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La Morada del Unicornio

Yo también fui Superman

El olor a tomillo y romero le hizo volar en el tiempo. Apagó el motor del coche y se apeó

 

para mirar lo que llevaba tiempo deseando ver, pero nunca se había atrevido hasta aquel

 

amanecer. Quizás por miedo a no hallar lo que tantos años guardó en la retina de su mente,

 

convertido a retazos en pensamientos que rozaban ya la imaginación, pues el olvido rasgaba

 

con el tiempo los pequeños detalles que conservaba. Y tal fue la decepción que quiso no haber

 

ido allí. El gris del cemento, más el  marrón del ladrillo habían eclipsado el verde y marrón de

 

los olivos y el bajo matorral. Todo era más pequeño para sus ojos maduros, y las carreras y

 

travesuras con sus amigos de la infancia se le antojaban ridículas.

 

Allí había jugado al fútbol, al baloncesto improvisando canastas de fabricación

 

propia, con un aro aprovechando la vieja llanta de una bicicleta, y el tablero sacado de un

 

grueso madero. También presenció las primeras charlas de sexo, con los más mayores de

 

sus amigos, o los que crecían con mayor violencia, escapando a la inocencia pueril.

 

Iniciando sus primeros pecados con los argumentos de mugrientas revistas de pornografía

 

que eran abandonadas a su  suerte entre las altas hierbas. Allí también soñó ser un héroe de

 

cine, o algún personaje de televisión con una rebeca como capa o una vara verde como

 

espada.

 

Allí creció lentamente, bajo la atenta mirada de sus padres, hermanos, y otros matrimonios

 

amigos de sus padres que se reunían puntuales a su cita dominical.

 

     Era día laborable, y ni tan siquiera eso disimulaba el ruido que escapaba de las obras

 

cercanas, con grandes grúas, camiones, excavadoras que iban destruyendo  si cabe más aún

 

lo poco que quedaba ya de antaño.

 

Pronto había recorrido ya el breve espacio verde que sobrevivía a la edificación. Y las ganas

 

de abandonarlo le hicieron mella, y le abrieron de paso al apetito. Recordó entonces la

 

paella, la sangría y el vino con casera que nunca faltaba a la cita del Domingo. Y más

 

grande aún se hizo el hambre, mostrándose ruidosamente en su estómago. El rugido de su

 

vientre fue sustituido por el crujir de una rama seca, que convirtió en dos, arrojando el

 

pedazo que menos le gustó a la tierra. Sacó una navaja afilada, con la que despellejó la piel

 

de la madera, y sacó punta convirtiendo un trozo de madera en un objeto punzante. Éste fue

 

el único recuerdo que pudo llevarse, guardándolo en la guantera arrancó seguidamente el

 

coche. Su coche no olía al ambientador de pino que jamás faltó en el SEAT 127 de su

 

padre. Al cerrar la puerta del móvil desapareció el perfume a campo, y surgió el limón de su

 

nuevo ambientador. Crujió una rama seca bajo las ruedas del vehículo, y abandonó el lugar,

 

despidiéndose una vez más del viejo algarrobo que daba tan buena sombra. Él seguía allí

 

postrado, inconsciente a lo que pasaba por la cabeza de Juan en aquellos momentos.

 

Esperando que una antojadiza máquina lo derribe, sin pedirle permiso, sin saber su historia,

 

cargada de años.

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