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La Morada del Unicornio

Diario de un transeúnte

El hombre es un lobo para el hombre

La paciencia no era una de las virtudes de Juan. Arremolinado tras  la cola del mercado, en el puesto del pescado volvió  a encontrarse. Inmerso entre el bullicio, el olor a pescado, sudores corporales, esperando su turno. Ante sí tenía a una mujer de cara noble, status social medio, que encasillaba sin paliativos en la extensa gama de amas de casa. Y tras él, un señor de grueso bigote, gesto serio acorde con el mostacho, que denotaba cierta impaciencia en sus ademanes. Una persona más venía pidiendo la vez, aumentando los decibelios, que ya no eran pocos en aquel mercado. Allí convivían las competencias hermanadas,  y parecía que el pescado que vendía aquel tendero de edad media, era el más  fresco que ofrecían las restantes pescaderías. Hasta llegó a pensar en la posibilidad de la no

existencia de mercancía, cuando llegara su turno. Pero la cola no hacía más que crecer, lo que ahuyentaba las dudas, por otro lado inmaduras, dada la poca experiencia que apilaba como consumidor. Le llamó de  sobremanera la atención el percibir la columna humana tan alineada, uno tras otro, a diferencia de otros locales, donde la gente guardaba su ocasión de ser atendido aglomerándose, desordenados.

Fijó su atención en una chica joven, de buen ver, que gozaba del turno y  de la mirada del señor de poblado  bigote, que se le había adelantado a desnudarla con unos ojos sátiros que hasta entonces no había percibido en él. Y comprendió nuestro amigo que los años dan, aparte de dolores, experiencias e ilusiones transformadas en deseos carnales. También comprendió, que el minúsculo vestido y el desorbitado escote proferían más que una estación estival, unas  ansias de mostrar los cánones de belleza establecidos en la sociedad.

Amasó la barra de pan bajo la asila, sin pudor ni repugnancia para los presentes, pues no era imaginable que tal delicia contuviese los rasgos considerados no higiénicos por la mayoría. Y con gracia y  salero, con la que había solicitado todo lo que ahora se disponía a retirar del mostrador, y con la misma que el empleado la había atendido, multiplicada con una sonrisa que se dibujaba por debajo de sus inquietos ojos, se retiró. No sin antes llevarse tras ella la seguridad de transportar sobre su  piel las pupilas de los varones  que impacientaban acabar con la compra, arrastrándolas con desparpajo en un baile de caderas, y el descontento mudo de las señoras, que  tachaban de deshonestos a los hombres, allí presentes, desde lo más profundo de sus pensamientos, con la mísera envidia humana.

La muchacha no estaba sola, un joven la aguardaba sonriente, con la victoria en su rostro  mientras la veía llegar, a la vez que se perdían los repasos visuales, entre otros cuerpos, volviendo a la rutina de la hilera de personas, que no paraba de crecer por otra parte.

Salió de allí  con la sensación de haber perdido  más de una hora en una compra absurda,pero necesaria. La luz del día le hizo pestañear, incómodo ante tanta luminosidad, como el  que emerge de una cueva tras una estancia larga. Llegó a la parada de autobús, y sostuvo la respiración para no inhalar los gases que la gran ciudad y el vehículo articulado

emitían sin compasión. Respiró  el aire parado y cargado del interior del móvil, y buscó asiento para dos piernas solicitadas de reposo. No halló  más que una butaca doble que en breves instantes fue ocupada, mientras él se perdía en lo más interno de un pensamiento que últimamente sólo aparecía para amartillarle la razón de ser.

Se sintió objeto,  sustancia material apegada a una vida que no había elegido desde  hacía ya muchos años, desde que era consciente de sus elecciones, las mismas que le habían privado de hacer tantas cosas por miedo. Recelo al fracaso, a rehusar de la inteligencia que se presumía en un ser pensante, que goza del sano juicio. Pero ese verse cosa, en una sociedad que se le escapaba de sus sentidos más fraternales le hizo apenar. Rodeado de un sinfín de carteles publicitarios, todos anunciando  las ventajas de sus productos, sin contraindicaciones, tan perfectos, en un mundo tan quebradizo  y cambiante como él lo veía.

Se detuvo el autobús junto a un deportivo, último modelo de la marca Mercedes, al volante  un joven arrogante, de esos que la masa apoda con el calificativo de metrosexual. Y padeció la envidia en sus carnes, pues pecó de desear lo material, y se juzgó detestable. Infravaloró al automovilista, por su gomina, su musculatura de gimnasio, su piel morena, sus gafas de sol, y la seguridad de todo lo que hacía. Cuan diferentes somos,  siendo de la misma pasta,  de la misma madre, Naturaleza.

Paró ruidosamente el vehículo, abrió sus puertas, y se incorporó notando el esfuerzo sobre sus piernas y manos, que alzaban las bolsas de la compra. Se apeó seguidamente, pisando el asfalto y acera, respectivamente.

En la tarde , después de haber hecho los mandados, haberse sentido en cierto modo realizado al ahorrarle trabajo a su enferma madre, bajó a pasear. Empinando en su memoria

la hazaña de la mañana, de haber probado su paciencia, cuando llegó el recuerdo de la chica, con sus curvas, como no podía ser de otro modo. Y  se sintió tan animal, que dejó  de ser hombre... Le importaba poco que la agraciada muchacha estuviese  locamente enamorada de aquel muchacho, y viceversa, pues su deseo escalaba más altas cumbres que  las morales costumbres del romanticismo.  Aquel día Juan percibió como dentro de él habitaba un lobo, un animal salvaje que compartía con la cara más dulce que le ponía a la vida. Su rostro de oveja mansa sostenía en sí, las embestidas de una fiera interna, un animal de rapiña, carnívoro, localizado más allá del bien y del mal, amoral. Un díscolo ser que la sangre le revolvía, cuando ante él pasaba otra bella chica, o cuando notaba que había personas  que habían elegido la vía material hace tiempo, y él aún se debatía en lo que quería ser el día de mañana. 

Quiso ser preso de la sociedad consumista, pero sabía que entre las opciones que le dejaba la vida,  esa alternativa había sucumbido en otra época. La vida fácil fue enterrada

junto al acné que perforó su piel, en tiempos en los que la fiera aún dormía, y sólo se dejaba ver de noche en noche, aullando a la luna. Pero creció, y comprendió que había dado vida a un animal que tendría que vivir hasta su muerte con él. Torciéndole el recto camino que quería labrar, que intentaba discernir entre tanta mierda.

En la noche, su novia fue devorada por la fiera, mientras Juan aún pensaba que mostrar su lado más humano no debía ser tan difícil, a pesar de que la idea de que “Homo homini lupus est” le atravesaba  fríamente el costado, ante la cálida mirada  de su chica, que no daba crédito  al goce que había padecido. Eyaculó, y borró todo pensamiento,  abrazándose a su novia, apartando la bestia  que se escondía cándidamente.

 

 

 

 

Dar es recibir

Se detuvo en seco, arrancando de su  bolsillo un par de monedas de poco valor. A cambio recibió una mirada de agradecimiento, y el sentirse caritativo le infló la estima. Había encontrado en los dos ojos agradecidos una bondad que le hizo erguir la suya, y sin quererlo dejó tras él el cuerpo sobre el asfalto, con sus dos enternecidos ojos.

Tras el humo del cigarro se dibujó la tez agradecida, aún no había relegado a un segundo plano el acontecimiento que había vivido aquella calurosa mañana.

Otro sorbo corto, lento, al café  que aún le empañaba los cristales de sus gafas, y otra calada al cigarro que se apuraba entre largas exhalaciones. Y de nuevo, otra mirada al pasado, consumiendo el tiempo libre que agotaba  en la cafetería, antes de regresar  a su puesto de trabajo.

Aquel día pasó anodino, como tantos otros. Cuando tras la  cena, lo que se presumía como  una digestión más, se convirtió en una inesperada indigesta del cocktail más vital que aporta la melancolía y la reminiscencia junto al cansancio del día acumulado. Allí frente al televisor, volvió a encontrarse  con los ojos lastimeros, cargados de vida, experiencia y libertad. Las dos pupilas agradecidas que  a cambio de tan poco, le dieron tanto.

Recordó cómo subía la calle, y como tropezó con su música, deteniéndolo su guitarra y los arpegios que se desprendían de entre sus cuerdas y manos, todo uno. Luego lo inmovilizó

la austeridad de su figura, su mirada perdida en el vacío de la melodía que desprendían sus  órganos, y el  rumor de la ciudad se deshizo en la acción  que le contuvo. Luego llegó el renacer del personaje, tras percibir la presencia curiosa, tras su improvisado escenario. Y su cara perdió todo matiz de inocencia, cuando el sonido de las monedas entre las manos lo despertó. Y entonces pensó que la riqueza no se hallaba en aquellas monedas que rescató de su bolsillo, y se sintió tan pobre, viendo a aquel  ser tan rico, que comprendió que la libertad no la podía comprar con aquellas monedas, ni con los billetes que acumulaba en la cartera, tampoco con su nómina mensual, ni jamás podría  alcanzarla con los ahorros de toda una vida. Dar es recibir, y en aquella frágil limosna estaba arraigada una chispa de felicidad, impregnada de la más desinteresada forma humana.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La compañía vale soledad

Todo empezó en la memoria de un día. En el recuerdo consciente. Paseaba lentamente, cabizbajo, aunque no mostrase ningún signo de amargura tras su serio gesto facial. Mas bien llevaba la mirada perdida, fijada en el suelo. Absorto en su mundo de maquinaciones e incoherencias. "Siempre soñando", le repetían su madre y su novia. Pero él no abandonaba ese universo rico de buenas intenciones, que lo separaba de la cruel realidad a la que fue empujado en vida. Prefería "vivir" en su mundillo, con sus locuras, sus felicidades y sus juegos, en el cual desarrollaba su viajemental, día tras día. A verse dominado por una vida materialista. Huyendo de su maldad y de sus guerras. "Un mundo mejor es posible", se repetía... y para eso utilizaba aquel mágico órgano de la imaginación, para volar sin alas, dejando  la terrenal realidad para los cuerdos.

De vez en cuando, dejaba escapar una sonrisa pueril, una sonrisa quebradiza. Efímera alegría que lo aislaba del ruido externo de las calles que pisaba. Y es que desde hacía un rato, su andar pasó a un segundo plano mental, tras el velo que dividía la realidad de su sueño se encontraba nuestro viajero.

Pisadas inconscientes, pero sin titubeos. Por la ciudad de la Alhambra, donde se respira el frescor y la libertad que descienden de su sierra. Donde una vez se enamoró, paseando por el Paseo de los tristes, camino al Mirador de San Nicolás. Y con este recuerdo, se le llenaron los ojos de nostalgia. Y es que a veces, la tristeza y la melancolía son estados de alegría.

De pronto, la Alhambra se hizo Alcazaba, y el paseo de los tristes era la malagueña  Calle de La Victoria, con su ir y venir de personas. Incansable trajín, por el cual se dirigió a la Plaza de la Merced, resucitando poco a poco, al comprender que sus pasos le dirigían al Castillo de Gibralfaro. El olor a pino, el silencio, únicamente interrumpido por el melódico cantar de pájaros, y los rayos estivales que se colaban por los ramajes frondosos de las

coníferas, fueron haciendo factura en su cerebro, necesitado de pocos elementos para  transportarse al otro horizonte, donde moraba su corazón.

Podía trasladar sus sentidos lejos de donde se encontraba, seguir viajando desde su ciudad, haciendo uso de la memoria y el recuerdo, pero despertó. Tomó una gran bocanada de aire expulsándola lentamente al tiempo. Miró el paisaje como si fuese la primera vez que lo hiciese, cuando la realidad era que lo guardaba fresco en su interior. No escaparon sus oídos al ruido de la ciudad, el meneo de automóviles, comercios y sus gentes. Tampoco sus ojos pudieron librarse de ver el humo con sus coches, pero la estampa requería del ruido para darle mayor fuerza real, pues incluso por la noche ese ruido siempre había acompañado, en forma de insecto, o cláxones de vehículos en la madrugada. Todo estaba en su sitio: el Paseo marítimo, la Plaza de toros, el Paseo de la farola, el Ayuntamiento, en definitiva, la  ciudad seguía estando allí. Continuaba inmóvil, reformada, pero idéntica sus estructuras elementales.

Descendió el monte con pies cansados, almacenando en su disco duro todo lo que percibía, todo lo que sus sentidos le regalaban a su cuerpo.

Un escalofrío le recorrió de pies a cabeza, paralizando a nuestro protagonista que detuvo su  inercia progresivamente, hasta que pudo pensar serenamente la causa de aquella parálisis repentina. Notó que su cuerpo producía un sudor frío, brusco, hasta congelarle las ideas.

 

Todo fue producido por un pensamiento veloz, punzante en su seno interno, hasta el punto  de coagularle articulaciones, sentidos y mente. Una daga en forma de idea, y es que hay

 

pensamientos como palabras que hieren, y él notó cómo desde su interior algo sangraba, cual desgarro sufrido por una afilada navaja que rebanaba sus entrañas. Se sintió como un tiovivo que da vueltas y vueltas, y siempre para en los mismos lugares, puntual, acumulando las mismas imágenes de archivo. Esta monotonía en vida le hizo detener su impulso, transportado a años luz de velocidad a la amargura, desde la apatía donde se hallaba. Encontró asiento en una piedra, como dice El Cantautor, la vida está llena de sillas: “El que tenga buen camino tendrá sillas, peligrosas que lo inviten a parar”. Y allí parado, en la quietud de la soledad y su silencio, se encontró a sí mismo, como nos encontramos tantas veces en la vida. Huérfano de alegrías, mudo de palabras, y charlatán de sus pensamientos

 

más retorcidos. En los recovecos de la noche, se quitó el manto de la ficción y se sintió  persona, humano con su mortalidad arraigada a su ser, y la pena lo violó de tal manera que allí permaneció hasta que otro escalofrío, más cálido esta vez, le devolvió la sensibilidad, y notó que la silla no era tal, que se trababa de una gélida piedra, que le había robado del camino. Sus pies le devolvieron a la senda, y fue llegando a la ciudad, con la fresca brisa del mar golpeándole en sus sienes.  Hecho persona, expulsado a la cruel realidad de la cual  huimos a diario, o por lo menos intentamos. Ya no tenía fuerzas para echarse por alto el manto de la locura, había oído esa misma tarde que el mítico Bob Marley había vivido  durante años fumando cuarenta porros diarios, fumándose la vida, y quizás por eso no pase a los anales de la historia por un ser terrenal, cuando pasó más de media existencia en la periferia de la realidad sensorial. Evadiéndose a diario de la vida, en un universo que eligió para vivir entre mortales.

Así fue llegando Juan, de nuevo, al centro de la ciudad, con su cansancio corporal, arrastrando su compañía, que vale soledad.