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La Morada del Unicornio

El tercer tiempo

Suponía que el deporte, en su justa medida era saludable, por lo menos eso decían los médicos. Pero tras aquel duro esfuerzo, se sintió tan fatigado que no quiso haber jugado

aquel partido. Quizás fuese el largo tiempo que no practicó ejercicio físico, o quizás los años, que no pasaban en balde. No le importó tanto el haber logrado la victoria, como el

sentirse tan agotado. Y ponía en duda si valió la pena el esfuerzo.

Tras aquellas caras rojas, jadeantes, se escondía un atisbo de alegría, hacía años que Juan  no conseguía reunir a tantos amigos, algunos de ellos ya hasta casados. Y la mayoría

sumergidos en largas hipotecas, noviazgos difíciles, trabajos que les robaban todo el día,  o  estudios interminables.

El balón dejó de rodar, mientras los cuerpos yacían en el tórrido pavimento, recalentado por el Sol. No sabrían decir con seguridad cuándo volverían a reunirse, y menos aún afirmar si este espontáneo hecho aislado se volvería a repetir. Todo fueron quejas: "No tengo tiempo para jugar al fútbol", "es mi día libre, quedé en llevar a Gema al cine", "salgo de trabajar tarde, y no sé si tendré ganas de jugar", ... pero con algo de insistencia, y mucho de chantaje emocional, pudo Juan organizar lo que en mente llevaba transportando durante mucho tiempo.

Cinco minutos después los pulmones se cargaban de oxígeno, el corazón recobraba su  palpito normal, los rostros recuperaban su color original, mientras el sudor empezaba su metamorfosis en fría sensación incómoda sobre la piel, y los cerebros volvían a carburar con la velocidad lógica. Empezaba el tercer tiempo, sin duda el que más apreciaba el grupo de amigos, y entre recuerdos de las jugadas más destacadas, por tontas o de exquisita factura, mas el recuerdo de una juventud llena de encuentros futbolísticos semanales, fueron secando en cuerpo su sudor, y sus camisetas. Este hecho no importaba, valía una pulmonía el encontrarse después de tanto tiempo, todos, sin echar de menos a nadie. El que no estaba es porque no había querido ir, o porque la vida o su vida lo habían conducido a otro rumbo.

Llegó la hora de decir adiós, triste y sentida por todos, pero no cabía más demora, la rutina continuaba para todos, y el tiempo no se detenía ni en las mejores ocasiones, para dar una tregua. Para brindar con nuestros amigos, y poner el colofón idóneo a tan lúdica tarde. No, el tiempo no frenó su galopar incansable, no hizo eterna una ocasión que se antojaba para todos irrepetible, y el Sol dio paso a La Luna, y con ella la noche desvirgó el cálido anochecer, penetrando una fresca brisa que heló a más de uno. Abortando planes de continuar la fiesta con una merecida juerga, o con aplazar el partido a la semana siguiente.

La noche borró todo deseo de reencuentro, toda ilusión renacida de alargar lo inflexible, y cada cual a su nido voló.

Juan no pudo contener derramar alguna lágrima, ni tampoco quiso, pues era un llanto de alegría, mezclado con el agridulce sabor de haber jugado su último partido de fútbol. Por lo menos el más importante que había jugado en su vida.

Fue en la ducha, donde nadie le oía, desnudándose, mientras veía caer el agua que iba adquiriendo la temperatura que el entendía como la correcta para su ducha. Allí lloró hasta hacerse niño, se quitó la ropa y la máscara de hombre, probó una vez más el agua y retiró el vaho del espejo, para comprobar que el niño que era no se reflejaba en el cristal empañado.

Apartó el polvo del cristal con un trapo, mientras recordaba los goles que había marcado aquella tarde, y los que pudo marcar, y los que le marcaron también. Abrió la ventana, y

recordó que siempre pensaba en echarle un poco de aceite a aquellas chirriantes bisagras, pero nunca lo hacía. Aquel tampoco sería el momento, su mente estaba ocupada en archivar todas las jugadas, anécdotas, comentarios que se habían producido. Y se reprochó el  no haber grabado el partido. Había merecido la pena todo el esfuerzo en reunir a toda aquella gente, no le importó el dinero gastado en mensajes, llamadas, todo había salido bien, y se habían llevado a casa un recuerdo durable.

Descendió la persiana lentamente, como quien baja el telón de la obra más admirada y aplaudida que acaba de contemplar, como si tras la ventana divisase aún las carreras torpes, los gritos de aliento y reproche, de quienes compartieron tantas mañanas y tardes de gloria tras un balón. Y el campo de fútbol y sus protagonistas se extinguió ante aquella cortina de plástico.

Bajo las sábanas volvieron a caer lágrimas de sus ojos, lluvia que caía por las mejillas,  silenciosa en la madrugada, profunda en el alma. Aguacero de sentimientos, que no arreció hasta que sus sentidos se durmieron, y con ellos su cuerpo, derrotado por el cansancio físico que una vez más le vencía sobre su lecho.

A la mañana siguiente despertó, notando la fragilidad en sus articulaciones, y recordó la tarde-noche anterior. Cayó en la cuenta de que había estado soñando partidos y más

partidos de fútbol, y fue al elevar la persiana, y notar cómo los rayos de Sol le herían sus debilitados ojos, cuando le abatieron los años encima, mas una punzada en el pecho lo

retrocedió bruscamente a la vez que apagaba el despertador, hundiéndolo en la cama.

Aquella mañana no fue al trabajo, tampoco a la cita con la novia. Permaneció en la cama, hasta que asimiló que es ley de vida envejecer, como el distanciarse de las amistades, y el

no querer crecer, que igual de lícito es. El tercer tiempo se consumó, a pesar de seguir nadando en su memoria, a pesar de que estaba abriendo una nueva página en su historia.

 

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