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La Morada del Unicornio

Dar es recibir

Se detuvo en seco, arrancando de su  bolsillo un par de monedas de poco valor. A cambio recibió una mirada de agradecimiento, y el sentirse caritativo le infló la estima. Había encontrado en los dos ojos agradecidos una bondad que le hizo erguir la suya, y sin quererlo dejó tras él el cuerpo sobre el asfalto, con sus dos enternecidos ojos.

Tras el humo del cigarro se dibujó la tez agradecida, aún no había relegado a un segundo plano el acontecimiento que había vivido aquella calurosa mañana.

Otro sorbo corto, lento, al café  que aún le empañaba los cristales de sus gafas, y otra calada al cigarro que se apuraba entre largas exhalaciones. Y de nuevo, otra mirada al pasado, consumiendo el tiempo libre que agotaba  en la cafetería, antes de regresar  a su puesto de trabajo.

Aquel día pasó anodino, como tantos otros. Cuando tras la  cena, lo que se presumía como  una digestión más, se convirtió en una inesperada indigesta del cocktail más vital que aporta la melancolía y la reminiscencia junto al cansancio del día acumulado. Allí frente al televisor, volvió a encontrarse  con los ojos lastimeros, cargados de vida, experiencia y libertad. Las dos pupilas agradecidas que  a cambio de tan poco, le dieron tanto.

Recordó cómo subía la calle, y como tropezó con su música, deteniéndolo su guitarra y los arpegios que se desprendían de entre sus cuerdas y manos, todo uno. Luego lo inmovilizó

la austeridad de su figura, su mirada perdida en el vacío de la melodía que desprendían sus  órganos, y el  rumor de la ciudad se deshizo en la acción  que le contuvo. Luego llegó el renacer del personaje, tras percibir la presencia curiosa, tras su improvisado escenario. Y su cara perdió todo matiz de inocencia, cuando el sonido de las monedas entre las manos lo despertó. Y entonces pensó que la riqueza no se hallaba en aquellas monedas que rescató de su bolsillo, y se sintió tan pobre, viendo a aquel  ser tan rico, que comprendió que la libertad no la podía comprar con aquellas monedas, ni con los billetes que acumulaba en la cartera, tampoco con su nómina mensual, ni jamás podría  alcanzarla con los ahorros de toda una vida. Dar es recibir, y en aquella frágil limosna estaba arraigada una chispa de felicidad, impregnada de la más desinteresada forma humana.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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