Travesía
Jamás admitiría que la travesía comenzó sobre aguas calmas, o que cálidas brisas los acompañaban. Ignoraban el rumbo que con el paso de los días, amontonados en inagotables madrugadas, tomarían sus vidas. Pero el timón de la embarcación se fue gustando, arrojándose de cabeza, con ciertas dudas emocionales, miedos que terminaban esfumándose en la caricia...
El tacto suave, generoso del mar, les mostraba el Norte, ante el desinterés mutuo. Y convertían esta sutil sincronización en un dulce baile de salón.
Partieron sin brújula ni víveres, únicamente se dejaron guiar por el impulso ciego de sus corazones. Aquella madrugada ella le cogió la mano, acelerándole las palpitaciones, introduciéndole en un abismo incierto, conducidos por sus voluntades en silencio, hacia el anhelo del mismo propósito. Le guió entre el tumulto, para luego hundir al varón en la angustia carnal del deseo. La atracción era tan evidente como el nerviosismo patente de ambos.
Y fue entre la gente, con la calidez y seguridad que le transmitía su suave tacto, donde ella le enseñó el camino al puerto. Allí les esperaba encallado el barquito, elemento clave de esta travesía.
Pero la noche se extinguió, y continuaban en tierra firme. Por poco tiempo, porque días después, otra noche prohibida para él , terminó por despojarse de sus cadenas. Ella le arrancó las ligaduras con una única palabra, una sugerencia bañada de descaro, un ultimátum que huyó aquella madrugada del frío miedo, para unirse al más sincero sentimiento de sinceridad. A él le invadió la duda con su pavor y moral. Mas anduvo por sobre el bien y el mal, arrojando de este modo irracional, su conciencia al futuro.
Decidía vivir el presente... y sus cadenas cayeron al instante. Juzgando el momento, lo presente, como válido. Sintió horas más tarde, cómo se le escapaba inevitablemente su pasado. Miró al frente, para no padecer ningún síntoma de pánico, y entre dedo y dedo, entrelazados, brotaban unos apéndices que quiso fundir con los suyos.
Se besaron, siempre fieles al presente. Y sin ser conscientes fueron dejando atrás la orilla. Había quedado en otro plano, la veían perderse sin ningún matiz de tristeza, y comenzaron a despedirse del curso cíclico y lineal que había constituido los últimos años de sus vidas.
Luego llegaría el abrazo con su sensibilidad, impulsando él inagotables suspiros que le acercarían a la alta mar de su Isla. Al desarraigo definitivo de la costa, quedando más lejano el firme piso que los vestía de ataduras. Imaginaban en silencio cuantas veces habían sido carne del continente que iban extinguiendo con su invariable ir. Pero sus ojos fueron perdiendo esta perspectiva; fijando la visión que el horizonte les abría, en sensaciones teñidas de esperanza. La libertad era compatible con la unión que iban sellando. Tatuada en las almas de nuestros protagonistas.
Rápidamente pasaron de náufragos a noveles marineros, con el descaro con el cual premia la traviesa noche. Y la cotidianidad se enfundó cristalinas aguas, estancas pero limpias que les permitían observarse a diario. Frías, que fueron truncándose en más humanas. Más cálidas según pasaban los días. La estrella Polar tomó forma en las pupilas de los dos amantes, distinguiéndose magníficamente en el brillo de sus sonrisas. Y con ella, aprendieron nuevamente a caminar de la mano.
El aprendizaje fue lento, pero consiguieron dirigir con sentido su barquito. Tan débil en ocasiones, como infranqueable en otras. Siempre a salvo de corrientes, ajeno al turbio oleaje que les sacudió al inicio de dicha travesía.
Pasaron los primeros meses como pasan los días, inundados por las sonrisas recíprocas, arrastrados dulcemente por el vaivén acompasado de la complicidad y el cariño naciente. Las tormentas se perdieron con aquel otro mundo que dejaron tras sus pasos. No había cabida en el nuevo mundo para ella. Flotaban, no sería la única vez, sobre el tiempo y el espacio.
Para ganar hay que arriesgar, él nunca se creyó un valiente, pero la historia comenzaba a escribirse con grabados mayúsculos. Únicamente persistía tímidamente el amago de anclar sus existencias a la monotonía que dejaban tras ellos. Por ese motivo rehuían de los lazos del viejo mundo, apostando al riesgo todas sus fortunas, sabedores que en el intento moran el éxito y el fracaso.
Él no había nacido para ser un marinero de agua dulce, pendiente desde el acantilado a idealizar sobre otra vida. Hay que llevar a cabo los sueños, pensaba. Ella era más emprendedora, más nítida de ideas. Y sin quererlo, se convertía en el trampolín que le faltaba para cumplir sus metas.
El precipicio se hizo un leve escalón, un mero obstáculo que ni siquiera percibió. Su única ambición había sido crear una fingida realidad, sobre la que construyó una alta como débil catedral de ilusiones. Cayó por su propio peso cuando se cruzaron sus vidas.
Aquella madrugada empezaron a salir los primeros rayos de sol. Se hacía de día, y ella no soportaría mucho tiempo más sus miedos. Él tampoco podía disimular lo que sentía. Así empezó esta peculiar aventura. Ella ayudándole a subir a bordo, y él sin oponer resistencia. Desnudo como una cometa que se deja llevar por el viento. Elevaron el ancla, y un gusanillo se introdujo en sus estómagos. La fuerza de Eolo sobre las velas movió el pequeño barco. Suave, como apunté anteriormente, pero constante, cogiendo viveza, seguro con la inercia que iba tomando. La Isla de Eros se convirtió en la primera parada,... no hizo falta un libro de rutas o radar. La travesía era guiada por el instinto que les marcaban sus corazones.
A MaRiNa.
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