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La Morada del Unicornio

Acantilados

Acantilados

Óleo sobre lienzo. 30 x 40 cms.

Pongamos que hablo de Madrid

Pongamos que hablo de Madrid

Quizás te eche de menos

cuando me hables de Madrid.

Porque quizás, no me moleste

el rastro de humo

que dejas en la casa,

y comience a echar en falta

tus cigarros.

Se hará enorme el sofá

y me faltará tu rostro cómodo,

tu agilidad para tumbarte

en cualquier recoveco que encuentras.

Igualmente la cama

colmará de vacío mi soledad.

Quizás te eche de menos

cuando el silencio

me recuerde tu ausencia.

Ya no tendré,

a quién reprocharle

que deje el champú

o la pasta de dientes abierta.

A quién pedirle, hasta la saciedad,

que me rasque la espalda.

A nadie tendré que convencer

para ver el partido de fútbol

o mis películas raras.

A otro hogar tendré que ir

buscando olores

que me llenen el estómago.

Seguro que valoraré más

esas pequeñas cosas

que aparecen, sin apenas,

ser agradecidas.

Porque…

quizás te eche de menos

cuando el silencio

me recuerde tu ausencia.

O cuando Pipo

me despierte,

descubriendo así tu falta.

Sólo sé...

Sólo sé...

Inmerso en el silencio

con su hermética burbuja

a rastras con su yo.

Atrapado

por el antropocentrismo post-moderno.

Se hace consciente y

le asalta la vacuicidad existencial.

Revolotean preguntas

se disparan respuestas,

infectadas por la cultura

su mundo y, la experiencia.

Taxonomías que salven

del abismo de la nada,

relajantes musculares, opio

para la mente inquieta del filósofo...

Divino ruido

que exterminas el incómodo run run.

Oportuno ruido

que extingues el pensar,

y sin este no hay ser, ya se sabe,

y sin ser, no soy nada.

Abuela Teresa

Abuela Teresa

Óleo sobre lienzo, 24 cms x 35 cms.

Cuando comencé esta aventura, no sabía donde me metía. Todo empezó con el dibujo de una fotografía algo más grande que el formato carnet. El posterior retoque en carboncillo, en otras escalas. Y finalmente, del boceto pasé al precipio... pues más que valiente, he sido imprudente.

Para quien no lo sepa, un retrato exige la perfección de los trazos, las luces y las sombras exactas, todo acorde al dibujo, que no se puede perder en ningún momento. No os podéis imaginar cuántas veces vi cambiar el resultado, con unas pinceladas equívocas. Ni cuántas veces insinué con la pintura, el rostro de mi madre, (por algo es la hija de la protagonista del retrato).

La excelencia del resultado se la debo a las correcciones y el tiempo que mi maestro Joaquín ha empleado en este, mi capricho. Al cual le agradezco enormemente su trabajo.

Canal de Venezia

Canal de Venezia

Carboncillo 20 cms x 25 cms

Paisaje Ruso

Paisaje Ruso

Óleo sobre lienzo. 40 cms x 30 cms. 

A dónde van...

A dónde van...

La palabra es útil al hombre, esto nadie lo duda. Necesaria para formar el lenguaje, y con éste la comunicación. Pero además, la palabra se erige para nombrar la realidad, obteniendo una funcionalidad práctica.

El ser humano precisa cercar la realidad, para situarnos en posición segura sobre el cosmos. Nuestro mundo debe estar lindado, asegurado por la expresión verbal, ... todo tiene una palabra o varias. Nada real escapa al logos.

Yo mismo, hago uso de palabras en este momento, para explicar una realidad que sin este instrumento lingüístico, no podría expresar.

 

Por otra parte, recojo unas palabras del catedrático de antropología filosófica, Jacinto Choza, para acercarme al punto de llegada que me propongo: "Los hombres pueden ser como parecen, como aparecen, pero puede que no. Ese espacio entre lo que aparece y el fondo es el espacio de que disponen para poseerse, para saberse, para decirse y para comunicarse. Para ser veraces y auténticos, y para mentir y engañarse a sí mismos".

 

Tenemos pues, que la realidad es aquello que se despliega delante de nuestras narices, sin saber cómo, ni por qué... y nosotros en un ejercicio de existencialismo, explicamos por medio del lenguaje. Sin saber bien quiénes somos, qué hacemos aquí, en definitiva, nos conocemos menos que la propia realidad.

Es con nuestra apertura al mundo, nuestro lenguaje y experiencia y herencia vital, con lo que forjamos nuestra subjetividad.

Leí de Ortega y Gasset, creo recordar que de su pequeño estudio "Qué es conocimiento", que el objeto que permanecía oculto para nosotros, no tenía existencia. Es sólo con nuestra actitud interesada, cuando cobra un protagonismo que le sitúa como algo. Citaba un ejemplo de un martillo en una habitación. Que cobraba existencia sólo cuando era utilizado.

Ahora me pregunto si las palabras tienen existencia por sí solas, o únicamente cuando entran en juego.

Parece que corren la misma suerte que el martillo hacinado en el olvido.

 

Hoy quería preguntarme, este es mi objetivo, a dónde van las palabras que no se dijeron. Siguiendo las letras de Silvio Rodríguez, que ya antes pasó por esta y otras preguntas que aún he de recorrer. Podía haber ahorrado la introducción, pero la considero oportuna. ¿Es cierto que caen al olvido, como las pequeñas cosas?

Si no llegaron a ser, las palabras no - dichas no gozan ni de historia. Sólo una conciencia las dota de sentido, las encumbra en la añoranza del haber podido ser.

Hay palabras que no dije cuando tuve que decirlas, por miedo, vergüenza, prudencia, hipocresía. Palabras que hubieran cambiado mi historia, palabras que hubieran moldeado mi subjetividad con otros rasgos.

El umbral de inexactitud que el profesor Choza define y he reseñado, es el desconocimiento que tenemos de nosotros mismos. Esa duda de no saber cómo actuaremos en situaciones no vividas aún.

 

Hace unos días, visité en el hospital al que fue mi primer entrenador de fútbol. Contaba con 8 años, cuando comencé a pegarle patadas a un balón. Él confió en mí, pese a que otros compañeros y curiosos no daban un duro por mis cualidades. Cuando me retiré de la práctica federada, él era el utillero del equipo, y no pasaba año que no supiera de él. Sin esta persona, y la confianza que depositó en mí, no hubiese disfrutado tantos años del fútbol, no hubiese conocido tantas personas,... en resumen, mi vida no sería la misma, otro camino hubiese tomado, dadas otras circunstancias. Por ejemplo, el amigo que me da clases de pintura desde hace unos meses, ha sido el mejor entrenador que tuve. Pero si mi primer entrenador no se hubiese cruzado en mi vida, no hubiese conocido a este segundo personaje.

La visita fue dolorosa, hacía unos meses que no lo veía. Una sobrina me alertó que estaba grave, pero no esperaba una situación tan cruel. Acurrucado en la fría sala hospitalaria, solo, esperando la muerte, con tubos saliendo de varios puntos de su esquelético cuerpo dormía. Debo decir que lo conocí por su pelo, y la forma del cráneo. La enfermera lo despertó, me dijo que le alegraría vernos... también me dijo que no hablaba. Fue cuando cayó el mundo sobre mí.

 

Camino al hospital, mi amigo y yo, recordábamos los años que compartimos con esa persona. E imaginé que los recordaríamos con él, en forma de palabras. Pero lo único que nos llevamos, fue la esperpéntica percepción de su cuerpo consumido, y su mirada, que de hablar nos hubiese echado en cuanto nos reconoció.

¿Dónde irán las palabras que no pudo decir?

Acaso nunca vuelven a ser algo, reza un fragmento en la canción de Silvio. Muy crudo razonamiento, pero sólo hace falta vivirlo para comprenderlo.

No diré que iré diciéndole a todos mis seres queridos cuánto les quiero, pues los actos, más que las palabras, también se transmiten. Seguiré omitiendo palabras, pensamientos que revolotearán, y jamás, por las circunstancias únicas, serán dichos.

No sé dónde van las pequeñas cosas, tampoco sé dónde van las palabras que no se dijeron... posiblemente al olvido, resucitadas por el recuerdo, y nuevamente asesinadas por la rutina y el olvido. Pero tengo claro, que lo que no se dijo anida en el interior de cada uno, esperando vanamente, que el tiempo cicatrice la dolorosa herida.

 

Pueblo blanco

Pueblo blanco

Óleo sobre cartón. 20 cms x 30 cms.

Regalado a mi compañero Bustos.