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La Morada del Unicornio

Vida-ficción

Si me preguntáis qué soy, y les respondo: soy ciudadano del mundo, no les mentiría. Si yo me lo preguntase, no saciaría mi sed de conocimiento. Pero realmente, soy lo que quieren significar esas palabras.

 

Escribo desde un lugar, en un tiempo, planeta Tierra. Que a su vez, está encuadrado en un topos más grande, una galaxia que se extiende hacia el infinito. O por lo menos, eso nos han contado.

Soy europeo, y además español.

Decir soy español, conlleva fijarse a su vez en un territorio fronterizo, dividido en comunidades autónomas.

Si siguiéramos minimizando este recorrido, estrechando el orden de las cosas, podría decirte que soy malagueño. Es decir, aparte de haber nacido en la comunidad andaluza, lo he hecho concretamente en la provincia de Málaga.

Pero estos datos, no echan abajo la proposición, “soy ciudadano del mundo”, a pesar de haber nacido y vivir en la capital de Málaga.

El zoom se amplía más, si te digo que vivo en la Avenida Santa Rosa de Lima, número 22, bloque 1, ático. Acabo de acotar, gracias al lenguaje, mi situación, fijándola en unos escasos 50 metros cuadrados.

Pero igual que te escribo desde un planeta, lo hago desde una ciudad, y más concretamente sentado en un sofá.

Quien me conozca, y haya visitado mi casa, rápidamente realizará una imagen mental de la estancia donde estoy, e incluso podrá juzgar si es o no, cómodo el sofá, si estuvo alguna vez sentado allí.

Si os digo que me llamo Juan José Castillo Cuesta, me etiqueto. Ya no me sitúo únicamente en el mundo, me nombro como sujeto y objeto de éste. Me inserto en la realidad con una biografía a mis espaldas. Además, con unas responsabilidades, habilidades, características,… que serán, más o menos conocidas, para quien le diga algo esas cuatro palabras que forman mi nombre y apellidos.

Probablemente no soy el único Juan José Castillo Cuesta que existe. No me refiero a la existencia de un doble, insinúo que podría darse el caso de existir una o más etiquetas idénticas. Pero en mi cosmos, ese cartel designa a quien les escribe.

El lenguaje, aparte de facilitar la comunicación, crea conceptos que intentan explicarnos la realidad. Pero nos topamos con el sin-sentido de lo real, por eso hemos de buscar en la ficción. En ella, construimos unas bases ideológicas, le otorgamos un sentido a lo que creamos. Debemos proclamarnos autores de nuestra vida. Hacer de la vida una obra de arte, nuestra obra.

No podríamos vivir sin estar sujetos a un sentido. Hallarnos en el sin-sentido nos quema el alma, y emergen conceptos tan crudos como la angustia o el de estar–arrojados-ahí heideggeriano. Todos ellos de índole existencial.

La religión explica la realidad, Dios se convierte en el apoyo necesario para explicar lo que ni siquiera las palabras pueden decir. Dan sentido a la realidad que no goza de tal. Dios es la mayor ficción que el hombre ha creado.

La ciencia, ha pretendido ser la panacea, queriendo curar de la enfermedad existencial al hombre.

La lógica, presume de representar mediante signos la realidad. Pero no deja de ser una ficción, dotada de sentido, pero que no consigue responder las dudas metafísicas.

Fue el hombre quien encumbró al hombre, promulgando la muerte de Dios, en un feroz antropocentrismo que culminaría en la coronación del humanismo. Ahora nos avisan de la muerte de éste, corta vida para el ego humano, que vivió su momento de gloria en los idealismos. Y agoniza presa del consumismo atroz.

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