamás, por las circunstancias únicas, serán dichos.

No sé dónde van las pequeñas cosas, tampoco sé dónde van las palabras que no se dijeron... posiblemente al olvido, resucitadas por el recuerdo, y nuevamente asesinadas por la rutina y el olvido. Pero tengo claro, que lo que no se dijo anida en el interior de cada uno, esperando vanamente, que el tiempo cicatrice la dolorosa herida.

 

1 comentario

la Luna -

Hay que decir todo lo que se siente, cada dia que pasa lo tengo màs claro...será porque yo tambièn me dejè palabras en la conciencia...