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La Morada del Unicornio

La línea quince

 

 

Hubiese escapado a mis sentidos, aquel insignificante autobús de la línea quince, como tantos otros fenómenos pasan desapercibidos ante mí. Pero en el interior del vehículo discerní entre la gente una cara familiar, una fisonomía que no podía esquivar mi aletargada sensibilidad, dormida sobre la monótona travesía al trabajo. Agitado por el suceso, se activaron las alarmas en mi interior.

 

Y tras aquella visión fugaz, compuesta por flashes superpuestos, sin orden ni cronología, recordé a Sara. Apareció la menuda cría, blanca de piel, melena rubia rizada, de sonrisa afectuosa. Tímida, con su ropa colegial y la mochila sobre sus débiles hombros. Apilé todos los fotogramas que pude en mi cabeza, retazos en blanco y negro que encrudecía aún más si cabe la reminiscencia del otoño que nos unió. Esbozaba una imagen imperfecta, a duras penas se dejaba querer, deslizándose por mi imaginación, por el recuerdo frágil que el tiempo se empeñó en deshacer. Entonces recordé cómo se acercó a ofrecerme su desayuno, ruborizada, cabizbaja presintiendo un desenlace fatal. Y de lo poco que tenía sobre sus manos ofreciéndome, escogí lo más grande que pudo tenderme aquella lluviosa mañana de Octubre, su amistad. Desde aquel día, la niña Sara y yo nos hicimos inseparables, a pesar de estar en diferentes aulas. Hasta que un soleado primero de Julio, se eclipsó la claridad al comunicarme que abandonaba el colegio, la ciudad, y todo lo que allí había sembrado desde el nacimiento de su conciencia. Entre lágrimas nos abrazamos por última vez, jurándonos que no nos perderíamos el rastro...

El verano pasó rápido, como todo lo bueno que en vida acontece, y no supe nada de Sara. Comenzaron las clases, y durante varias semanas tuve la esperanza de verla aparecer, acudiendo a diario a la fuente donde quedábamos todos los recreos. Mas el tiempo también se encargó sin mi consentimiento de matar mi última fe.

Faltó poco para perder el rastro del autobús, pero apreté con ímpetu el pedal del acelerador, pasando en ámbar el semáforo, y de este modo salvaba el único lazo de ilusión que portaba conmigo. Miré con nerviosismo el reloj digital del coche, al ponerme a rueda del móvil articulado. Llegaría tarde al trabajo, la ruta del autocar público se alejaba más y más de mi croquis rutinario. Y no tenía visos de enlazar con mi ruta posteriormente. Podría culpar al tráfico denso de mi retraso, o inventar otra estratagema de camino a la empresa. Igual fingiría una enfermedad, se me ocurrió al soñar un tierno reencuentro cuando Sara se apease del bus, y abortase la poca voluntad que tenía aquel Lunes de asistir a la oficina.

Y entre parada y parada, vigilando el trajín de seres que ascendían y descendían, iban apareciendo y desapareciendo imágenes, más frescas, más lúcidas por mi mente. Repetidas, las que más mella habían causado sobre mi cuerpo endeble, como sobrevivía el único abrazo que nos dimos, tembloroso como un flan. Frágil como el cristal, pero fuerte y eterno en el recuerdo.

Y aunque me pasé todo el verano esperando una carta suya, actuaba mecánicamente anhelando el día que supiera de ella. Sin importarme el cúmulo de noches en la que me acostaba con la convicción de que pronto llegaría su escrito. No me derrumbaba, ni tan siquiera, la cotidiana señal del cartero, negándome en un código que hicimos familiares, la ausencia de correo para mí. Tampoco me asfixiaba la idea de no volver a jugar con Sara, pues aún no la había digerido. Huía de mí un pensamiento tan cruel, que jamás lo aferré, atragantándome todo ademán de pasar página en el positivismo propio de mi niñez. Únicamente asimilé su desaparición,  pasadas las primeras semanas del nuevo curso escolar. Cuando inconscientemente entraba en juego con otros niños y niñas.

Por suerte conocía el itinerario de la línea quince, y con nerviosismo renovado me acercaba tras la guagua a la penúltima de las paradas. Un cártel publicitario no me dejaba ver desde hacía unos cuantos de kilómetros la silueta de Sara, y con el pecho en un puño asistía al desfile de peatones que entraban y salían libremente del autobús. Según mis torpes y apresurados cálculos estadísticos debían de quedar pocos pasajeros en el interior, sumando a mi prematura tesis el hecho de no haberse incorporado ningún nuevo usuario en las últimas paradas.

Acabó el curso, llovieron los nuevos amigos, que como Sara fueron esfumándose en el tiempo. Algunos compartimos años de escuela, otros llegaron en el instituto, con problemas, dudas, enseñándome la nueva etapa, cargada de responsabilidades y propósitos. El ciclo del desinterés se cerraba ante mí, nublándome el horizonte en más de una ocasión esta etapa pubertosa que iniciaba. A la vez me aproximaba la palabra más grande, el sentimiento más hondo se abría en mi camino, cuando el verbo amar y su acción me producían un escalofrío desconocido en la inocente niñez.

Las nuevas amistades no terminaron de enterrar el recuerdo de Sara, ni la fría facultad logró tampoco desterrar aquella sonrisa sincera, llena de buenas intenciones que me regalaba. Seguía presentándose sin mi voluntad en los momentos de flaqueza, en los días de tormenta que fui almacenando en mi juventud...

Esperaba que tras el último alto se apease una muchacha, veinticinco años más anciana a la última vez que la vi. Persistía el deseo a ser recordado, a no haber caído en el olvido. Como los juguetes que vamos arrinconando por otros nuevos, y acaban en la basura arrojados. No quería correr la misma suerte que mi oso de peluche, que una noche dejó de acompañarme en las noches de mi infancia. Cuando creí que ya había crecido lo suficiente, y avergonzado lo confiné a la eterna indiferencia. Y este miedo se truncó en angustia, cuando comprobé que únicamente bajaba un señor, al que terminé odiando injustamente cuando las puertas del autobús articulado se cerraron, segando el suspense de raíz. Permanecí unos minutos más allí, observando el vacuo letrero publicitario, con su sonrisa de película,  promocionando un dentífrico conocido. Eso me habían robado a mí, la sonrisa, mientras desaparecía a lo lejos la publicidad, y con ella el autocar de mi esperanza.

Miré el reloj rápidamente, no había pasado tanto tiempo, como pensé. Me incorporé en el otro sentido de la calzada con una maniobra irregular y no ausente de brusquedad, y mi niñez fue cubriéndose de material de oficina, soterrando el más nimio  repaso pueril. Mis ojos debieron perder el brillo, al fugarse la felicidad que inyectó la ilusión creada,  recolocándose la careta sobre mí. Y sin quererlo, nunca lo quise, fui matando todos los héroes de mi feliz infancia.

 

          

 

                                                                      

 

 

           

 

 

El último desayuno

Hace ya más de 20 días que no sé de ti. Partiste aquella mañana como lo hacías a diario. No mostraste  ningún matiz que me invitara a la sospecha. Todo era tan igual ... como estos días que se van apilando en silencio, con tal crudeza como desesperación.

Esta mañana me sobresalté, creí oír el silbido hueco de la cafetera, y hasta llegué a pensar que tú estabas tras él. Al momento el lamento y los sollozos sustituyeron al vacío que había creado mi absurda confusión.

Cómo hubiese deseado despertar y encontrarte tras el delantal, exhibiendo la alegría y atención que mostrabas a diario. Pero no fue así, rápidamente caí en la cuenta de tu

ausencia, y sentí como todo mi  cuerpo era atropellado por la más brutal sensación de soledad. Siendo este asedio lo que me hace ver tan grande nuestra casa, a la vez que me empequeñece en ella.

Tomé el café, aún no sé darle el punto que tú le das. Me siento tan inútil sin tí, y sin tu compañía ... que me reprocho tu pérdida, por no saber mimarte. Pues ahora pienso que no

hay límites para los besos, los abrazos, las caricias, los te quiero, las flores, ...

Y fue esa desidia, ese rumbo que toman los cuerpos que creen tenerlo todo, lo que me hizo arrojarte a la rutina, y verte como algo que jamás podría perder. Ya me ves, inmerso en la inercia de los días que pasan sin sentido, tal solitario preso que impacienta su juicio final.

Deshojando un calendario, mientras te escribo estas líneas que nunca te dejaré leer ...

Tengo miedo de perder tu sonrisa, que caiga al olvido, y hasta allí arrastre todos nuestros recuerdos. Quedarme con las fotos y regalos que me hiciste, será mi martirio. Presiento que la demora traerá nubes bajas, cargadas de lágrimas, que pasearán antojadizas entre oreja y oreja. Dejarán borrosa la memoria, y el paso de los días será el que difumine tu silueta. No quiero que esto ocurra, y me veo abocado por distraer mi atención, por pensar que el amar es una posesión. Recuerdo que desperté con el silbido de la cafetera. A los pocos minutos vendrías para avisarme que el café estaba listo, y te recibiría con mi pereza entre las sábanas ... entre las cuales, enroscados, dejamos enfriar el café. Aquella mañana terminé trayéndote el desayuno a la cama, tras el madrugador arrebato de pasiones que intercambiamos. Y luego llegó tu adiós, un hasta luego que los días van convirtiendo en un hasta siempre...

 

Añoranza

Añoranza

Añoranza         

 

Añorar, proviene del catalán (enyorar), y significa  recordar con pena la ausencia, privación o pérdida de alguien o algo muy querido…

Tristeza melancólica originada por el recuerdo de una dicha perdida. Así es como define la Real Academia Española, al vocablo nostalgia. Mientras que a la melancolía, la define como la tristeza vaga, profunda, sosegada y permanente, nacida de causas físicas o morales, que hace que no encuentre quien la padece, gusto ni diversión en nada. Y destaco como otra acepción, del campo de la medicina o las patologías, la monomanía en que dominan las afecciones morales tristes.

Me pregunto, dada estas definiciones si, ¿es siempre afligida la añoranza? Porque hasta el momento, sólo han aparecido palabras tales como: pena, ausencia, privación, pérdida, recuerdo, tristeza, etc. Nociones con claras connotaciones negativas…

Pienso, adelantando mi síntesis, que puede ser positiva, pese a lo que a priori, dice la RAE. Me llama también la atención el término monomanía, que hace alusión, al ejercicio  de recuerdo nostálgico, que hace una única persona. Curioso, pensar que exclusivamente sea un acto privado e individual para nuestro diccionario. Pero esto es otro tema.

No quisiera parecer, por una vez, el triste y serio melancólico, al que el tiempo arrebató su niñez.  Pero mientras escribo este artículo, para despertar mis musas, elegí el tema ¡oh, melancolía!, de Silvio Rodríguez. Aquí les copio un fragmento de la canción:

 

Hoy viene a mi la damisela soledad
con Pamela y pertinentes y botón
y amapola en el oleaje de sus vuelos
hoy la voluble señorita es amistad
y acaricia finamente el corazón
con su más delgado pétalo de hielo.

Por eso hoy
gentilmente te convido a pasear
por el patio hasta el florido pabellón
de aquel árbol que plantaron los abuelos
hoy el ensueño es como el musgo en el brocal
dibujando los abismos de un amor
melancólico, sutil, pálido cielo.

Viene a mi, avanza,
viene tan despacio
viene en una danza
leve del espacio
cedo mi adoración
y ya vuelo ave
se mece la nave
lenta como el tul
en la brisa suave
niña del azul.


Oh melancolía, novia silenciosa,
intima pareja del ayer
oh melancolía, amante dichosa,
siempre me arrebata tu placer
oh melancolía, señora del tiempo,
beso que retorna como el mar
oh melancolía, rosa del aliento,
dime quien me puede amar.



 

No puede ser dañina, vista así, la melancolía. Aunque el diccionario se empeñe en encuadrarla con sinónimos como morriña, soledad o hipocondría. Siempre me dijeron que de lo bueno y lo malo, nos quedamos con lo bueno, y vamos borrando lo malo. Aunque nos empeñemos en tropezar con la misma piedra, en el camino de la vida. Es cierto, que una espina saca a otra espina, que una mancha de mora quita la otra mancha, o un rey nuevo, viene a sustituir al muerto… Continuamos pese a los obstáculos, y sólo nos detenemos para ver el camino andado o para vislumbrar el futuro, pero no es cierto que olvidemos íntegramente, aquello que nos hizo daño. De esto, nace una cicatriz, que la añoranza se empeña en abrir una y otra vez…

No creo que olvidemos el sufrimiento del pasado, ni estoy en la postura de que sea lícito hacerlo. Detenerse en el tiempo, lo dan los años, pero también las bofetadas diarias. Levantarse, y asumirlas, es cuestión nuestra. Podemos detenernos en la nostalgia, alborozarnos en su ficción, y quedarnos peligrosamente, atrapados en su tela de araña.

Pero también, podemos viajar al pasado y agradecer aquello que fue nuestro, aquello que nos ha hecho tal como somos. Rememorar, las heridas que cicatrizadas, mantenemos adecuadamente en la memoria.

Entiendo, que el equilibrio resulta un ejercicio arriesgado. Que el justo medio es complicado, para aquellos que eligieron equivocadamente un camino circular, de eterno retorno, en sus vidas. Pero entiendo, que en esta armonía, descansa el placer de la añoranza…

La soledad escogida o el diálogo con uno mismo, deberían dejar ese sabor dulce en nuestra conciencia. Afrontar los problemas con templanza, sustituyendo el prozac por una filosofía de vida acertada.

 

Para terminar, veo acertada la ética propuesta por el taoísmo, donde el bien y el mal, son conceptos que se requieren mutuamente y, cuyo contenido se adapta según las conveniencias. Desde el punto de vista del Tao, el dualismo moral no tiene sentido. A simple vista, nos puede parecer un planteamiento relativista. Pero no se trata de que nos traguemos los hechos, desde una perspectiva exenta de daño. Está claro, que no es lo mismo perder un hijo en un accidente de tráfico a los 20 años de edad, que perder un abuelo de 80 años. Sólo digo que hay que superar tanto una, como la otra circunstancia.

 

La anécdota del caballo ilustra esto a la perfección:

 

Una mañana, un campesino ve llegar un caballo, el cual, con toda naturalidad entra en su corral y se queda como si hubiera estado siempre allí. Por la tarde, en el pueblo, se lo cuenta a sus amigos; éstos se regocijan y le dicen: “¡Qué bien, qué suerte has tenido, tú que ya no tenías caballo!...” “No sé si es bueno o si es malo, contestó el labrador, sólo sé que llegó un caballo a mi casa y allí está”. Pero algún tiempo después, el caballo se fue. Al enterarse los amigos, se lamentaron: “¡Qué mala suerte, qué lástima, haber perdido el caballo de esta manera!...” “Yo no sé si es bueno o si es malo, dijo el labrador, sólo sé que una mañana llegó un caballo y que otra mañana se fue”. Pero a los pocos días el caballo volvió al frente de una manada de yeguas y todos se metieron en el corral. “¡Qué maravilla!...”, exclamaron los amigos al saberlo. “No sé si es bueno o si es malo, dijo el labrador, sólo sé que un caballo llegó, que luego se marchó, y que volvió con muchas yeguas.” Pasado un tiempo, el hijo del campesino quiso montar el primer potro nacido de las yeguas y se cayó rompiéndose una pierna. Los amigos compadecieron al labrador que ya no tenía quien le ayudara en las faenas del campo: “No sé si es bueno o si es malo, sólo sé que un caballo llegó, que se marchó, que volvió  con las yeguas y que mi hijo se cayó del potro rompiéndose la pierna”. Y estalló una guerra en el ducado; todos los hijos de los campesinos fueron reclutados, menos el hijo del labrador pues no podía andar. Los amigos envidiaron su suerte. “No sé si es bueno o si es malo, dijo él, sólo sé que…”

La anécdota no tiene final, como se comprenderá. Lo bueno y lo malo está en relación con la satisfacción o el agrado, y la pena o el desagrado que nos causa, pero en sí mismo nada es ni bueno ni malo, sino tan sólo un momento del acontecer. La capacidad de ver el curso de los acontecimientos con el corazón sereno, esto es sabiduría.

 

Los antidepresivos, o el alcohol, (depresor), almacenan nuestros problemas… los esquivan temporalmente, pero la circunferencia no tiene divergencias, y volvemos a llegar al mismo punto conflictivo. Quedarse encerrado en la espiral, es morir vivo. Por este motivo, es preferible sentarse un momento, en el borde del camino, y elegir las alternativas que nos da la vida: Morir ya nos fue dado al nacer, escojamos otra alternativa, aunque sea la de continuar… siempre hay algo por lo que luchar.

 

 

Aquellos botellones

Aquellos botellones

Aquellos botellones          21/12/2008

 

Pasado el tiempo, y visto desde otra perspectiva más serena, veo cómo transcurrió gran parte de mi juventud. No diré jamás que me arrepienta de haber entregado tanto tiempo a salir de noche. Quien bien me conoce, sabe cómo disfruté aquellas noches de diálogo, entre copas, bajo la majestuosa catedral de Málaga.

Habiendo sido testigo, de aquello que la élite bautizó como botellón o botellona, me siento orgulloso, y saco pecho hoy por ello.

Realmente, es un ejercicio pubertoso nacido en la era de los 80. ¿Quién no recuerda en aquellos años, a los enganchados a la heroína? Frecuentadores de parques y jardines, con sus inseparables zapatillas Yumas de tiras naranjas. Cómo devoraban litros y litros de cerveza, entre pico y pico...

Época, en la que los hermanos mayores de mi generación, con su viejo loro, también las bebían oyendo los ritmos de su tiempo, en grupos identificados por sus creencias musicales e ideológicas: punkies, heavies, vanguardistas, rockeros, etc.

Posteriormente, a los primeros botellones, (en esta breve historia del botellón español), la cerveza, se permutó o se combinó con lo que se conoció por Calimocho, (mezcla de vino y coca – cola, genuinamente), primo hermano del tinto de verano y del rebujito.

Pero la sociedad avanzaba, la democracia se hacía más sólida, y comenzaba a gestarse un estado de bienestar, que tuvo también su reflejo en el botellón. Dimos un salto cualitativo, y del vino y la cerveza, pasamos al Whisky y al Ron. Encontramos un modo de reunirnos semanalmente, donde dialogábamos pacíficamente sobre fútbol, moda, novios/as, ligues, política, cotilleos,… pero sobre todo, a lo que a mí me respecta, fútbol y mujeres. Y de todo este movimiento, nacido en el silencio y relaciones sociales, creamos lo que las autoridades consideran a día de hoy, un escollo de difícil solución, a escala nacional.

Yendo al final de esta historia. Cuando el ocio se ha convertido en vicio, y éste, en problema social-moral. Parece injustamente, que sobre los jóvenes, recae toda la responsabilidad del alcoholismo… Se han llegado a crear botellódromos, para que la práctica de estos eventos continúe, bajo lo que llaman un control responsable del problema. (No sé si ganan en control, pero en votos seguro).

En Málaga, (aunque me cuentan y he conocido otras ciudades y pueblos con la misma estrategia), son capaces de cortar el tráfico desde las  22:00 horas a las 03:00 horas de la madrugada, del céntrico Paseo de los Curas. Para que cientos de jóvenes, se agrupen y beban legalmente. Esto quiere decir, con la ley en la mano, que si te sales del redil portando una copa, estás expuesto a una multa.

Sin embargo, si la copa la bebes sentado en una terraza de bar, la ley te ampara. Porque ya no das una mala imagen, si no que participas de la noche. Y se entiende, que tampoco tienes el riesgo de alcoholizarte, principal preocupación de nuestros políticos.

La multa por hacer un botellón fuera del establo la pagamos en Málaga a 300 euros. Mientras que la de verter el caldo ingerido previamente, en las aceras, asciende a 750 euros. También multan por tirar cáscaras de pipas, chicles, colillas, o esputar, con semejantes cantidades. He logrado reunir todas esas sanciones en una sola noche, miedo me da salir a la calle. Por lo que  si sacamos una rápida conclusión: es conveniente ser cerdo en la piara, y mear en la palangana. Pues no está la cosa para regalar dinero a las arcas públicas.

 

¿Qué ha cambiado en este país, en esta sociedad, para ilegalizar el consumo de alcohol en la calle? ¿Por qué ahora sí, y antes no?  ¿Por qué en unas ciudades sí, y en otras no?

No sé vosotros, pero yo recuerdo los botellones que se marcaban en el campo o la playa nuestros padres. Gracias a ellos, aprendimos a organizar moragas y barbacoas, como dios manda. También nos enseñaron que se puede conducir con algunas copas, o justo después de tomar un café con sal. Aquellos coches con piloto automático, ya no se fabrican, lamentablemente. Por esta razón, algunos de nosotros, podemos presumir de haber experimentado la conducción ebria, gracias a que heredamos vehículos paternos o de segunda mano.

¡Qué tiempos!, en los que un par de cervezas no ponían freno a nuestra libertad de movimiento.

Que no nos hagan sentir culpables, somos lo que nos han hecho, en esto nos han convertido. Somos, el resultado de una cultura y una pésima educación cívica.

Felices fiestas

Felices fiestas

Quisiera felicitar, en estos días tan entrañables, a todos mis compañeros/as. En unas fechas tan familiares, que la empresa, en un detalle que la honra, ha querido que pasemos cerca de los nuestros. Y ya nos anuncia, que para el año que empieza, pensando siempre en nuestra vida social, tendremos aún más tiempo libre.

No puedo olvidarme de aquellos compañeros, que con su esfuerzo y constancia, trabajan a diario para una mejora de las condiciones laborales. Tal es su empeño y perseverancia, que apenas sacan tiempo para visitarnos…

A día de hoy, están inmersos en una ardua negociación con la empresa, en busca de nuestro beneficio. Con lo que su compromiso, les ha llevado a reaparecer en público, más de lo previsto, (para quien no lo sepa, una vez cada cuatro años).

Sí, no se equivocan, me refiero a los camaradas que ocupan las listas sindicales. Y constituyen, aquello que nació violentamente por 1830, para combatir el aumento de la jornada laboral, (eso que hace unos días, en pleno siglo XXI nos querían devolver), la reducción salarial o, el trabajo infantil, entre otras cosas.

Efectivamente, me refería a los sindicatos, esa asociación integrada por trabajadores en defensa y promoción de los intereses sociales, económicos y profesionales que tiene como objetivo principal, el bienestar de sus miembros y, generar mediante la unidad, la suficiente capacidad de negociación, como para establecer una dinámica de diálogo social, entre la empresa y los trabajadores.

No podía olvidarme de ellos, a los que les reservo un brindis estas fiestas, agradeciéndoles, todos los logros conseguidos en el último convenio firmado. De igual modo, no me perdonaría, no felicitar públicamente, uno de los últimos frutos cosechados por el sindicato mayoritario: la posibilidad de elegir nuestras vacaciones, concediéndonos una rotación de descansos. Siempre tan generosos.

Tampoco, quiero dejar a un lado, mi agradecimiento para aquellos que están consiguiendo, que mis conocimientos matemáticos mejoren, en el siempre arriesgado intento de calcular la nómina.

Hablando de riesgos, congratulo a los responsables de la seguridad e higiene laboral, que han hecho que el ir a trabajar, se haya convertido en una visita a un parque de atracciones: vehículos que no frenan, otros que no tienen luces, o aquellos que no pasan revisiones, y son una caja de sorpresas.

Tenía que apuntar una queja, no todo iba a ser cumplidos… desde hace unas semanas, se han dado situaciones en las que no ha habido suficiente trabajo para el personal contratado. Provocando un paréntesis en la producción. Pero ya veo que existe una gran comunicación entre sindicatos y empresa, y he observado que todo sigue como antes, sin lagunas contractuales. Y, como merece a esta empresa bandera, la manufactura no se detiene. Era de extrañar, después de aleccionarnos sobre el rendimiento, que se le puede sacar a un par de horas, no producir en el mismo intervalo horario, para desconcierto nuestro.

Acabando  ya mis felicitaciones, tampoco pasaré por alto, (y será motivo para otro brindis), el desinterés que la empresa  tiene, al abonarnos a unos cuantos compañeros,  el trienio. Todo ello, sin haber sido reconocida judicialmente la antigüedad. Menos mal, que el sindicato nos ha abierto los ojos, y poniéndonos en sobre aviso, nos previene de la lotería que resulta demandar por algo que legalmente nos pertenece.

Y bien, no podía despedirme sin dejar una idea que considero útil, y seguramente de fácil acuerdo entre las dos partes que negocian nuestro futuro: dado el recuerdo, y homenaje que últimamente concedemos a aquellos trabajadores que no gozaron de derechos. Creo que podríamos lograr una mejor representación, si recortamos las dos horas de contratación a una. Así, su memoria se vería más nítida. Podríamos, sin duda, recortar el período que desaprovechamos yendo al baño, bebiendo agua, apuntando horarios, leyendo prensa, etc. Trabajando con intensidad en un ciclo de sesenta minutos, quién sabe si seis días en una semana.

Aquí dejo pues, mi humilde opinión, aún a sabiendas de que no estoy a la altura de aquellos que negocian nuestro destino. Por esa razón, mis compañeros y yo trabajamos, para que podáis guiarnos fidedignamente nuestros pasos.

Muchas felicidades a todos/as, y que el 2009, por lo pronto, nos traiga algo de vergüenza.

Feliz año 2009.

 

 

 

 

 

El espíritu del zapatazo

El espíritu del zapatazo

Nunca he llamado a un programa de radio. Tampoco a uno de televisión. Pero como le dijo el torero al filósofo, cuando se enteró el primero, a lo que dedicaba el tiempo el segundo: “tiene que haber gente pa tó”.

Y la cosa se multiplica, porque cada vez somos más, y con más medios. Por lo que no resulta extraño, que haya gente que llame a cualquier tipo de programas, y dé su personal opinión…

Están de moda, los programas televisivos donde completas un panel y ganas dinero fácilmente. Al modo de decir una palabra oculta, o creándola. El hecho es, que el timo ha existido y sigue existiendo. Y ya no llama tanto la atención, saber que estos programas, tan mediocres por otro lado, engorden sus cuentas gracias a las carísimas llamadas telefónicas de jubilados, principalmente, como apuntan los estudios.

Hay gente, para llamar y dar el nombre de un animal de seis letras, que no coincide nunca con el que se premia. También hay gente, para hablar por hablar, de madrugada. O para intentar, averiguar la voz misteriosa que premia Cadena cien. Gente que busca saber su futuro, (yo te lo digo, negro, como el de todo el mundo).

Y como hay gente para todo, cómo no iba a haber gente para llamar a La ventana, el programa de Gemma Nierga, y opinar sobre el zapatazo al aún presidente de los Estados Unidos.

La mayoría de llamadas, coincidían en lamentar, que los zapatos, no golpearan la cabeza del genio norteamericano. También, se avenían en la rapidez de reflejos, y en la particular sonrisa mostrada tras los hechos. Unos con más resquemor que otros, daban su opinión, lamentando una y otra vez, la falta de puntería.

Hace varias semanas, al conocerse el resultado de las pasadas elecciones norteamericanas, el locutor que daba el aplastante escrutinio final, ironizaba sobre la derrota del senador Mc Cain: los votantes le han dado una patada al longevo republicano, como si se la dieran al culo de Bush

Ya ven, la cosa desde hace un tiempo para acá, anunciaba que alguien quería dar un puntapié, al todavía inquilino de la Casa Blanca. Lo que no imaginábamos, era de qué forma tan extraña se intentó cumplir.

Siguiendo con las llamadas al programa la ventana, el último personaje al que dieron paso en directo, hizo eco de todo lo que he apuntado anteriormente. O sea, lamentó la falta de puntería, o premió sarcásticamente los reflejos de Bush. Pero también, mostró un tono más violento que los demás, e incitó a la audiencia a que hicieran el mismo gesto u otros más originales, con políticos más cercanos. Remató su discurso enorgulleciéndose, de algo que bautizaré, como el espíritu del zapatazo.

Sólo un hombre, decía, lanzó sus zapatos. Un valiente, (o un suicida, para gustos los colores). Pero la fuerza de tal hazaña, añadía, renacía de una potencia globalizada, de un poder oculto, de un deseo mundial, como quieran llamarlo, o como se sientan más identificados.

Reconozco, que no tendría atrevimiento para hacer algo igual. Y valoro, que fue un gesto tardío. Además, me educaron con unos valores muy clásicos, donde una y otra vez, me recordaban que no debía agredir a féminas, niños, ancianos o semejantes que presentaran una tara notable. Sigo obedeciendo a mis progenitores en este punto…

Aquí les dejo un video, por si se perdieron tal evento:

 

http://www.youtube.com/watch?v=kAWzYpelgek

 

 

 

La información

La información

¿Han oído hablar de la libertad  de información? Curiosamente, cuando oí por primera vez hablar de dicho tema, por alguna extraña razón, resonó en mí ese tópico de lo del vaso medio lleno o medio vacío. Si me preguntan, no les sabría decir qué relaciones hay en mi mente, que a veces dan estos curiosos resultados. Supongo que el producto de esta relación, se debe al proceso de relativización, que afecta a todas las esferas de la sociedad. Y en especial, a la curiosa autonomía que nos tomamos para opinar.

Tanto el informar, como el derecho a ser informado, han caído en un sombrío libertinaje. Respaldado a su vez, por un infundamentado todo vale.

La libertad de información, da pie a la libertad de expresión… y el ciclo acaba, o empieza, como quieran verlo, en que todo el mundo sabe de todo…y añadiría que nadie sabe de nada, como bien apunta el refranero español.           

Ya, desde la Antigua Grecia, se distinguía entre la verdad y la opinión. No se trata pues, de que tropecemos con los mismos errores, pero ocurre que tomamos por verdad la opinión, u opiniones.

Los más relativistas, pensarán que la verdad no es absoluta, y yo estoy con ese pensamiento. Pero es necesario crear unos valores, normativizar unos hechos, para tener algunos sustentos.

Es vergonzoso que tras la radio, la televisión, Internet, el cine y la prensa, haya unas manipulaciones tan obvias, como carentes de argumentaciones sólidas… y tantas tonterías, como canalladas, vayan a misa a diario.

Si analizásemos nuestra engreída libertad, veríamos que se respalda únicamente sobre frases hechas, copias de copias, opiniones que transformamos en nuestras verdades, pero que proceden la mayoría de dudosas sentencias.

Citando un ejemplo palpable, podría decir, que salvo excepciones, la mayoría de españoles somos simpatizantes del Real Madrid o del F.C. Barcelona. Trasladando esta generalización, transformada en ejemplo futbolístico, a la política. Tenemos, que hay dos grandes partidos: el PP y el PSOE. Y tristemente, se es de uno o de otro… bien digo tristemente, refiriéndome a nuestros comportamientos borreguiles. Y, si no se es, de ninguno de estos dos partidos, como es mi caso, se tienen unos ideales u otros. Que van cicatrizando en nuestra ignorancia, alzándose como eternas verdades.

Resumiendo, nos estamos convirtiendo en hinchas, forofos de partidos políticos. Generalizo, y me equivoco en hacerlo, pero desde hace un tiempo, veo como defendemos a un partido político, sin importarnos las razones que defiende, y las acciones que ejecuta. No hay más que ver u oír, cualquier tertulia televisiva o radiofónica, o leer tal artículo periodístico, donde tal señor o señora, que trabaja para tal o cual periódico, o informativo, ha de opinar ofreciendo fidelidad al grupo que representa. Su voz, es el eco comprometido del rebaño. La repetición de una información que quiere pasar por novedosa, por subjetiva, por propia y original.

No hay libertad de información, en los medios de comunicación. Y en consecuencia, no se da el derecho de ser informado imparcialmente. Inconscientemente, se nos da un mensaje subliminar, una parcialidad que quiere pasar desapercibida, pero deja un poso de adoctrinamiento en las masas. Y luego, se da lo que les vengo contando: todo el mundo se ve en el derecho de hablar,  aun sin fundamento.

Yo mismo, les hablo desde un blog, y no creo que haya algo que esté más cerca de la opinión que esta herramienta. Desde luego, no aspira a ser algo más sentencioso, ni serio, que la ponencia subjetiva de mis pensamientos.

 

Frío

Frío

Podría decir, que Noviembre ha sido un mes frío en palabras. Diciembre está llegando a su Ecuador, y también está quedando escaso de artículos. Pocas palabras para tantos hechos.

Realmente, escribí y continúo haciéndolo. El mayor número de estos escritos, andan en el interior del ordenador, esperando su publicación en el blog, o su olvido. Otros, permanecen en la taquilla del trabajo, o entre las hojas de libros, haciendo las veces de separador. También quedaron algunos en los bolsillos traseros de mis pantalones, y en los apuntes de la facultad.

He seguido escribiendo todo aquello que me merecía una crítica. Aquello que me ha hecho detenerme a conciencia. Aquello que no supe y pude digerir fácilmente. Pero ha ido quedando en un segundo plano, lo reconozco, por mi dejadez y despreocupación por el hábito. O porque no me gustó, simplemente, su aspecto final.

Cierto es, que hay días que me faltan horas. Pero hay otros, donde el tiempo lo ocupo en un no hacer nada, cansino, que me va envolviendo en un estado aletargado de pasa-horas. Engordado por Internet, televisión, videoconsola, o cualquier pasatiempo fútil. Suelo funcionar mejor, esos días de desmedido estrés, en los que cada momento tiene su significado, y cada tarea su tiempo.

Me da la sensación, incómoda, de que ahora que gozo de más tiempo, lo pierdo con mayor facilidad.

A todos nos gusta pasar un Domingo, (supongo que a la mayoría al menos), recostado en el sofá, empalmando películas. En el calor del hogar, esquivando las bajas temperaturas. Os lo dice, uno que sabe muy bien, lo que es trabajar días festivos. Pero al final del día, después de pasar toda la tarde en horizontal, en un duermevela agradable… por lo menos a mí, me da la impresión de haber, no siempre, perdido el tiempo.

Me explico. Si no fuimos a almorzar con unos amigos, o a ver a la familia, por pereza, siempre queda ese resquemor interno. Si no hice deporte, y me inflé de comer porquerías, siempre queda ese resquemor interno. Y así, una larga lista.

En la elección está la ganancia, pero también la pérdida. Y personalmente, me gustaría elegir un esquema de vida más regular. No andar siempre resuelto en motivaciones fugaces, no duraderas.

No prometeré que seré constante en el blog, que será un puntual diario... Ya lo hice una vez, y vieron el desastroso resultado. No soy formal, no lo fui, ni tampoco muero por serlo.