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La Morada del Unicornio

Diario de un transeúnte

Cumpleaños

Me hallaba una noche navegando en alta mar, por el frío manto de palabras que pueden fluir de las incoherentes conversaciones de un chat. Intentando pescar algún minúsculo síntoma de Amor, por el gélido mar de posibilidades de la red. Mi barca andaba errante, con fuerte oleaje, guiada por los remos que únicamente encontraban la tempestad de las almas humanas. Retazos de personas, que una vez lo fueron, o quieren serlo. Dibujando con letras la esperanza de encontrarme con mi media naranja. O simplemente alguien que me diese cabida en su corazón, en su mundo. Pero en esta vida las cosas suceden por algo, y quiso la casualidad (sin disfraz), que nuestros caminos se cruzasen. Y fue así, por Internet, como te conocí. Por un chat, estabas en casa de un amigo, o algo así creo recordar... y nos agregamos al messenger, y allí empezaron las largas charlas. Lentamente empezaste a conocer mis aficiones, y yo las tuyas. Supe de tí despacio, con la paciencia escogida para hacer de nuestro encuentro una amistad que crece con el tiempo, y con las adversidades de la rutina. Se debilita, hiere, revive y encallece. Pero que continúa a día de hoy. Quizás no sea el lugar más idóneo para conocer a una persona, pero puede ser el lugar más fácil para hacer conocidos. Un espacio, este de Internet, donde poder confesarte sin pudores. Obviando todo el romanticismo que pueda aportar una cafetería, la picaresca de una biblioteca, la sorpresa de la playa o el cine, o el espectáculo de una huída de sol en un paseo marítimo. Te conocí en una habitación interna, alimentada con poca luz solar. Y allí, huyendo a todo artificio de lo natural, nos fuimos desnudando las personalidades, no importaba la ubicación de nuestros cuerpos, mas lo importante resultaba el hecho de abrirse a quien lo escucha, y sabe oírte. Es más, si algo tienen las salas de chats son personas con la estima minimizada.  Y quién sabe hoy, posiblemente me hallaba en ese caso. La compañía no es sinónimo de soledad, pero hay veces en las que a pesar de estar con gente, te sientes muy solo, o por lo menos incomprendido. Así me debí sentir aquella noche...

     El tiempo me ha enseñado muchas cosas, la principal es que no hay vuelta, retroceso. El tiempo es una línea, en la que vamos salvando obstáculos, encontrando alegrías, en un presente continuo que se aleja de lo vivido, y va haciendo humo la nostalgia, el recuerdo. El tiempo lo destruye todo, y con él nos vamos destruyendo nosotros. No hay lugar para el reposo, a pesar de haber innumerables sillas en el camino de la vida... sentarse es dejar de hacer cosas. El tiempo no esperará por ti.

Y en este caminar vamos alternando situaciones, y en estas experiencias acumuladas pasan gente por nuestras vidas, se acercan a nuestros mundos, saludan, y se van yendo, por nuestra voluntad o la ajena. La amistad se labra, requiere de un cuidado y atención que yo a veces no sé dar, por falta de tacto o indiferencia. Pero tú decidiste quedarte, de aquella callada manera, optaste por abrir mi círculo de amistades.

 

Me sorprendió que quisieras venir a Puerto Marina...

Y fue esa respuesta a la ligera que me distes lo que me hizo desconfiar al principio de tí. Tomando las precauciones oportunas de llevar a mi lado un coche que hiciese las veces de guía y de guardaespaldas. Allí llegaste tú, abriste con cuidado la puerta, saludando, y preguntando si era o no de fiar... El tiempo te lo diría, yo te tranquilicé diciendo que sí, y mi aspecto no tuvo que ser muy desagradable, porque embarcaste y nos fuimos al puerto. Todo el camino a Benalmádena pensé lo valiente que eras, al introducirte en un coche de un "desconocido", al cual sólo habías "conocido" por Internet. Y no fue la mejor noche, sin duda. Recuerdo que te querías ir a casa, y yo también, pero no hablamos casi nada, y por no querer aguar la fiesta el uno al otro, pasamos más de una hora aburridos en Maná.

No todo fueron nervios y poca comunicación en nuestra primera cita, bueno, he de decir que tú hablaste por los codos, cosa natural, por otra parte. Porque además de unos cuantos amigos míos, iban otros cuantos golfos más, amigos de Leo. Y tú allí rodeada de tanto hombre, me sorprendió que no te vinieras abajo, y le echaras cara a todos. Y llegó lo que recordamos con más cariño de nuestra primera cita, el ponerte yo los zapatos, con demasiada torpeza, pero lo que contaba era la intención. Y te bauticé, desde aquel día serías mi CENI.

Luego llegó mi bautismo, yo sería tu KILLO, en honor al instinto chusmón, (en el buen sentido de la palabra), que corre a veces por tu sangre. Y el que yo tantas veces te recriminé, y tantas veces nos hizo discutir. Para luego, hacer las paces...

El círculo se abrió, y aparecieron Toni (Peter Pan), Mario (el primo), Francis (el ole), Jesús (el Shorbi), David (el cari), y el resto de amigos que fuiste conociendo. También aparecieron tus amigas, y míranos ahora, si parece que mereció la pena y todo. Si al final le tendremos que dar las gracias a Internet de haber creado un grupo de amigos tan majo. Aunque la nostalgia me puede en este momento, y recuerdo a personas que decidieron abandonar este barco, a las cuales les tengo mucha estima. Pero así es la mar, caprichosa, y no todo el mundo se deja llevar por el mismo viento, ni a todos les parece buena la dirección que tomamos. La Tierra es redonda, y nuestras vidas cíclicas, en algún puerto coincidiremos con aquellos marineros que emprendieron su viaje, en algún puerto.

 

 

 

 

 

Nunca jamás

Una vez conocí a alguien díscolo, una de esas mentes que no piensan más de una vez, o no quieren cavilar las cosas más de lo debido. Un ser cariñoso, libre, que derrama sinceridad y desparpajo.

Me he preguntado muchas veces qué habrá ahí dentro, donde empieza la conciencia, y acaba la reflexión... en el cajón cuya estancia no se detienen los sentimientos, ...no somos tan serios ni tan disparatados, pero me llamó la atención tu modo de enfocar los problemas, tus salidas divertidas, huérfanas de pensamiento.

Quizás sea ese grado de locura, lo que más me llamó la atención de ti, quizás sea eso lo que muchos de nosotros no sabemos dirigir.

Hubo un  tiempo en el que Ismael Serrano me cantó al oído una canción, hablaba sobre Peter Pan, sobre Wendy, en definitiva sobre la niñez, y cómo va desapareciendo sin darnos cuenta. Me confesó que la infancia es un tesoro que la madurez nos arrebata, me lo cantó con su susurro desgarrador, quebrando el llanto en mi corazón su letra aguda.

Si Peter Pan viniera a buscarme una noche azul, que me sorprenda  a oscuras. Por favor, que no le de a la luz, no vaya a descubrir que suelo mentir, cuando juro ser aún ese niño...

Aún te sigo viendo a oscuras, sigues siendo para mí, para nosotros tus amigos, el alma de la Wendy que Peter Pan conoció. Con tus polvos mágicos de Campanilla, hipnotizas las madrugadas. Aunque a veces quieras parecer la Wendy que Peter Pan descubrió al final del cuento:

 ’Vengo a por ti’. Ella le dice: ’¡No enciendas la luz!’ Porque encender la luz significa enfrentarse a la jodida certeza de que hemos envejecido. Alguien entró de pronto en la habitación y encendió la luz. Y nos dimos cuenta de que casi  no quedan niños. (...)

 

Espero que nunca enciendas la luz en mis ojos, y tu brillo ciegue cualquier intento de verte huir de Nunca jamás, donde me topé contigo, donde intento volver algún día...y de donde la vida, últimamente intenta expulsarte.

Intenta que esta mala racha que pasa por tu existencia, con  la inestabilidad emocional que nos produce, no afecte a tu forma de ser, y sigas brindándonos tu sonrisa...

 Un fuerte abrazo, tu amigo Juanjo.

365 días

 

Podría empezar resumiendo estos primeros doce meses de modo descriptivo, exaltando aquellos momentos buenos que hemos compartido. Obviando las riñas, malentendidos y cabezonerías mutuas. También podría interpretar estos trescientos sesenta y cinco días como un paso hacia delante en mi vida. Un empujón firme, no sin titubeos que di tras salir de un  escabroso círculo que me tenía atrapado. Incluso me atrevería a definir que el transcurso de este año me ha enseñado nuevas sensaciones, nuevos gustos y sabores que tiene el Amor, que dormían en mi interior. Todo esto estaría bien, pero es tan complejo hablar de uno mismo, … imagínate hablar de dos.

 

Siempre he defendido a capa y espada que dos son uno, en el sentido metafísico dual de la unión de dos almas. Y este sentir que ha causado cosas tan simples como una mirada, el besar, un abrazo o el diálogo, me han hecho abrirme. Ofrecerte como soy, quebrar mi caparazón para que tu ser entrase, siendo mi invitado más deseado. Sin duda ha sido, se ha convertido, este anhelo de compartir mi yo con el tuyo, la elección más valiosa en este período breve de tiempo. Mas esta puerta abierta se hermetiza cuando mi apego a ti se hace más fuerte. Y esto es fruto del día a día. De la constancia de vernos, no como obligación impuesta. Sino del interés mutuo naciente y progresivo que hemos ido produciendo. Mal iría la cosa, o mal irá, si la relación se convierte en una rutina de cumplir, un compromiso pactado de fichar presencia a diario.

Por suerte es todo lo contrario, no se agotan mis ganas de saborear los minutos a tu lado, aunque a veces la apatía y cansancio nos venza. Pero bueno, hoy nuestras vidas no se ciñen a una relación adolescente, tenemos compromisos y metas que nos hemos marcado. Más la fortuna de tenerte a mi lado se enriquece en el esfuerzo que supone, por ejemplo, retomar la carrera, tan tardíamente, pero con la ilusión de demostrarme que aún no es tarde.

Estas tareas no me borran el apetito que rebrota de ti, las ganas de verte, tocarte, … al contrario, lo refuerzan. El estar ocupado me hace valorar aún más si cabe lo importante que eres para mí, y lo que he aprendido contigo en estos meses.

Reconozco que a menudo me ocurre que cuando regreso en coche a casa, tras dejarte ya me lamento por no haberte mimado más, y valoro el tiempo como debe de ser.

Pues ¿no valoramos las cosas cuando no se tienen?… ¿no caemos en la cuenta de que la no presencia duele, hiere en el recuerdo penetrante? … ¿por qué no aprovechamos más el instante?…

La realidad supera, desborda magnamente al pensamiento. La sensibilidad carece de la fuerza que la caracteriza, cuando se convierte en un vano idealizar.

Te comenté una vez la teoría del amor que expone Ortega y Gasset en su libro, “Estudios sobre el amor”, que me gustaría que un día leyeses. La teoría es la visión de Sthendal, (autor romántico), en manos de Ortega. A breves rasgos manifiesta un fenómeno que etiqueta de “cristalización”. Así me he visto, me veo y espero seguir padeciendo por muchos años más. Realizando un sobresalto de las virtudes de la persona amada, una multiplicación potencial que únicamente percibe las cosas buenas. Desdeña las características negativas, simplemente porque para la perspectiva del que ama, no existen. Existen indudablemente, pero no para la ciega mirada del enamorado. Lo dicho, este estado de enfermiza idolatría de tu persona me abre el apetito de conocerte. Me empuja al abismo de lograr saber tu esencia, tan rica para mi juicio. A sabiendas de que siempre me enseñarás algo nuevo, siempre aprenderé contigo, y ¿no es eso maravilloso?…

Como diría mi profesor de metafísica, la realidad nos desborda, pero es tarea del filósofo estudiarla, aunque no llegue a ser nunca entendida. Tú eres mi ente preferido, la cosa que desborda mis sentidos, el noúmeno que atraviesa mi piel y se cuela hasta mis entrañas. Si me permites estas abstractas afirmaciones.

Déjame que te conozca y siga sintiéndote, te has convertido en mi filosofar, y te aseguro que no es ninguna droga mala. Es una forma de vida, y tú ya formas la mía.

Te quiero.

 

Granada 2004

 

Granada, a 11 de Mayo de 2.004

 

 

Grandes tardes taurinas, de vino y tapas, se habrán vivido junto a donde yo me encuentro en estos momentos. Festejos de sangre y albero, sobre un escenario que en su fachada externa muestra las características moriscas de donde es parte su estructura. Monumento castizo bañado de la arquitectura árabe, sin duda, me hallo en Granada. Desconozco la fecha del alzamiento del coso taurino, su historia, y hasta su presente. Sé, únicamente, que se ha habilitado la zona inferior, externa al ruedo, para recintos de ocio. Desde un restaurante hasta una discoteca.El contraste es llamativo, resaltando lo antes expuesto de enclave histórico, cultural, a lo ahora expresado, lugar de recreo.

No imagino la Alhambra convertida en lugar de ocio. Se trataría de un atentado a la historia de nuestra rica cultura. Más dejaría de sorprenderme, de sumo grado, si ello aconteciese algún día...

Muchas ciudades de nuestra geografía han padecido la invasión de una juventud alocada sobre sus cascos históricos.No me tengo que ir muy lejos para mostrar un ejemplo. Soy malagueño, y he sido víctima de la nueva "cultura del botellón". Cientos de noches he pisado las aceras más emblemáticas y añejas de mi Málaga natal. Y créanme, no es lo mismo sentarse a tomar una cerveza con el fondo de la vista perdido en la Alcazaba, que tomarla en un barrio residencial. Recuerdo aún, volviendo a la ciudad desde donde ahora escribo estas líneas, una cálida tarde de un verano pasado, tomando café en el granaíno paseo de los tristes. Un marco incomparable. Al pie de la Alhambra, a breves minutos andando de los barrios del Sacromonte y el Albayzin, acompañada la estampa de una ligera brisa y el sonido vivo de los turistas, mapas en mano. Ignorante de la historia, me encontraba allí, como hoy me sitúo al paso de la gente, junto a la plaza de toros. ¿Qué sería Granada sin el trajín de estudiantes que pueblan sus calles?... ¿Qué sería sin el curioso viajero que encuentra en el Mirador de San Nicolás, el ya nombrado Paseo de los tristes, la calle de las teterías (C/Caldedería Nueva), en la Alhambra, las adoquinadas vías del centro, y otras tantas cosas que me olvido, la paz interior, la felicidad de hallar lo bello, en la contemplación desinteresada?...

No tiene precio, tanta efímera felicidad. Allí me encontré una vez, tomando café, con los cinco sentidos alerta, con la resuelta tranquilidad que el momento me inspiró.

 

De pequeño fueron las visitas a la tumba de Fray Leopoldo de Alpandeire, "Siervo de Dios". Un mártir de la religión cristiana, convertido en puro objeto comercial. Está claro que todo lo que toca La Iglesia... Me crié en la equívoca idea de una Granada gris, fría, triste; apagada por el intenso tráfico y la idea paralela de sus gentes rancias y secas. Me he criado, hecho o realizado con tantas erróneas tesis, que a día de hoy, pienso de modo totalmente opuesto a algunas forjadas leyes que teoricé en mi niñez y adolescencia.

Ya no veo a Granada ciudad con el prisma opaco, torpe y nublado con el que crecí. La identifico con el bar obrero, con más luz y alegría, robadas de mi conciencia antaño. Me extraño en una ciudad joven y divertida, reina de la tapa. Con su influencia morisca, enriquecedora. Sus variados tés, originales teterías, que bañan y convierten a esta urbe más plural culturalmente hablando. El jaleo de unos timbales, los acordes de una guitarra, el aroma a hachis, a jazmín, a libertad de alma... como ven, mi Idea cambió.

 

Sobre la ciudad se teje, como fondo inigualable, Sierra Nevada. Es por eso que no echamos de menos el mar, los viajeros que acá venimos. Mi gran amigo Norberto, canario de nacimiento y estancia, una vez me dijo aquí en Granada: "Juanjo, echo en falta el mar". Nos encontrábamos en el Mirador de San Nicolás, y yo le afirmé su tesis, mientras ojeaba el horizonte montañoso y la Vega, que circundan la capital. Pero querido amigo, yo también echo en falta la nieve en Málaga, cuando me alzo en visita al Castillo de Gibralfaro. Al igual que tú puedes añorar la lluvia, el frío, y la velada de guitarra, ron y chimenea que pasamos las navidades que nos conocimos.

Cada ciudad tiene su encanto, sus momentos, su día y su noche, su sol o su lluvia, su mar, su montaña, y el calor gradual de sus gentes, con su acento y sus rarezas.

 

 

 

 

Granada a 12 de Mayo de 2.004

 

Recién salido del santuario de Fray Leopoldo, para que nos vamos a engañar, dentro de mí estaba el deseo de volver a visitar tan "santo" lugar. De nuevo, comprobar la miseria del capitalismo, sobre las masas más débiles de la sociedad. Únicamente dos jóvenes me crucé por el camino que lleva hacia la tumba, dejando atrás el mercadillo de libros, cd´s, casettes, crucifijos, estampas... que conmemoran la vida de un siervo de Dios.

No sé si llamarle mártir, débil, cobarde, santo... y tampoco sé si estaría orgulloso de ver el negocio que tras su huella, su paso entre los mortales, dejó. Curiosamente, un hombre humilde, beatificado, coronado a calidad de santo hermano, no debiese engrandecerse al ver toda la parafernalia que se montó tras él.

Lo que más me llamó la atención no fue reunirme con dos personas jóvenes más, en un lugar que por costumbre solemos ausentar las nuevas generaciones. Tampoco ver como el rastrillo de recuerdos, y la sala donde se exponen para su venta, creció. Lo que más llamó mi atención fue la reconstrucción de su celda. Formada por una minúscula cama, con un viejo almohadón, y unas sucias y haraposas mantas. Sobre la cabecera un crucifijo. Una pequeña ventana daba luz al cobertizo, mas de noche se valía de una bombilla eléctrica que colgaba del techo. Cuando lo propio, opinión personal, hubiese sido recibir la luz proveniente de unas velas de cera, sin duda le hubiese dado un matiz más llano y cercano al sendero promulgado por Dios. Pero los avances científicos también estuvieron presentes en la vida del siervo de Dios. Un escritorio de madera, y sobre la silla colgaba lo que me pareció era una túnica monacal. La solería color arcilla, dándole un aspecto rústico a la pequeña celda, donde presumiblemente, en algo similar o parecido, no más de seís metros cuadrados, el santo malagueño pasó sus horas meditando y escribiendo, como muestra un lápiz y unos folios sobre el simple escritorio.

 

Ahora me encuentro en Los jardines del Triunfo. Tras de mí algunos turistas, otros tantos nativos, se agolpan alrededor de una magestuosa fuente. Frente a mí las vallas de una obra, remodelando los jardines. A mi derecha, veo el lugar sagrado de donde vengo, más unos edificios de alto precio. A mi izquierda, unas crecidas y centenarias, me atrevo a decir, coníferas que se alzan sobre los cuidados jardines. Se echa en falta los típicos bancos que pueblan los parques, y entre ellos el remolino de jubilados. Más abajo adivino el comienzo de la Gran Vía de Colón, y percibo a pesar del sonido del agua que serena mis oídos, el tráfico denso de una ciudad en hora punta.

Sentado sobre una fría pieza de mármol, espero a Susana. He aquí la causa de mi viaje. Llegué el Lunes 10, sobre las 19:30 horas. Ella había estado arreglando unos papeles, en el curso de la mañana, yo estuve trabajando, y de mutuo acuerdo convenimos en venirnos juntos a Granada. Ocho años lleva estudiando en esta bella ciudad, Arquitectura, una carrera comprometida, con vocación...

Natural de Málaga, morena, salada, unos ojos que deslumbran, y una sonrisa que mezcla la picardía y la inocencia. Allá, hace no sé cuántos años ya, la encontré. Y hoy el tiempo, el destino, el azar, o cualquier estratagema de mi existencia, me la devuelve. No quiero alargarme más en el tema, pues no quiero hacer ejercico mental del pasado, simplemente, quiero vivir el ahora, que es lo único que realmente vivimos, el PRESENTE.

Granada también ha sido testigo del encuentro con mi primo Pablo. No diré que es mi primo preferido, pero sí oso a decir que con él es con el que más me río. A sus diecinueve años, todo un hombrecito, un trovador de ciudades, un torpe de la noche, si me permite el término Ismael Serrano. No me atrevo a calificarlo de vividor, pero lo encasillo en la parcela del joven despreocupado, no holgazán, que teje su vida con la filosofía del "carpe diem".

 

 

 

 

Málaga a 17 de Mayo de 2.004

 

Otra vez camino a Granada. Esta ocasión con más compañía: Raquel de Madrid, mi buen amigo Francisco, y allí en Granada nos espera Susana.

Salimos a las 16:00 horas, aproximadamente. Tarde, si nuestra intención era pasar la tarde-noche. Pero al poco de llegar, decidimos hacer noche en casa de Susana. La pobre, tenía que presentar un trabajo que le estaba robando las horas de sueño, los últimos días. Y más que ayudarle, nuestra presencia le suponía un revés a la hora de avanzar con la entrega. Pero aún así, ella se ofreció a acompañarnos, para alegría mía, no voy a ocultarlo. Primero estuvimos en la Tetería Pervane, lo que empieza a ser ya algo clásico. Después ascendimos al Mirador de San Nicolás, precioso lugar, al cual merece la pena subir, a pesar de lo empinado de sus calles. Allí se sigue respirando libertad, aunque pasen los años. Un individuo foráneo arpegiando una guitarra, pariendo un sonido flamenco, una melodía con raices andaluzas. Una sinfonía totalmente introducida en el contexto de los que allí nos reuníamos. Mientras acariciaba las cuerdas de su guitarra, los espectadores veíamos cómo la noche se nos echaba encima. El cielo perdía su luz, y al mismo tiempo, de un modo perfectamente sincronizado, Granada iba ganando luz. En especial la Alhambra, donde nuestros ojos se posaban, como principal punto de referencia. Qué bello los destellos de luz sobre los muros de la fortaleza. Sobre la Torre de la Vela. Un contraste precioso, ver el esplendor de la claridad sobre un material color arcilla, y entre tanto, el silencio de los espectadores, con la mirada perdida en el fondo de sus conciencias. 

Allí estaba hace dos días mi conciencia, conciencia de algo, siempre. Es ahora cuando veo mi ser allí sentado, junto a otro ser, abrazados, siendo uno. Mezclándonos con el paisaje, con la melodía de los incansables acordes, con el silencio de los espectadores...

Fue en el camino de vuelta, donde hallé otro hecho destacado. Para mí con mucha fuerza emocional, para Susana, Francis y Raquel supongo que no tanta. En el interior de un túnel, un joven guitarrista, otro, tocaba unos sencillos y sutiles acordes, arpegiándolos con una ligereza y dulzura que entraban en el corazón, aunque no lo tengas abierto al mundo y sus fenómenos. En principio, se oía una guitarra, una guitarra misteriosa; y fui yo quien los dirigió al encuentro de su artista. Al origen de donde surgía tan llamativa melodía. Pasamos junto al joven trovador, descendiendo hasta el Paseo de los Tristes... Y luego fuimos llegando a la Gran Vía de Colón, donde cogimos un autobús hasta La Caleta.

 

(continúa)

 

 

Málaga a 26 de Mayo de 2.004

 

Hasta ese momento todo estaba en orden, dos parejas paseando y descubriendo la grandeza de Granada.Pero apareció el factor tapas,junto al vino y su alegría intrínseca. En La Cabaña, un bar de tapas muy cercano a la plaza de toros, donde quedé con el granuja de mi primo Pablo. Pero antes, camino del lugar acordado para nuestra cita, recogimos a Elena, una buena amiga de Susana. Ya éramos seís, pero al poco de acoplarnos a tapear, Susana y Elena nos dejaron. Ésta última estaba cansada, y había estado en el Gym, y Susana retomaba su trabajo, el que tenía que entregar al día siguiente.

Al buen rato salimos de La Cabaña... Francisco, Raquel, mi primo Pablo y yo. Camino a casa de Susana, y con la estimada ayuda del vino tinto, parecionos ver una paloma sobre una verja, enganchada sobre la malla metálica. Pero fue un error visual, nos traicionó los sentidos, y la paloma resultó ser un trozo de madera. Ilusiones ópticas...

Un poco antes de que los sentidos nos fallaran, hasta a Raquel que no cató el vino le traicionó, nos cruzamos con una cabina de teléfono, de las antiguas, cerradas, en las que Superman daba el cambio de look, de persona a superhéroe... y como anteriormente habíamos bromeado con mal gusto sobre su persona, (un chiste negro, macabro)... pues solté un comentario: "Mirad, la cabina de Superman"... a lo que Francis repuso, tras examinarla brevemente: "compañero, esta no es, no tiene rampa para minusválidos". Entre anécdota y anécdota, llegamos a casa de Susana. Allí estaba la aplicada muchachita, aspirante a Arquitecta... y continuamos la fiesta: Dos botellas de Pilicrim, un litro de cerveza, y dos chupitos de whisky para Francis y Pabluchi.

Al final de la noche, Francis y yo nos caíamos de sueño, y mi primo aún guardaba fuerzas para maquillar a Susana... la juventud, divino tesoro.

Por la mañana, a las 12 horas salimos dirección Málaga. Raquel tenía que salir hacia Madrid a las 15:30. Y por suerte, todo salió bien, como esperábamos. Dejé a mi primo sobando en el sofá-cama, y me enteré a la tarde, cuando llamé a Susana, que no había ido a trabajar, y que se fue de su casa casi a la hora del café.

 

...A continuación cuento lo acontecido la noche-madrugada del Viernes 21 de Mayo de 2.004...

 

 

Salí de trabajar el Viernes a las 20:00 horas, y a las 21:00 horas ya me encontraba camino de Granada. Para Susana sería una sorpresa el encontrarme allí, para mi primo fue otra cita, en el mismo lugar de tapas, La Cabaña.

Allí quedé a las 22:30, y llegó a las 22:45, impacientándome... Le conté mi plan, muy sencillo, y con muchas espectativas de salir bien. Tapeamos charlando de mi relación con Susana, del último encuentro, antes narrado, y de lo que se me pasaba por la cabeza aquella noche, tan tensa y emocionante para mí.

Salimos del bar, llamé a mi princesita, y le comuniqué que me iba a dormir, deseándole que lo pasara bien... pues no he dicho aún, que esa noche Elena celebraba su cumpleaños.

Antes de llamarla le había pedido por mensaje al móvil que no me molestara, que había llegado muy cansado de trabajar, y me apetecía dormir, puesto que trabajaba a las 11:00 horas del Sábado. Pero no contestó a mi mensaje de texto, y fue al llamarla cuando me informó que la había pillado maquillándose, y que me hubiese contestado más tarde, pero claro, yo no estaba para esperar, mi plan pedía paso, y todo se convertía en impaciencia. Pude sacarle el lugar del cumpleaños, si no recuerdo mal, un bareto llamado El flautista, en la céntrica zona de bares de Calle Elvira. Mi primo conocía el plan, que le conté un rato antes, y por suerte, también conocía el bar donde celebraban el cumpleaños. Casi me pilla, al oir el ruido de las personas y coches que circulaban por La Caleta, y posteriormente por El Triunfo. Fue aquí donde me despedí, excusándome que tal ruido provenía de mi barrio, y que había bajado a comprar un helado, antes de acostarme. Fue muy fácil engañarla. Pero empezaron los verdaderos nervios, el cosquilleo en el estómago... cuando entramos en el bar, y rápidamente mis ojos fueron a clavarse en su grupo de amigas. ¡Vaya dos colgados!, pensé, estamos hechos mi primo y yo. Allí esperábamos con un cubata y un cigarro en las manos. Cuando entró un individuo vendiendo rosas. Fue perfecto, el detalle que me faltaba, ... y me dejé convencer por Pabluchi, y allá estaba yo, consumiendo el cubata, con cortos y continuados sorbos, y fumando un cigarro tras cigarro... y desde aquel momento, con una rosa en la mano. Esperando se hizo larga la espera. Calculo que más de veinte minutos y menos de media hora. Aunque por fin, Pablo me hizo la señal, y allí la ví entrar, y tras ella a su amiga y compañera de piso, Rosana.

Nos besamos, cuando su aturdida mente me hizo el visto bueno, y me ubicó de modo irreal en Granada. A Rosana le costó un poco más, pero también logró hacerme la cara al bar, salvando la distancia entre Málaga y Granada.

Dejé de darle la espalda al grupo de amigas: Elena, Silvia, Belén, Raquel, Choni... y poco a poco, con la ayuda del vino y los cubatas, mi primo y yo nos fuimos sintiéndonos como componentes del grupo. Yo siempre, debido a mi timidez, salvando las distancias.

Susana estaba alegre, sabe que estoy loco, pero esa locura de irme a trabajar casi sin dormir, la fortalecía, y la alegraba. Mi madre no compartía tal entusiasmo, pero es comprensible, y a la vez es difícil contentar a dos personas al mismo tiempo.

A las 5:00 horas abandoné con 10 euros a su suerte, al bueno de mi primo. Lo despedimos en la discoteca Granada 10, y nos fuimos al piso. El despertador sonó, puntual a su hora, a las 8:35, y me vine con más pena que gloria a trabajar, pues un duro y largo día me esperaba. Aunque no me arrepiento, es más lo volvería a hacer,... quién sabe si no lo volveré a hacer...

 

 

 

Clase de guitarra

Hoy tocaba clase de guitarra, y como casi siempre, Juan asistía con la inquietud de errar en el momento de pisar las cuerdas, perder el compás, u olvidarse de las partituras. Nunca estaba totalmente seguro de que saliese bien, siempre le albergaba la molesta duda de no desplegar la práctica como quisiera. Con los dedos enrojecidos, la guitarra a la espalda, y con el paso tranquilo, iba con buena hora, encendió un cigarrillo. Siempre llevaba acabo el ritual, uno antes de la clase, y otro nada más salir.

Esa misma mañana su madre le había comentado que había oído en la radio sobre la buena costumbre de tocar un instrumento de música. Él llevaba ya más de diez años, interrumpidos por la rutina de no hallar nuevas formas que le hicieran continuar sin pausa su aprendizaje autodidacta. Al parecer, la música era saludable para el cuerpo, y alargaba la esperanza de vida. Y cómo no, recordó a Compay Segundo, que por poco si llega a los cien.

Desplegó torpemente la partitura semanal, ante la atenta mirada del tutor. Luego le corrigió, seguía sin darle fuerza a la mano derecha, perdía el compás a menudo, pero por lo demás continuaba avanzando semanalmente, machacando a diario sus dedos. Atento lo oyó, y luego fijó sus cinco sentidos en la nueva clase, intentando seguir los ágiles dedos de Jacobo, tarea harta complicada.

Su afición al flamenco se remonta a la niñez de Juan, aborrecido en los viajes al pueblo, acumulaba las letras de los más clásicos cantaores del cante jondo. Pero esta tirria que crecía con los años fue adquiriendo un sentido de admiración. Antes vio como una guitarra cogía polvo, convirtiéndose en un objeto inmobiliario más de la casa de su infancia. Hasta que una tarde de cumpleaños, la guitarra no soportó más la indiferencia de los inquilinos, y dejó de tocar para siempre. El análisis clínico que dejó fue mortal, un par de cuerdas sobrevivieron al destierro al que se vio abocada, más una fractura letal en la unión del mástil con la caja. Demasiada tortura en vida, para seguir soportando por más tiempo el desarraigo donado. 

La ausencia es deseo, y curiosamente no habían echado en falta la guitarra hasta el día que se ausentó.

Juan le pidió una guitarra a su padre, pero éste se negó tajantemente, creyendo que se trataba de otro capricho más. Aunque el tiempo demostró que el capricho se truncó en devoción. Y fue con su primer sueldo militar, con el que se agenció su primera guitarra española. Para empezar había tomado otra prestada, de una buena amiga, pero le incomodaba el hecho de pensar que podría dañarla, por eso se apresuró a gastar su primera paga en una inversión que aún mantiene viva. Luego llegó una acústica con su amplificador, pero no le llenaba tanto como la primera.

Más de diez años de auto – aprendizaje, torpe, lento, pero fiel a la esperanza de cultivarse como músico. Hasta que una tarde, vio el enésimo papel ofreciendo dar clases de guitarra, clases de flamenco en concreto. Juan sabía que por cuenta propia había aprendido lo suficiente para iniciar el viaje folclórico a sus raíces. Llamó curioso al teléfono de contacto, y pronto empezó las lecciones. Para alegría de su padre, que por fin cosechó un deseo que quiso inculcarle de joven...

El amor no conoce el pudor

Todo lo mueve el amor, debió pensar Juan, cuando vio sobre un banco dos jóvenes

 

amantes, devorándose sin pudor. No les importaba que el parque estuviese repleto de

 

niños, ancianos, y otros viandantes difícil de encasillar, que iban inmersos en sus tareas, sus

 

planes, o su rutina. Pensó que el pudor es algo que se crea, como los miedos, mientras

 

seguían dando rienda suelta a su pasión, la joven pareja. Quizás ellos no notasen cómo la

 

mirada de Juan se clavaba en ellos, con la certeza de que una vez fue el protagonista de la

 

sinvergüenza, de la pasión sin complejos que nos cubre haciéndonos padecer un estado de

 

gloria, de confianza. La misma fogosidad que quita años de nuestras vidas. Da brillo a

 

nuestras caras, alegría a nuestros movimientos, y fuerza a nuestros días.

 

Sin duda, el amor da alas, igual que las quita el desamor. Pero la escena huía de visos

 

negativos. Era un sentir sincero, ciego, el que emitían con sus gestos, sus caricias. Y todo lo

 

ridículo que se aprecia en un acto de estas tintas, para el ojo ajeno, parecía importarles

 

poco. Y sus miradas se cruzaban con la confianza depositada en el otro, con la inocencia

 

pueril del que besa por primera vez. ¿Quién sabe?, se preguntaba nuestro protagonista,

 

quizás fuesen los primeros sentimientos recíprocos, los primeros besos en los labios, las

 

primeras sensaciones de deseo, las primeras promesas, mentiras que se dirían...

 

Entendía que no tenían tiempo para volver a casa, ningún síntoma de velocidad en sus

 

movimientos, como si los relojes se hubiesen parado para ellos. Y así debía ser, el amor no

 

entiende de prisas, son malas compañeras de viaje, y hoy Juan era el depositario de este

 

defecto de la sociedad. Cogió la mochila, tenía entrenamiento, ya veía de lejos llegar a

 

Luís, y se incorporó del banco, oteando una vez más a los improvisados Romeo y Julieta.

 

Allí seguían, jugando con el goce y el placer. Sintiéndose más niños de lo que eran.

 

Descubriendo tierras inexploradas, tan cerca ya el amor y el sexo, que no sabría bien

 

distinguir la frontera. Esa línea imaginaria que puede estar disuelta, pero la experiencia le

 

había mostrado en otras ocasiones que podría separarse, como dos mundos. Había

 

ejercitado el arte del sexo, sin amor. También el amor sin sexo, cruel y duro en la fantasía

 

de Verónica. Que llegaba de la mano de Luís, con la siempre eterna sonrisa.

 

Estaba oscureciendo ya, cuando llegaron. Ella siempre iba a verle entrenar. Y los tres

 

marcharon al entrenamiento.  Mientras la pareja se mantenía enroscada en su banco,

 

aislados del fresco que corría tras la ausencia de Sol, Juan les regalaba su entusiasmo, y

 

maquinaba ser el protagonista algún día, junto a Verónica, de otra escena similar. En un

 

parque frondoso, con un estanque de patos cerca, con niños jugando en los columpios y

 

chorraderas. Con gente curiosa a su alrededor, que no le importase mirar, ni a él ser visto.

 

 

Yo también fui Superman

El olor a tomillo y romero le hizo volar en el tiempo. Apagó el motor del coche y se apeó

 

para mirar lo que llevaba tiempo deseando ver, pero nunca se había atrevido hasta aquel

 

amanecer. Quizás por miedo a no hallar lo que tantos años guardó en la retina de su mente,

 

convertido a retazos en pensamientos que rozaban ya la imaginación, pues el olvido rasgaba

 

con el tiempo los pequeños detalles que conservaba. Y tal fue la decepción que quiso no haber

 

ido allí. El gris del cemento, más el  marrón del ladrillo habían eclipsado el verde y marrón de

 

los olivos y el bajo matorral. Todo era más pequeño para sus ojos maduros, y las carreras y

 

travesuras con sus amigos de la infancia se le antojaban ridículas.

 

Allí había jugado al fútbol, al baloncesto improvisando canastas de fabricación

 

propia, con un aro aprovechando la vieja llanta de una bicicleta, y el tablero sacado de un

 

grueso madero. También presenció las primeras charlas de sexo, con los más mayores de

 

sus amigos, o los que crecían con mayor violencia, escapando a la inocencia pueril.

 

Iniciando sus primeros pecados con los argumentos de mugrientas revistas de pornografía

 

que eran abandonadas a su  suerte entre las altas hierbas. Allí también soñó ser un héroe de

 

cine, o algún personaje de televisión con una rebeca como capa o una vara verde como

 

espada.

 

Allí creció lentamente, bajo la atenta mirada de sus padres, hermanos, y otros matrimonios

 

amigos de sus padres que se reunían puntuales a su cita dominical.

 

     Era día laborable, y ni tan siquiera eso disimulaba el ruido que escapaba de las obras

 

cercanas, con grandes grúas, camiones, excavadoras que iban destruyendo  si cabe más aún

 

lo poco que quedaba ya de antaño.

 

Pronto había recorrido ya el breve espacio verde que sobrevivía a la edificación. Y las ganas

 

de abandonarlo le hicieron mella, y le abrieron de paso al apetito. Recordó entonces la

 

paella, la sangría y el vino con casera que nunca faltaba a la cita del Domingo. Y más

 

grande aún se hizo el hambre, mostrándose ruidosamente en su estómago. El rugido de su

 

vientre fue sustituido por el crujir de una rama seca, que convirtió en dos, arrojando el

 

pedazo que menos le gustó a la tierra. Sacó una navaja afilada, con la que despellejó la piel

 

de la madera, y sacó punta convirtiendo un trozo de madera en un objeto punzante. Éste fue

 

el único recuerdo que pudo llevarse, guardándolo en la guantera arrancó seguidamente el

 

coche. Su coche no olía al ambientador de pino que jamás faltó en el SEAT 127 de su

 

padre. Al cerrar la puerta del móvil desapareció el perfume a campo, y surgió el limón de su

 

nuevo ambientador. Crujió una rama seca bajo las ruedas del vehículo, y abandonó el lugar,

 

despidiéndose una vez más del viejo algarrobo que daba tan buena sombra. Él seguía allí

 

postrado, inconsciente a lo que pasaba por la cabeza de Juan en aquellos momentos.

 

Esperando que una antojadiza máquina lo derribe, sin pedirle permiso, sin saber su historia,

 

cargada de años.

El tercer tiempo

Suponía que el deporte, en su justa medida era saludable, por lo menos eso decían los médicos. Pero tras aquel duro esfuerzo, se sintió tan fatigado que no quiso haber jugado

aquel partido. Quizás fuese el largo tiempo que no practicó ejercicio físico, o quizás los años, que no pasaban en balde. No le importó tanto el haber logrado la victoria, como el

sentirse tan agotado. Y ponía en duda si valió la pena el esfuerzo.

Tras aquellas caras rojas, jadeantes, se escondía un atisbo de alegría, hacía años que Juan  no conseguía reunir a tantos amigos, algunos de ellos ya hasta casados. Y la mayoría

sumergidos en largas hipotecas, noviazgos difíciles, trabajos que les robaban todo el día,  o  estudios interminables.

El balón dejó de rodar, mientras los cuerpos yacían en el tórrido pavimento, recalentado por el Sol. No sabrían decir con seguridad cuándo volverían a reunirse, y menos aún afirmar si este espontáneo hecho aislado se volvería a repetir. Todo fueron quejas: "No tengo tiempo para jugar al fútbol", "es mi día libre, quedé en llevar a Gema al cine", "salgo de trabajar tarde, y no sé si tendré ganas de jugar", ... pero con algo de insistencia, y mucho de chantaje emocional, pudo Juan organizar lo que en mente llevaba transportando durante mucho tiempo.

Cinco minutos después los pulmones se cargaban de oxígeno, el corazón recobraba su  palpito normal, los rostros recuperaban su color original, mientras el sudor empezaba su metamorfosis en fría sensación incómoda sobre la piel, y los cerebros volvían a carburar con la velocidad lógica. Empezaba el tercer tiempo, sin duda el que más apreciaba el grupo de amigos, y entre recuerdos de las jugadas más destacadas, por tontas o de exquisita factura, mas el recuerdo de una juventud llena de encuentros futbolísticos semanales, fueron secando en cuerpo su sudor, y sus camisetas. Este hecho no importaba, valía una pulmonía el encontrarse después de tanto tiempo, todos, sin echar de menos a nadie. El que no estaba es porque no había querido ir, o porque la vida o su vida lo habían conducido a otro rumbo.

Llegó la hora de decir adiós, triste y sentida por todos, pero no cabía más demora, la rutina continuaba para todos, y el tiempo no se detenía ni en las mejores ocasiones, para dar una tregua. Para brindar con nuestros amigos, y poner el colofón idóneo a tan lúdica tarde. No, el tiempo no frenó su galopar incansable, no hizo eterna una ocasión que se antojaba para todos irrepetible, y el Sol dio paso a La Luna, y con ella la noche desvirgó el cálido anochecer, penetrando una fresca brisa que heló a más de uno. Abortando planes de continuar la fiesta con una merecida juerga, o con aplazar el partido a la semana siguiente.

La noche borró todo deseo de reencuentro, toda ilusión renacida de alargar lo inflexible, y cada cual a su nido voló.

Juan no pudo contener derramar alguna lágrima, ni tampoco quiso, pues era un llanto de alegría, mezclado con el agridulce sabor de haber jugado su último partido de fútbol. Por lo menos el más importante que había jugado en su vida.

Fue en la ducha, donde nadie le oía, desnudándose, mientras veía caer el agua que iba adquiriendo la temperatura que el entendía como la correcta para su ducha. Allí lloró hasta hacerse niño, se quitó la ropa y la máscara de hombre, probó una vez más el agua y retiró el vaho del espejo, para comprobar que el niño que era no se reflejaba en el cristal empañado.

Apartó el polvo del cristal con un trapo, mientras recordaba los goles que había marcado aquella tarde, y los que pudo marcar, y los que le marcaron también. Abrió la ventana, y

recordó que siempre pensaba en echarle un poco de aceite a aquellas chirriantes bisagras, pero nunca lo hacía. Aquel tampoco sería el momento, su mente estaba ocupada en archivar todas las jugadas, anécdotas, comentarios que se habían producido. Y se reprochó el  no haber grabado el partido. Había merecido la pena todo el esfuerzo en reunir a toda aquella gente, no le importó el dinero gastado en mensajes, llamadas, todo había salido bien, y se habían llevado a casa un recuerdo durable.

Descendió la persiana lentamente, como quien baja el telón de la obra más admirada y aplaudida que acaba de contemplar, como si tras la ventana divisase aún las carreras torpes, los gritos de aliento y reproche, de quienes compartieron tantas mañanas y tardes de gloria tras un balón. Y el campo de fútbol y sus protagonistas se extinguió ante aquella cortina de plástico.

Bajo las sábanas volvieron a caer lágrimas de sus ojos, lluvia que caía por las mejillas,  silenciosa en la madrugada, profunda en el alma. Aguacero de sentimientos, que no arreció hasta que sus sentidos se durmieron, y con ellos su cuerpo, derrotado por el cansancio físico que una vez más le vencía sobre su lecho.

A la mañana siguiente despertó, notando la fragilidad en sus articulaciones, y recordó la tarde-noche anterior. Cayó en la cuenta de que había estado soñando partidos y más

partidos de fútbol, y fue al elevar la persiana, y notar cómo los rayos de Sol le herían sus debilitados ojos, cuando le abatieron los años encima, mas una punzada en el pecho lo

retrocedió bruscamente a la vez que apagaba el despertador, hundiéndolo en la cama.

Aquella mañana no fue al trabajo, tampoco a la cita con la novia. Permaneció en la cama, hasta que asimiló que es ley de vida envejecer, como el distanciarse de las amistades, y el

no querer crecer, que igual de lícito es. El tercer tiempo se consumó, a pesar de seguir nadando en su memoria, a pesar de que estaba abriendo una nueva página en su historia.