Blogia
La Morada del Unicornio

EL DESEO

EL DESEO

Había concebido el deseo, desde que leí acerca de las filosofías orientales, como una voluntad incómoda. Un impulso cargado de ignorancia, que además aportaba sufrimiento.

Visto de este modo el deseo, no resulta extraño que queramos desprendernos de él. Extinguirlo, entrando en esa especie de trance, bautizado como nirvana, que budistas y espiritualistas orientales en general, entendían como la no-acción.

Reconozco que esta idea del no-pensar, de la quietud, o unión con el Todo, son pensamientos muy exóticos, y por ello, atractivos. Pero hoy en día, no satisfacen ya mi apetito intelectual. Esto no quiere decir, que continúe pensando que el desear, como acto consciente y autodirigido a un objeto, sea un lastre emocional. Como decía al principio, una incómoda voluntad, que no sacia jamás.

Pero, ¿alguien cree que es posible dejar de desear? Es decir, ¿retirarse a una vida de meditación – contemplación? ¿Fumigar cualquier pulsión, y no ser arrastrado tras el alud consumista?

Complejo, ¿no? En un mundo donde olvidar el móvil en casa se ha convertido en una catástrofe.

Sin duda, el deseo es sufrimiento, y acabar con él, es acabar con la vida vivida. Vivir sin desear, es como vivir sin vida. Estamos abocados al sufrimiento, al ejercicio de desear lo no-tenido, para luego, desear otra cosa, ad infinitum.

Plagiando a Schopenhauer, diríamos que hay una voluntad universal, que denominamos deseo. Un espíritu que va de un lugar a otro, que da vida a la existencia, y que no harta jamás su apetito. Sí, somos infelices por constitución, o insaciables, que no hiere tanto a nuestro ego.

También Sören Kierkegaard, desde mi modesto punto de vista, dejó una destacada pincelada artística, al referirse al deseo, y más concretamente al acto de la elección. Para éste filósofo, no sólo se producía sufrimiento al desear, sino que el elegir, se presentaba como una tragedia cotidiana. Eligiendo, dejamos de lado otras posibilidades de actuar. Ya que al ejecutar una acción, la otra u otras, no llegan a culminarse, con lo que estas pérdidas conscientes, son dolorosas. Es un razonamiento muy cercano al del desear. Ya que en éste, no se tiene lo que se anhela, y esta aspiración dispara la angustia. Y en el otro acto, hay una abundancia de posibilidades, que finaliza en la elección de una y muerte de otras.

Pero no hace mucho, me llegó un documento de video, en el que el filósofo Gilles Deleuze, hablaba sobre el deseo. Una definición que se me presentó como original, la cual me hizo pensar y recapitular por lo que antes, había sido mi noción de deseo.

Para el citado filósofo francés, el deseo ya no es algo tan simple como el anhelar cierto objeto. Su idea de deseo va ligada a lo que se crea. Es decir, va de la mano del constructivismo.

No hay deseo a algo sin un contexto. Cuando quiero algo, lo quiero porque antes lo he imaginado de una forma. Por tanto, anterior al deseo, nace un constructo ideal, de cómo va a producirse esa querencia… No quiero una cosa en sí, quiero un determinado constructo idealizado.

Por eso, cuando me enamoro no sólo me enamoro de ella. Me enamoro, al mismo tiempo, de una idealización contextual determinada.

Así, el sufrimiento se podría justificar como la incertidumbre creada por lo no-acontecido. Lo que aún no - es, o sólo es en mi pensamiento, y quiere ser de un modo fáctico. Realizar en la práctica lo pensado en la mente… Esta codicia es la que altera nuestro comportamiento, la que nos saca de la calma, y nos sumerge en lo inestable.

El animal humano, como entidad no-acabada, tiene que hacer-se. Y es en este enfrentamiento con la realidad, en palabras heideggerianas: estar-en-el-mundo, donde se va formando cada entidad personal.  Cada sujeto crece de la lucha incesante que mantiene en su mundo. Somos lo que somos, nuestra existencia, y nuestras circunstancias, como viera Ortega.  Y forzosamente, en esta tarea de existir, que no culmina: se desea, se elige, y claro está, se sufre inevitablemente…

Golpe a golpe, va construyéndose mi subjetividad. Mezcla de razonamientos, de voluntades, de sentimientos, etc.

 

Terminando con la idea de G. Deleuze, y siguiendo el ejemplo anterior, entiendo que el desenamorarme sea, una fuga de crédito de la idea que tenía de cierta contextualización. Mi torre de babel derrumbada. Mis planes al garete. Y otra vez a empezar, otra vez a idealizar, y por lo tanto, a construir.

 

 

0 comentarios