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La Morada del Unicornio

El amor no conoce el pudor

Todo lo mueve el amor, debió pensar Juan, cuando vio sobre un banco dos jóvenes

 

amantes, devorándose sin pudor. No les importaba que el parque estuviese repleto de

 

niños, ancianos, y otros viandantes difícil de encasillar, que iban inmersos en sus tareas, sus

 

planes, o su rutina. Pensó que el pudor es algo que se crea, como los miedos, mientras

 

seguían dando rienda suelta a su pasión, la joven pareja. Quizás ellos no notasen cómo la

 

mirada de Juan se clavaba en ellos, con la certeza de que una vez fue el protagonista de la

 

sinvergüenza, de la pasión sin complejos que nos cubre haciéndonos padecer un estado de

 

gloria, de confianza. La misma fogosidad que quita años de nuestras vidas. Da brillo a

 

nuestras caras, alegría a nuestros movimientos, y fuerza a nuestros días.

 

Sin duda, el amor da alas, igual que las quita el desamor. Pero la escena huía de visos

 

negativos. Era un sentir sincero, ciego, el que emitían con sus gestos, sus caricias. Y todo lo

 

ridículo que se aprecia en un acto de estas tintas, para el ojo ajeno, parecía importarles

 

poco. Y sus miradas se cruzaban con la confianza depositada en el otro, con la inocencia

 

pueril del que besa por primera vez. ¿Quién sabe?, se preguntaba nuestro protagonista,

 

quizás fuesen los primeros sentimientos recíprocos, los primeros besos en los labios, las

 

primeras sensaciones de deseo, las primeras promesas, mentiras que se dirían...

 

Entendía que no tenían tiempo para volver a casa, ningún síntoma de velocidad en sus

 

movimientos, como si los relojes se hubiesen parado para ellos. Y así debía ser, el amor no

 

entiende de prisas, son malas compañeras de viaje, y hoy Juan era el depositario de este

 

defecto de la sociedad. Cogió la mochila, tenía entrenamiento, ya veía de lejos llegar a

 

Luís, y se incorporó del banco, oteando una vez más a los improvisados Romeo y Julieta.

 

Allí seguían, jugando con el goce y el placer. Sintiéndose más niños de lo que eran.

 

Descubriendo tierras inexploradas, tan cerca ya el amor y el sexo, que no sabría bien

 

distinguir la frontera. Esa línea imaginaria que puede estar disuelta, pero la experiencia le

 

había mostrado en otras ocasiones que podría separarse, como dos mundos. Había

 

ejercitado el arte del sexo, sin amor. También el amor sin sexo, cruel y duro en la fantasía

 

de Verónica. Que llegaba de la mano de Luís, con la siempre eterna sonrisa.

 

Estaba oscureciendo ya, cuando llegaron. Ella siempre iba a verle entrenar. Y los tres

 

marcharon al entrenamiento.  Mientras la pareja se mantenía enroscada en su banco,

 

aislados del fresco que corría tras la ausencia de Sol, Juan les regalaba su entusiasmo, y

 

maquinaba ser el protagonista algún día, junto a Verónica, de otra escena similar. En un

 

parque frondoso, con un estanque de patos cerca, con niños jugando en los columpios y

 

chorraderas. Con gente curiosa a su alrededor, que no le importase mirar, ni a él ser visto.

 

 

Yo también fui Superman

El olor a tomillo y romero le hizo volar en el tiempo. Apagó el motor del coche y se apeó

 

para mirar lo que llevaba tiempo deseando ver, pero nunca se había atrevido hasta aquel

 

amanecer. Quizás por miedo a no hallar lo que tantos años guardó en la retina de su mente,

 

convertido a retazos en pensamientos que rozaban ya la imaginación, pues el olvido rasgaba

 

con el tiempo los pequeños detalles que conservaba. Y tal fue la decepción que quiso no haber

 

ido allí. El gris del cemento, más el  marrón del ladrillo habían eclipsado el verde y marrón de

 

los olivos y el bajo matorral. Todo era más pequeño para sus ojos maduros, y las carreras y

 

travesuras con sus amigos de la infancia se le antojaban ridículas.

 

Allí había jugado al fútbol, al baloncesto improvisando canastas de fabricación

 

propia, con un aro aprovechando la vieja llanta de una bicicleta, y el tablero sacado de un

 

grueso madero. También presenció las primeras charlas de sexo, con los más mayores de

 

sus amigos, o los que crecían con mayor violencia, escapando a la inocencia pueril.

 

Iniciando sus primeros pecados con los argumentos de mugrientas revistas de pornografía

 

que eran abandonadas a su  suerte entre las altas hierbas. Allí también soñó ser un héroe de

 

cine, o algún personaje de televisión con una rebeca como capa o una vara verde como

 

espada.

 

Allí creció lentamente, bajo la atenta mirada de sus padres, hermanos, y otros matrimonios

 

amigos de sus padres que se reunían puntuales a su cita dominical.

 

     Era día laborable, y ni tan siquiera eso disimulaba el ruido que escapaba de las obras

 

cercanas, con grandes grúas, camiones, excavadoras que iban destruyendo  si cabe más aún

 

lo poco que quedaba ya de antaño.

 

Pronto había recorrido ya el breve espacio verde que sobrevivía a la edificación. Y las ganas

 

de abandonarlo le hicieron mella, y le abrieron de paso al apetito. Recordó entonces la

 

paella, la sangría y el vino con casera que nunca faltaba a la cita del Domingo. Y más

 

grande aún se hizo el hambre, mostrándose ruidosamente en su estómago. El rugido de su

 

vientre fue sustituido por el crujir de una rama seca, que convirtió en dos, arrojando el

 

pedazo que menos le gustó a la tierra. Sacó una navaja afilada, con la que despellejó la piel

 

de la madera, y sacó punta convirtiendo un trozo de madera en un objeto punzante. Éste fue

 

el único recuerdo que pudo llevarse, guardándolo en la guantera arrancó seguidamente el

 

coche. Su coche no olía al ambientador de pino que jamás faltó en el SEAT 127 de su

 

padre. Al cerrar la puerta del móvil desapareció el perfume a campo, y surgió el limón de su

 

nuevo ambientador. Crujió una rama seca bajo las ruedas del vehículo, y abandonó el lugar,

 

despidiéndose una vez más del viejo algarrobo que daba tan buena sombra. Él seguía allí

 

postrado, inconsciente a lo que pasaba por la cabeza de Juan en aquellos momentos.

 

Esperando que una antojadiza máquina lo derribe, sin pedirle permiso, sin saber su historia,

 

cargada de años.

El tercer tiempo

Suponía que el deporte, en su justa medida era saludable, por lo menos eso decían los médicos. Pero tras aquel duro esfuerzo, se sintió tan fatigado que no quiso haber jugado

aquel partido. Quizás fuese el largo tiempo que no practicó ejercicio físico, o quizás los años, que no pasaban en balde. No le importó tanto el haber logrado la victoria, como el

sentirse tan agotado. Y ponía en duda si valió la pena el esfuerzo.

Tras aquellas caras rojas, jadeantes, se escondía un atisbo de alegría, hacía años que Juan  no conseguía reunir a tantos amigos, algunos de ellos ya hasta casados. Y la mayoría

sumergidos en largas hipotecas, noviazgos difíciles, trabajos que les robaban todo el día,  o  estudios interminables.

El balón dejó de rodar, mientras los cuerpos yacían en el tórrido pavimento, recalentado por el Sol. No sabrían decir con seguridad cuándo volverían a reunirse, y menos aún afirmar si este espontáneo hecho aislado se volvería a repetir. Todo fueron quejas: "No tengo tiempo para jugar al fútbol", "es mi día libre, quedé en llevar a Gema al cine", "salgo de trabajar tarde, y no sé si tendré ganas de jugar", ... pero con algo de insistencia, y mucho de chantaje emocional, pudo Juan organizar lo que en mente llevaba transportando durante mucho tiempo.

Cinco minutos después los pulmones se cargaban de oxígeno, el corazón recobraba su  palpito normal, los rostros recuperaban su color original, mientras el sudor empezaba su metamorfosis en fría sensación incómoda sobre la piel, y los cerebros volvían a carburar con la velocidad lógica. Empezaba el tercer tiempo, sin duda el que más apreciaba el grupo de amigos, y entre recuerdos de las jugadas más destacadas, por tontas o de exquisita factura, mas el recuerdo de una juventud llena de encuentros futbolísticos semanales, fueron secando en cuerpo su sudor, y sus camisetas. Este hecho no importaba, valía una pulmonía el encontrarse después de tanto tiempo, todos, sin echar de menos a nadie. El que no estaba es porque no había querido ir, o porque la vida o su vida lo habían conducido a otro rumbo.

Llegó la hora de decir adiós, triste y sentida por todos, pero no cabía más demora, la rutina continuaba para todos, y el tiempo no se detenía ni en las mejores ocasiones, para dar una tregua. Para brindar con nuestros amigos, y poner el colofón idóneo a tan lúdica tarde. No, el tiempo no frenó su galopar incansable, no hizo eterna una ocasión que se antojaba para todos irrepetible, y el Sol dio paso a La Luna, y con ella la noche desvirgó el cálido anochecer, penetrando una fresca brisa que heló a más de uno. Abortando planes de continuar la fiesta con una merecida juerga, o con aplazar el partido a la semana siguiente.

La noche borró todo deseo de reencuentro, toda ilusión renacida de alargar lo inflexible, y cada cual a su nido voló.

Juan no pudo contener derramar alguna lágrima, ni tampoco quiso, pues era un llanto de alegría, mezclado con el agridulce sabor de haber jugado su último partido de fútbol. Por lo menos el más importante que había jugado en su vida.

Fue en la ducha, donde nadie le oía, desnudándose, mientras veía caer el agua que iba adquiriendo la temperatura que el entendía como la correcta para su ducha. Allí lloró hasta hacerse niño, se quitó la ropa y la máscara de hombre, probó una vez más el agua y retiró el vaho del espejo, para comprobar que el niño que era no se reflejaba en el cristal empañado.

Apartó el polvo del cristal con un trapo, mientras recordaba los goles que había marcado aquella tarde, y los que pudo marcar, y los que le marcaron también. Abrió la ventana, y

recordó que siempre pensaba en echarle un poco de aceite a aquellas chirriantes bisagras, pero nunca lo hacía. Aquel tampoco sería el momento, su mente estaba ocupada en archivar todas las jugadas, anécdotas, comentarios que se habían producido. Y se reprochó el  no haber grabado el partido. Había merecido la pena todo el esfuerzo en reunir a toda aquella gente, no le importó el dinero gastado en mensajes, llamadas, todo había salido bien, y se habían llevado a casa un recuerdo durable.

Descendió la persiana lentamente, como quien baja el telón de la obra más admirada y aplaudida que acaba de contemplar, como si tras la ventana divisase aún las carreras torpes, los gritos de aliento y reproche, de quienes compartieron tantas mañanas y tardes de gloria tras un balón. Y el campo de fútbol y sus protagonistas se extinguió ante aquella cortina de plástico.

Bajo las sábanas volvieron a caer lágrimas de sus ojos, lluvia que caía por las mejillas,  silenciosa en la madrugada, profunda en el alma. Aguacero de sentimientos, que no arreció hasta que sus sentidos se durmieron, y con ellos su cuerpo, derrotado por el cansancio físico que una vez más le vencía sobre su lecho.

A la mañana siguiente despertó, notando la fragilidad en sus articulaciones, y recordó la tarde-noche anterior. Cayó en la cuenta de que había estado soñando partidos y más

partidos de fútbol, y fue al elevar la persiana, y notar cómo los rayos de Sol le herían sus debilitados ojos, cuando le abatieron los años encima, mas una punzada en el pecho lo

retrocedió bruscamente a la vez que apagaba el despertador, hundiéndolo en la cama.

Aquella mañana no fue al trabajo, tampoco a la cita con la novia. Permaneció en la cama, hasta que asimiló que es ley de vida envejecer, como el distanciarse de las amistades, y el

no querer crecer, que igual de lícito es. El tercer tiempo se consumó, a pesar de seguir nadando en su memoria, a pesar de que estaba abriendo una nueva página en su historia.

 

El hombre es un lobo para el hombre

La paciencia no era una de las virtudes de Juan. Arremolinado tras  la cola del mercado, en el puesto del pescado volvió  a encontrarse. Inmerso entre el bullicio, el olor a pescado, sudores corporales, esperando su turno. Ante sí tenía a una mujer de cara noble, status social medio, que encasillaba sin paliativos en la extensa gama de amas de casa. Y tras él, un señor de grueso bigote, gesto serio acorde con el mostacho, que denotaba cierta impaciencia en sus ademanes. Una persona más venía pidiendo la vez, aumentando los decibelios, que ya no eran pocos en aquel mercado. Allí convivían las competencias hermanadas,  y parecía que el pescado que vendía aquel tendero de edad media, era el más  fresco que ofrecían las restantes pescaderías. Hasta llegó a pensar en la posibilidad de la no

existencia de mercancía, cuando llegara su turno. Pero la cola no hacía más que crecer, lo que ahuyentaba las dudas, por otro lado inmaduras, dada la poca experiencia que apilaba como consumidor. Le llamó de  sobremanera la atención el percibir la columna humana tan alineada, uno tras otro, a diferencia de otros locales, donde la gente guardaba su ocasión de ser atendido aglomerándose, desordenados.

Fijó su atención en una chica joven, de buen ver, que gozaba del turno y  de la mirada del señor de poblado  bigote, que se le había adelantado a desnudarla con unos ojos sátiros que hasta entonces no había percibido en él. Y comprendió nuestro amigo que los años dan, aparte de dolores, experiencias e ilusiones transformadas en deseos carnales. También comprendió, que el minúsculo vestido y el desorbitado escote proferían más que una estación estival, unas  ansias de mostrar los cánones de belleza establecidos en la sociedad.

Amasó la barra de pan bajo la asila, sin pudor ni repugnancia para los presentes, pues no era imaginable que tal delicia contuviese los rasgos considerados no higiénicos por la mayoría. Y con gracia y  salero, con la que había solicitado todo lo que ahora se disponía a retirar del mostrador, y con la misma que el empleado la había atendido, multiplicada con una sonrisa que se dibujaba por debajo de sus inquietos ojos, se retiró. No sin antes llevarse tras ella la seguridad de transportar sobre su  piel las pupilas de los varones  que impacientaban acabar con la compra, arrastrándolas con desparpajo en un baile de caderas, y el descontento mudo de las señoras, que  tachaban de deshonestos a los hombres, allí presentes, desde lo más profundo de sus pensamientos, con la mísera envidia humana.

La muchacha no estaba sola, un joven la aguardaba sonriente, con la victoria en su rostro  mientras la veía llegar, a la vez que se perdían los repasos visuales, entre otros cuerpos, volviendo a la rutina de la hilera de personas, que no paraba de crecer por otra parte.

Salió de allí  con la sensación de haber perdido  más de una hora en una compra absurda,pero necesaria. La luz del día le hizo pestañear, incómodo ante tanta luminosidad, como el  que emerge de una cueva tras una estancia larga. Llegó a la parada de autobús, y sostuvo la respiración para no inhalar los gases que la gran ciudad y el vehículo articulado

emitían sin compasión. Respiró  el aire parado y cargado del interior del móvil, y buscó asiento para dos piernas solicitadas de reposo. No halló  más que una butaca doble que en breves instantes fue ocupada, mientras él se perdía en lo más interno de un pensamiento que últimamente sólo aparecía para amartillarle la razón de ser.

Se sintió objeto,  sustancia material apegada a una vida que no había elegido desde  hacía ya muchos años, desde que era consciente de sus elecciones, las mismas que le habían privado de hacer tantas cosas por miedo. Recelo al fracaso, a rehusar de la inteligencia que se presumía en un ser pensante, que goza del sano juicio. Pero ese verse cosa, en una sociedad que se le escapaba de sus sentidos más fraternales le hizo apenar. Rodeado de un sinfín de carteles publicitarios, todos anunciando  las ventajas de sus productos, sin contraindicaciones, tan perfectos, en un mundo tan quebradizo  y cambiante como él lo veía.

Se detuvo el autobús junto a un deportivo, último modelo de la marca Mercedes, al volante  un joven arrogante, de esos que la masa apoda con el calificativo de metrosexual. Y padeció la envidia en sus carnes, pues pecó de desear lo material, y se juzgó detestable. Infravaloró al automovilista, por su gomina, su musculatura de gimnasio, su piel morena, sus gafas de sol, y la seguridad de todo lo que hacía. Cuan diferentes somos,  siendo de la misma pasta,  de la misma madre, Naturaleza.

Paró ruidosamente el vehículo, abrió sus puertas, y se incorporó notando el esfuerzo sobre sus piernas y manos, que alzaban las bolsas de la compra. Se apeó seguidamente, pisando el asfalto y acera, respectivamente.

En la tarde , después de haber hecho los mandados, haberse sentido en cierto modo realizado al ahorrarle trabajo a su enferma madre, bajó a pasear. Empinando en su memoria

la hazaña de la mañana, de haber probado su paciencia, cuando llegó el recuerdo de la chica, con sus curvas, como no podía ser de otro modo. Y  se sintió tan animal, que dejó  de ser hombre... Le importaba poco que la agraciada muchacha estuviese  locamente enamorada de aquel muchacho, y viceversa, pues su deseo escalaba más altas cumbres que  las morales costumbres del romanticismo.  Aquel día Juan percibió como dentro de él habitaba un lobo, un animal salvaje que compartía con la cara más dulce que le ponía a la vida. Su rostro de oveja mansa sostenía en sí, las embestidas de una fiera interna, un animal de rapiña, carnívoro, localizado más allá del bien y del mal, amoral. Un díscolo ser que la sangre le revolvía, cuando ante él pasaba otra bella chica, o cuando notaba que había personas  que habían elegido la vía material hace tiempo, y él aún se debatía en lo que quería ser el día de mañana. 

Quiso ser preso de la sociedad consumista, pero sabía que entre las opciones que le dejaba la vida,  esa alternativa había sucumbido en otra época. La vida fácil fue enterrada

junto al acné que perforó su piel, en tiempos en los que la fiera aún dormía, y sólo se dejaba ver de noche en noche, aullando a la luna. Pero creció, y comprendió que había dado vida a un animal que tendría que vivir hasta su muerte con él. Torciéndole el recto camino que quería labrar, que intentaba discernir entre tanta mierda.

En la noche, su novia fue devorada por la fiera, mientras Juan aún pensaba que mostrar su lado más humano no debía ser tan difícil, a pesar de que la idea de que “Homo homini lupus est” le atravesaba  fríamente el costado, ante la cálida mirada  de su chica, que no daba crédito  al goce que había padecido. Eyaculó, y borró todo pensamiento,  abrazándose a su novia, apartando la bestia  que se escondía cándidamente.

 

 

 

 

Dar es recibir

Se detuvo en seco, arrancando de su  bolsillo un par de monedas de poco valor. A cambio recibió una mirada de agradecimiento, y el sentirse caritativo le infló la estima. Había encontrado en los dos ojos agradecidos una bondad que le hizo erguir la suya, y sin quererlo dejó tras él el cuerpo sobre el asfalto, con sus dos enternecidos ojos.

Tras el humo del cigarro se dibujó la tez agradecida, aún no había relegado a un segundo plano el acontecimiento que había vivido aquella calurosa mañana.

Otro sorbo corto, lento, al café  que aún le empañaba los cristales de sus gafas, y otra calada al cigarro que se apuraba entre largas exhalaciones. Y de nuevo, otra mirada al pasado, consumiendo el tiempo libre que agotaba  en la cafetería, antes de regresar  a su puesto de trabajo.

Aquel día pasó anodino, como tantos otros. Cuando tras la  cena, lo que se presumía como  una digestión más, se convirtió en una inesperada indigesta del cocktail más vital que aporta la melancolía y la reminiscencia junto al cansancio del día acumulado. Allí frente al televisor, volvió a encontrarse  con los ojos lastimeros, cargados de vida, experiencia y libertad. Las dos pupilas agradecidas que  a cambio de tan poco, le dieron tanto.

Recordó cómo subía la calle, y como tropezó con su música, deteniéndolo su guitarra y los arpegios que se desprendían de entre sus cuerdas y manos, todo uno. Luego lo inmovilizó

la austeridad de su figura, su mirada perdida en el vacío de la melodía que desprendían sus  órganos, y el  rumor de la ciudad se deshizo en la acción  que le contuvo. Luego llegó el renacer del personaje, tras percibir la presencia curiosa, tras su improvisado escenario. Y su cara perdió todo matiz de inocencia, cuando el sonido de las monedas entre las manos lo despertó. Y entonces pensó que la riqueza no se hallaba en aquellas monedas que rescató de su bolsillo, y se sintió tan pobre, viendo a aquel  ser tan rico, que comprendió que la libertad no la podía comprar con aquellas monedas, ni con los billetes que acumulaba en la cartera, tampoco con su nómina mensual, ni jamás podría  alcanzarla con los ahorros de toda una vida. Dar es recibir, y en aquella frágil limosna estaba arraigada una chispa de felicidad, impregnada de la más desinteresada forma humana.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La compañía vale soledad

Todo empezó en la memoria de un día. En el recuerdo consciente. Paseaba lentamente, cabizbajo, aunque no mostrase ningún signo de amargura tras su serio gesto facial. Mas bien llevaba la mirada perdida, fijada en el suelo. Absorto en su mundo de maquinaciones e incoherencias. "Siempre soñando", le repetían su madre y su novia. Pero él no abandonaba ese universo rico de buenas intenciones, que lo separaba de la cruel realidad a la que fue empujado en vida. Prefería "vivir" en su mundillo, con sus locuras, sus felicidades y sus juegos, en el cual desarrollaba su viajemental, día tras día. A verse dominado por una vida materialista. Huyendo de su maldad y de sus guerras. "Un mundo mejor es posible", se repetía... y para eso utilizaba aquel mágico órgano de la imaginación, para volar sin alas, dejando  la terrenal realidad para los cuerdos.

De vez en cuando, dejaba escapar una sonrisa pueril, una sonrisa quebradiza. Efímera alegría que lo aislaba del ruido externo de las calles que pisaba. Y es que desde hacía un rato, su andar pasó a un segundo plano mental, tras el velo que dividía la realidad de su sueño se encontraba nuestro viajero.

Pisadas inconscientes, pero sin titubeos. Por la ciudad de la Alhambra, donde se respira el frescor y la libertad que descienden de su sierra. Donde una vez se enamoró, paseando por el Paseo de los tristes, camino al Mirador de San Nicolás. Y con este recuerdo, se le llenaron los ojos de nostalgia. Y es que a veces, la tristeza y la melancolía son estados de alegría.

De pronto, la Alhambra se hizo Alcazaba, y el paseo de los tristes era la malagueña  Calle de La Victoria, con su ir y venir de personas. Incansable trajín, por el cual se dirigió a la Plaza de la Merced, resucitando poco a poco, al comprender que sus pasos le dirigían al Castillo de Gibralfaro. El olor a pino, el silencio, únicamente interrumpido por el melódico cantar de pájaros, y los rayos estivales que se colaban por los ramajes frondosos de las

coníferas, fueron haciendo factura en su cerebro, necesitado de pocos elementos para  transportarse al otro horizonte, donde moraba su corazón.

Podía trasladar sus sentidos lejos de donde se encontraba, seguir viajando desde su ciudad, haciendo uso de la memoria y el recuerdo, pero despertó. Tomó una gran bocanada de aire expulsándola lentamente al tiempo. Miró el paisaje como si fuese la primera vez que lo hiciese, cuando la realidad era que lo guardaba fresco en su interior. No escaparon sus oídos al ruido de la ciudad, el meneo de automóviles, comercios y sus gentes. Tampoco sus ojos pudieron librarse de ver el humo con sus coches, pero la estampa requería del ruido para darle mayor fuerza real, pues incluso por la noche ese ruido siempre había acompañado, en forma de insecto, o cláxones de vehículos en la madrugada. Todo estaba en su sitio: el Paseo marítimo, la Plaza de toros, el Paseo de la farola, el Ayuntamiento, en definitiva, la  ciudad seguía estando allí. Continuaba inmóvil, reformada, pero idéntica sus estructuras elementales.

Descendió el monte con pies cansados, almacenando en su disco duro todo lo que percibía, todo lo que sus sentidos le regalaban a su cuerpo.

Un escalofrío le recorrió de pies a cabeza, paralizando a nuestro protagonista que detuvo su  inercia progresivamente, hasta que pudo pensar serenamente la causa de aquella parálisis repentina. Notó que su cuerpo producía un sudor frío, brusco, hasta congelarle las ideas.

 

Todo fue producido por un pensamiento veloz, punzante en su seno interno, hasta el punto  de coagularle articulaciones, sentidos y mente. Una daga en forma de idea, y es que hay

 

pensamientos como palabras que hieren, y él notó cómo desde su interior algo sangraba, cual desgarro sufrido por una afilada navaja que rebanaba sus entrañas. Se sintió como un tiovivo que da vueltas y vueltas, y siempre para en los mismos lugares, puntual, acumulando las mismas imágenes de archivo. Esta monotonía en vida le hizo detener su impulso, transportado a años luz de velocidad a la amargura, desde la apatía donde se hallaba. Encontró asiento en una piedra, como dice El Cantautor, la vida está llena de sillas: “El que tenga buen camino tendrá sillas, peligrosas que lo inviten a parar”. Y allí parado, en la quietud de la soledad y su silencio, se encontró a sí mismo, como nos encontramos tantas veces en la vida. Huérfano de alegrías, mudo de palabras, y charlatán de sus pensamientos

 

más retorcidos. En los recovecos de la noche, se quitó el manto de la ficción y se sintió  persona, humano con su mortalidad arraigada a su ser, y la pena lo violó de tal manera que allí permaneció hasta que otro escalofrío, más cálido esta vez, le devolvió la sensibilidad, y notó que la silla no era tal, que se trababa de una gélida piedra, que le había robado del camino. Sus pies le devolvieron a la senda, y fue llegando a la ciudad, con la fresca brisa del mar golpeándole en sus sienes.  Hecho persona, expulsado a la cruel realidad de la cual  huimos a diario, o por lo menos intentamos. Ya no tenía fuerzas para echarse por alto el manto de la locura, había oído esa misma tarde que el mítico Bob Marley había vivido  durante años fumando cuarenta porros diarios, fumándose la vida, y quizás por eso no pase a los anales de la historia por un ser terrenal, cuando pasó más de media existencia en la periferia de la realidad sensorial. Evadiéndose a diario de la vida, en un universo que eligió para vivir entre mortales.

Así fue llegando Juan, de nuevo, al centro de la ciudad, con su cansancio corporal, arrastrando su compañía, que vale soledad.

 

El viento eres tú

- Déjame que te cuente, párate y escúchame.

- De acuerdo, pero aquí de los dos, el que vive en constante ritmo eres tú. El que varía mi equilibrio, eres tú. Recuerda, Corazón, "el viento eres tú". Tú eres quien me transporta a estados de éxtasis, y el que me hace llorar y reir.

- Te doy la vida.

- Como me la quitas.

- Dejémonos de rencores, y óyeme.

- Adelante, vuelco toda mi inteligencia a los oídos.

- Gracias, Conciencia, por concederme tu tiempo, tu pensamiento... pero dudo que tus sentidos no piensen en otra cosa que no sea lo que te diga a continuación. Y más que oídos, necesito razocinios.

- He dicho que te prestaré atención, mas tú sabes que influyes en mis idas y venidas. Tu dolor me absorve, por más que intente ignorarlo, estás herido, Corazón.

- De eso te quiero hablar...

- Pues no posterguemos más lo que has venido a decirme, aprovechemos este tiempo de tregua que me ofreces. Te percibo más tranquilo, y eso me inyecta una paz interior desconocida en los últimos días.

- Desde hace unos días, empiezo a contarte... vivo acelerado, en constante precipitación. El amigo Estómago te lo puede confirmar. Le hice enfermar, pues no está acostumbrado a vivir tan deprisa.

- Tengo constancia de que ya está bien...

- Aún se queja, me reprocha que por mi culpa, vive desde hace ya más de una semana con los indeseables Nervios.

- ¡Pufff! Los Nervios.Si es que ya te digo, tu armonía es esencial para nuestra tranquila convivencia. Todo es bello y de colores, cuando nos tocas esas melodías, los sentidos nos dormimos, nos acompasamos con tu breve latir. Con tu inacabable y vital movimiento.

- Déjate ya de usar palabras de Silvio. Piensa por tí mismo. Si algo tienes, amiga Conciencia, es sabiduría. ¿o no?.

- No entremos en ese tema. Tengamos la fiesta en paz, pues ni yo actúo siempre con la determinación de hacer las cosas bien, ni tú actúas "de corazón" normalmente. Te recuerdo, amigo Corazón, que el estar mal contigo mismo, nos afecta a los demás. Si eres egoísta, mi pensamiento así lo será. Por eso creo que debiéramos calmarnos, tú el primero. Estar ahora más que nunca unidos. Ya te noto precipitarte.

- No es para menos. Mi intención era conciliar nuestro rumbo. Darle un sentido lógico a lo que me aturde, y pensé que tú mi amiga, dotada de la Imaginación, la Razón y la decisión, me ayudarías, por el bien común.

- Jajajaja, me haces reir, Corazón. Yo tomar la decisión, perdona mi ironía, no te ofendas, no te alborotes...Cuento hasta diez.

(10 segundos después).

Amigo, mi decisión en los últimos tiempos está siendo tomada por tí. ¿Crees que decido lo que hacer?... No, ¿verdad?.

- Perdona que me altere, últimamente ando algo perdido. Eso lo he aprendido de tí, tantas veces lo has dicho. Pero tanto tú como yo, somos culpables de nuestros actos. Damos vida a un cuerpo, que anda extraviado, sin brújula ni timón. Ni mis caprichos, ni tus miedos mueven el cuerpo. No me considero el actor principal de esta marioneta.

- Te aseguro que yo tampoco muevo los hilos.

- Somos los dos, querida amiga. Somos los dos.

- Pero el viento eres tú... el que sopla como un huracán y arrasas mis castillos de arena. El que besa, da la mano, da un masaje y me duerme. El que un día piensa una cosa, y al otro persigue su contrario. Reconóceme que eres impulsivo. Reconóceme que eres joven aún, y que sueñas con mundos imposibles, que yo trato de maquinar. Nunca me dejastes cooperar contigo, siempre llegas y en un arrebato, silbas la canción que te apetece, porque querido amigo... el viento eres tú.

- No creo que lleguemos a ningún puerto. Siento que navegamos en alta mar. Tus pensamientos no llevan la misma dirección que mis deseos, y he aquí donde estriba el oleaje. El turbio vaivén que me hace naufragar, en tu mar de pensamientos.

- ¿Cuántas veces te tendí un salvavidas?...

- No aspiro a una vida tranquila, a una existencia calma. Soy músculo de acción.

- Nombras lo cuerdo como aburrido, ese es tu más grave error. Madurar, tener las ideas claras. La mente transparente. Saber elegir la opción adecuada. ¿Hasta cuándo he de esperar que suceda eso?. Vivo con el sinsabor de que jamás ocurrirá, me lo dice la Intuición.

- No hagas caso a la Intuición, esa creación de la falacia. ¿cuántas corazonadas tuvo y no acertó?...

La Inteligencia es aburrida, odio el camino predeterminado. Gusto de sobresaltos, aunque esté siempre quejándome. Y siento predisponeros, por ser como soy...

- No sabes lo que quieres, Corazón.

- Será eso.

- La obsesión te ciega. El vicio te corrompe. Pero necesito de tí. El viento eres tú... sin ti sería una tábula rasa. Y tú sin mí, serías un impulso sin frenos.

- Déjame ir, me he equivocado tantas veces..., pero  fue buscando el bien común. Trabajamos en equipo, no me hartaré de decirlo.

- No lo olvido. Es más, estoy contento de que tengas trabajo. Pero ojo, no te dejes comer terreno por la Ilusión, por la Fantasía, la Imaginación... querrán engañarte, como lo intentan conmigo. No dudo que son necesarias para meditar todo el torbellino de imágenes que se me suceden, aunque ya hemos hablado de que no corren tiempos para el Sueño.

- La vida es sueño, Conciencia. Sin mi instinto abrumador, y sin tu pausa calculadora, no seríamos los personajes principales de este cuento, perdón, cuerpo.

- Llámale cuento, puedes llamar cuento a la historia que día a día escribimos. Como dices, yo soy la libertad, el segundo de mesura que empleo para elegir las opciones que hemos de tomar, cuando me dejas. Cuando tu excitación es paciente. Cuando duermen los caballos de tu motor, formamos el equipo más potente. Las páginas más brillantes de nuestra biografía  brotaron de mis principios, mezclados con la tranquilidad de alma que me contagiabas.

- A ver, dejémonos de espiritualidades. Háblame a la cara, háblame de cosas terrenales. ¿Qué siento?... Tú eres mi luz, la que me dirige. No dejo de llorar, ¿por qué me torturo, acaso no es precioso lo que siento?... y si lo es, ¿por qué me ahoga?... ¿por qué castigo al pecho, aprisionándole con un malestar que debiera ser bueno?... y al resto de compañeros de viaje, ya hablé antes del estómago y sus nervios okupas. Es posible que pueda liberarlos. Pero te necesito, te tiendo la mano, no me falles ahora.

- Sabes que no lo haré...

- Me emociona oirte así. Notarte con la voz ronca, partida por el llanto.

- El viento eres tú... mi demente guía, que me transporta donde nadie sabe llegar, donde nadie puede escapar.

- ¿Me ayudarías a olvidar?... Ejercita tus habilidades para mantener la mente en blanco. Si tu pizarra no elimina el elemento que quiebra mi salud, enfermaré.

- No seas tan dramático.

- Ya quisiera no serlo. He pasado más veces por esto, pero esta es distinta, ¿verdad?.

- Todas las situaciones son distintas, no hay dos iguales. "No nos bañamos dos veces en el mismo rio".

- Ayúdame a borrar su imagen.

- No puedo, está grabada en la piel. No puedes pedirme que mutile un sentimiento que crece a diario. Eres responsable de su nacimiento. Como lo serás de su crecimiento, o su desaparición. No hay tatuaje eterno.

- No te pongas tan filosófica.

- Te daba una humilde opinión. Sólo quiero saber si quieres matar este sentimiento.

- Jamás fui asesino de mis deseos. Fueron ellos los que me hicieron derramar sangre. Son ellos los que me torturan. Y siento manteneros en vilo. Pero mientras vibre, me siento vivo. Me siento útil. Soy un incansable soñador, utópico.

- Hace ya 10 días de aquello...

- No me interrumpas, por favor. Decía que mi quimérico actuar, será suspendido el día que  la savia no riegue mis venas y arterias. Cuando esto suceda, cerraremos los ojos, y descansaremos en paz. Mientras esto sucede, quiero que seas compañera de viaje. Tu cordura, mi locura.Te he oído hablarme del justo medio aristotélico, pongámoslo en marcha. Si conservamos el equilibrio, seremos intratables.

- No te ofendas si me río, querido Corazón. Pero me hablas de formar un equipo, me hablas de equilibrio, de cordura... ¿Desde cuándo juegas con la frágil mentira?. Pero no, no te vuelvas a ofuscar, ya noto como transmites tus centelleantes dolores por todo el organismo. De nuevo siento el martilleo en la mente, oigo quejarse al Estómago, y hasta intuyo apretarse el cinturón alrededor del pecho. Vivo en la titubeante ciénaga de pensar que no hablamos el mismo idioma. De sobra sabes que me has engañado en multitud de ocasiones.

- No puedes desprenderte así por así, de mí.

- No trato de abandonarte, tu lucha es nuestra lucha. Tampoco pretendo invitarte al conflicto. Somos cómplices de nuestros engaños y verdades. Estoy a tu servicio, soy tu subordinado... danzo al ritmo que me invitas.

- Mi ritmo es enfermizo.

- Después de la tormenta vendrá la calma. El viento eres tú... te acercarás a mí con tus cantos primaverales, tu melancolía otoñal; tararearás esa melodía que me hace sentir humano. En fin, aparecerá la seriedad de alma.

- No se concilia el temor en mí. Soplo alto...

- Violento, amigo.

- Más fuerte lo haré, cuando tenga su imagen real frente a mí. Serás necesaria, no me abandones en el momento crucial. Sabes que la astuta Timidez está esperando su ocasión, puntual y quisquillosa.

- Lo sé. Ella es tu enemiga, te pierde. Piensa en un momento todas las cosas que dejaste de hacer por ella. Nunca te lo agradeció, tan sublime y orgullosa...

- ¿Sabes? me siento mejor, a pesar de tener mis altibajos.

- Es normal. La última semana trabajé siempre sobre una imagen: un sofá, el roce de unas manos con su caricia, enriquecido por el recuerdo de una angelical mirada. Vencida por el sueño y la ternura del instante.

- Te vuelves a poner demasiado tierna.

- Eres tú, el viento eres tú... yo sólo pienso, lo que tú me das. Y me dejo llevar por tí. Porque no lo olvides... EL VIENTO ERES TÚ...

Esperpentos

Ante mí aparecieron dos puertas, cerradas en apariencia. Me hallaba en el centro de una habitación cuadrangular, de paredes blancas, al igual que el techo y los azulejos que pisaba. Todo bien iluminado sin llegar a percibir ningún foco de luz. Pero el misterio de la luz no era tan primario para mi curiosidad.

Las maderas de las puertas eran negras, a diferencia del resto del habitáculo. Carecían de pomo, o algo similar para hacerlas abrir. Tampoco distinguí ninguna ranura en forma de cerradura; de haberme topado con ese obstáculo a priori, hubiese tomado importancia la llave que colgaba sobre mi pecho.

Desde mi posición, justo en el centro del
cuadrado, era incapaz de adivinar la posible accesibilidad al exterior que me otorgarían los dos tableros rectangulares. Era curioso, mi único interés al principio fue el buscarle geometrías al espacio inusual donde me encontré. Y este desajuste espacial me empujó a padecer los primeros síntomas de desequilibrio mental. Luego llegaría la angustia de no saber qué hora era, ni tampoco el día, mes o año. Me sobrepasó violentamente por encima, atropellándome como una veloz y pesada locomotora, la angustia de haber perdido la noción espacio-tiempo.

¿En qué me había convertido?... ¿Quién era yo?... ¿Seguiría siendo el mismo cuando recuperase la brújula existencial?...

Al momento, esta desorientación se introdujo en mí, inyectándose en forma de pánico, evidenciándose más allá de lo puramente psíquico. Me sentí débil, arrojado al vacío. La nada me engullía, un concepto que había leído, oído hablar de ella, pero jamás había experimentado. Supuse que la sensación debía ser por lo menos parecida...

Patente se hizo notar la nada, atravesando como una fina aguja rebasa la piel, distinguiéndose el pinchazo aleatoriamente sobre extremidades, sien y zona abdominal, principalmente.



                                                           II

Dos letreros colgaban de las puertas, uno por cada una. Me acerqué a leer lo que adiviné de lejos serían letras. Ininteligibles desde el centro del cuadrilátero. Aproximadamente un área de cuarenta metros cuadrados, necesitando al menos dar cuatro o cinco pasos para descifrar lo que decían:

“Blanco” y “Negro”.

Intuí que debía elegir entre una de las dos opciones que se me presentaba. Y la elección de una se convertía automáticamente en el rechazo de la otra. Pero, ¿por qué esos dos colores?...

¿Qué significado podrían tener?... y ante todo, ¿Qué hacía yo allí?...

Enfrentado a dos puertas de madera, sin saber cómo ni por qué había llegado allí.

Intenté creer que era un sueño, y comprobado que mi cuerpo sentía los pellizcos que me di en ambas mejillas, concreté que tendría que ser un sueño de esos que parecen reales, uno de esos sueños que cuando despiertas te sigue asombrando por su realidad. Pero aquello era distinto, nunca antes había sido víctima de un escenario tan crudo, tan vivo. Y el sueño se truncó pesadilla.



                                                           III

Únicamente iba vestido con una túnica blanca, hasta los tobillos. Me incomodaba no llevar ropa interior, acostumbrado a ella. Y la llave seguía siendo una incógnita, al descartar cualquier tipo de orificio en las puertas. Por lo demás, no recordaba cómo había llegado hasta allí, qué importaba la indumentaria que portase, o el modo de ir ataviado de esta
u otra forma. Mi prioridad a partir de ese momento fue hallar la manera de salir de tan embarazosa situación.

Estuve a punto de empujar la puerta blanca , simplemente por escapar lo antes posible de aquella habitación claustrofóbica. Movido por el impulso gris de la apremiante desesperación a la que me veía forzado. Pero algo en última instancia hizo detenerme. No sé aún cómo pude sacar fuerzas de mi interior para llegar a razonar, porque medité la salida que debía tomar, buscando lógica a lo que no tenía, perdido el norte.

El color negro me sugería varias cosas. Mi color favorito, o la sensación de pesimismo y
solemnidad que lleva intrínsecas. Y visto en sociedad y usado en el lenguaje, cargado de matices negativos. En cambio, el blanco además de ir a juego con mi túnica y con el medio de la sala, me inspiraba todo lo contrario al negro, repleto de rasgos positivos. Incluso llegué a pensar que si debiese poner un color a la verdad y otro a la mentira, el blanco quedaría para la primera, quedando el negro para la mentira. De idéntico modo la vida y la muerte, la felicidad y la tristeza, el amor y el desamor, podían teñirse con estos dos colores, antónimos entre sí, al mismo tiempo que complementarios.

Decliné por el blanco, además de mi razón me dejé ayudar por el primer impulso que tuve. En parte somos instinto, debí pensar también. Y sin la convicción de que la inteligencia asegurase la suerte final de
las decisiones, debía elegir, para abandonar con rapidez la inesperada barrera.

La ausencia de sonidos me ponía cada vez más nervioso. Era incómodo pensar en el más absoluto silencio. Quizás por la costumbre de habitar entre ruidos...

                                                           IV

La puerta no opuso resistencia. Vi un largo y estrecho pasillo que se perdía sin fin. Había luz al fondo, hasta el punto máximo donde alcanzaban mi vista a ver, hecho que me tranquilizaba. Caminé hasta el extremo más luminoso del pasadizo, dejando atrás la puerta, que dejé de ver por causa de la contraluz. El silencio me pareció más profundo aún si cabía, me seguía molestando la carencia de ruido, sentirme la respiración u oír los pasos que daba con su posterior eco. El pasillo acabó desembocando en otra sala cuadrangular, similar a la que dejé minutos antes atrás. Dudé si el camino había sido en círculo...las dudas se disiparon cuando ante mí aparecieron cuatro puertas. Y sin ademán de detenerme, me acerqué a ellas, también colgaban letreros sobre ellas:

“Amor”, “Salud”, “Dinero” y “Suerte”.

Así rezaban de izquierda a derecha.

Noté súbitamente como si aquellos blanqueados muros se estrechasen, oprimiéndome más y más, hasta el extremo de sentir el pecho prensado. Marcándose este pánico en mayor grado cuando giré y comprobé que tras de mí no existía ningún camino. A los lados tampoco, me cercioré con un rápido movimiento de cuello. Unas desagradables y repentinas nauseas me abordaron. Estaba perdiendo los nervios, siendo presa de ellos. Grité desesperado, pedía auxilio, pero nadie respondió. Opté por sentarme junto a la puerta que estaba a mi derecha, sobre la que se podía leer “Suerte”, quizás era lo que más necesitaba en aquella situación. Pues ni la salud, debilitada notablemente, ni el dinero podrían sacarme de este laberinto macabro. El amor, pensé en la puerta de la izquierda, era una necesidad, se me antojaba disfrutar de la compañía de alguien, para no verme tan solo. Siempre se ha dicho que se
camina mejor acompañado. Y gozar de dos cerebros y el calor humano allí, hubiese bastado a mi organismo para no perder la compostura tan rápidamente. O para recobrarla con más urgencia de lo que lo hacía.

Entre tanto, perdí la conciencia.



                                                           V

No sé cuánto tiempo transcurrió, el cansancio me había vencido, y despertaba en la
misma postura en la que me recordaba antes. Erguí la cabeza de entre las piernas, y todo continuaba igual después de frotarme los legañosos ojos. No entendía cómo había sido capaz de conciliar un sueño que presumía extenso, en tales condiciones. Deliberé entonces, que el mismo tránsito neurótico colapsó todos mis órganos vitales, desfalleciendo porque el agotamiento psíquico se ejercitó sobre los elementos físicos. Y la idea del sueño se cambió por la de una pérdida de conocimiento.

No era médico, y mi supuesto diagnóstico simplemente podría albergar en la temible pradera de la posibilidad. Cuando allí me debatía por estas arduas laderas, intentando encontrar señales que me dieran respuestas a todas las preguntas que me venían, se iban, para volver a visitar mi
esquizofrenia.

Continuaba sin existir la presumible vía que me había llevado hasta allí. Misteriosamente no quedaba rastro alguno del pasadizo, todo estaba compacto en la pared. Todo se cercaba en cuatro alternativas, que el destino me ofrecía “gentilmente”.

Podía sentirme “orgulloso” de vivir aquella experiencia, pensé irónicamente.

Nunca creí en los horóscopos, aunque en verdad, los leía por curiosidad cuando caían en mis manos. Y estas
cuatro virtudes parecían salirse del interior de una revista del corazón. ¿Qué tendrían que ver con el color blanco?... Igual la puerta negra me hubiese conducido al mismo destino. Eso ya no lo sabría, era mejor pasar este hecho por alto.

Recordé a mi familia, la novia, los amigos. Luego vinieron más imágenes, sin dejar de mirar las cuatro salidas, recordé el trabajo, la casa de mis padres y como no, mi ciudad.

Detuve la visión sobre las seis letras que formaban la palabra “Dinero”. Era un tópico escuchar de la sabiduría popular que no daba la felicidad, pero que probablemente ayudaba a alcanzarla. Aunque sin salud para qué
quería el dinero o la suerte, seguramente esta última virtud del azar me habría dado la espalda. Comprendí al tiempo que la suerte es fundamental también para la vida. Salud, dinero y amor sin suerte no perdurarían. Y no era el ejemplo más claro de un ser dichoso. Más bien mi pesimismo, o realismo como gustaba llamarlo, no me convertían en una persona feliz, a pesar de disfrutar de buena salud, una familia y una mujer que me querían, y no pasar penurias económicas.

Continué observando la puerta más materialista, e imaginé circunstancias que hubiesen cambiado, de poseer mayor nivel económico. Luego giré mi atención a la palabra “Amor”. Sin duda la más cálida. Un término capaz de darle sentido a la vida. De hacer voltear el mundo con su fuerza, su energía. Al contrario del dinero, un sentimiento
inmaterial, desinteresada sensación que se experimenta por desigual en cada uno.

                                                           VI

Llevaba una vida cómoda, con las preocupaciones naturales de la edad. Era incapaz de recordar lo último que hice fuera de allí. Si trabajaba, dormía, conducía, comía o bebía. Cuando una intuición me mordió el alma, suscitándome la idea de que estaba siendo presa de un viaje astral, o que la muerte prematura me había abordado.

No soy creyente, pero me llegó la convicción de que había iniciado un viaje de ultratumba. No había imaginado ni por asomo un desenlace post – mortem así. Mi peculiar juicio final se presentaba como un juego, en el que olvidaron facilitarme las reglas.

Quise acabar cuanto antes con aquel atropello a mi intimidad, empujando la puerta más cercana a mí. Pero no cedía, a pesar de que realicé un segundo esfuerzo más enérgico. La “suerte” me regateaba otra vez en la vida. De derecha a izquierda empujé la siguiente puerta, con el mismo resultado, el “dinero” no quería darme acceso. No volví a intentarlo, enérgicamente golpeé, más que empujar la siguiente puerta. Y nada, no hubo manera de abrir las puertas. Suerte, Dinero y Salud me negaban su acceso. Sólo me quedaba intentarlo con el Amor. Aquí dudé, fue como entablar conversación con la chica que te gusta. El miedo al rechazo, al portazo, se adueñó
enseguida de mí, ante la inseguridad creciente. Pero a la vez, era el único clavo ardiendo al que me tenía que agarrar. Y me envalentoné sobre ella, imaginando que esa puerta era la única chica que quedaba en el bar. El amor me abrió su puerta.

                                                          

 

 

                                                           VII

Anduve lo más rápido que pude. Las piernas no me permitían correr por el oscuro túnel. Las sentía tan pesadas, tan agarrotadas, que noté que pronto tropezaría para terminar cayendo de bruces en lo llano del camino. Debilidad que me hacía más indefenso en la tortura. Finalmente alcancé una nueva sala, tras abandonar el
pasillo. Todo se volvía a repetir, semejante al tránsito de la primera a la segunda habitación. Pero esta vez, la claridad del “nuevo” habitáculo me produjo una sensación menos trágica.

Acostumbrado a convivir con el incómodo vacío que la Nada me tenía reservado, teniendo más mesura de alma en mi interior. Aunque en mi tórax, una grieta iba agrandándose, a pesar de sentirme más inmune al dolor que padecía. La ranura se dilató unos centímetros más cuando, de nuevo, dos imponentes puertas se presentaron frente a mí. Por suerte, algo cambiaba, la de la izquierda mía, además de colgar un cartel sobre ella, dejaba ver un orificio. Intuí que podría ver el exterior, gracias al presumible hueco óptico que atravesaría la madera. Me acerqué con urgencia, dibujándose una leve sonrisa en mis labios. Y leí para
culminar la media sonrisa que se formaba imperfecta, “VIDA”. Fugaz sería esta alegría, cuando deduje por eliminación intuitiva, que sobre la otra puerta, solemnemente hallaría las seis tétricas letras que borrarían de un zarpazo mi frágil entusiasmo.

No se concretó el hecho como imaginé. El instinto que aceleró a leer “muerte”, erró. Un signo de interrogación de los que cierran las preguntas en el lenguaje escrito, lucía sobre la puerta de mi derecha. Entre la ranura que separaba el suelo de la parte baja de la madera escapaba un blanco humo. Y para mi asombro, era la única puerta, de las ocho que había encontrado, que tenía cerradura. Me toqué el pecho para verificar que la llave seguía allí colgada. Cálida al tacto húmedo de mis sudorosos dedos.



                                                           VIII

Otra nueva elección, elegir una alternativa de dos posibles. Pero, “¿Hasta qué punto era esto cierto?”... si en la anterior habitación una puerta, la del amor únicamente, me dejaba continuar hacia donde estaba, qué sentido tendrían las otras opciones. Y evidentemente se me formó la nítida idea de que la puerta donde colgaba el letrero “negro”, era infranqueable también. Lástima que no lo comprobé, y ya se hizo tarde, tendría que vivir con esa duda.

También pensé que las dos puertas que tomé como escape, o que me sirvieron para enlazar con las salas contiguas, “blanco” y “amor”, hubiesen sido objeto de elección con la mente y el alma en frío. Por lo que no se presentaba todo tan canallesco como suponía. Lo achaqué al destino. Me daba la impresión de que todo estaba predeterminado. Que cualquiera que fuese mi elección, se vería coaccionado por la disposición que quisieran que tomase...

Introduje la llave en la cerradura, no había razón para demorar más la situación. De todos modos, alguien había jugado mis cartas sin mi consentimiento. La llave encajaba perfectamente en el hueco. Frené el impulso de girarla, y la saqué con cuidado. La volví a colgar en el pecho,
introduciendo la cuerda a la cual estaba sujeta, por la cabeza, dejándola sustentada en el cuello.

Estaba claro, acababa de encontrar el naipe ganador. La otra opción quedaba suspensa. Aunque la curiosidad del asunto podía conmigo, y dirigiendo un par de pasos hacia mi izquierda, posé mi mano diestra sobre la puerta en la que rezaba “vida”. Extrañado descubrí que el portón tenía pomo, además de la anteriormente mencionada mira óptica. Y sin retirar la mano derecha de la madera, agarré con la otra el pomo. Con un leve esfuerzo empujé, sin hacer girar la palanca cilíndrica. No cedió. Por lo que decidí darle el giro. Y para sorpresa mía, también se abría. El silencio se extinguía, oí algún pitido proveniente de la sala que iba a descubrir. Con cuidado, con miedo a ser visto, la puerta despegué del quicio, dejando un pequeño margen de apertura. Y descubrí por el minúsculo resquicio la silueta de mi madre.



                                                           IX

No se entiende que no fuera a su encuentro, que atropellase la cavidad abierta y me fundiese en un abrazo con ella. Salvo explicando el marco desgarrador que encontré al extender mi visión.
Mi madre sentada sobre una butaca, dormida, sujetando una revista con sus manos, caída sobre su regazo. Mientras “yo” aparecía postrado sobre una cama, con tubos que salían de mis brazos, boca y nariz, en apariencia también dormido.
Me heló el olor a hospital, y cerré con sigilo, no fuese a despertar a madre.

“¿Qué estaba sucediendo?”...Aparecía por duplicado, meditaba sin dejarme de tocar, para comprobar que por lo menos seguía siendo físico. Arrimé la cara a la puerta, para mirar esta vez por el orificio el interior de la sala donde me hallaba.

“¿Cómo era posible estar en dos lugares a la vez?”...Alguien entró en la habitación, mi madre se desveló. Avergonzada salió al encuentro del hombre. Comprobó los niveles de suero y calmante, y estuvo observando posteriormente las máquinas que supuse me mantenían con vida en la otra parte. Con cara de preocupación, infinitamente inferior a la que mostraba mi madre, la miró. Le dijo unas palabras, y la abrazó, mi madre lloraba.

Por primera vez, el silencio que me acompañaba se rompió. Un pitido continuo y agudo se colaba por mis pabellones auditivos, recrudeciéndolo el sollozo de mi progenitora, que también se hizo perceptible. Aparté el ojo de la mira, y automáticamente desaparecieron las lamentaciones y el silbido de la sala hospitalaria. Volví a ser presa del silencio absoluto.
Intenté analizar la situación, sintiendo el grave pálpito del corazón sobre mi comprimido pecho. Había visto lo que se cocía en la presumible vida”. Seguía teniendo la oportunidad de declinar por la otra vía. Una incógnita que había ganado enteros en los últimos minutos. Aunque el humo blanco que seguía librándose de entre la ranura inferior de la puerta, continuaba resultándome tétrico.
Me armé de fuerza, de curiosidad, y volví a indagar en el interior del hospital. Para sorpresa mía este había desaparecido, con mi madre y el médico, tampoco estaba la cama donde me debatía entre la vida y la muerte. Ni siquiera veía un detalle mínimo que me indicara que había algún indicio de lo que había visto...
Un balcón familiar tomó el protagonismo, lo reconocí de inmediato. Sólo que me pilló descolocado, al confiar mi mirada a la antigua escena. Reconocí mi bicicleta, apoyada sobre la barandilla. La mesa y las sillas que en verano adquirían una prolongada utilidad, en las cálidas noches. Los geranios y rosales, bien cuidados. Qué visión más extraña, era capaz de ver mi terraza a una altura de siete pisos, como si estuviese flotando en el aire. Al contrario de la habitación clínica, que me ofrecía la perspectiva de verla a ras de tierra. Incluso juraría que de haber tenido el suficiente empuje y valor, hubiese podido entrar al encuentro de mi madre y mi doble.

“¿Qué continuaba pasando?”...”¿Dónde conducía esta pesadilla de puertas, elecciones y crueldad?”... Cada vez era más difícil para mí hacerme a la idea de que despertaría de improviso, y me reiría de la locura que me envolvía. Cada vez era más complejo tener esperanza de que fuese sólo un sueño, un viaje astral o algo parecido. “¿Cuál era la realidad?”...”¿Aquella macabra situación que padecía, o quizás aquellas visiones tridimensionales que robaba con mis ojos tras la puerta de la “vida”?”...

No todo estaba en orden en mi balcón. Se estaba dando un hecho inusual, pero ya no lograba sorprenderme casi nada. Un hombre de pelo cano, metido en carnes, sentado sobre una silla de ruedas observaba el interior de la casa, dándome la espalda. La cristalera corrediza se mantenía entreabierta, y me pareció que dialogaba con alguien, o que el débil sonido que me llegaba, indescifrable, provenía de un televisor o radio. Aparté el ojo de la mira, lo froté con el reverso de la mano, cansado de fijar la vista en la misma imagen.

“¿Qué haría ese señor en mi casa, en mi balcón?”...Fijé de nuevo la cara a la madera, el ojo a la mirilla. Miré la escena del balcón y mi vida se detuvo.



                                                           X

Me vi reflejado en un espejo de carne y hueso, tan real como los ojos con los que miraba. Al menos diez años mayor que yo. Pero seguía siendo yo, de nuevo por duplicado.

El ser en el que me convertía me regalaba una maléfica carcajada. Me miraba de frente, como si hubiese presentido que miraría por allí. Una carcajada que explotó en mis tímpanos, recorriendo como ácido que todo lo quema, el interior de mi debilitado organismo. Empujado por una energía que pareció salir de aquella cara en la que me convertía caí hacia atrás, golpeándome la cabeza. Sentí el golpe duro, y la brutalidad de la acción fue nublándome la vista, con humo blanco sobre las pupilas. Pero este no escapaba de la puerta de mi derecha, parecía surgir de mis párpados, como nubes bajas que descendían de mis cejas. Hasta que todo se fue haciendo más gris, y en negro se convirtió.

En muchas ocasiones me había preguntado por la realidad. Si es este mundo que habitamos tan real como pensamos. Si somos dueños de nuestros actos, y si el sueño es diferente a lo que conocemos por vigilia. La experiencia que estaba teniendo me convertía más escéptico aún.




 

                                                           XI

La cortina de humo empezó a desaparecer de mi vista progresivamente, coincidiendo con el regreso de la conciencia. Aunque aturdido y desorientado, y con la pesadez de cuerpo. Como si hubiese despertado de una prolongada siesta, que hubiese tomado justo después de un copioso almuerzo.

No existía ninguna secuela física que me indicara que había caído golpeándome la cabeza. Ni dolor ni hinchazón en el epicentro del testarazo.

Entre la neblina que seguía desprendiéndose de mis ojos volvía a aparecer todo lo que recordaba. Surgiendo en mi fuero interno un escalofrío que me heló, dejándome nuevamente con la cruda realidad en la que me veía abocado.

Bueno, algo sí había cambiado. Como si de ánimo estrenado me hubiese cargado, con renovada energía, me sentía más seguro. Por lo menos quería acabar cuanto antes con el laberinto en el que me hallaba inmerso.

La visión era limpia, la nubosidad fue apartada por la seguridad que iba creciendo en mí. Pronto tenía que tomar una resolución, no podía permanecer más tiempo allí. Si bien no me garantizaba la salida definitiva, mi obligación como animal antes que persona, que busca sobrevivir en un mundo que nunca logra entender, consistía en avanzar. Jamás retroceder, a no ser que fuese para coger impulso.

Miré con desconfianza las dos puertas, aún quedaban secuelas psíquicas del escalofrío que me aturdiera segundos antes. No quería ser absorbido de nuevo por una energía negativa que me paralizara, y aprovechando que mi cuerpo seguía recargando su autoestima, deduje que era el momento de abandonar la habitación.

No quise curiosear más por la mirilla de la puerta de mi izquierda. Tampoco me convencía positivamente la otra elección. Pero una de las dos debía servirme de escape.



                                                           XII

Cuando mis dedos lograron alcanzar el tacto de la llave, no pude disimular una liviana alegría. Había tomado una decisión y de no haber estado colgada como la recordaba, todo se hubiese teñido de negro.

Allí como la dejé seguía sujeta al cordel misterioso, como todo lo que me acontecía, reposando sobre el cuello. Titubeé un par de segundos antes de introducirla en la cerradura. Me albergó la duda, con su juego de posibilidades, de que no pudiese abrir la puerta que elegía. No me daba cuenta, pero vivía con la intranquilidad, con la desconfianza que la experiencia me había ido obsequiando en aquel escenario.

El cerrojo no opuso resistencia al giro de mi muñeca, y tanta facilidad me proporcionó un golpe de miedo, que al contrario de otras ocasiones, no me detendría. Había decidido entrar por aquella trampa del destino, un tanto por curiosidad, otro tanto por evitar verme en las circunstancias antes narradas.

El humo no dejaba ver nada, cuando descubrí al completo la cavidad. A pasos ciegos avancé en las tinieblas, cerrando inconscientemente la puerta a mi paso. Sentí el portazo sin percibir más oscuridad que la que ya tenía. Continué unos metros más, no sé cuántos más, tanteando con las manos el estrecho pasillo, que no conseguí al tiempo tocar, porque se fue ensanchando. Y en este estado tan asfixiante como opresivo empezaron a aparecer recuerdos, imágenes del pasado.

No entiendo aún por qué brotaron tantos recuerdos de mi infancia. La guardería, mis primeros amigos, la primera comunión, el colegio... Escenarios que se iban mezclando, sobreponiéndose el uno sobre el
otro con tal nitidez, que cada imagen que volaba por mi mente era tan fuerte que llegué a pensar que nunca se habían borrado. Habían vivido en mi reminiscencia, almacenadas, y curiosamente no necesitaba esfuerzo alguno para recapitularlas en la conciencia.

Por alguna extraña razón me detuve, intuyendo que el pasillo acababa donde se pararon mis pies. Aún seguía estando todo tan negro para acreditarlo. Quizás la fuerza con la que aparecieron las fotos en mi cerebro tenía que ver en algo, para explicar mi repentina detención.

Sentí miedo, mucho miedo, cuando percibí que la sala se me hacía tan extensa que no la podía abarcar.
Quise gritar, llorar, salir corriendo, pero nada de esto hice. Mas el miedo me paralizó. Noté como si hubiese alguien más que yo, oía una respiración que no era la mía, o de serlo se había convertido tan violenta que me llegaba a asustar. El mismo pánico me tocó la mano, gélido y húmedo.

Otra vez se estaba gestando en mi organismo la debilidad, y empecé a comprender súbitamente, que en breve perdería la noción de la realidad. Pero hice un último esfuerzo, y como si sujetas al suelo hubiesen quedado, agarré con mis manos mis dos petrificadas piernas, y me dispuse a avanzar. Nada me detendría, hasta dar con el final de aquella inabarcable morada.



                                                           XIII

Entonces ocurrió lo que tarde o temprano tiene que llegar. Desaparecieron los fotogramas de mi niñez, cuando cronológicamente rozaban mi adolescencia. Para ocupar aquel espacio una idea. Una idea tan clara como pensé que debe de ser una verdad. Aunque tantas veces fracasase en vida buscándolas, por no desenmascarar bien su disfraz. O por buscarle las cinco patas al gato, y no salir airosamente del paso de mis dudas.

Todo lo quise saber, pensaba, cuando la presión en mis sienes se hacía insoportable.
Tan insoportable como la transparente certeza de que mi vida se agotaba.

No sabía que edad tenía, tampoco importaba ya. Comprendía que mis elecciones, más allá de las puras coincidencias, mantuvieron una lógica hasta el día que me extinguí.

Había buscado la nitidez de las cosas, la integridad de la verdad, guiado siempre por el amor a ellas. Y este amor había sido muchas veces mi perdición.

Lo negro por no hallar lo blanco, y el desamor por no comprender su contrario, me empujaron a esperanzar tras la incógnita, todo lo que en vida no supe dirigir.

Fui tan cobarde como valiente, al preferir morir para no afrontar una existencia postrada sobre silla de ruedas. Inconscientemente sabía que aquella puerta, aquella llave que el destino colgó sobre mi pecho, abría el sendero hacia el sueño eterno. Y escogí mi muerte, como quien elige no seguir viviendo, prefiriendo que mi suicidio fuese una de las pocas cosas que libremente deliberase con vida.

Aún hubo tiempo, antes de desfallecer del todo, de verme en sillas de ruedas. La misma imagen que antes me tumbó literalmente, me producía risa, mientras oía como el pitido de la máquina que me oxigenaba iba perdiendo fuerza.

También madre leyó en mi rostro la disculpa de mi elección. Nunca quise ser una carga para nadie, y en nadie me convertía cuando el médico desconectó los últimos lazos que me unían al aparato. Desde hacía un rato había dejado de pitar, tanto tiempo como el que yo llevaba fuera de mi cuerpo.