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La Morada del Unicornio

La compañía vale soledad

Todo empezó en la memoria de un día. En el recuerdo consciente. Paseaba lentamente, cabizbajo, aunque no mostrase ningún signo de amargura tras su serio gesto facial. Mas bien llevaba la mirada perdida, fijada en el suelo. Absorto en su mundo de maquinaciones e incoherencias. "Siempre soñando", le repetían su madre y su novia. Pero él no abandonaba ese universo rico de buenas intenciones, que lo separaba de la cruel realidad a la que fue empujado en vida. Prefería "vivir" en su mundillo, con sus locuras, sus felicidades y sus juegos, en el cual desarrollaba su viajemental, día tras día. A verse dominado por una vida materialista. Huyendo de su maldad y de sus guerras. "Un mundo mejor es posible", se repetía... y para eso utilizaba aquel mágico órgano de la imaginación, para volar sin alas, dejando  la terrenal realidad para los cuerdos.

De vez en cuando, dejaba escapar una sonrisa pueril, una sonrisa quebradiza. Efímera alegría que lo aislaba del ruido externo de las calles que pisaba. Y es que desde hacía un rato, su andar pasó a un segundo plano mental, tras el velo que dividía la realidad de su sueño se encontraba nuestro viajero.

Pisadas inconscientes, pero sin titubeos. Por la ciudad de la Alhambra, donde se respira el frescor y la libertad que descienden de su sierra. Donde una vez se enamoró, paseando por el Paseo de los tristes, camino al Mirador de San Nicolás. Y con este recuerdo, se le llenaron los ojos de nostalgia. Y es que a veces, la tristeza y la melancolía son estados de alegría.

De pronto, la Alhambra se hizo Alcazaba, y el paseo de los tristes era la malagueña  Calle de La Victoria, con su ir y venir de personas. Incansable trajín, por el cual se dirigió a la Plaza de la Merced, resucitando poco a poco, al comprender que sus pasos le dirigían al Castillo de Gibralfaro. El olor a pino, el silencio, únicamente interrumpido por el melódico cantar de pájaros, y los rayos estivales que se colaban por los ramajes frondosos de las

coníferas, fueron haciendo factura en su cerebro, necesitado de pocos elementos para  transportarse al otro horizonte, donde moraba su corazón.

Podía trasladar sus sentidos lejos de donde se encontraba, seguir viajando desde su ciudad, haciendo uso de la memoria y el recuerdo, pero despertó. Tomó una gran bocanada de aire expulsándola lentamente al tiempo. Miró el paisaje como si fuese la primera vez que lo hiciese, cuando la realidad era que lo guardaba fresco en su interior. No escaparon sus oídos al ruido de la ciudad, el meneo de automóviles, comercios y sus gentes. Tampoco sus ojos pudieron librarse de ver el humo con sus coches, pero la estampa requería del ruido para darle mayor fuerza real, pues incluso por la noche ese ruido siempre había acompañado, en forma de insecto, o cláxones de vehículos en la madrugada. Todo estaba en su sitio: el Paseo marítimo, la Plaza de toros, el Paseo de la farola, el Ayuntamiento, en definitiva, la  ciudad seguía estando allí. Continuaba inmóvil, reformada, pero idéntica sus estructuras elementales.

Descendió el monte con pies cansados, almacenando en su disco duro todo lo que percibía, todo lo que sus sentidos le regalaban a su cuerpo.

Un escalofrío le recorrió de pies a cabeza, paralizando a nuestro protagonista que detuvo su  inercia progresivamente, hasta que pudo pensar serenamente la causa de aquella parálisis repentina. Notó que su cuerpo producía un sudor frío, brusco, hasta congelarle las ideas.

 

Todo fue producido por un pensamiento veloz, punzante en su seno interno, hasta el punto  de coagularle articulaciones, sentidos y mente. Una daga en forma de idea, y es que hay

 

pensamientos como palabras que hieren, y él notó cómo desde su interior algo sangraba, cual desgarro sufrido por una afilada navaja que rebanaba sus entrañas. Se sintió como un tiovivo que da vueltas y vueltas, y siempre para en los mismos lugares, puntual, acumulando las mismas imágenes de archivo. Esta monotonía en vida le hizo detener su impulso, transportado a años luz de velocidad a la amargura, desde la apatía donde se hallaba. Encontró asiento en una piedra, como dice El Cantautor, la vida está llena de sillas: “El que tenga buen camino tendrá sillas, peligrosas que lo inviten a parar”. Y allí parado, en la quietud de la soledad y su silencio, se encontró a sí mismo, como nos encontramos tantas veces en la vida. Huérfano de alegrías, mudo de palabras, y charlatán de sus pensamientos

 

más retorcidos. En los recovecos de la noche, se quitó el manto de la ficción y se sintió  persona, humano con su mortalidad arraigada a su ser, y la pena lo violó de tal manera que allí permaneció hasta que otro escalofrío, más cálido esta vez, le devolvió la sensibilidad, y notó que la silla no era tal, que se trababa de una gélida piedra, que le había robado del camino. Sus pies le devolvieron a la senda, y fue llegando a la ciudad, con la fresca brisa del mar golpeándole en sus sienes.  Hecho persona, expulsado a la cruel realidad de la cual  huimos a diario, o por lo menos intentamos. Ya no tenía fuerzas para echarse por alto el manto de la locura, había oído esa misma tarde que el mítico Bob Marley había vivido  durante años fumando cuarenta porros diarios, fumándose la vida, y quizás por eso no pase a los anales de la historia por un ser terrenal, cuando pasó más de media existencia en la periferia de la realidad sensorial. Evadiéndose a diario de la vida, en un universo que eligió para vivir entre mortales.

Así fue llegando Juan, de nuevo, al centro de la ciudad, con su cansancio corporal, arrastrando su compañía, que vale soledad.

 

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