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La Morada del Unicornio

365 días

 

Podría empezar resumiendo estos primeros doce meses de modo descriptivo, exaltando aquellos momentos buenos que hemos compartido. Obviando las riñas, malentendidos y cabezonerías mutuas. También podría interpretar estos trescientos sesenta y cinco días como un paso hacia delante en mi vida. Un empujón firme, no sin titubeos que di tras salir de un  escabroso círculo que me tenía atrapado. Incluso me atrevería a definir que el transcurso de este año me ha enseñado nuevas sensaciones, nuevos gustos y sabores que tiene el Amor, que dormían en mi interior. Todo esto estaría bien, pero es tan complejo hablar de uno mismo, … imagínate hablar de dos.

 

Siempre he defendido a capa y espada que dos son uno, en el sentido metafísico dual de la unión de dos almas. Y este sentir que ha causado cosas tan simples como una mirada, el besar, un abrazo o el diálogo, me han hecho abrirme. Ofrecerte como soy, quebrar mi caparazón para que tu ser entrase, siendo mi invitado más deseado. Sin duda ha sido, se ha convertido, este anhelo de compartir mi yo con el tuyo, la elección más valiosa en este período breve de tiempo. Mas esta puerta abierta se hermetiza cuando mi apego a ti se hace más fuerte. Y esto es fruto del día a día. De la constancia de vernos, no como obligación impuesta. Sino del interés mutuo naciente y progresivo que hemos ido produciendo. Mal iría la cosa, o mal irá, si la relación se convierte en una rutina de cumplir, un compromiso pactado de fichar presencia a diario.

Por suerte es todo lo contrario, no se agotan mis ganas de saborear los minutos a tu lado, aunque a veces la apatía y cansancio nos venza. Pero bueno, hoy nuestras vidas no se ciñen a una relación adolescente, tenemos compromisos y metas que nos hemos marcado. Más la fortuna de tenerte a mi lado se enriquece en el esfuerzo que supone, por ejemplo, retomar la carrera, tan tardíamente, pero con la ilusión de demostrarme que aún no es tarde.

Estas tareas no me borran el apetito que rebrota de ti, las ganas de verte, tocarte, … al contrario, lo refuerzan. El estar ocupado me hace valorar aún más si cabe lo importante que eres para mí, y lo que he aprendido contigo en estos meses.

Reconozco que a menudo me ocurre que cuando regreso en coche a casa, tras dejarte ya me lamento por no haberte mimado más, y valoro el tiempo como debe de ser.

Pues ¿no valoramos las cosas cuando no se tienen?… ¿no caemos en la cuenta de que la no presencia duele, hiere en el recuerdo penetrante? … ¿por qué no aprovechamos más el instante?…

La realidad supera, desborda magnamente al pensamiento. La sensibilidad carece de la fuerza que la caracteriza, cuando se convierte en un vano idealizar.

Te comenté una vez la teoría del amor que expone Ortega y Gasset en su libro, “Estudios sobre el amor”, que me gustaría que un día leyeses. La teoría es la visión de Sthendal, (autor romántico), en manos de Ortega. A breves rasgos manifiesta un fenómeno que etiqueta de “cristalización”. Así me he visto, me veo y espero seguir padeciendo por muchos años más. Realizando un sobresalto de las virtudes de la persona amada, una multiplicación potencial que únicamente percibe las cosas buenas. Desdeña las características negativas, simplemente porque para la perspectiva del que ama, no existen. Existen indudablemente, pero no para la ciega mirada del enamorado. Lo dicho, este estado de enfermiza idolatría de tu persona me abre el apetito de conocerte. Me empuja al abismo de lograr saber tu esencia, tan rica para mi juicio. A sabiendas de que siempre me enseñarás algo nuevo, siempre aprenderé contigo, y ¿no es eso maravilloso?…

Como diría mi profesor de metafísica, la realidad nos desborda, pero es tarea del filósofo estudiarla, aunque no llegue a ser nunca entendida. Tú eres mi ente preferido, la cosa que desborda mis sentidos, el noúmeno que atraviesa mi piel y se cuela hasta mis entrañas. Si me permites estas abstractas afirmaciones.

Déjame que te conozca y siga sintiéndote, te has convertido en mi filosofar, y te aseguro que no es ninguna droga mala. Es una forma de vida, y tú ya formas la mía.

Te quiero.

 

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