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La Morada del Unicornio

El amor no conoce el pudor

Todo lo mueve el amor, debió pensar Juan, cuando vio sobre un banco dos jóvenes

 

amantes, devorándose sin pudor. No les importaba que el parque estuviese repleto de

 

niños, ancianos, y otros viandantes difícil de encasillar, que iban inmersos en sus tareas, sus

 

planes, o su rutina. Pensó que el pudor es algo que se crea, como los miedos, mientras

 

seguían dando rienda suelta a su pasión, la joven pareja. Quizás ellos no notasen cómo la

 

mirada de Juan se clavaba en ellos, con la certeza de que una vez fue el protagonista de la

 

sinvergüenza, de la pasión sin complejos que nos cubre haciéndonos padecer un estado de

 

gloria, de confianza. La misma fogosidad que quita años de nuestras vidas. Da brillo a

 

nuestras caras, alegría a nuestros movimientos, y fuerza a nuestros días.

 

Sin duda, el amor da alas, igual que las quita el desamor. Pero la escena huía de visos

 

negativos. Era un sentir sincero, ciego, el que emitían con sus gestos, sus caricias. Y todo lo

 

ridículo que se aprecia en un acto de estas tintas, para el ojo ajeno, parecía importarles

 

poco. Y sus miradas se cruzaban con la confianza depositada en el otro, con la inocencia

 

pueril del que besa por primera vez. ¿Quién sabe?, se preguntaba nuestro protagonista,

 

quizás fuesen los primeros sentimientos recíprocos, los primeros besos en los labios, las

 

primeras sensaciones de deseo, las primeras promesas, mentiras que se dirían...

 

Entendía que no tenían tiempo para volver a casa, ningún síntoma de velocidad en sus

 

movimientos, como si los relojes se hubiesen parado para ellos. Y así debía ser, el amor no

 

entiende de prisas, son malas compañeras de viaje, y hoy Juan era el depositario de este

 

defecto de la sociedad. Cogió la mochila, tenía entrenamiento, ya veía de lejos llegar a

 

Luís, y se incorporó del banco, oteando una vez más a los improvisados Romeo y Julieta.

 

Allí seguían, jugando con el goce y el placer. Sintiéndose más niños de lo que eran.

 

Descubriendo tierras inexploradas, tan cerca ya el amor y el sexo, que no sabría bien

 

distinguir la frontera. Esa línea imaginaria que puede estar disuelta, pero la experiencia le

 

había mostrado en otras ocasiones que podría separarse, como dos mundos. Había

 

ejercitado el arte del sexo, sin amor. También el amor sin sexo, cruel y duro en la fantasía

 

de Verónica. Que llegaba de la mano de Luís, con la siempre eterna sonrisa.

 

Estaba oscureciendo ya, cuando llegaron. Ella siempre iba a verle entrenar. Y los tres

 

marcharon al entrenamiento.  Mientras la pareja se mantenía enroscada en su banco,

 

aislados del fresco que corría tras la ausencia de Sol, Juan les regalaba su entusiasmo, y

 

maquinaba ser el protagonista algún día, junto a Verónica, de otra escena similar. En un

 

parque frondoso, con un estanque de patos cerca, con niños jugando en los columpios y

 

chorraderas. Con gente curiosa a su alrededor, que no le importase mirar, ni a él ser visto.

 

 

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