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La Morada del Unicornio

Clase de guitarra

Hoy tocaba clase de guitarra, y como casi siempre, Juan asistía con la inquietud de errar en el momento de pisar las cuerdas, perder el compás, u olvidarse de las partituras. Nunca estaba totalmente seguro de que saliese bien, siempre le albergaba la molesta duda de no desplegar la práctica como quisiera. Con los dedos enrojecidos, la guitarra a la espalda, y con el paso tranquilo, iba con buena hora, encendió un cigarrillo. Siempre llevaba acabo el ritual, uno antes de la clase, y otro nada más salir.

Esa misma mañana su madre le había comentado que había oído en la radio sobre la buena costumbre de tocar un instrumento de música. Él llevaba ya más de diez años, interrumpidos por la rutina de no hallar nuevas formas que le hicieran continuar sin pausa su aprendizaje autodidacta. Al parecer, la música era saludable para el cuerpo, y alargaba la esperanza de vida. Y cómo no, recordó a Compay Segundo, que por poco si llega a los cien.

Desplegó torpemente la partitura semanal, ante la atenta mirada del tutor. Luego le corrigió, seguía sin darle fuerza a la mano derecha, perdía el compás a menudo, pero por lo demás continuaba avanzando semanalmente, machacando a diario sus dedos. Atento lo oyó, y luego fijó sus cinco sentidos en la nueva clase, intentando seguir los ágiles dedos de Jacobo, tarea harta complicada.

Su afición al flamenco se remonta a la niñez de Juan, aborrecido en los viajes al pueblo, acumulaba las letras de los más clásicos cantaores del cante jondo. Pero esta tirria que crecía con los años fue adquiriendo un sentido de admiración. Antes vio como una guitarra cogía polvo, convirtiéndose en un objeto inmobiliario más de la casa de su infancia. Hasta que una tarde de cumpleaños, la guitarra no soportó más la indiferencia de los inquilinos, y dejó de tocar para siempre. El análisis clínico que dejó fue mortal, un par de cuerdas sobrevivieron al destierro al que se vio abocada, más una fractura letal en la unión del mástil con la caja. Demasiada tortura en vida, para seguir soportando por más tiempo el desarraigo donado. 

La ausencia es deseo, y curiosamente no habían echado en falta la guitarra hasta el día que se ausentó.

Juan le pidió una guitarra a su padre, pero éste se negó tajantemente, creyendo que se trataba de otro capricho más. Aunque el tiempo demostró que el capricho se truncó en devoción. Y fue con su primer sueldo militar, con el que se agenció su primera guitarra española. Para empezar había tomado otra prestada, de una buena amiga, pero le incomodaba el hecho de pensar que podría dañarla, por eso se apresuró a gastar su primera paga en una inversión que aún mantiene viva. Luego llegó una acústica con su amplificador, pero no le llenaba tanto como la primera.

Más de diez años de auto – aprendizaje, torpe, lento, pero fiel a la esperanza de cultivarse como músico. Hasta que una tarde, vio el enésimo papel ofreciendo dar clases de guitarra, clases de flamenco en concreto. Juan sabía que por cuenta propia había aprendido lo suficiente para iniciar el viaje folclórico a sus raíces. Llamó curioso al teléfono de contacto, y pronto empezó las lecciones. Para alegría de su padre, que por fin cosechó un deseo que quiso inculcarle de joven...

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